Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)
En el último post trataba de explicar porqué, en mi opinión, la mala imagen del “cine español” en muchos medios y entre gran parte del público potencial tiene, sobre todo, que ver con el posicionamiento político de muchos de sus profesionales.
Que éstos se hayan pronunciado de manera casi unánime a favor de partidos de izquierdas ha llevado a que las personas de ideología conservadora hayan desarrollado, también casi unánimente, grandes reticencias contra todo el sector. El momento álgido de esa toma de postura política fue la gala de los Premios Goya de 2003 que se convirtió en una improvisada bofetada en la cara al Gobierno a través de la primera cadena de Televisión Española.
Desde la precipitada salida del poder del Partido Popular, la oposición entre ambos bandos políticos se ha radicalizado en nuestro país, especialmente agudizada por medios conservadores o ultraconservadores. Además de los políticos de izquierda, el sector más atacado por esos medios es, obviamente, el que más se significó contra el Partido Popular cuando estuvo en el poder, es decir, el sector del cine.
Eso sí, gran parte de las críticas no abordan directamente la política, sino que se quejan de la gran cantidad de subvenciones, del supuesto alto nivel de vida del que gozan los profesionales del cine y del escaso éxito comercial de sus producciones. Insisto en que, tras casi todas estas críticas hay una intención ideológica. Hay numerosos ejemplos de sectores muy subvencionados y supuestamente poco exitosos comercialmente que no gozan de tan mala imagen en los medios. La diferencia: no son sectores tan presentes en los medios ni tan identificados con una tendencia política.
En los últimos años, se han añadido otros argumentos que se han acumulado a los que he enumerado más arriba: todos los derivados de la “lucha contra la piratería”. Sin establecer grandes diferencias entre las acciones de las que es responsable SGAE, el Gobierno o los profesionales del cine, se acusa a todo este colectivo de voracidad recaudadora, de defender leyes que restrinjen derechos fundamentales, de imponer un injusto canon a los productos informáticos…
Los colectivos más activos en estas protestas son las Asociaciones de Internautas cuya influencia y capacidad de presión (en la Red, no tanto en el mundo exterior) parece ser considerable. Sin embargo, es difícil saber a quién representan estas asociaciones y cómo se elige a sus representantes. Una de los colectivos más activos últimamente es Anonymous, que se hizo especialmente famoso en nuestro país con motivo de las protestas en la Gala de los Goya. Anonymous podría encuadrarse ideológicamente dentro de algo que llamaremos Ciberanarquismo. Sí, un siglo más tarde, los anarquistas parecen volver a florecer en uno de los países en los más influencia tuvieron. Parecen imaginar que en el mundo virtual podrá realizarse por fin la utopía que no fueron capaces de lograr en el real: la desaparición de la propiedad privada, de las leyes y de las autoridades que las hacen respetar.
Nos encontramos así con que el sector del cine es criticado simultáneamente desde los dos extremos políticos, desde la derecha y desde la izquierda más radical.
Es una suerte de Tormenta Perfecta, en la que varios elementos confluyen para contribuir a crear la peor imagen posible del sector del cine. Hablar positivamente de una película española resulta casi sospechoso. Hablar en contra, pese a no haberla visto, resulta, en cambio, comunmente aceptado. Toda película producida española es, por defecto, sospechosa de ser mala y debe, con gran esfuerzo, probar su inocencia.
Lo mismo vale para los profesionales del sector: sin conocerlos personalmente, existe la convicción general de que se trata de personas que trabajan poco, trasnochan mucho, consumen drogas por vía nasal y viven una vida de lujo que, dado el nulo éxito comercial de su trabajo, es financiada únicamente gracias a subvenciones públicas y pagos de la SGAE.
Quienes llevamos un tiempo trabajando, o relacionándonos con personas que trabajan en este sector, sabemos lo injustas y simplificadoras que son estas etiquetas. Sabemos que la gran mayoría de los guionistas debe trabajar en tres o cuatro guiones a la vez para poder cobrar parcialmente uno de ellos, que casi todos los directores realizan cortometrajes, pilotos de webseries, video clips infrapagados o spots publicitarios mientras esperan que, por fin, su productor logre financiar esa película que sueñan poder dirigir. También sabemos que por cada actor de éxito hay cien sirviendo cafés en La Latina, compartiendo piso como si fueran estudiantes pese a que sobrepasan con creces los 30 años, asistiendo a cursos para tratar de “quitarse el acento” y ser admitidos en castings. También sabemos que la gran mayoría de los productores luchan durante varios años para poder levantar un solo proyecto y que tiene suerte si consigue estrenarlo con cierta dignidad y mantenerlo en cartelera durante un par de semanas en un par de ciudades.
Dice la Wikipedia que, para un antiguo ritual del pueblo de Israel, se tomaban dos chivos. Al azar se elegía uno como ofrenda a Yaveh. El otro era cargado con todas las culpas del pueblo judío. Se le entregaba al demonio Azazel abandonándolo en mitad del desierto, mientras se le insultaba y se le arrojaban piedras.
Supongo que resulta tranquilizador para alguien que no conoce este sector tener alguien a quien poder adjudicar todos los defectos y los vicios, alguien a quien poder insultar sin piedad ni matices.
Puede ser catártico. Hasta terapéutico.
Pero eso no quiere decir que sea justo.
Creo que la constante campaña contra el cine español no es justa. Creo que no hay sector que merezca este trato.
También creo que, contra lo que parecía defender el anterior presidente de la Academia, el sector del cine no debe pedir perdón por existir. Ni siquiera por películas de escaso éxito: ¿Quién es la persona más afectada por una película fallida, por unas críticas devastadoras, por el escaso éxito comercial de una obra? ¿Yo, que, como mucho, he contribuido con unos céntimos de mis impuestos a financiarla o la persona que le ha dedicado años de su vida y ha tratado con todas sus fuerzas de hacer su mejor trabajo? ¿Debe esa persona pedirme perdón a mí por haber fracasado?
También creo que cualquier actor, director o guionista, igual que cualquier médico, abogado, internauta ciberanarquista o columnista ultraconservador, tiene derecho a defender sus ideas políticas, sociales o religiosas, si lo hace guardando el debido respeto a los demás.
Creo que el problema no es que una persona se pronuncie políticamente, sino que una sociedad empiece a cuestionarse si esa persona o ese colectivo puede ejercer ese derecho. Creo que en ese momento esa sociedad empieza a estar enferma.
Por último, creo que lo mejor que puede hacer la gente del cine es, más o menos, lo que está haciendo: aguantar los constantes insultos, casi siempre en silencio, trabajar todo lo posible, dando lo mejor de sí mismos y esperar a que lleguen mejores tiempos.

Escrito por guionistaenchamberi 


















