PARA QUIÉN ESCRIBIMOS

5 julio, 2012

por Carlos López

Yo no sé cocinar para mí solo. Pensar el menú, comprar los ingredientes, macerarlos, encender el fogón, pochar la cebolla, dorar el sofrito… son cosas que uno hace solamente si va a compartir el resultado, pensando en qué les gusta a tus invitados y con el deseo de que lo devoren y rebañen el plato. Y ya puestos, que te hagan la ola, ¿por qué no? Eso te servirá de estímulo la próxima vez que te pongas el delantal.

Escribir es algo parecido. Una actividad solitaria, sí, pero que a mí me resulta inconcebible como simple ejercicio de onanismo. Sobre todo, claro, si escribes para el espectáculo: tecleas cada frase pensando en cómo será degustada por tu público, esa masa informe que antes solía agruparse tres veces diarias en butacas dispuestas en hilera y ahora nadie sabe si la vas a encontrar en el sofá, en la cama, en el metro o si no está para nadie. Escribes para ellos, pero no sabes quiénes son, cuántos, qué piensan, qué les apasiona. Por eso, porque nadie puede presumir de saber qué quiere el espectador, el único criterio honesto del guionista consiste en tratar de convencerse a sí mismo. Escribes para ti: si te gusta, es probable que le guste a muchos. Eso sí, hay que ponerse exigente, pelearse con cada escena, escapar del refugio de la autoindulgencia. Que todo lo que estás escribiendo te parezca banal y chabacano puede ser la manera de obligarte a que, al final, el guion que entregas sea mejor que la media.

Un momento. Aquí viene lo obvio: no se lo entregas al espectador. Jamás va a leer tu trabajo. El primer destinatario de tu guion es quien te paga, o quien va a dirigirlo, o quien se está pensando si apoyarlo, incorporarse al equipo, interpretarlo… Necesitas convencerlos para que el proyecto siga vivo. Ellos te leen, para ellos escribes: gente diversa que se coloca en fila india entre tú y el espectador. Que quizá tenga poder para detenerlo todo, echarlo para atrás, ordenarte reescribir tu guion una y otra vez hasta que ni tú mismo lo reconozcas. Y como tienes que venderles lo que has hecho, como estás obligado a gustarles, ese guion en el que pretendías que todo estuviera contado entre líneas, en elipsis, que fuera parco en diálogos y elegantemente áspero de forma… empiezas a escribirlo en defensa propia. Para tontos. Para que todo quede bien clarito. Para que no se les pase lo importante. Para que lo entiendan. Acotaciones prolijas que explican lo que piensa el personaje, líneas de diálogo que anuncian lo que va a pasar, propuesta de planos que ayuden a visualizar la historia… El horror. Ya no queremos hacer una buena película o una buena serie. Ya sólo queremos pasar el examen.

También sabemos que todos ellos van a mirar con lupa nuestro guion para determinar si cumple los requisitos de producción. Por ejemplo, los que detallaba Sergio Barrejón en este reciente post. Son condiciones absolutas: olvídate, no vas a convencer a nadie de que es necesario un día más de exteriores. O vas a convencerlos a todos pero no te harán ni caso. Así que te fajas en resolver el sudoku y consigues pasar todas las pruebas. Aunque para hacerlo emplees tu tiempo en cosas tan estúpidas como recortar las acotaciones de las secuencias de exteriores para que ocupen menos páginas.

Si trabajas para una película, es probable que los lectores de tus primeras versiones sean pocos. Todos con capacidad decisoria. El director, por supuesto. El productor, que rara vez será uno solo. El jefe del departamento de cine de una cadena de televisión o el lector que tiene contratado para que le haga un informe. El responsable de una distribuidora… En cada proyecto es diferente y el calendario puede ser de varios meses o varios años. El cine es así: imprevisible.

En televisión, sin embargo, tus lectores componen casi la misma lista de una producción a otra. No hay que imaginárselos ordenados en línea recta, uno detrás de otro. No son etapas sucesivas, no siempre. Es algo más parecido al JUEGO DE LA OCA: un viaje que arranca y que avanza a trompicones, en el que a veces hay saltos adelante (pocos) o caídas en desgracia que te hacen retroceder varios puestos o volver a la casilla de salida (frecuente), o penar durante semanas sin moverte del pozo, esperando novedades de reparto o de producción, entregando versiones y versiones hasta que das con la tecla justa.

Casi nada de eso depende exclusivamente de la calidad de tu guion, sino de la dirección en que sopla el viento cada comienzo de semana. Un pálpito de la cadena, un temor, una imposición de casting, una sugerencia, un replanteamiento de los ingredientes. Puede que, incluso, te cambien el juego a mitad de recorrido. Las fichas, las normas, el tablero. Todo. Lo que era un thriller se convierte en comedia, o al revés. No será la primera ni la última vez que sucede.

COLÓCATE EN LA CASILLA DE SALIDA. TIRA LOS DADOS, MUEVE FICHA. ESTÁN ESPERANDO TU GUION.

ESTOS SON TUS LECTORES:

Uno. El coordinador.

Es guionista como tú, pero está en el centro de la tormenta. Si hay un rayo, le cae fijo. Con él o ella has compartido horas de mesa y pizarra, has cambiado un montón de correos, puede que varios chats. Al principio del proyecto, parece que no existe nadie más que vosotros. Trae noticias de las altas y medianas esferas, cómo se respira por allí, qué se espera de ti, del equipo de guion, de la serie. Pactáis un calendario y te pide cambios y más cambios hasta que las prisas se convierten en urgencias y quizá no le quede más remedio que reescribirte de arriba abajo porque tarda menos en hacer eso que en contártelo para que lo hagas tú. Gana más dinero, pero jamás le tendrás ni una gota de envidia.

Dos. El productor ejecutivo.

Suele haber más de uno, puede que sea guionista, con frecuencia es autor de la Biblia y quien se bate el cobre con la cadena. Todo pasa por su mesa, toma decisiones de variado calibre y su móvil vibra sin interrupción. Por eso no le queda otra que leer tu guion a horas intempestivas, de corrido, en diagonal. Con la mejor intención, eso sí. Mejor si ha podido reunirse contigo antes de escribir, pero lo más probable es que no haya tenido tiempo, o que las cosas hayan cambiado de rumbo desde entonces. Sus notas son órdenes. Puede ser tu mejor aliado para imponer la necesidad de una secuencia o el filtro más intransigente que obligue a suprimirla: nadie como él sabe cuánto está en juego.

Tres. El jefe de producción. El ayudante de dirección.

Cualquiera de los dos te va a leer la cartilla. Ármate de razones si quieres defender un exterior noche o el traslado del equipo a una localización para grabar sólo medio folio. Si tu sudoku te parece difícil de resolver, el que estos tienen sobre su mesa roza lo imposible. Tú cuadras tramas y personajes. Ellos cuadran sueldos, jornadas de trabajo, partes meteorológicos, medios de transporte, azares y caprichos. Leen tu guion armados con varios marcadores de colores. Mejor dicho, no lo leen: lo desglosan, a veces lo despellejan. Te recuerdan que no puedes usar un actor porque está contratado por sesiones o que conviene usar más a otro cuyo contrato por temporada no está luciendo lo previsto. Ojo: en la soledad de tu reescritura, lo natural es que les odies. Trata de contenerte: sólo hacen su trabajo.

A las lecturas técnicas del equipo suele acudir el coordinador, pero es posible que requieran tu presencia, o que te hagan llegar las notas sugeridas por los diferentes departamentos. A mí me causa placer y vértigo ver a cada miembro del equipo leyendo tu guion con la mente puesta exclusivamente en su parcela. Siempre aprendo algo, porque ves las necesidades que genera tu escritura, las complicaciones de lo que a ti te pareció simple, la creatividad de cada miembro del equipo poniendo tu guion a punto. Para ellos, deja bien clarito el paso de los días, vigila cuando mezcles las tramas, escribe diálogos con los coches parados, evita secuencias con agua y no determines demasiado el atrezzo. Te comerán a besos.

Cuatro. El director.

Pone en pie tu guion, decide planos y propone intenciones. Lo que viene siendo un director, vaya. En cualquier serie en marcha hay tres o cuatro directores trabajando a la vez. A menudo le llega el guion con el tiempo mínimo para rodar, lo estudia como un temario de oposiciones y te pasan sus notas como si fueran peticiones del oyente. Debería ser tu aliado y puede que ni llegues a conocerlo, que lo más cerca que vayáis a estar el uno del otro sea en los créditos del capítulo. Aún así, te conviene pensar en él cuando escribas. En él más que en ninguna otra persona. Conocer su forma de trabajar, sus gustos de planificación, su trato con los actores. Va a trabajar con mucha presión, por eso leerá tu guion buscando la forma más sencilla de contarlo. Haz posible que encuentre una.

Cinco. La estrella.

En las series de televisión, los actores suelen sentir el personaje en propiedad. Entonces sucede que se cruzan contigo en la escalera del plató y te dicen aquello de mi personaje nunca haría esto. A menudo tienen razón, claro: ellos miran el trayecto del personaje de capítulo a capítulo, detectan baches como piscinas de grandes, contradicciones que han ido salvando incomprensiblemente las sucesivas lecturas o, lo más habitual, repeticiones cansinas de la misma actitud. Se sienten muy solos, necesitan consejo y sólo reciben órdenes, ponte en la marca, dilo desde ahí, mira a este punto. Puede que no tengas oportunidad de hablar con ellos. Si la tienes, cuéntales lo que piensas, pero ten cuidado de no contradecir al director, al productor o al coordinador, que la puedes liar parda. Otra cosa es cuando algún actor tiene estatus de estrella, cuando el destino de la serie va unido a su presencia: entonces no tienes más remedio que tenerle contento. Punto.

La mesa italiana, la lectura con actores, puede ser un trámite que te evitan o una obligación que te imponen para que reescribas los diálogos después de contrastarlos. Escuchar tu guion en voz alta es un regalo que proporciona como ningún otro la medida exacta de las cosas. La duración del guion, la curva de intensidad, lo que funciona y lo que más vale cortar. Es un simulacro de público. Según la ocasión, una lectura así puede sonrojarte hasta el dolor o inundarte de vanidad. Lo más probable: las dos cosas a la vez.

Seis. El delegado de la cadena.

Con ese nombre o con otro parecido, siempre hay alguien que ejerce de correa de transmisión con la emisora. No hay que olvidarlo: la que paga (tarde), la propietaria del producto, la que ordena y manda a su antojo. El delegado forma equipo con un lector o lectora al que pagan (poco) para que mande un informe de cada guion. Se toman su tiempo para leerlo, puede que demasiado. Te buscan las cosquillas, errores y contrasentidos, fallos de raccord emocional (ya está, ya lo he dicho) y es frecuente que pidan más caña, más peripecia, más de todo por el mismo precio. También suele pasar que, por miedo a sus jefes o por miedo a perder espectadores, limen aristas a diestro y siniestro: nada que chirríe, nada de tacos, pocas locuras, ningún experimento, ab-so-lu-ta-men-te-NO-a-los-flash-backs, todo tan ordenado que en la siguiente versión se quejarán de que es previsible. En cualquier caso, son tus lectores más concienzudos.

Siete. El director de ficción.

Jefe de los anteriores, no es habitual que tenga tiempo ni sienta la necesidad de leer todos los guiones, pero en algún caso hasta se ha remangado ante la pizarra para reescaletearte las tramas. Tu serie forma parte de su escaparate, de su curriculum, su éxito o fracaso va ligado a su destino laboral. Es obvio que se trata de quién tiene más interés directo en que la cosa funcione, pero a veces no estás del todo seguro de que apoye la serie, puede que dé un paso atrás en las reuniones importantes para no chamuscarse si todo se incendia. Le preocupa el tono de la serie, el target, las posibilidades del concepto. Cuando entra el guionista de a pie, el pescado debería estar vendido. La experiencia demuestra que hasta que no se ve el primer montaje del capítulo nadie está seguro de lo que realmente está haciendo.

Ocho. El ejecutivo.

Los demás directivos de las cadena, incluso puede que el jefe máximo, intervienen en los momentos de la verdad. La luz verde. El título. Los cabezas de cartel. La fecha de estreno. Lo lógico es que se lean, como mucho, el primer capítulo. Y no todas las versiones. Como puedes suponer, las notas que eventualmente puedan pasarte sobre el guion tienen la categoría de verdades eternas que sólo pueden ser recibidas con fe y puestas en práctica al instante. Por cierto, imaginarse al jefe máximo leyendo tu guion produce escalofríos, ¿no?

————————————————-

Todos leen, todos opinan. Como decían Les Luthiers, el resultado mejora sensiblemente si son buenos. Buenos profesionales, quiero decir. Tampoco podemos pedir que todos lo sean, estaríamos ante una negación de la estadística. Lo peor que te puede pasar es que sus opiniones sean contradictorias. No, espera, hay algo peor: que la misma persona se contradiga en reuniones sucesivas, incluso se han dado casos de una misma persona se contradiga a lo largo de la misma reunión. Tú bajas la cabeza, garabateas un monigote en tu libreta, piensas en cómo torear el asunto. Tienes la sensación de que proponen cambios contradictorios para que sea imposible hacerles caso en todo, y de esta manera echártelo en cara si la serie fracasa.

Que quede claro que no me estoy quejando, supongo que en otros países (aunque nos guste pensar lo contrario) el proceso no es tan diferente. Tampoco puedo decir que me parezca mal que opine mucha gente sobre mi guion, que las cosas se mediten, se prueben, se cambien buscando una mejora interminable. Pero creo que hay algo viciado en este sistema que suele impedir que el producto tenga pies y cabeza.

Ahora que la crisis ha obligado a estirar los calendarios, no es raro que el guion de un primer capítulo pase de las quince versiones. Siempre pienso lo mismo: ojalá cada versión sea mejor que la anterior. Me temo que no siempre es así. Todo se puede resumir de la siguiente manera (es mi ejemplo favorito): En la primera versión te pidieron un lenguado a la plancha. En la tercera, te propusieron que lo rebozaras. En la séptima, decidieron que sería mejor en salsa verde. En la novena, tenían claro que el lenguado tenía que cocinarse al horno. El lenguado es el mismo desde el principio y cuando llega el momento de la emisión el espectador, el objetivo último de todo, percibe el aroma requemado del plato y con una mano se tapa la nariz mientras con la otra agarra el mando a distancia para cambiar cuanto antes de cadena.


FLASHBACK: “SI PESTAÑEAS, TE LO PIERDES”

25 septiembre, 2011

por Mercedes Rodrigo.


A riesgo de resultar pesada, me dejo llevar por el entusiasmo y abordo un tema recurrente en Bloguionistas: El Taller de Thriller que tuvo lugar en la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España.

Si, compañeros, yo también fui. Y os aseguro que mereció la pena. Entre otras cosas, por poder asistir a la Clase Magistral que nos regaló Enrique Urbizu.

Y es que hacía mucho tiempo que no quedaba tan conmovida por un discurso sobre guión, cuajado de perlas que siguen brillando en mi cabeza como flechas de neón. Tan útiles para indicar el camino y solucionar los múltiples problemas que surgen en el guión que escribo, que es precisamente un thriller.

Urbizu trató muchos temas en su charla, desde la importancia que tiene el MacGuffin en sus películas, hasta la atmósfera cautivadora de hollín y óxido del Bilbao de los ochenta. Pero me llamó especialmente la atención esta pregunta que lanzó al aire: “¿Hasta qué punto complaces al espectador?”

Por supuesto que él tiene muy clara la respuesta y, si bien trató el tema en el ámbito del thriller, se puede aplicar a todos los géneros.

Hablo de cine, claro. De una película pensada para proyectarse en una sala oscura o, al menos, para ser vista con toda la atención. Una atención que cada vez es más difícil exigir al espectador de nuestro tiempo, y no necesariamente porque éste sea responsable.

Esa atención sale de manera natural cuando se acude a una sala de cine. El lugar proporciona la atmósfera, el resto ya es mérito de la película. El cine pide silencio y concentración, a cambio proporciona evasión, conmoción y, en ocasiones, reflexión.

La tele puede proporcionar lo mismo pero con menos intensidad. Se presta más a originar opiniones inmediatas, comentarios, conversaciones. Está integrada en la escenografía de nuestra propia casa, con la luz cotidiana que acompaña nuestro día a día, bajo el dictado del zapping y el despiste del consumidor.

En el lenguaje televisivo estamos más que acostumbrados a complacer al espectador.

Yo, que acumulo la mayor parte de mi experiencia escribiendo series diarias, tengo una tendencia casi patológica  a dejarlo todo claro.

Y no es que subestime la inteligencia del espectador (que es la mía propia) sino que cuento con su falta de concentración  y trato de ponérselo lo más fácil posible.

Porque el objetivo, es que el espectador vea el mayor número de capítulos posibles, ya sea niño, anciano, o adolescente. Se trata de que, si se pierde un par de capítulos, pueda seguir la trama sin problemas.

Por eso, si una trama se basa en la confusión que ocasiona que un personaje confunda un maletín con otro idéntico, ha de hacerse un plano detalle de esos maletines e incluso verbalizar la coincidencia, dejando claro al espectador que eso será la clave de la confusión y de un futuro conflicto.

Godard definió estas diferencias entre la pantalla de televisión y la de cine de manera muy gráfica: “En un cine, el espectador levanta los ojos para ver la pantalla; cuando ve la televisión, los baja…”

Vivimos en la época de La Pantalla Global. Encontramos pantallas allá donde se posa nuestra mirada: pantallas en el metro, en el aeropuerto, en nuestros móviles, en los bares, en el ordenador.

Es la imagen la que nos busca y no al revés.

Se nos ofrece constantemente un exceso de imágenes que apelan a la estimulación sensorial, en busca de ser rápidamente “elegidas” por el espectador.

Parece que, ante tanta proliferación de pantallas y canales, los lenguajes publicitarios, televisivos y cinematográficos se mezclan y confunden.

Asimismo, el espectador es más sabio que nunca y conoce perfectamente los resortes visuales, por eso no le vale cualquier cosa.

Por eso existen series como “Lost” o “The Wire”, donde apenas se verbaliza la acción y las incógnitas se resuelven sin previo aviso ni posterior resumen. Como te descuides, ni te enteras, y te lo tienen que contar.

Más de un seguidor de estas series tendrá que reconocer que, para mayor disfrute del capítulo, apaga la luz de su cuarto y no atiende ni las llamadas de teléfono.

Es tele que consumimos con la atención y la avidez con la que consumimos cine.

Pese a todo, siempre surge la eterna duda sobre si facilitar o no al espectador el seguimiento de la trama.

El tema de complacer o no al espectador se vuelve más complejo cuando, en España, la mayor parte de cine está producida con dinero de las televisiones, y los productores que vayan a trabajar con directores y guionistas, obviamente, van a buscar la rentabilidad del producto.

Porque bien lo dijo Urbizu: “El productor siempre va a tratar de hacer un cine confortable para el espectador.”

El director, que ahora vive inmerso en la postproducción de su última película “No habrá paz para los malvados”, nos explicaba así una diferencia de opiniones entre él y sus productores.

Urbizu plantea un plano general en el que el protagonista baja a un sótano donde se encuentra un objeto indispensable para la trama pero en el que el protagonista no se fija especialmente.

El director cree que si el personaje no ve nada especial en el objeto, el espectador tampoco tiene que verlo.

El productor, en cambio, piensa que el espectador agradecerá un plano detalle del objeto en cuestión, una pista más que evidente de que ese objeto juega un papel importante en la trama.

Tal vez exista algo de miedo a que el espectador se sienta perdido en la trama y se frustre pero, en mi opinión, la intención del director es la correcta, sabe lo que hace.

Sólo trata de respetar el punto de vista del personaje sin hacer concesiones al espectador.

Así obliga al espectador a releer la imagen cinematográfica, exigiéndole toda la atención que requiere esa película que ha sido pensada al milímetro (no en vano Urbizu ha rodado su última película en formato panorámico, ofreciendo al espectador mucho fotograma para ver, buscar y deleitarse).

Es la única manera de disfrutar de la complejidad de la trama, de las rimas de imágenes que se suceden y que pasarían desapercibidas si no se le prestara al conjunto toda la atención que merece.

“Si pestañeas, te lo pierdes”.

La intención es que la historia no termine cuando acaba la película, sino que vaya más allá. Así se reta al espectador a una mirada diferente: la propia.

Y Urbizu lo hace porque ésas son las películas que le gustan a él.

También son las películas que me gustan a mí.

Es un valor añadido para una película que el espectador salga de la sala haciéndose mil preguntas y conjeturas sobre lo que acaba de ver, pese al riesgo que existe de que algún espectador se pierda y termine frustrado.

Tenemos un ejemplo claro en la película “Inception”, en la que el espectador está mucho tiempo desconcertado, sin saber qué está sucediendo exactamente, pero con toda la atención puesta en los detalles, releyendo la imagen cinematográfica constantemente en busca de pistas.

Por eso, cuando Urbizu contó que no rodó ni uno solo de los insertos que se habían incluido en el guión, os juro que el corazón me dio un vuelco.

Una actitud tan valiente no puede sino merecer mi más sincera admiración.

Respeta el punto de vista de los personajes y, al hacerlo, está respetando la inteligencia del espectador, tratándolo como a él le gusta ser tratado.

Después de un discurso tan inspirador lo primero que hice fue ver de nuevo “La Caja 507” y comprobé en cada plano lo consecuente de sus palabras.

Así que, como él mismo reflexionó, tal vez tenga que esperar mucho tiempo para rodar una película y tal vez éstas no consigan la rentabilidad económica esperada.

Pero de lo que no me cabe ninguna duda es que alcanzan con creces el objetivo, tanto temático como visual, que se propuso como director: “Acabar con la mirada inocente del espectador”.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 9 de diciembre de 2010)


“SI PESTAÑEAS, TE LO PIERDES”

9 diciembre, 2010

por Mercedes Rodrigo.


A riesgo de resultar pesada, me dejo llevar por el entusiasmo y abordo un tema recurrente en Bloguionistas: El Taller de Thriller que tuvo lugar en la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España.

Si, compañeros, yo también fui. Y os aseguro que mereció la pena. Entre otras cosas, por poder asistir a la Clase Magistral que nos regaló Enrique Urbizu.

Y es que hacía mucho tiempo que no quedaba tan conmovida por un discurso sobre guión, cuajado de perlas que siguen brillando en mi cabeza como flechas de neón. Tan útiles para indicar el camino y solucionar los múltiples problemas que surgen en el guión que escribo, que es precisamente un thriller.

Urbizu trató muchos temas en su charla, desde la importancia que tiene el MacGuffin en sus películas, hasta la atmósfera cautivadora de hollín y óxido del Bilbao de los ochenta. Pero me llamó especialmente la atención esta pregunta que lanzó al aire: “¿Hasta qué punto complaces al espectador?”

Por supuesto que él tiene muy clara la respuesta y, si bien trató el tema en el ámbito del thriller, se puede aplicar a todos los géneros.

Hablo de cine, claro. De una película pensada para proyectarse en una sala oscura o, al menos, para ser vista con toda la atención. Una atención que cada vez es más difícil exigir al espectador de nuestro tiempo, y no necesariamente porque éste sea responsable.

Esa atención sale de manera natural cuando se acude a una sala de cine. El lugar proporciona la atmósfera, el resto ya es mérito de la película. El cine pide silencio y concentración, a cambio proporciona evasión, conmoción y, en ocasiones, reflexión.

La tele puede proporcionar lo mismo pero con menos intensidad. Se presta más a originar opiniones inmediatas, comentarios, conversaciones. Está integrada en la escenografía de nuestra propia casa, con la luz cotidiana que acompaña nuestro día a día, bajo el dictado del zapping y el despiste del consumidor.

En el lenguaje televisivo estamos más que acostumbrados a complacer al espectador.

Yo, que acumulo la mayor parte de mi experiencia escribiendo series diarias, tengo una tendencia casi patológica  a dejarlo todo claro.

Y no es que subestime la inteligencia del espectador (que es la mía propia) sino que cuento con su falta de concentración  y trato de ponérselo lo más fácil posible.

Porque el objetivo, es que el espectador vea el mayor número de capítulos posibles, ya sea niño, anciano, o adolescente. Se trata de que, si se pierde un par de capítulos, pueda seguir la trama sin problemas.

Por eso, si una trama se basa en la confusión que ocasiona que un personaje confunda un maletín con otro idéntico, ha de hacerse un plano detalle de esos maletines e incluso verbalizar la coincidencia, dejando claro al espectador que eso será la clave de la confusión y de un futuro conflicto.

Godard definió estas diferencias entre la pantalla de televisión y la de cine de manera muy gráfica: “En un cine, el espectador levanta los ojos para ver la pantalla; cuando ve la televisión, los baja…”

Vivimos en la época de La Pantalla Global. Encontramos pantallas allá donde se posa nuestra mirada: pantallas en el metro, en el aeropuerto, en nuestros móviles, en los bares, en el ordenador.

Es la imagen la que nos busca y no al revés.

Se nos ofrece constantemente un exceso de imágenes que apelan a la estimulación sensorial, en busca de ser rápidamente “elegidas” por el espectador.

Parece que, ante tanta proliferación de pantallas y canales, los lenguajes publicitarios, televisivos y cinematográficos se mezclan y confunden.

Asimismo, el espectador es más sabio que nunca y conoce perfectamente los resortes visuales, por eso no le vale cualquier cosa.

Por eso existen series como “Lost” o “The Wire”, donde apenas se verbaliza la acción y las incógnitas se resuelven sin previo aviso ni posterior resumen. Como te descuides, ni te enteras, y te lo tienen que contar.

Más de un seguidor de estas series tendrá que reconocer que, para mayor disfrute del capítulo, apaga la luz de su cuarto y no atiende ni las llamadas de teléfono.

Es tele que consumimos con la atención y la avidez con la que consumimos cine.

Pese a todo, siempre surge la eterna duda sobre si facilitar o no al espectador el seguimiento de la trama.

El tema de complacer o no al espectador se vuelve más complejo cuando, en España, la mayor parte de cine está producida con dinero de las televisiones, y los productores que vayan a trabajar con directores y guionistas, obviamente, van a buscar la rentabilidad del producto.

Porque bien lo dijo Urbizu: “El productor siempre va a tratar de hacer un cine confortable para el espectador.”

El director, que ahora vive inmerso en la postproducción de su última película “No habrá paz para los malvados”, nos explicaba así una diferencia de opiniones entre él y sus productores.

Urbizu plantea un plano general en el que el protagonista baja a un sótano donde se encuentra un objeto indispensable para la trama pero en el que el protagonista no se fija especialmente.

El director cree que si el personaje no ve nada especial en el objeto, el espectador tampoco tiene que verlo.

El productor, en cambio, piensa que el espectador agradecerá un plano detalle del objeto en cuestión, una pista más que evidente de que ese objeto juega un papel importante en la trama.

Tal vez exista algo de miedo a que el espectador se sienta perdido en la trama y se frustre pero, en mi opinión, la intención del director es la correcta, sabe lo que hace.

Sólo trata de respetar el punto de vista del personaje sin hacer concesiones al espectador.

Así obliga al espectador a releer la imagen cinematográfica, exigiéndole toda la atención que requiere esa película que ha sido pensada al milímetro (no en vano Urbizu ha rodado su última película en formato panorámico, ofreciendo al espectador mucho fotograma para ver, buscar y deleitarse).

Es la única manera de disfrutar de la complejidad de la trama, de las rimas de imágenes que se suceden y que pasarían desapercibidas si no se le prestara al conjunto toda la atención que merece.

“Si pestañeas, te lo pierdes”.

La intención es que la historia no termine cuando acaba la película, sino que vaya más allá. Así se reta al espectador a una mirada diferente: la propia.

Y Urbizu lo hace porque ésas son las películas que le gustan a él.

También son las películas que me gustan a mí.

Es un valor añadido para una película que el espectador salga de la sala haciéndose mil preguntas y conjeturas sobre lo que acaba de ver, pese al riesgo que existe de que algún espectador se pierda y termine frustrado.

Tenemos un ejemplo claro en la película “Inception”, en la que el espectador está mucho tiempo desconcertado, sin saber qué está sucediendo exactamente, pero con toda la atención puesta en los detalles, releyendo la imagen cinematográfica constantemente en busca de pistas.

Por eso, cuando Urbizu contó que no rodó ni uno solo de los insertos que se habían incluido en el guión, os juro que el corazón me dio un vuelco.

Una actitud tan valiente no puede sino merecer mi más sincera admiración.

Respeta el punto de vista de los personajes y, al hacerlo, está respetando la inteligencia del espectador, tratándolo como a él le gusta ser tratado.

Después de un discurso tan inspirador lo primero que hice fue ver de nuevo “La Caja 507” y comprobé en cada plano lo consecuente de sus palabras.

Así que, como él mismo reflexionó, tal vez tenga que esperar mucho tiempo para rodar una película y tal vez éstas no consigan la rentabilidad económica esperada.

Pero de lo que no me cabe ninguna duda es que alcanzan con creces el objetivo, tanto temático como visual, que se propuso como director: “Acabar con la mirada inocente del espectador”.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 3.159 seguidores

%d bloggers like this: