LECCIONES QUE APRENDIMOS DE CHICHO ÍBAÑEZ SERRADOR

11 junio, 2019

No le gustaba que le llamasen maestro. Es más: detestaba la palabra. Y, sin embargo, Chicho Ibáñez Serrador nos dejó muchísimas lecciones, también a los guionistas, sobre lo que se debe hacer en cine y televisión. Por supuesto, en el terreno de la ficción, donde nos enseñó la importancia del subtexto y de lo implícito a la hora de mantener la tensión dramática, sobre todo en unos momentos en los que la censura imponía unas estrictas normas sobre lo que se podía decir y lo que no. Que impulsó un cambio en la narrativa audiovisual de la televisión de los 60 con sus Historias para no dormir es un hecho. Como lo es que, con tan solo dos películas en su filmografía, ayudó a crear toda una escuela del terror y lo fantástico, como así reconocieron muchos de los grandes directores del género con ocasión de la entrega del Goya de Honor 2019.

Pero en este artículo me quiero centrar en las lecciones que nos deja a los guionistas de programas de entretenimiento. Porque, sin duda, en este terreno tenemos mucho que aprender del concurso de los concursos: el mítico Un, dos, tres… responda otra vez.

La primera de las lecciones es que las mismas técnicas que se aplican a un relato de ficción también pueden servir para mejorar un programa de entretenimiento. A pesar de que la estructura y la mecánica del concurso eran siempre las mismas, cada entrega del Un, dos, tres… era distinta. El tema propuesto cada semana (“el antiguo Egipto”, “el circo”, “la edad media”…) servía como excusa para contar una historia.

En realidad, cada programa era como una gran aventura en la que los concursantes eran los protagonistas. A esos protagonistas, como en una película, les pasaban cosas: contestaban mejor o peor en la tanda de preguntas, se resbalaban, se manchaban o hacían el ridículo en la eliminatoria, eran “engañados” durante la subasta por el presentador-trilero que les hacía perder relagos fabulosos… Y todo eso nos hacía empatizar con ellos: nos alegrábamos si conseguían el coche o nos entristecíamos si se acababan llevando la calabaza. Por supuesto, la estructura dramática in crescendo no carecía de su clímax, lleno de suspense, cuando tocaba desvelar el premio que se escondía en el último sobre elegido. Y hasta su anticlímax, con saltos y gritos de alegría si se llevaban un apartamento en Torrevieja o su expresión, entre triste y sorprendida, si lo que ganaban era, por ejemplo, un par de tumbas en un cementerio municipal (como sucedió).

La sorpresa era otro de los ingredientes que no faltaban en el programa. Apenas había acabado un número musical ya estaba bajando un cómico por la escalera para interpretar su sketch o se desarrollaba una batalla de espadas en la grada, en una sucesión que no permitía al espectador perder la atención. Porque eso es, en definitiva, lo que busca todo programa de entretenimiento (¿qué es un programa de éxito como El hormiguero sino una “subasta” del Un, dos, tres… con otros ingredientes?).

Cada programa era una sorpresa continua para el espectador, pero no para el equipo, que disponía de un ferreo guión de 60 o 70 páginas donde todo estaba previsto, escrito y ensayado al milímetro excepto, lógicamente, las elecciones de los concursantes. Porque si algo nos enseñó Chicho a los guionistas de entretenimiento es que un buen trabajo de guión es fundamental en la televisión. Ya sea en un programa tan complejo como el Un, dos, tres…, en uno más modesto como Waku-waku o en un pretendido talent show como El Semáforo, en el que la aparición de cada concursante daba pie a un diálogo entre los presentadores, cada uno con su rol muy bien definido, que generaban unas complejas tramas entre personajes dignas de una sitcom. Al final, de lo que se trata es de mantener la atención del espectador contándole una historia. Y a eso es a lo que nos dedicamos.

Chicho era, sobre todo, un contador de historias. Uno de sus pasatiempos favoritos, tras una cena o compartiendo un café, era pedirte que eligieras un objeto cualquiera de los que veías alrededor. Sobre ese objeto, en apariencia inocuo, era capaz de improvisar una historia, a veces cómica, a veces escalofriante, pero siempre manteniendo una estructura y una coherencia en el relato que mantenía atrapados a sus interlocutores. Y ese talento narrativo era el que ponía en cada programa, en cada número musical, en cada sketch. Siempre desde el máximo respeto a nuestro oficio, el de guionista. Y siempre con el orgullo de saber que nuestro trabajo, entretener, tambien es importante.

Son solo algunas de las lecciones que aprendí trabajando con él. Otras muchas se quedan en los trucos particulares del oficio. Al fin y al cabo, siempre podremos decir aquello de… “hasta aquí puedo leer”.

Carlos Muriana es miembro de la junta directiva del sindicato ALMA. Ha sido guionista de “Un, dos, tres…” y del “Imprescindibles” dedicado a Chicho Ibáñez Serrador.


DIFERENCIAS ENTRE UN BUEN SKETCH Y UN SKETCH DE MIERDA

5 junio, 2019

por Fernando Erre.

Los guionistas que formamos parte de ‘Vaya semanita’ a menudo recibimos felicitaciones por los sketches que fuimos escribiendo a lo largo de los años. Tenemos la suerte de que en el imaginario colectivo ha quedado como un buen programa de humor, un espacio audaz e incluso necesario en su momento. Pero hubo de todo. Hay sketches que ves hoy y te hacen sentir orgulloso, pero hay otros que duelen. Son tan malos que te entran ganas de arrancarte los ojos.

Para intentar evitar errores y conservar la vista, siempre he procurado analizar los fallos e intentar no repetirlos. Me gustaría aprovechar este espacio para desmenuzar por qué unos sketches funcionan y otros no. He elegido dos, uno de mierda y otro que me gusta mucho. Ambos abordan idéntica temática: la ley antitabaco que promulgó el Gobierno para prohibir fumar en espacios públicos.

Veamos primero el sketch de mierda. ¿Por qué es una mierda? No vas a tardar ni diez segundos en darte cuenta.

¿Sigues ahí? Gracias. De verdad.

Veamos por qué considero que este sketch tiene un guión desastroso:

  • La premisa –vienen a detener a Sherlock Holmes por fumar en un lugar cerrado- tarda demasiado en manifestarse. La duración total del sketch es 1’25” y el primer punto de giro sucede en el segundo 45. A resultas de ello, el planteamiento es bastante más largo que el nudo y se produce una clara descompensación estructural. Que el planteamiento se dilate tanto se debe en parte a la necesidad de explicar que esos personajes son Sherlock Holmes y Watson (si fuera por el vestuario, el espectador no lo habría descubierto nunca). Sin embargo, este punto se podría haber solucionado con frases más cortas y certeras, y no con semejante chapa. Un planteamiento largo se justifica por lo general para crear una atmósfera o para engordar una situación con la intención de romperla después y crear así un mayor efecto cómico. Aquí sólo conseguimos fomentar el efecto bostezo.
  • La asociación de ideas que da lugar al sketch es forzada. Creo que la premisa en un sketch se basa en lo insólito irrumpiendo en lo ordinario; de la colisión entre estos dos elementos surge la comedia. Para que esa colisión sea fructífera, ambos conceptos deben asociarse con cierta armonía. En este caso lo ordinario sería el mundo de Sherlock Holmes y lo extraordinario, la ley antitabaco. No parecen dos ideas que casen bien. Sí, Holmes fuma en pipa, pero ¿es ese un rasgo tan distintivo del personaje como para vincularlo a la ley antitabaco? El sketch podría haberlo protagonizado Hércules Poirot, que de vez en cuando fumaba cigarrillos, y funcionaría igual; igual de mal. Puestos a buscar un sentido a Holmes, sería más lógico que entrara una brigada de estupefacientes y le detuvieran por su conocida adicción a la cocaína.
  • Previo al primer giro, hay un minigiro: la irrupción de la policía vasca. Que la Ertzaintza haga acto de presencia en la Inglaterra victoriana es bastante absurdo, pero podría tener un pase si aportara algo al sketch. Por ejemplo, los Monty Python hacían aparecer a unos estrafalarios inquisidores en diferentes momentos de la historia; el anacronismo tenía su sentido y su comedia, ya que “nobody expects the Spanish Inquisition”. En este contexto, el único motivo para que sea la policía vasca y no la inglesa se debe a que el sketch se emitió en ETB (Euskal Telebista) y fue la manera que se nos ocurrió de traer el tema a nuestra realidad. Esta decisión lo único que logra es entorpecer la dinámica del sketch, ya que encima se intenta justificar el absurdo (las alusiones sin gracia a la indumentaria de los ertzainas).
  • Que en un programa de la televisión pública vasca aparezca Sherlock Holmes sólo se puede defender en virtud de la actualidad, con un estreno cinematográfico o televisivo en paralelo, por ejemplo. Pero en ese momento no existían las películas de Guy Ritchie -ojalá no existieran ahora tampoco- ni la serie de la BBC. En resumidas cuentas, ni Holmes ni Watson pintaban nada en medio de sketches sobre la kale borroka y gente que no folla.
  • El sketch es plano hasta decir basta. Las líneas de diálogo son tristes, sin chispa, y algunas están escritas para forzar la réplica: “No te hagas el tonto que sabemos perfectamente lo que está pasando”. “Lo que está pasando es que se ha cometido un crimen”. También hay sinsentidos: el ertzaina sabe que el asesino es menor de dieciocho años porque interesa para el desarrollo del sketch, pero no se entiende muy bien cómo ha podido averiguar esa información (el culpable está tan sorprendido como Holmes).
  • No hay un giro final ni una buena frase de cierre. Los ertzainas se llevan detenidos a Holmes y a Watson porque sí, y se ve venir desde el momento en que entran en la sala. El desenlace en el sketch es un asunto siempre a debate. Hay quienes consideran que no es necesario un remate. Por el contrario, yo creo que es importante, porque de él depende en buena medida la impresión que el espectador se lleve del sketch al completo. Aquí se ve muy claro que queda cojo, que hubiese necesitado un remate más contundente.

Después de este duro trago, voy a intentar dejarte un buen sabor de boca con esta otra pieza:

Veamos por qué este sketch sí funciona, a diferencia del horror de antes:

  • El choque entre lo ordinario y lo extraordinario tiene fuerza. Lo ordinario sería la prohibición de fumar en lugares públicos; lo extraordinario, ir un paso más allá y eliminar fumadores por medio de corridas similares a las taurinas. Es una idea absurda, pero está plantada con cierta lógica: “El fumador nace para morir: saben que van a palmar y no lo dejan”.
  • El nudo se desarrolla en consonancia con las fases características de una corrida: salida del toro, inicio de la lidia, una cogida imprevista, muerte del animal. Es decir, el sketch aprovecha que el espectador conoce en líneas generales cómo transcurre un evento taurino. Esto motiva que los paralelismos con los términos y situaciones propios de la tauromaquia surjan con naturalidad (“pulmón color negro azabache”; el personaje del picador, que aquí, en lugar de clavar picas, es un tipo que se dedica a picar, a tocar las narices al fumador…). Este punto es clave para que el sketch funcione.
  • La carga irónica es mucho más acusada en esta pieza que en la de Sherlock Holmes. Se trata al fumador como un animal, un tipo sin mente que sólo piensa en agarrar un paquete de tabaco. Además, tiene mucha mala baba la manera en que la pieza retrata la aversión hacia los fumadores.
  • La premisa aprovecha la actualidad: acababa de cerrarse la Monumental de Barcelona. El sketch funcionaría igual sin este detalle, pero hacer referencia a una noticia reciente ayuda a ganarse la complicidad del espectador.
  • La información está bien diseminada: en lugar de acumular todo al inicio, vamos averiguando cosas conforme transcurre. Por ejemplo, que el nombre del torero es “El niño de los Ducados”.
  • El giro final con la muerte del fumador y el corte de los dos pulmones, como si fueran las orejas del toro, es un digno colofón. En las presentaciones que he hecho del libro ‘Cómo tener éxito escribiendo sketches’, he puesto este vídeo y es un momento que siempre provoca risas. En su día, yo hubiese preferido unos pulmones ensangrentados, pero la opción elegida fue la correcta. John Cleese contaba lo siguiente a propósito del rodaje de ‘Un pez llamado Wanda’: cuando Ken, el personaje de Michael Palin, mataba perros por accidente, al principio se mostraba la sangre y las vísceras, pero causaba rechazo en los pases de prueba. Así que volvieron a rodar las secuencias sin sangre, y en el montaje final las muertes quedaron en clave cartoon. Esta decisión fue determinante para que los espectadores sintiéramos empatía por el pobre K-k-ke-ken.
  • La frase final, sin ser brillante, cierra con acierto el sketch y resume el tema tratado: “qué pena; qué pena que sólo se pueda matar a seis fumadores por tarde”.

En definitiva, los gurús y coachs suelen decir que del fracaso se aprende. Yo añadiría que de la mierda, también.


COPENHAGUE. LA INCERTIDUMBRE DE DOS GENIOS.

3 junio, 2019

por Sergio Granda

Al igual que el principio de incertidumbre, Copenhague es la imposibilidad de medir con exactitud un fenómeno. En física cuántica, ese fenómeno es la posición exacta de una partícula en relación a su velocidad; en la obra del dramaturgo Michael Frayn, es la incierta relación entre dos de las figuras más brillantes de la historia de la ciencia: Nils Bohr, premio Nobel de Física en 1922, y Werner Heisenberg, padre de la citada teoría. Del conocido y enigmático encuentro que ambos tuvieron en la capital danesa en 1941, nace un fascinante thriller científico que transforma lo racional en emoción y que explora las hipótesis más conocidas en torno a este episodio. Porque nadie, ni siquiera ellos mismos, podrá nunca definir con claridad lo que se hizo o lo que se dijo allí.

Esa es la equis a despejar. ¿Cambió este encuentro la Historia para siempre?

Por aterrizar, Copenhague es una obra de abundante contexto histórico y biográfico, que se ofrece inteligentemente destilado sin interrumpir el avance de la narración. Así comprendemos que Bohr y Heisenberg fueron, antes de nada, maestro y alumno, y años más tarde, dos compañeros de trabajo que cimentaron las bases de la física cuántica. Pero con el estallido de la IIGM, su vínculo fisionó: Bohr, del lado de los aliados, y Heisenberg, del lado nazi, personificaron la carrera nuclear de los bloques contendientes y dividieron a la comunidad científica centroeuropea. A pesar de la distancia ideológica, en septiembre de 1941 Heisenberg viajó hasta el Instituto Niels Bohr para reencontrarse con su antiguo maestro. Y a partir de aquí, todo es un misterio. Para unos, Heisenberg solo quería consejo de su maestro; para otros, fue un enviado de las fuerzas nazis con el objetivo de obtener información estratégica; una tercera versión apunta que quiso acordar con Bohr un retraso conjunto en el desarrollo de la tecnología nuclear.

De esta forma, bajo la cuestión de si es lícito que un científico investigue una tecnología destructiva, aunque sea con ánimo defensivo, la obra se adentra en las implicaciones morales que tenía el desarrollo de la física nuclear en aquellos tiempos. Un debate moral que se exprime hasta la sequedad, y que empuja al espectador a reflexionar desde todas las posturas. Sin respuestas, claro. Tan solo siguiendo un improvisado método científico con el que demostrar qué hipótesis es la correcta.

Y ahí, en el dilema humano, es precisamente donde uno se olvida de la ciencia. Todos los isótopos, positrones y electrones pasan a un segundo plano para dejar en foco una disyuntiva universal: ¿es legítimo atacar para no ser atacado? Los argumentos en ambas direcciones dibujan en silueta a dos personajes enamorados de su profesión, pero irremediablemente polarizados por un contexto que no permite la neutralidad. Dos personajes conscientes de que la política ha instrumentalizado todo su intelecto.

Con un tono cercano a un episodio de la posterior Guerra Fría, Copenhague teje un duelo de desconfianzas y segundas interpretaciones que roza el espionaje y pone sobre la mesa la dualidad moral de sus protagonistas: uno, Heisenberg, de parte de la barbarie nazi, pero que no pudo fabricar una bomba nuclear, y por tanto, no fue responsable directo de la muerte de millones de personas. Otro, Bohr, que de parte de los aliados tuvo implicaciones en la bomba que cayó sobre Hiroshima. ¿Cuál de los dos causó más daño?

Siguiendo esta idea, Frayn se hace cargo de un Heisenberg enamorado de Alemania, pero de una Alemania como territorio y cultura, sin esvásticas. Como él mismo dice, “Alemania es el país culpable pero también es mi vida”. Su papel en la Guerra, como parece apuntar la Historia, fue asegurar su presencia al frente de las investigaciones nazis para, de alguna forma, garantizar que el Tercer Reich no llegase nunca a fabricar la bomba atómica.

Pero lejos de estar contado como un mero episodio histórico, Frayn añade una tercera figura que pone al espectador en el centro del escenario: Margrethe Norlund, incansable árbitro que nos guía a través del laberinto ético por el que Bohr y Heisenberg se pierden. La inclusión de Margrethe es fundamental para que la fórmula funcione. Ella es mucho más que la esposa de Bohr; es el puente que conecta a ambos físicos con el patio de butacas. Margrethe Norlund no es física cuántica y esa es precisamente su ventaja. Ella obliga a la traducción, a rebajar la complejidad, a  separar los verdaderos conflictos éticos y humanos de la abrumadora jerga científica.

En este sentido, la voluntad de que el texto no sea una imaginativa transcripción de lo que pudo haber sucedido, también se ve reflejada tanto en su construcción como en su puesta en escena. Y es que la obra intercala el encuentro Bohr-Heisenberg con el análisis que estos dos personajes y Margrethe hacen en retrospectiva del mismo. Esto sucede desde un indeterminado limbo, casi como si tres muertos hicieran examen de conciencia muchos años después, muy lejos de allí. Una pulcra escenografía otoñal sirve de escenario común para ambas líneas temporales.

Desde este enigmático lugar, los tres hacen un extenuante ejercicio de memoria, evocando también otros momentos clave de su relación. Desde la primera vez que se vieron o las agotadoras exigencias de Bohr en su posterior trabajo conjunto, hasta algún episodio posterior a la Guerra. Bajo esta premisa, el tiempo y el espacio se mezclan, se interrumpen y se reordenan en el intento de construir un recuerdo correcto.

Porque Copenhague no es tanto la página de un libro de historia, sino el intento de tres personas que luchan por leer esa página nunca escrita.

Desde el 23 de Mayo el Teatro de la Abadía acoge Copenhague, la historia de tres mentes brillantes que tratan de explicarnos (y de explicarse a sí mismos) cómo fue aquel pedazo de la Historia. Claudio Tolcachir adapta la dramaturgia original y dirige a Emilio Gutiérrez Caba, Carlos Hipólito y Malena Gutiérrez en un montaje intenso y apasionante, que saca brillo al ya brillante texto de Michael Frayn.

Gracias a su éxito, esta versión se ha prorrogado hasta el 14 de julio.


METÁLICA: VIVIREMOS PARA SIEMPRE PORQUE ESTAMOS MUERTOS POR DENTRO

29 mayo, 2019

¿Sueñan los adolescentes con robots masturbadores? ¿Qué hay en el extremo de la disponibilidad inmediata e ininterrumpida de un esclavo sexual? ¿Podemos recrear el amor de una ex pareja con un robot hecho a su imagen y semejanza?

Íñigo Guardamino reflexiona sobre estos temas en Metálica, un texto surgido del laboratorio de investigación teatral Rivas Cherif y que estará en el Teatro María Guerrero de Madrid hasta el próximo 9 de junio.

Los robots sexuales son ya una realidad. Ya hay una generación entera que ha accedido a las redes sociales antes de tener pareja. Una generación que ha visto horas porno antes del primer beso. Las horas que dedicamos a conectar vía redes sociales van en aumento, e inevitablemente lo hacen en detrimento de la socialización real (o away from keyboard, si queremos).

Es un topicazo decir que cuanto más conectados estamos por Internet, más solos estamos en la vida real. Pero lo cierto es que los días siguen durando lo mismo que antes de pasarnos tres horas en las redes sociales. Si a esa socialización de segunda categoría le sumásemos la posibilidad (de momento hipotética) de mantener sexo a capricho con un robot de apariencia humana, ¿cuántos de nosotros no acabaríamos recluidos en nuestra propia burbuja, donde pudiéramos controlar todas nuestras interacciones?

¿No es precisamente la obsesión por el control lo que late tras la virtualización de las relaciones? El stalkeo, el profiling de las apps de citas, el porno de cámaras en vivo, el perfeccionamiento de la apariencia y actitud humanoide en los robots… ¿No son expresiones de un anhelo de disponer de humanos que nos den placer según nuestras expectativas, sin plantear nunca un desafío? Sin cuestionarnos, sin opinar ni matizar ni discutir. Sin ofendernos ni herirnos nunca.

El problema, claro. Es que, a más control, menos emoción. La incertidumbre y las heridas nos mantienen vivos. ¡No siento nada!, grita uno de los personajes de Metálica en pleno acto sexual, antes de obligar a su robot a, literalmente, follárselo hasta matarlo. Y es que sin la incertidumbre, sin el riesgo, no hay emoción. No hay sentimiento. La vida se convierte en una gran zona de confort… sin el menor interés. Viviremos para siempre porque estamos muertos por dentro, dice Marta Guerras casi al final de la obra.

Carlos Luengo y Marta Guerras. Foto: ©Mario Zamora.

Releo mi parrafada y me suena sesuda y redicha. Pero Metálica no es nada de eso. En su forma exterior, es una comedia negra, negrísima. Una distopía cargada de humor y de la acostumbrada mala leche de Guardamino, que no pierde ocasión de recordarnos lo mal que vamos, pero siempre con una buena dosis de humor. En el futuro distópico de Guardamino, los adolescentes comparten en redes vídeos de sus polvos con robots. Adultos pedófilos mantienen sexo con robots-niño. Hay una calle de Santiago Abascal. Y si sufrimos una parada cardíaca en casa, un robot que nos dará un masaje cardiaco… mientras nos practica una felación. Si la cosa acaba mal, la familia se reunirá para despedirnos… por video llamada. No habrá funeral: se generará automáticamente un vídeo con los restos de nuestra huella digital, y luego cada uno a lo suyo.

Muy hábilmente, Guardamino diseña la trama en torno a una familia… iba a decir desestructurada, pero sería más bien re-estructurada según los códigos de un hipotético 2044: un matrimonio que recupera el sexo gracias a la irrupción en casa de un robot-niño… con el que acaban teniendo sexo oral marido y mujer. Cada uno por su lado. Venti, su hijo adolescente que vive solo, pero nunca está solo porque dispone de Cindi, su robot sexual, con quien tiene sexo a todas horas… sin haberse acostado nunca con una mujer de verdad. La familia la completa Jana, la hija adulta, ejecutiva en una empresa de robótica (la misma que manufactura a Cindi). Soberbia composición de personaje de Sara Moraleda. Inolvidable la tragicómica escena en que intenta reprogramar a un robot hecho a imagen y semejanza de un novio que la abandonó sin dar explicaciones. Herida por la ruptura, Jana se obsesiona con programar al robot para que se comporte como ella habría esperado que lo hiciese su novio real. Cada error en el programa, cada imprevisto, nos recuerda lo dolorosamente imposible que es recrear la vida.

Pablo Béjar y Sara Moraleda. Foto: ©Mario Zamora.

Inquietantes, perturbadoras, grotescamente cómicas y siempre eficaces todas las escenas en las que los actores interpretan a robots. Destaca la magnífica Cindi de Marta Guerras. Aterradora, precisa en cada movimiento, en cada inflexión de voz. Se metió al público en el bolsillo y con justicia. Buenas interpretaciones también de Pablo Béjar, Rodrigo Sáenz de Heredia y Carlos Luengo, este último particularmente terrorífico como robot-niño especializado en dar placer oral. Brillante Esther Isla en el papel de Zoe, arrancando con facilidad las carcajadas del público con un timing cómico impecable.

Esther Isla y Rodrigo Sáenz de heredia. Foto: ©Mario Zamora.

Con ecos de Her, Blade Runner, el Fight Club de Chuck Palahniuk (“Stop the excessive shopping and masturbation. Quit your job. Start a fight. Prove you’re alive”) y por supuesto el Frankenstein de Mary Shelley, Metálica confirma la maestría de Guardamino para diagnosticar y satirizar los dilemas éticos de la sociedad actual. Admirable la valentía del CDN produciendo obras incorrectas, incómodas y certeras como ésta, y propiciando espacios de creación dramatúrgica como el laboratorio Rivas Cherif.

Sergio Barrejón.


DALE UNA VUELTA

24 mayo, 2019

“Dale una vuelta”. Una mítica frase que los guionistas hemos sufrido de muchos directores; ahora algunos guionistas se han tomado la maldita frase al pie de la letra y le han dado la vuelta a la situación; han ocupado el lugar de sus directores para tomar las riendas de sus propios programas.

En ficción, los guionistas se están convirtiendo en showrunners y están asumiendo la responsabilidad total en las series en las que trabajan; pero en los programas de entretenimiento, a veces menospreciados incluso desde el propio gremio de los guionistas, está surgiendo un fenómeno parecido que está pasando más desapercibido y que creo que merece tener algo más de repercusión.

Hablo de gente brillante como Ángel Cotobal, Gerard Florejachs, Cristina López, Juan Cruz, Jose A. Pérez Ledo, Pablo López, Roger Rubio, Vicente Sánchez, Jaume Buixó…Igual no os suenan sus nombres (aunque deberían si sois guionistas), pero son el “dream team” del guión de programas en nuestro país.

Ahora podéis verlos en los títulos de créditos como directores de algunos de los mejores programas que hay en emisión: “Polonia”, “Ese programa del que usted me habla”, “Las que faltaban”, “Cero en Historia”, “Órbita Laika”, “LocoMundo”, “Està Passant”…

No están todos los que son, pero sí son todos los que están; aunque no todas, hay una falta brutal de mujeres dirigiendo y escribiendo en nuestra televisión, un mal endémico de nuestra profesión, una deuda histórica que tenemos el deber de corregir entre todos.

Ahora mismo casi todos los programas de humor y entretenimiento de la parrilla de #0 de Movistar están dirigidos por guionistas; igual no es casualidad que el director de programas de entretenimiento de la cadena, Edu Arroyo, fuera guionista y director de programas míticos como el primer “Caiga quien Caiga”, “Noche Hache” o “Estas no son las noticias”.

¡Y se nota! Los programas dirigidos por guionistas, según mi experiencia, cuidan mucho más las escaletas, los contenidos y los equipos creativos.

Espero que esta tendencia se confirme y que una nueva generación de guionistas brillantes como

Tomás Fuentes, Pilar de Francisco, David Martos, Júlia Cot, Laura Márquez, Nuria Roca o Javi Valera den un paso adelante y pasen a la dirección. (Aquí ya empezamos a ver más nombres de mujer, afortunadamente)

Esta siendo un pequeño paso para algunos guionistas, pero un gran paso para la profesión.

En los últimos años ya hemos conseguido algo que nos parecía impensable hace un tiempo, organizarnos en un sindicato, ALMA (corred a afiliarse, insensatos); la próxima lucha será conseguir que haya más compañeros en puestos directivos, ejerciendo de jefes de contenidos, de responsables en las cadenas y en las productoras; y, puestos a soñar, cobrar lo que nos pertenece por nuestros derechos de autor.

(Ay la SGAE)

Parafraseando a @kubelik (Otra gran guionista, Isabel Vázquez) “En España, ese país donde los guionistas tributamos en el grupo de pintores y ceramistas y los rejoneadores tienen epígrafe propio en el IAE”, ahora los guionistas son directores de programas.

Para los indecisos termino con un gran consejo que me dio mi gran amigo y compañero de profesión, Ángel: “Si no diriges tú, es probable que tu próximo jefe sea alguien que no tenga ni puta idea”.

Guardar como… Guión definitivo V2.

Javier Durán (Subdirector de Late Motiv)


EFÍMERAS, LA ESENCIA DEL TEATRO

23 mayo, 2019

Cincuenta propuestas teatrales que van desde lo textual a lo gestual pasando por la creación musical y lo multidisciplinar se reparten por casi veinte salas de la capital para conformar la VI Muestra de Creación Escénica Surge Madrid 2019, que comenzó el 8 de mayo y terminará el 2 de junio.

En la Sala AZarte estuvo Efímeras (una plácida vida tranquila), de José Manuel Carrasco, los días 17, 18 y 19 de mayo.

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Según Aristóteles, “las efímeras son animales sin sangre y muchos pies que vuelan o andan” pero que son conocidas, sobre todo por la duración de su existencia. Un insecto cuyo ciclo vital es de 24 horas y cuya peculiaridad (si se puede considerar peculiaridad a lo efímero de su existencia) nos inspira a hablar sobre la fugacidad de la VIDA con humor, descaro, gotas de ternura y mucha neurosis.

Una sala pequeña. Un escenario modesto de paredes negras y desnudas, luces blancas,  cuatro sillas viejas, dos puertas simétricas en la pared del fondo. De una de ellas sale Pilar Bergés y de la otra Aitor Merino. Rompen la cuarta pared con el desparpajo de quienes saludan a los colegas que vienen a ver un ensayo para dar feedback. Sin música, sin apagón previo, sin telón. El público llega, se sienta, conversa, y cuando da la hora y empieza a callarse, salen la actriz y el actor y con esa misma guasa con la que nos dan las buenas tardes empiezan a jugar y a actuar -qué bien los anglosajones usando ‘play’ para referirse a ambas cosas- y, con la excusa de hablar de esos bichitos que son las efímeras, a reflexionar sobre la brevedad de la vida de las personas y contarnos la historia de sus personajes, María y Miguel.

María es actriz y Miguel es profesor de literatura en un instituto. Se conocen en una fiesta. Empiezan a salir y durante un tiempo les va bien. Yo aquí podría compartir algo más de la trama porque pasan más cosas, pero como a mí me gusta ir al teatro sabiendo lo menos posible del espectáculo que voy a ver, prefiero no decir nada más.

Diré, eso sí, que el autor y director José Manuel Carrasco (El Diario de Carlota, Haloperidol) ha conseguido crear dos personajes extraordinariamente reales. Es emocionante ver algo así en el teatro. María y Miguel dejan de ser personajes desde el minuto uno para convertirse en amigos tuyos; en personas que viven, sienten, sufren, se ríen, disfrutan, conversan… ¡Ay, las conversaciones! Hablan de todo: del amor, el desamor, el miedo, la muerte, el sexo, los sueños… A juzgar por las sonrisas constantes de los asistentes y las carcajadas frecuentes, al público le resultaba familiar lo que estaba viendo y se reconocía sin problemas en los personajes y sus contradicciones. El autor explora sin miedo esos rinconcitos del alma, esas inseguridades, esas comeduras de tarro, ese miedo a no ser nosotros al 100% y a que nos descubran como impostores en el amor, esos arrepentimientos que todos llevamos dentro y solo con quien más queremos -y no siempre- nos atrevemos a mostrar. 

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José Manuel Carrasco, autor y director

María tiene una labia y una actitud ante la vida que hace que se meta al público en el bolsillo y sigamos la historia desde su punto de vista -al menos quien aquí escribe-. Miguel es más tímido, más inexperto, se deja llevar por la fuerza arrolladora y la determinación de María y despierta una simpatía instantánea.

Decía que es emocionante ver algo así en el teatro porque estos personajes tan auténticos nacen sobre el papel tras largas horas de trabajo en solitario por parte del autor, pero crecen y ven la luz en los ensayos cuando ese autor se convierte en director y se encuentra con dos seres generosos y frágiles -como son los buenos actores- que se dejan vaciar y llenar de nuevo siguiendo sus indicaciones. Pilar Bergés como María es una cosa impresionante. Bergés es ya un mito del off madrileño, es realeza del mundo de la interpretación para quienes frecuentamos las salas pequeñas. Pero es que aquí está mejor que nunca. Ignoro si José Manuel escribió el texto pensando en ella pero apostaría mi dinero a que sí, porque es imposible saber dónde acaba Pilar y dónde empieza María -también desde dirección se ha marcado que así sea, indicándole cuándo romper la cuarta pared ocasionalmente con una sensibilidad y un timing bárbaros-. Pilar/María hipnotiza con la rapidez de sus respuestas, engancha con las miradas cómplices al público y emociona con la fragilidad de sus enfados, lanzando el texto con autenticidad y naturalidad -tremendo el monólogo de “El Coloso en Llamas”-.

Su pareja de juego, Aitor/Miguel no se queda atrás. Hacía tiempo que yo no veía nada suyo y oye, qué bien. Su retrato del profesor tímido y responsable es verosímil y acertado. Aitor demuestra su amplia experiencia y hace un gran trabajo con el cuerpo y la gestualidad. Su temple y serenidad son el complemento perfecto para el personaje de María y es una auténtica gozada verles juntos, dándose la réplica tan bien dirigidos los dos. 

Los personajes tienen éxito y generan empatía porque están llenos de contradicciones. Miguel, por ejemplo, es un hombre heterosexual que en un momento de la función cuenta que tuvo una experiencia sexual con otro hombre mientras estudiaba en la Universidad. Nada es blanco o negro en Efímeras: todo es gris, como la vida en el mundo real. Ellos, su historia, lo que les pasa, nada es nunca del todo bueno o del todo malo. Esto no es una comedia, pero hay risas. No es un drama, pero hay lágrimas. No es una historia romántica, pero hay amor. 

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Aitor Merino y Pilar Bergés, actor y actriz

Yo a ratos estaba convencido de que el mensaje era “vive al máximo, aprovecha cada momento porque nuestra vida es efímera también”, luego pensaba “busca el amor verdadero, no te conformes nunca con quien no sea la persona adecuada”, después “cuidado con el piso 81, Carlitos, que todos tenemos uno”… Pues no, señores. Como dice María, vale ya de ir al teatro buscando un mensaje, qué pereza por Dios, “venir al teatro esperando encontrar una respuesta”. Y sin embargo, salí de ver Efímeras con la sensación de haber aprendido, sentido y reflexionado. Con muchas preguntas nuevas, sí, pero también con respuestas y con las cosas un poquito más claras. 

Esta función -que sinceramente espero que anuncie muy pronto más fechas en cartel- demuestra que lo primordial en el teatro es un buen texto, una buena dirección y unos buenos actores y actrices. Es una pieza que ha sido desnudada de todo efecto de luz, escenografía y música -la única que suena proviene de un móvil-; una pieza conscientemente reducida a lo esencial -por esencial me refiero por un lado a “imprescindible” y por otro a “conjunto de características permanentes e invariables que determinan una cosa, en este caso el teatro”- que encuentra en la sencillez y la ausencia de artilugios su verdadera fuerza. El contenido del texto es tan sólido y está tan bien interpretado y dirigido que al final lo de menos es la peripecia y la función se convierte así en una ficción casi invulnerable a los spoilers porque su valor no depende en absoluto del “¿qué pasará? ¿Cómo acabará todo?” Y eso, en estos tiempos de tronos de hierro y grandes batallas con dragones -de los que también soy fan, ojo, una cosa no quita la otra- es algo refrescante y hermoso. Resulta gratificante comprobar cómo las pequeñas historias, todavía a día de hoy, siguen siendo las más grandes. 

En cualquier caso, lo más importante de todo lo dice Pilar Bergés -o María, yo ya no sé- mirando al público, tras una breve pausa, con una entonación adorablemente cómplice justo antes de terminar: “qué bien se está en el teatro”.

Cuánta razón. 


DUEÑAS DEL SHOW: LAS SERIES DE TELEVISIÓN SE VEN MEJOR SIN MIOPÍA

8 mayo, 2019

Imagina que tu coordinador de guión cuelga este cartel en la puerta de su despacho: “Las siguientes personas serán despedidas si no se portan bien conmigo. Soy la jefa de todos. Productores, guionistas, todos son reemplazables”.

Es el texto que colgó Roseanne Barr de la puerta de su camerino en la serie Roseanne. Entre la lista de personas reemplazables estaba el presidente de la cadena ABC, que emitía la serie.

Es una de las muchas anécdotas que relata Joy Press en su apasionante libro Dueñas del show: Las mujeres que están revolucionando las series de televisión, que publica en España Alpha Decay, traducido por Juan Manuel Salmerón Arjona.

Resulta imposible reseñar este libro sin recordar el brutal hype que rodeó hace pocos años a la publicación de Hombres fuera de serie, de Brett Martin, una crónica de la edad dorada de las series desde Los Soprano a Breaking Bad, pasando por The Wire, The Shield, Mad Men y otras series muy cipotudas.

A pesar de la crítica que Martin hacía del patrón psicológico que parecía reproducirse en los ‘genios’ que parieron aquellas series, Hombres fuera de serie no dejaba de ofrecer una visión absurdamente parcial del panorama televisivo de los últimos veinte años. Pretender hablar de una edad dorada de las series sin mencionar Murphy Brown, Anatomía de Grey o Weeds es un ejercicio de miopía.

Una miopía que se corrige con unas buenas gafas moradas, o leyendo Dueñas del show. En poco más de 350 páginas, Joy Press nos desvela por ejemplo hasta qué punto la existencia de Anatomía de Grey se debe al desinterés de la cadena por el proyecto.

“Nadie se fijaba en nosotras”, dice Shonda Rhimes, su creadora. “Estaban haciendo Lost, estaban haciendo Mujeres desesperadas. Nadie nos presionaba. A nadie le importaba”.

Cuesta creerlo quince temporadas después, pero el caso es que ni la creadora de Anatomía de Grey ni su productora ejecutiva, Betsy Beers, habían producido jamás una serie. Quizá es el secreto de su éxito.

Para Rhimes, lo mejor de no conocer las reglas de la tele fue que no sabía que las violaba. “La verdad es que no respeté ninguna regla ni seguí ningún consejo”.

Pero el libro no es sólo una crónica de las vicisitudes de las creadoras en un mundo de tíos. La crónica abarca mucho más que eso. Uno de los momentos más apasionantes del libro es el enfrentamiento entre Murphy Brown, la protagonista de una serie de ficción; y Dan Quayle, el muy real vicepresidente norteamericano, que había criticado duramente a la serie y había llamado ‘golfa’ al personaje protagonista por tener un hijo fuera del matrimonio.

Murphy Brown.

En el primer episodio de la segunda temporada, la creadora de la serie, Diane English, tuvo la idea de incorporar esas críticas a la ficción de la serie. La trama contaba cómo Murphy Brown (el personaje, una presentadora de informativos interpretada por Candice Bergen) recibe fuertes críticas del vicepresidente Dan Quayle (el auténtico). Ella le contesta desde su informativo, poniéndole en ridículo, y al final del capítulo hace que descarguen un camión de patatas en la puerta de la residencia de Quayle (alusión a una aparición pública real en la que Quayle había deletrado mal la palabra ‘patata’). Las audiencias de la serie se dispararon. Ese otoño, George Bush y Dan Quayle perdieron las elecciones.

Más allá de la crónica, Dueñas del show aporta algo valiosísimo para un guionista: ejemplos de la ética del trabajo de algunas de las showrunners más emblemáticas de los últimos años. Por ejemplo, el momento en que Amy Sherman-Palladino renuncia a una subida de sueldo a cambio de que la cadena produzca una temporada más de Las chicas Gilmore). O la norma que regía el equipo de guión de Girls, de Lena Dunham, y que debería ser de obligado cumplimiento en cualquier sala de guionistas:

“Cualquier idea que se nos ocurriera, si era peregrina, debíamos contrastarla con otras personas para saber si ocurría de verdad”, recuerda la guionista Jenny Bicks. “Lo curioso es que, por raras que fueran esas ideas, siempre ocurrían en la realidad. Eso nos daba mucho ánimo: ser capaz de escribir sobre temas de los que antes no se podía hablar”.

Y no faltan ejemplos de cómo series míticas estuvieron a punto de no existir por esa miopía de la que antes hablábamos. Por ejemplo, la desternillante Inside Amy Schumer, del que su propia creadora pensaba que no tenía futuro.

“Comedy Central era una cadena de tíos. Yo sólo quería dinero para rodar el episodio piloto y luego dedicarme a crear una serie en otra parte”.

Cuando la cadena finalmente encargó una temporada completa del show, Amy Schumer se vio escribiendo, produciendo y protagonizando una telecomedia femenina en una cadena donde el 65% de la audiencia eran hombres.

“Nuestra serie sería como meter zanahoria rayada en galletas para que los niños la coman”.

La estrategia funcionó. Inside Amy Schumer no sólo fue el estreno del año más visto de Comedy Central, sino que lideró la audiencia masculina de 18 a 34 años en su franja horaria.

Hombres fuera de serie concluye su ciclo mítico de machos alfa con Breaking Bad. Uno de los últimos capítulos de Dueñas del show es el dedicado a Jenji Koohan, la creadora de Weeds, esa serie sobre una madre de familia que, acuciada por los problemas económicos, se ve abocada a traficar con drogas. ¿A qué me recuerda esa sinopsis?

Vince Gilligan ya ha dicho que no había visto Weeds cuando creó Breaking Bad. Probablemente sea cierto. Más dudoso parece que la AMC tampoco la conociese. En cualquier caso, la herencia está ahí. Ser fan de Breaking Bad y despreciar Weeds es como ser fan de Sergio Leone y despreciar a Kurosawa.

Walter White molaba mucho. Pero ojito con Nancy Botwin. No tendría los conocimientos de química necesarios para tirar un explosivo en el despacho de Tuco Salamanca, pero tenía otras armas. Ella no peleaba con otros traficantes. Ella se los follaba en plena calle. En cuanto al agente de la DEA que amenaza con descubrirla (sí, en Weeds también había un Hank), no sólo se lo follaba: además se casaba con él.

Ante el éxito de Breaking Bad, AMC ofreció a Vince Gilligan producir Better Call Saul. Ante el éxito de Weeds (que durante ocho años fue lo más visto de la cadena), Showtime le agradeció a Jenji Koohan sus servicios… rechazando su siguiente proyecto, la adaptación del libro Orange is the new black. En palabras de Amy Schumer, “parece que si los hombres no lo entienden, no vale”.

Y ésa es quizá la razón de que muchos de los medios de comunicación que recibieron Hombres fuera de serie como un título imprescindible estén ahora ignorando Dueñas del show. Debe de haber unos cuantos tíos que, simplemente, no lo entienden.

Desde aquí queremos poner nuestro granito de arena para curar esa miopía. Vamos a sortear un ejemplar de Dueñas del show entre los lectores de nuestro boletín. Si ya te has suscrito, pronto recibirás instrucciones para participar en el sorteo. Si aún no recibes nuestro boletín, puedes suscribirte siguiendo este enlace.

Sergio Barrejón.




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