Llevo gafas desde los tres años. No sé ver la vida si no es con unos cristales cerquita de mis ojos. Nací con hipermetropía, lo que me ha permitido siempre ver muy bien de lejos y un poco peor de cerca. Hasta tal punto tenía una buena visión a larga distancia que cuando me saqué el carnet de conducir nadie me puso en mi expediente que necesitara gafas para conducir. Es decir, necesitaba gafas para todo menos para conducir. Como soy bastante prudente al volante, no se me ha ocurrido nunca conducir sin las gafas puestas. Mi madre dice que no opuse resistencia ninguna a llevarlas, muy al contrario que otros niños. Tengo el recuerdo de tener grandes llantinas cuando me las quitaban por la noche para dormir. Creía que sin gafas vería borrosos mis sueños.
Siempre fui reacia a ponerme lentillas, me parecía una manera de tener siempre a un mourihno metiéndome un dedo en el ojo. Creo que no me casé por la Iglesia con un bonito vestido de organza, porque nunca he asistido a una boda en la que la novia llevara gafas y velo. Entiendo que haya cierta incompatibilidad entre los dos elementos. Y si tenía que elegir, estaba claro que las gafas ganaban por goleada al velo.
Creo que aprendí a leer y escribir muy pronto porque llevaba gafas. Una fuerza superior a mí me llevaba a los libros y creo que eso tiene que ver, como en los cuentos, con un objeto mágico. Si para Arturo Excalibur era su identidad, para mí eran mis gafotas. Una espada tiene el poder de convertir a una persona en rey y unas gafas a una promesa del baloncesto femenino en una guionista.
Cuando mis amigas de primaria me recriminaban que los libros que yo leía eran auténticos peñazos, yo no podía entender nada. Eran maravillosos, llenos de aventuras, de otros mundos, de historias que no nos pasarían nunca, pero que podíamos vivir en primera persona. Estaba claro que todas necesitaban gafas para que les entrara el gusanillo de la lectura. Gracias a mi hipermetropía yo podía ver otras vidas entre líneas. Era una chica con suerte.
Con el tiempo la necesidad de crear mis propios mundos se convirtió en un eje fundamental de mi vida. En realidad quería ser novelista, una novelista de éxito, claro. Lo de ser guionista vino después y un poco por casualidad. Mi cabeza fue creciendo, lo atestigua la colección de gafas que mi madre guarda en su casa. Es toda una experiencia ponerlas todas seguidas. Las gafas de mi vida colocadas en una extraña hilera que evidencia como mi cabecita de los tres años se ha convertido con el paso de los años en una cabeza bastante considerable. Ojalá mi capacidad craneal albergue un cerebro del mismo tamaño que se adivina.
Mi ateísmo me ha llevado a tener creencias de toda índole, más cerca de la superstición que de la idea de Dios. Siempre he creído que si soñaba que alguien se moría, se iba a morir al poco tiempo; que si iba a una boda y los novios se mostraban excesivamente felices, el divorcio llegaría en menos de un año, mientras que si los veía serios podían llegar a durar hasta unos tres años; que si no podía pelar la naranja sin que se me rompiera la piel, una mala noticia me estaría esperando a las puertas de mi casa; que si un productor te da golpecitos en la espalda a modo de reconocimiento y de alabanza, estás a punto de ser despedido… Estas y otras tonterías estructuran mi vida, pero quizás la que más sea el sentir que la hipermetropía me ha hecho siempre ver la lejanía con claridad. ¿Y qué es un guionista más que un tipo que lleva la realidad siempre unas cuantas baldosas más allá?
Donde los demás mortales ven una noticia del periódico, los guionistas (hipermétropes o no) ven una miniserie. Cuando la gente está disfrutando de una comida en familia en un restaurante populoso, nosotros discutimos con nuestra pareja porque nos ha pillado por enésima vez escuchando la conversación de la mesa de al lado. Y no sólo eso, lejos de disculparnos por no prestarle la atención debida, nos empeñamos en contarles la conjetura que hemos hecho con los cuatro diálogos que hemos escuchado. Si hemos oído: “mañana no sé si llegaré a casa pronto”, nosotros lo llevamos al territorio de thriller: “seguro que el tipo ha quedado con su amante para matar a su marido”. Seguro que el hombre llega tarde a su casa porque se va con los amigotes a beberse un par de cañas. Eso lo vería cualquiera. Yo con mis gafas, veo al asesino y por ver al asesino es por lo que al final me contratan para escribir series.
Supongo que, como diría mi madre, he sabido hacer del defecto una virtud. Me gustaría que la hipermetropía se instalara en otros campos, quizás así pudiéramos ver mejor el futuro, con más claridad y no nos dejáramos corromper por el presente borroso.
Verónica Fernández
Escrito por veroguion



