OFF-TOPIC: SI PE, ENTONCES ¿QUÉ?

17 noviembre, 2011

por Sergio Barrejón.

Este post no trata de guión, ni de escaletas, ni de análisis. Este post trata sobre las elecciones del próximo domingo. Ojo, no voy a hablar de política, ni de lo que se dijo y se dejó de decir en los debates, ni de las pintorescas polémicas en Twitter. Voy a hablar de las elecciones. En concreto, voy a hablar del voto en blanco.

Más concretamente, de las FALACIAS en torno al voto en blanco.

He votado en blanco en casi todas las elecciones en las que he participado. Y ya tengo canas en la barba: he votado unas cuantas veces. Nunca, hasta las pasadas elecciones autonómicas, me había topado con tanta gente afirmando la siguiente barbaridad:

Este tweet de Uralde, a más de equivocado, es claramente interesado: como líder de un partido minoritario, trata de lograr el voto de los escépticos con el clásico recurso al miedo.

Incluso gente que se documenta a fondo cae, al final, en el mismo error. Vamos a dejarlo claro: el voto en blanco NO perjudica a los partidos minoritarios. Y ahora pasamos a explicarlo. En primer lugar, definamos voto en blanco.

Se considera voto en blanco, pero válido, el sobre que no contenga papeleta y, además, en las elecciones para el Senado, las papeletas que no contengan indicación a favor de ninguno de los candidatos.

(Ley Orgánica 5/1985 de 19 de Junio, Art. 96)

En segundo lugar, recordemos cómo funcionan las elecciones: cada ciudadano emite un voto, y la suma de todos los votos decide quién gana. Ahora bien, esa suma no se conoce hasta después de emitidos TODOS los votos. Esto no es como ir al hipódromo. Uno no cambia de opinión según estén las apuestas. Con lo cual, no se puede establecer una relación de causa-consecuencia entre un voto y otro.

Entonces, ¿por qué hay gente que insiste en que la falacia de que el voto en blanco perjudica a los minoritarios? Tanto El País como El Mundo han ayudado a difundir esta falacia, demostrando que la ignorancia del periodista promedio español es mayor de lo que creíamos: ni siquiera tienen las mínimas nociones de lógica, y por eso caen tan fácilmente en estas falacias de relación espurea, o de causa única. Atención, damnficados de la LOGSE y periodistas de corta y pega: existe un rápido test para saber cuándo estás cayendo en la falacia de designar a un evento como causa de otro, cuando en realidad sólo son eventos coincidentes. Vamos allá:

Para poder asegurar que P es la causa de Q, tienes que estar seguro de que:

1. P ocurre antes que Q.
2. Si no ocurre P, no ocurre Q.
3. Siempre que hay P, hay Q.

Fin del test. A ver si podéis copiarlo y pegarlo en vuestras duras cabezas. Apliquémoslo ahora al tema que nos ocupa:

1. Se emiten X votos en blanco, y el minoritario se queda fuera del reparto de escaños.
2. Si no se emiten X votos en blanco, el minoritario no se queda fuera del reparto de escaños.
3. Siempre que se emiten X en blanco, el minoritario se queda fuera del reparto de escaños.

Comprenderéis que, si bien el punto 1 puede afirmarse sin problema (si es el caso), no pueden asegurarse ni el supuesto 2 ni el 3. Obviamente, a posteriori, tú puedes hacer una lectura interesada, una especulación sobre lo que habría ocurrido de no haber ocurrido lo que ocurrió. Verbigracia: “si todos los que han votado en blanco se hubieran abstenido, los partidos minoritarios habrían tenido mejores resultados”.

Muy bonito. Lamentablemente, los argumentos válidos basados en premisas irrealizables no tienen valor. Como, por ejemplo, la machacona cantilena que propagó el PP después de las elecciones del 2004, según la cual si no hubiera sido por el 11-M, el PP habría ganado las elecciones. Esa frase tien el mismo valor que esta otra: si mi madre tuviera bocina y dos ruedas, no sería mi madre, sería mi bicicleta.

¿Qué necesitaría un pobre periodista español para entender bien lo que ocurre? Pues muy simple, y a la vez terriblemente difícil: PENSAR UN POCO MÁS. Lo que suele ocurrir en este tipo de falacias es que hay variables escondidas que, por pereza mental, no se tienen en cuenta. En el caso concreto de la falacia del voto en blanco, no se tiene en cuenta algo evidente: todos los votos suman lo mismo, de manera que cada voto a una determinada candidatura “perjudica” por iguan a todas las demás. Veamos el siguiente ejemplo:

En Villaconejos de Enmedio hay 100 vecinos.

30 votan a PP
30 votan a PSOE
10 se abstienen
10 votan nulo
16 votan en blanco
4 votan a IU

¡Pobre IU, que no ha llegado al punto de corte! ¿De quién es la culpa? Según un periodista promedio español, la explicación sería:

“Si los 16 gilipollas que votan en blanco se hubieran abstenido, IU habría salido elegida.”

Pero hagamos un rápido truco de magia. Nada por aquí, nada por allá… Voilà:

“Si los 30 gilipollas que votan al PP se hubieran abstenido, IU habría salido elegida.”

Es el mismo argumento. El mismo. He puesto negritas para que los lentos lo entiendan mejor. Si se cambia la variable, la conclusión es la misma. Pero existe el pequeño problema de que las premisas son irrealizables. Y recordemos: los argumentos válidos basados en premisas irrealizables no tienen valor. El problema está en el verbo “se hubiera”. P tiene que anteceder a Q. Si P no antecede a Q, es imposible que haya una relación causal. Punto pelota. Fin de la clase. Suena el timbre, y al recreo.

Sé que ahora vendrán unos cuantos alumnos listillos a puntualizar que el voto en blanco es un desperdicio democrático, que si quieres castigar al sistema lo que tendrías que hacer es votar nulo (escribir gilipolladas dentro del sobre) o abstenerse (quedarse en casa con resaca). Supongo que se merecen un aplauso por expresar en voz alta una opinión que nadie les ha pedido. Pero también deberían pensar un poco antes de hablar.

Yo voto en blanco porque es la única manera LEGAL de expresar mi disconformidad con todas las opciones políticas. Votar nulo no es una manera legal de hacerlo. Es una manera torpe. Tiene el mismo valor que hacer una pintada o que cagarse en la puerta del Congreso. Te puede parecer divertidísimo, pero no es más que ruido. Y abstenerse es desentenderse del sistema, mirar para otro lado y dejar que todo siga igual, para después quejarse a voces, en la calle o en los foros. Es perezoso, hipócrita y/o cobarde. Votar en blanco es lo contrario que abstenerse. Intentar equiparar las dos opciones es no haber entendido nada.

Y antes de responsabilizar del bipartidismo a los pocos miles que votamos en blanco, recuerden que hay más de 20 millones de personas que insisten en votar a los mismos mal nacidos que llevan décadas saqueando este país. Algunas de esas personas, encima, llaman a lo suyo el voto útil. Eso que llaman voto útil es un síntoma de preocupante inmadurez. Es votar a Lex Luthor para que no venga el Joker.

Yo este año voy a votar a Equo. A pesar del tweet de arriba, a pesar de los veganazis, las feminazis y los homeopatanes que se han infiltrado en el partido, creo que en conjunto es una opción ecologista seria, liderada por un tipo que tuvo los cojones de sacar una pancarta de Greenpeace en los morros de la reina de Dinamarca.

Ojalá Uralde e Inés Sabanés lleguen este año al Congreso. Y ojalá puedan actuar, mientras los de siempre siguen haciendo lo de siempre. Hablar, hablar y hablar.

 


UNA ANÉCDOTA DE MALASAÑA

6 mayo, 2010

por Pianista en un Burdel.

Atención: este post tampoco va sobre guión. Aprovechando que el martes David Muñoz hablaba de comics, y ayer Chico Santamano habló sobre mariconadas, yo voy a hacer un pedazo de off-topic y voy a contar una anécdota sin relación con el guión. Los más puristas pueden saltarse el post y volver mañana, que habrá una interesante reflexión del Guionista Hastiado sobre las pruebas de guión.

Entre los comentarios a mi post de la semana pasada me llamó la atención éste de Insecto:

La comunidad de Madrid intenta boicotearnos: ahora en algunas bibliotecas públicas han prohibido el uso de la red eléctrica para enchufar portátiles, móviles o ipods. Dicen que se sobrecarga la red. Paparruchas.

Y empecé a recordar las cosas que la gente cuenta de Esperanza Aguirre. Que si el recorte salvaje de presupuesto a las escuelas municipales de música; que si la reducción brutal de personal en las guarderías públicas; que si la privatización de empresas públicas más que solventes, como el Canal de Isabel II; que si las miserias que esconden todos esos hospitales presuntamente públicos, pero en realidad gestionados -de manera casi leonina- por manos privadas; por no hablar de la insensata criminalización de la sedación paliativa, o de cómo les aprietan las tuercas a los abogados del Turno de Oficio…

Ya sé que sobran blogs que hablan de política sin ton ni son. Sobran incluso blogs que hablan de política con conocimiento de causa. Así que no voy a hablar de política. Voy a hablar de Esperanza Aguirre no como político, sino como persona. A ver si consigo contestar a una pregunta que ronda por muchas cabezas:

¿Es Esperanza Aguirre la peor persona de España?

No puedo contestar taxativamente. En primer lugar, porque no me gustan las afirmaciones absolutas. La gente que hace afirmaciones absolutas es gilipollas. Punto. Y en segundo lugar, porque una contestación sincera a esa pregunta podría traerme problemas.

Todo lo que puedo hacer es contar, como decía, una anécdota. No una noticia política, no una reflexión moral. Una anécdota vivida por un servidor. Y que, además de retratar bastante bien al personaje, ilustra a las claras por qué podría traerme problemas decir que Esperanza Aguirre es la peor persona de España. (Que no lo estoy diciendo, ojo, sólo digo qué podría pasarme si lo dijese. Pero no lo he dicho. NO LO HE DICHO.)

ACTO I

Mayo de 2003. Recordemos: el año del Prestige y el Nunca Mais. El año de la invasión de Irak y el “No a la guerra” en los Goya. Se avecinan las elecciones autonómicas. En Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón abandona la presidencia. La nueva candidata del PP es Esperanza Aguirre.

Hay cierta tensión en el ambiente. La izquierda madrileña tiene esperanzas por primera vez, tras dos legislaturas de aplastante mayoría del PP. El cariz político de los últimos meses presagia que el 25 de mayo podría ser uno de esos raros domingos en que la gente de izquierdas se digna ir a votar, en lugar de pasarse la mañana durmiendo y la tarde de sobremesa.

Hasta la derecha teme la derrota: pocos días antes, la Junta Electoral Central, en un ambiguo comunicado, rechaza (sin prohibirlo expresamente) que se exhiban en colegios electorales e inmediaciones lemas de “No a la guerra”, por considerar que pueden ser constitutivos de campaña electoral.

ACTO II

25 de mayo de 2003, domingo. Día de las elecciones a la Asamblea de Madrid.

Estamos en las inmediaciones del colegio electoral Pi i Margall, en el barrio de Maravillas de Madrid (Malasaña para los amigos). Concretamente enfrente del colegio, en el café Pepe Botella, frecuentado por cineastas y otra gente de mal vivir, entre ellos el que suscribe.

El Pepe es un local encantador. Además de servir un café exquisito, y de no tener ni tragaperras ni tele (con la excepción de ciertas noches de los Goya), recientemente han abierto una microsala de teatro al fondo del local. Un espacio como para cincuenta personas, donde unos pocos privilegiados hemos podido disfrutar de pequeñas maravillas como el humor de las Donas Móviles, entonces con la gran Marta Belenguer.

Dibujo de Pablo Gallo

Son aproximadamente las once de la mañana de un domingo soleado de primavera. Mucha gente se pasa por el Pepe antes de ir a votar. Muchos están indignados por la decisión de la Junta Electoral Central, que ha sido motivo de encendidos debates entre los partidos políticos. Para unos, es un ataque a la libertad de expresión. Para otros, es una interpretación legítima de la ley electoral.

Entre los más indignados se encuentra María, la dueña del Pepe Botella. Esta mañana, al abrir el bar, ha dejado sobre la mesa una cajita de cartón que contiene un particular obsequio para los clientes habituales:

MARÍA

¿Has votado ya?

CLIENTE

Iba ahora.

MARÍA

Pues toma. Para la solapa.

Y abre la caja.
Y saca de ella un pin rectangular.
Un pin rectangular con este diseño (con perdón de la expresión):

Muchos se lo ponen. Yo no. Recuerdo con bochorno la noche de los Goya. Que un montón de gente supuestamente experta en la comunicación visual y en la narrativa dramática desfile por el escenario repitiendo la misma línea de diálogo y exhibiendo el mismo atentado al buen gusto visual me parece, política aparte, un error de producción.

Así que ahí estoy, acodado en la barra, como escribiría un novelista perezoso, sorbiendo mi cortado con una media sonrisa, y murmurando de vez en cuando “estás loca, María”. Cuando de pronto, ocurre un punto de giro digno de una peli de John Ford:

Entra Esperanza Aguirre por la puerta.

 

ACTO III

En realidad, para los residentes de Malasaña, la sorpresa no es tanta. Al fin y al cabo, la señora Aguirre vive en el barrio y, por tanto, le corresponde votar en el Pi i Margall. Pero su aparición en el Pepe Botella es, como mínimo, inesperada.

Flanqueada por sus guardaespaldas y acólitos, se sienta, y espera a que la sirvan, con esa sonrisa suya como de profesora de latín a punto de poner un examen-sorpresa. Juraría que sus ojos buscan un momento la famosa cajita de pines de la que, sin duda, alguien le ha hablado ya. Es la única razón por la que ha podido entrar en el Pepe Botella. Viene a provocar, es obvio.

María sale de la barra y se acerca a su mesa. Todo el mundo en el bar la sigue con la mirada, mientras María recorre los pocos pasos que las separan. El silencio, como escribiría un periodista perezoso, podía cortarse con un cuchillo. Esperanza Aguirre abre la boca para pedir su consumición, pero María no le da tiempo:

MARÍA

Váyase. Aquí no servimos a fascistas.

La manera en que se le quedó la boca abierta no la he vuelto a ver en ninguna de sus apariciones públicas. Bien es cierto que siempre aparto la mirada cuando aparece ella. Ese gesto de suficiencia que gasta, esa cara como de marquesa apolillada, me producen náuseas.

El caso es que Esperanza Aguirre se levanta, muy digna, y se marcha sin decir nada. Todos nos quedamos un rato sin decir nada. ¿Y qué íbamos a decir? El consabido “estás loca, María” se queda cortísimo para la situación.

Y como escribiría un dialoguista perezoso, el resto ya es historia: la izquierda ganó las elecciones. Luego se les calentó la boca diciendo que iban a acabar “con el ladrillo”. Como consecuencia lógica a esa estúpida estrategia de jugar con las cartas boca arriba, alguien se sacó un as de la manga: el tamayazo. Con la ayuda de la habitual torpeza comunicativa de los socialistas, el PP consiguió que todo el asunto pareciese una confirmación de que el PSOE estaba, como diría un bloguero perezoso, corrompido hasta la médula (cosa probablemente cierta… pero no sólo para el PSOE). Las elecciones se repitieron… y Esperanza Aguirre sacó mayoría absoluta. Y hasta hoy.

¿Y en qué demuestra esta anécdota que es peligroso decir que Esperanza Aguirre es la peor persona de España (cosa que yo jamás he dicho)? La explicación la encontramos en el

EPÍLOGO

Casualmente, tras conseguir Esperanza Aguirre la Presidencia de la Comunidad de Madrid, empezaron a pasar cosas en el Pepe Botella. Las inspecciones técnicas y las visitas policiales se multiplicaron. Aproximadamente cada quince días, un inspector aparecía por allí y les ponía una multa por los motivos más diversos. Verbigracia:

  • Los camareros van vestidos con la ropa de calle, lo que determinada ordenanza prohíbe expresamente.
  • Los lavabos no tienen agua caliente, cosa que determinada ordenanza impone expresamente.
  • El local tiene licencia de restaurante, no de bar, lo que les obliga a construir inmediatamente una cocina, si no quieren exponerse al cierre… según determinada ordenanza.
  • El local no tiene licencia de café-teatro, por lo que la celebración de espectáculos en la parte de atrás contraviene determinada ordenanza.

Hoy en día, en la parte de atrás del Pepe Botella, donde un día hubo un escenario, hay una cocina que nadie usa. Por allí hay también un clavo donde cuelgan siempre un par de camisas y unos pantalones. Si quieren ustedes creerlo, es la ropa de calle de los camareros. Los lavabos siguen sin tener agua caliente, naturalmente, como ocurre en nueve de cada diez bares de Malasaña (la mitad de los cuales funciona, sin problema ninguno, con una licencia de restaurante).

Y cada pocas noches, la Policía Municipal se asegura de que el bar cierra puntualmente a las 2.00 a.m., en cumplimiento de determinada ordenanza cuya observancia, al parecer, no es necesariamente exigible al resto de los locales del barrio. Claro que, en el resto de los locales del barrio, no le han dicho las verdades a la cara a Esperanza Aguirre.

¿Contesta esto a la pregunta? ¿Demuestra esto que Esperanza Aguirre es la peor persona de España?

No tengo ni idea. Echaré mano de un refrán, como haría un tertuliano perezoso: dicen que mala hierba nunca muere. Y de momento, Esperanza Aguirre ha sobrevivido a un accidente de helicóptero y a un ataque terrorista.

Probablemente ese dato no quiera decir nada. Pero les diré una cosa más: guardo un recuerdo muy vívido de aquella soleada mañana de mayo en el Pepe Botella. Al salir Esperanza Aguirre del Pepe Botella, noté un intenso olor a azufre…

¿Tópico? No lo niego. Quizá ni siquiera sea cierta, toda esta anécdota. Quizá sólo sea fruto de mi imaginación perezosa


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