EL 50%

15 agosto, 2019

por Tirso Calero.

Una de las preguntas que siempre me formulan en las clases o charlas que imparto acerca de la profesión del guionista es “¿Cuál es la clave para ser un buen guionista?”.

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Fotografía de Pablo Bartolomé

Yo hoy voy a mencionar un aspecto poco conocido pero fundamental para sobrevivir como guionista profesional en el competitivo mundo audiovisual. Es la clave del 50%. ¿Qué significa? Pues que, básicamente, de todo lo que nosotros (los guionistas) escribamos, creemos, diseñemos o esbocemos… sólo la mitad se hará realidad. Un 50% de lo escrito/creado/diseñado/esbozado nunca se rodará y, por tanto, nunca existirá porque, no lo olvidemos, el guión es sólo una parte de un todo. El guión, por sí solo, no tiene ninguna razón de ser. Eso sí, es la parte más importante del todo.

Creo que es básico para un guionista profesional asumir cuanto antes esa teoría del 50%, de lo contrario, se entra en un bucle infinito de frustración que acaba perjudicándote profesionalmente y, sobre todo, te machaca a nivel personal. Cuando antes asumáis que la mitad de lo que vais a escribir en vuestra vida, jamás se hará realidad, mejor.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué esta frustración del 50% afecta sólo al gremio de los guionistas? En primer lugar, porque el guión es la primera piedra de un camino muy largo que, muchas veces, se interrumpe. Falta de financiación, discrepancias con productores, conflictos con directores, pérdida de interés por parte de una cadena… Hay decenas de razones por las que un guionista, que ha escrito un guión, ve que su obra se queda en un cajón. Es un motivo más para la permanente frustración del guionista, y para demostrar que la profesión de guionista es una de las más ingratas que existen en el mundo del espectáculo. Eso sí, esta afirmación sólo suele ser comprendida por otro guionista… porque nuestro mundo está muy alejado del resto de la gente.

Si vosotros, guionistas, pensáis en todo lo que habéis escrito hasta la fecha, también llegaréis a la conclusión de que, aproximadamente, un 50% de eso nunca se ha llegado a rodar. Es frustrante, pero es lo que hay. Es el sino de nuestra profesión.

Por ejemplo, mi compañero Fran Carballal y yo hemos dedicado casi un año a la escritura de una miniserie titulada “500 días”, basada en hechos reales, para Tele 5 y, finalmente, no verá la luz. Forma parte del 50% del trabajo que llevamos a cabo y nunca se hace realidad. Da igual que los guiones estén bien y recibas todo tipo de felicitaciones. Como ya he dicho, hay muchísimos motivos por los que una producción no sale adelante pero, eso sí, la mayor frustración se la lleva siempre quien inicia el camino (los guionistas). Por no hablar (no es nuestro caso, afortunadamente) de los guionistas que, después de escrito, siguen sin ver un euro del proyecto.

¿Significa que el 50% de lo que se queda en cajón es peor que lo que, finalmente, se produce? ¡No! Y os pongo un ejemplo claro. Para mi primera película como director, yo tenía 3 historias disponibles. Finalmente, se quedaron en el cajón las 2 historias buenas y rodamos “Carne Cruda”, una película de caníbales que no ha visto nadie en España.

Ahora mismo, he escrito un guión de cine basado en una novela intimista, una Biblia de serie diaria para coproducción internacional, otro proyecto para serie semanal autonómica y un guión de una peli de zombis, basada en una novela que ha sido un bestseller dentro del género. Sé que, por la teoría del 50%, dos de esos proyectos jamás verán la luz y quedarán en un cajón… Y no necesariamente serán los mejores guiones los que se conviertan en una película o serie.

En definitiva, creo que es clave controlar la frustración del 50%. Hay que asumirlo con naturalidad para seguir adelante. Y otro consejo que siempre doy es no estar parado nunca. Es una de las pocas ventajas que tenemos los guionistas. Me explico: un actor en paro no puede actuar, un iluminador en paro, no puede iluminar… Pero un guionista parado sí puede escribir. Esa es nuestra mejor arma. Por eso, siempre recomiendo que no dejéis de parir, de crear, de esbozar, de escribir… nuevas historias, nuevos mundos, nuevos personajes… Porque esos proyectos puede que, en el futuro, formen parte del 50% que sí se hacen realidad.

Tirso Calero es creador, coordinador de guión y coproductor ejecutivo de la serie “Servir y Proteger”.


ANÁLISIS DE PELÍCULAS: MIDSOMMAR

13 agosto, 2019

Por Paula Sánchez Álvarez.

Midsommar me tiene obsesionada y por eso he decidido escribir este análisis. Llevo desde que la vi sin parar de pensar en ella. No es ni mucho menos la película más terrorífica que verás en tu vida, pero tiene una atmósfera tan particular que da para mucho que comentar.

El segundo largometraje de Ari Aster cuenta la historia de Dani, una joven que tras sufrir una enorme pérdida se embarca con su novio y sus amigos en un viaje a Suecia. El objetivo es asistir a un festival que se celebra cada 90 años en la aldea recóndita donde nació uno de los protagonistas. Al principio todo parece perfecto: trajes regionales blancos decorados con bordados alegres y un escenario bucólico idílico. Este ambiente permanecerá durante toda la película, pero poco a poco se irá revelando que las tradiciones del pueblo de los Harga no son del todo normales.

Cartel promocional de la película

Antes de pasar a comentar el film en profundidad, destacar que esa idea de disonancia en el ambiente ideal está ya presente en la banda sonora. Los temas  de orquesta que suenan cuando los personajes están en Suecia te transportan a la belleza de esos bosques que parecen sacados de pinturas, pero en muchos de estos temas hay una nota disonante que va ganando intensidad poco a poco, como va aumentando lo siniestro en los Harga.

Al entrar en la sala de cine, yo pensaba que iba a ver una película estilo Wicker Man, con sectas malvadas haciendo oscuros rituales. Y tiene parte de eso, pero para nada pertenece al imaginario colectivo de secta de película de terror que tenemos en mente.

Para empezar, los Harga son unos suecos muy amables y sonrientes. Visten todos de blanco y tienen valores hippie que los hace definirse en múltiples ocasiones como comuna. Además, todos los escenarios de esta película son verdes, preciosos, y lo más destacable: luminosos. En la época del año en la que se desarrolla la película, hay sólo dos horas de noche, así que todos los horrores que te esperan por ver como espectador sucederán casi siempre a plena luz. Eso genera un contraste extrañísimo, porque el resto de cine de terror o suspense nos ha educado en lo contrario. Entonces tú, en la butaca, te conviertes en cómplice de los Harga, admirando la belleza y el etalonaje de un plano de un señor con la espalda a medio despellejar.

El presentar la muerte como algo bello se ha hecho multitud de veces, como sucede en la serie Hannibal por citar una; pero Midsommar nos llena de luz lo desagradable para así no poder hacer otra cosa que mirar. Porque la composición de los planos casi te fuerza a ello. Son tan hipnotizantes como el resto de la película, y todos tienen un porqué.

Por poner unos ejemplos, cuando Dani se entera de su pérdida, nos enfrentamos a una imagen de ella tendida en el sofá gritando y llorando desconsoladamente (escena de dolor desgarradora muy similar a la que ya vimos en la ópera prima del autor, Hereditary). La cámara va avanzando hacia la ventana, oscura, tan vacía como lo está ahora la vida de nuestra protagonista. Pero pronto llegará la luz, en el camino hacia Suecia las imágenes están saturadas, son claras y brillantes. En determinado momento del viaje, cuando van a la aldea de los Harga, el plano poco a poco se va dando la vuelta porque a partir de ese momento van a viajar a un lugar opuesto a la sociedad en la que viven. Un lugar con valores invertidos, con una moral perversa y corrupta que es el ‘mundo al revés’ de como lo conocemos. Los planos cenitales abiertos también refuerzan ideas asociadas a la aldea: importancia de lo común y énfasis en el escenario. 

Todo lo que sucede en la película está profetizado desde el principio. Todo es inevitable. Van apareciendo pinceladas del destino de los personajes a lo largo del film en las pinturas del poblado, está sugerido en los planos que comentamos anteriormente o en los diálogos de los lugareños. Porque los Harga no son psicópatas, son personas que se han desarrollado de manera emocionalmente distinta a nuestra sociedad. Por ejemplo, en una de las escenas iniciales una lugareña le dice a Dani que el bebé que sostiene no es suyo, que su madre se ha marchado para que corte lazos y que lo cuidan entre todos. Esta mentalidad colectiva favorece dos cosas:

-El grupo y las tradiciones por encima del valor individual. Este pequeño diálogo siembra la normalización de actos deleznables en el poblado porque se comparten y se conciben como normales.

-El desapego. En todas las escenas en las que nuestros protagonistas se van a dormir siempre un bebé llora de fondo sin que nadie le haga caso. Este y muchos otros actos en el cuidado de los niños que se producen allí aumentan la falta de empatía, cosa que es perfectamente compatible con la conciencia global y el amor a su pueblo. Y estas dos cosas combinadas son el justificante perfecto para todo lo que sucede en la película.

Por si fuera poco, los estupefacientes también tienen su presencia en Midsommar. El consumo de drogas es un recurso recurrente en la película que modifica las imágenes que vemos, principalmente deformando los objetos del encuadre y añadiendo movimiento a las flores que decoran todo.

Pero no nos confundamos, Midsommar no es Miedo y asco en las Vegas. No es un viaje de sensaciones frenético con acción trepidante. Es una película pausada, con un ritmo lento al que poco nos ha acostumbrado el terror. Hay esperas para todo, cada vez que los personajes comen, duermen o asisten a alguna festividad hay planos sostenidos e intensos, que dan tiempo al espectador para que respire y se sumerja en el ambiente. 

Ojo, spoilers a partir de aquí:

La película no es otra cosa que una historia de descenso a la locura. Aunque quizás lo más correcto en esta película sería decir ascenso. Utilizo la palabra ascenso porque para Dani, la protagonista, es una historia con final feliz y un camino hacia la superación de su duelo. 

Finalmente se revela que su amigo les invitó a venir para que sirviesen de sacrificio en el festival y para embarazar a otras mujeres de la aldea. Van muriendo todos los personajes que anclan a Dani a su antigua vida y finalmente ella decide acabar con la vida de su novio. Porque esa es la única manera que tiene de superar su trauma. Porque ha decidido vivir junto a los Harga y así volver a formar parte de algo, y poseer una familia que sustituya a la que ha perdido. Y el último plano que nos regala Ari Aster es la imagen de ella, sonriente, por fin en paz, mientras observa arder vivo a su expareja. 

Esto genera un escalofrío en el espectador porque has visto cómo poco a poco un personaje que representaba constantemente la cordura, ha decidido abrazar la locura. Y a la vez sabes que esto es algo bueno para ella, que así está bien. Un final tan perverso como el resto del film.

Midsommar significa “pleno verano” en sueco. Un título que nos da pistas sobre la cantidad de belleza y sol que veremos en la película. Porque en esta película no hay espíritus, no hay oscuridad, no hay monstruos. Hay terror a plena luz.

Análisis de la estructura de la película:

Detonante: 
Dani pierde a toda su familia cuando sus padres son asesinados por su hermana, que posteriormente se suicida. Dani está destrozada, y se une a un viaje con sus amigos a Suecia, con el objetivo de rehacer su vida y mejorar su actual relación de pareja.

Primer acto:
Dani y sus amigos viajan al poblado de los Harga en plenas festividades de Midsommar, una serie de tradiciones locales que se celebran cada 90 años.

La relación de Dani y su novio no está pasando su mejor momento. Él quiere dejarla pero después de su pérdida no se ve capaz. 

Dani experimenta un episodio de crisis tras probar unas drogas allí y tener una breve alucinación con su hermana. Mientras, el resto del grupo se interesan por la cultura local, ya que estudian antropología todos salvo ella.

Primer punto de giro: 
Dos ancianos miembros de los Harga se suicidan brutalmente frente a todos como parte de las festividades del Midsommar.

Segundo acto:
Otros extranjeros que no pueden soportar lo del suicidio se marchan de allí abruptamente.

Dani también se quiere marchar pero su novio y Pelle, su amigo sueco, le presionan para quedarse con el pretexto de que son una cultura diferente. 

Ella no está agusto pero el resto del grupo empiezan a encontrar cosas que estudiar de la cultura para sus tesis de carrera. 

El novio de Dani se interesa por una de las lugareñas. 

Mientras, Dani encuentra apoyo en Pelle. 

Sus amigos desaparecen pero todo apunta a que han huido de allí al robar un libro del poblado en el que se interesaban.

Segundo punto de giro: 
Dani es coronada como reina de Mayo, lo que le convierte en la persona más importante del Midsommar, y es arropada por los Harga. 

Tercer acto:
El novio de Dani, Christian, le es infiel mientras está drogado, participando apenas consciente en un ritual de fecundación con la lugareña de la que se interesaba.

Dani y él están enormemente distanciados y prácticamente se ignoran. Mientras, ella recibe por parte del pueblo toda la atención que él no le brinda.

Christian encuentra los cadáveres de los extranjeros que supuestamente se marcharon de la aldea, pero es capturado e inmovilizado.

Se le revela la verdad a Dani de que sus amigos y los otros extranjeros fueron asesinados como sacrificio. Ella, como reina, debe decidir si el último sacrificio del Midsommar será Christian o un lugareño. 

Llevan los cadáveres de sus amigos a una cabaña sagrada donde arderán junto al último sacrificio.

Finalmente Dani decide que será Christian quien muera y es feliz habiendo dejado su vida pasada atrás.

Protagonista:
Dani, una joven en duelo con una relación de pareja que está naufragando.

Objetivo de la protagonista:
Recomponer su vida y superar la pérdida.

Antagonista:
Aparentemente los Harga, porque hasta el tercer acto solo agravan su malestar. Después entenderá que el verdadero impedimento para ser feliz siempre fue Christian.

Obstáculos, reveses:
La incomunicación de la aldea con el mundo exterior, los “malos viajes” con el consumo de drogas, la falta de apoyo de su novio,…

Aliados: 
Pelle, el amigo que le aconseja y le da apoyo.

¿Dani consigue su objetivo de recomponer su vida? Sí, pero no de la manera que se esperaba, que era arreglándose con Christian, el cual parecía el modo más idóneo, sino uniéndose a los Harga. Encuentra en la aldea un lugar donde forma parte de algo y matando a su novio puede cerrar por fin la etapa de dolor.

Las tramas del estudio de la cultura por parte de los amigos de Dani simplemente son utilizadas a modo informativo y, principalmente, para tener personajes a los que conozcas mínimamente y te impacte su posterior muerte. La excusa de que elaboran una tesis sobre los Harga es perfecta para que estos personajes puedan preguntar a los lugareños sin que se note demasiado la presencia del guionista dirigiéndose a ti como espectador.

Evidentemente, esta cinta no ha inventado todo, puesto que son varias las películas que han mostrado historias terribles con estética colorista; por poner un ejemplo mencionar Happiness, donde, entre otras historias, vemos la vida de un pederasta en tonos saturados. Tampoco es la primera película que nos ha llevado a una cultura extraña, aislada de la tecnología y del mundo: existe todo un género denominado folk-horror con estos elementos (Los niños del maíz o la ya mencionada Wicker Man). Pero Midsommar destaca por combinar estos elementos con la belleza de la luz y la estética bucólica, consiguiendo así fascinar con su horror hermoso.


CRIMEN Y TELÓN: JUGANDO CON LA ESENCIA DEL TEATRO

11 agosto, 2019

La compañía Ron Lalá, responsable de éxitos como Cervantina, el último Tenorio en Alcalá de Henares o Todas hieren y una mata, que ya comentamos aquí, reestrenó el pasado 1 de agosto su aclamada comedia Crimen y telón en la Sala Roja de los Teatros del Canal de Madrid.

Sostenida por una trama distópica –en un futuro cercano en el que las artes han sido prohibidas, el detective Noir investiga el asesinato de una víctima muy particular: el teatro- Crimen y telón es una disparatada mezcla de géneros: policíaco, musical, farsa… Todo tiene cabida en un espectáculo que no da respiro al espectador, gracias a la vertiginosa dirección de Yayo Cáceres y a un elenco brillante.

Álvaro Tato mezcla en su texto una cantidad de giros metalingüísticos que harían estallar la cabeza del Unamuno de Niebla y del Pirandello de Seis personajes en busca de autor. Pero lo hace a un ritmo tan endiablado, salpicándolo tan descaradamente de referencias culturales y bromas coyunturales, y con tantos cambios de ritmo –de un largo monólogo en verso a una persecución con los actores portando linternas como única fuente de luz; luego cantan un corrido; después se encienden las luces de la sala y el elenco interpela al público- que el resultado es de una espectacularidad impresionante.

Una escena de “Crimen y Telón”. Foto: David Ruiz, http://www.masescena.es

Cuando un guión le da excesiva importancia al formato, suele ser en detrimento de la trama y de la profundidad de los personajes, que quedan reducidos a marionetas. Aquí, la apuesta por el metalenguaje es radical: en un momento de la obra, Noir descubre un ejemplar del texto de la obra Crimen y telón y entiende que él es su protagonista. Los actores hacen hablar al técnico de sonido, obligan a la regidora a salir a escena. Estos recursos resultan deliciosos para el público, pero llegan a ahogar la trama.

La investigación del detective Noir acaba por no ser más que una excusa para hacer un rosario de homenajes al teatro: en escena aparecen Edipo, Lady Macbeth, el espectro del asesinado Rey Hamlet… Cada escena, cada reflexión (no falta la disculpa hacia nuestras grandes heroínas –Laurencia, La dama duende- por el machismo secular del teatro nacional) se disfruta muchísimo, pero de trama sólo tienen la apariencia.

¿Es esto un error? No en el caso de Crimen y telón, que desde el primer momento está planteada como una gran broma, un juguete escénico destinado no a contar la peripecia de un héroe, sino simplemente a hacer reír. Y es que, como reflexiona el protagonista, el juego es la esencia del teatro.

Ahora bien, durante ese juego Álvaro Tato lanza dardos envenenados contra el poder, contra la censura, contra la dictadura de la corrección política, contra el abandono de las artes, contra el conformismo… Y es que Tato, gran conocedor de los clásicos, sabe que la comedia es un artilugio estupendo para camuflar mensajes incendiarios bajo la apariencia de inofensivas bromas.

Álvaro Tato. Foto: Álex Piña, http://www.elcorreo.com

Así, Tato salpica la función de unos pocos chistes ridículamente malos (¡Es una bombilla! ¡Al suelillo!) y de un par de comentarios satíricos que no pasarían el filtro de un tuitero de segunda para decirle al público que todo esto es una gran coña. Y cuando el espectador ha bajado la guardia, el autor empieza a lanzar andanadas críticas de mucha más profundidad, recordándonos por ejemplo el grave peligro de renunciar a las artes, y la perentoria necesidad de defender la educación.

Y consigue hacer llegar el mensaje hasta el punto de poner a media sala en pie ovacionando justamente al elenco… todavía con la sonrisa dibujada en el rostro. Porque, recordemos, el juego es la esencia del teatro. Y hoy en día, pocas compañías juegan con tanta soltura como los ronlaleros.

Sergio Barrejón.

Crimen y telón estará en la Sala Roja de los Teatros del Canal de Madrid hasta el próximo domingo 18 de agosto.


LA VOZ MÁS ASOMBROSA DEL MUNDO

9 agosto, 2019

por Ana Álvarez Prada.

El pasado miércoles 7 de agosto, en el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, tuvo lugar el estreno absoluto de Yo, Farinelli, el capón, un texto dramático de Manuel Gutiérrez Aragón basado en la novela homómina de Jesús Ruiz Mantilla.

Carlo Broschi, el castrado más famoso de su tiempo, se hizo llamar Farinelli en honor a los Farina, sus primeros protectores. Tras haber sufrido un accidente montando a caballo, fue convencido de someterse a la castración. “Con una sencilla operación, podrás seguir cantando como los ángeles toda tu vida”, le aseguraron en su niñez. Y Farinelli cantó hasta el último día de su existencia.

Canto y callo, repite insistentemente Farinelli en la voz de Miguel Rellán. Tenía la voz más asombrosa del mundo… pero no tuvo ni voz ni voto en el desarrollo de su carrera. Al contrario que la mayoría de los castrati, Carlo venía de buena familia. Entrar en el gremio de los castrados le supuso recibir una formación férrea y privilegiada en el campo de la música y de la cultura en general. El éxito de Farinelli fue fulgurante y su fama tal que recibía invitaciones de las más ricas cortes europeas, donde era agasajado con carísimos regalos, y aplaudido y deseado por una enorme masa de admiradores y admiradoras que veían en él al ídolo y también al engendro.

Nunca podremos saber cómo sonaba su voz. Se decía que cantaba con fluidez saltos de tres octavas y media, que podía aguantar una nota durante un minuto subiendo y bajando el volumen, que cantaba catorce compases sin respirar… Sabemos que era un prodigio inimitable porque se conservan las partituras que su hermano Ricardo compuso para él: arias complicadísimas que mostraban un virtuosismo que nadie jamás fue capaz de igualar.

Fue adorado por su voz y despreciado por su condición de castrado, fue tratado como un Dios y como un mono de feria. Tan leal a sus protectores que, a petición del rey español Felipe V, dejó los escenarios y cantó para él todas las noches, durante años, las mismas cinco arias, para aliviar los ataques de locura del monarca y mitigar la melancolía que le impedía gobernar.

No le era permitido el amor carnal pero amó, amó la música y regaló su voz por amor. Ya anciano, en su retiro de Bolonia, Farinelli lleva una vida acomodada y se dedica a escribir sus memorias. Y es en ese punto donde arranca la acción de “Yo, Farinelli, el capón”.

El texto nos descubre al hombre que vivía tras el mito, tras el ídolo de masas que viajó por los caminos y mares de la Europa del siglo XVIII para entretener con sus acrobacias vocales a un público que le aclamaba como suyo. Sorprende particularmente encontrarse a un hombre humilde y agradecido por todo lo que la vida le ha deparado. Una forma de vivir el éxito muy distinta de la de otros virtuosos de fama mundial, como Liszt o Paganini, divos cuya actitud era más parecida a la de una rockstar. Farinelli no sólo trabajó duro para alcanzar la excelencia: su fama tuvo como precio su propia integridad física y su propia dignidad personal. Y aun así, era capaz de dar las gracias por lo que había logrado.

Ya en sus comienzos el gran maestro de voz Niccola Porpora le dejó bien claro: “Tienes la voz en depósito, los verdaderos dueños son los que la van a escuchar”. Una responsabilidad que cuidar cada vez que atravesaba los fríos Alpes en carro, cada vez que la angustia le impedía respirar y que la enfermedad le debilitaba.

El Farinelli de Jesús Ruiz Mantilla y Manuel Gutiérrez Aragón es generoso, simpático, leal, sensible, valiente y orgulloso. Es protagonista y espectador. Deleita y acepta. Canta y calla.

También es culto y astuto. Aquellos años cantando en la alcoba de un rey enloquecido, oliendo a orines e incienso, fueron tremendamente aburridos, pero su fidelidad le permitió llegar a ser un respetado consejero cultural, le dio la oportunidad de introducir la opera como género grande en España, y le valió la Cruz de Calatrava, además de la dirección de las actividades culturales del Palacio del Buen Retiro y del de Aranjuez.

Gutiérrez Aragón, quien también dirige el espectáculo, apuesta por utilizar a dos intérpretes distintos: por un lado, el gran actor Miguel Rellán como el Farinelli anciano (pero también el niño confundido y por momentos aterrado ante la castración). Por otro, el gran contratenor Carlos Mena como el Farinelli joven que triunfa en los escenarios. Miguel Rellán narra la vida de Farinelli mediante monólogos. Carlos Mena a través de las arias, acompañadas por el prestigioso conjunto Forma Antiqva. Todos y cada uno de ellos dan forma con su indiscutible talento a un espectáculo que es teatro y concierto a la vez.

El escenario aparece radicalmente dividido en dos espacios distintos: izquierda para los músicos y derecha para el actor. Pero las palabras y la música no viven aisladas, al contrario: se suceden con buen ritmo, se adornan, se tocan, se necesitan. Miguel Rellán respira las melodías que canta Carlos Mena, el Farinelli joven. Mena, a su vez, sin hablar, recibe las palabras del anciano, a veces como caricias y otras como puñaladas.

El excelente trabajo de estos dos grandes de la escena nos transporta a 1730, convirtiéndonos en el público que vitorea y aplaude entusiasmado las arias cantadas por gran Farinelli. La habilidad vocal de Carlos Mena, la maestría de los músicos de Forma Antiqva y el brillante repertorio elegido por el director musical, Aaron Zapico, ilustran de forma fascinante la época y contribuyen de forma impagable a explicar el personaje, su orgullo, su miedo, su entrega y su fatiga.

En el aria compuesta por su hermano Ricardo Broschi, Farinelli joven hace verdaderas piruetas con la voz y levanta ovaciones. Poco después, durante el aria de Hasse, “Pallido il Sole”, los dos Farinelli, Rellán y Mena, se tocan por primera vez, se miran al espejo, sienten lástima de sí mismos. Y escuchando la maravillosa y profunda “Cara Sposa” de Händel, lamentamos con ellos sus amores callados, prohibidos y nunca revelados.

Cantando y callando, Farinelli.

(Una nueva representación de Yo, Farinelli, el capón tendrá lugar hoy a las 20:30 en la Sala Argenta de Santander, en el marco del Festival Internacional de la capital cántabra. Futuras fechas en temporada regular están aún pendientes de confirmación).


CINCO DÍAS SIN REDES SOCIALES (II)

24 julio, 2019

islaseta

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Creo que NO es necesario haber leído la primera parte del post para entender ésta, pero si te apetece echarle un ojo, puedes hacerlo AQUÍ.

22 de julio de 2019.

¿Se habrá muerto algún famoso? Por Dios, que no sea Spielberg, que no sea Stallone, que no sea Eastwood. Tampoco es que me inquiete demasiado. Si falleciese uno de esos me enteraría. Los cadáveres de primera categoría aparecen en los telediarios. La gente que se muere sólo en redes sociales es gente que da la impresión de haber vivido sólo en redes sociales. Ahora mismo la puede estar palmando, por ejemplo, el cantante del Trololó, y yo no me enteraría hasta el miércoles.

Hoy se ha publicado la primera parte de esta crónica. ¿Cómo estará funcionando? Os juro que no tengo ni idea. Sobrellevo bastante bien la tentación de asomarme a las redes para comprobarlo. Dudo mucho que el post funcione a nivel “muerte de Spielberg”, pero igual hay suerte y alcanza el nivel “muerte de cantante de Trololó“.

Una ventaja de no estar en redes es que puedo escribir esta segunda parte sin que me condicionen los comentarios de los internautas sobre la anterior. Estoy a salvo de aduladores, de haters, de trolls, de lectores puntillosos diciendo: Me parece fatal que estés hablando de redes sociales y no hayas abordado la cuestión de bla, bla, bla.” “¿No te gusta el estilo de escritura de Tim Powers, payaso? ¿Pero has visto cómo escribes tú? Antes de criticar a Powers cómprate un diccionario y bla, bla, bla.

Ojalá esté recibiendo esa clase de comentarios. Serían síntoma de que el post se está moviendo de manera aceptable. Sin embargo, admito que escribo más relajado ahora que esa clase de gruñidos (tanto los positivos como los negativos) son ecos remotos e hipotéticos. De pronto casi entiendo por qué escritores como Lorenzo Silva o Javier Marías deciden vivir su vida al margen de Twitter. ¿Qué pasa, te estás comparando con Lorenzo Silva, gilipollas? Si quieres irte de Twitter, primero aprende a ser un escritor de verdad.” “¿Javier Marías? ¿En serio era necesario citar a ese pollavieja que va por ahí mendigando casito y bla, bla, bla?

No obstante, he de confesar algo: A la hora de escribir o “crear” en general, echo de menos ese ruido de las redes sociales. La tranquilidad que estoy disfrutando estos días no me hace avanzar más (ni mejor) en mis proyectos. Empiezo a sospechar que ese rumor de fondo de las redes es parte importante en mi proceso creativo. Stephen King, por ejemplo, arremete contra el mito del escritor autista que se aisla para hacer su trabajo. Él asegura que necesita el contacto con otros seres humanos para escribir sus libros. Su escritorio está colocado en un rincón de la sala de estar, y allí escribe mientras su mujer y sus hijos conversan, pululan, ven la tele.

Yo reconozco que no soy capaz de llevar hasta ese extremo el modus operandi de King. En ciertas fases del proceso agradezco un poco de intimidad. En otras fases, sin embargo, sí que busco el murmullo de otras personas. Por eso me gusta ir a bares a pensar o escribir de vez en cuando, y creo que también es ésa la razón de que me guste tener Facebook y Twitter a mano mientras trabajo. Es un sucedáneo convincente, un bar virtual enorme, al mismo tiempo bullicioso y mudo. Las redes me ayudan a “tomarle el pulso a la actualidad”, me sugieren nuevos temas o me cargan de indignación que, como decía el maestro Bradbury, es uno de los mejores combustibles con que incendiar el folio en blanco.

¿Se habrá muerto el enano que iba dentro del traje de Mi amigo Max? ¿Había algún enano dentro del traje de Mi amigo Max? Haber que dices tú de los enanos, subnormal. ¡Los enanos también son seres vivos!

amigomax

Ya es casi medio día. Eso quiere decir que llevo 72 horas sin redes sociales. Me marcho a tomar una cerveza y a leer a Tim Powers.

Algunas minutos y media birra más tarde:

Tim Powers se pone cada vez más interesante, pero puede esperar. Ahora quiero profundizar un poco más en ese debate que dejamos abierto hace varios párrafos. Redes sociales: ¿Obstáculo o herramienta para el escritor? La respuesta rápida es de Perogrullo. Depende de quién y cómo las utilice. Así pues, lo único que puedo hacer es intentar estudiar mi propio caso personal:

Sería un hipócrita si arremetiese contra las RRSS después de todo lo que me han dado. En los más de 10 años que llevo usándolas, no solo me han proporcionado buenos amigos, sino también oportunidades laborales. Creo que la mitad de los curros que he conseguido en los últimos años han sido gracias a mi actividad en redes sociales. Algunos salieron mejor que otros. Para alguien tan tímido e inseguro como yo,  ese escaparate virtual es un entorno magnífico en el que mostrar mi trabajo, darme a conocer (a una escala modesta, equivalente a 0,05 cantantes de Trololó) o recordar que sigo existiendo.

Soy consciente de que este experimento bloguionístico es posible porque he elegido unos días en los que puedo permitirme algo parecido a unas vacaciones. Si estuviese trabajando a pleno rendimiento, creo que no podría renunciar a las redes o, como mínimo, no podría alejarme de Twitter. En primer lugar, porque últimamente uso el propio Twitter como vehículo de expresión para hacer ficción. En segundo lugar, porque me suelen pagar por escribir comedia, y en muchas ocasiones esa comedia ha de ir muy pegada a la actualidad.

Cada vez que tengo que dar una clase sobre comedia, insisto a los alumnos sobre la importancia de:

a) Frecuentar las redes sociales.

b) Configurar dichas redes para tener en ellas a todo tipo de gente. Si te dedicas a escribir, no puedes permitirte esa burbuja de autoengaño en la que vive el 90% de los internautas. No vale eso de dejar de seguir o bloquear a alguien que no te cae bien, o que no piensa como tú. Te conviene tener en tu muro (o tu TL) a esa clase de gente porque tendrás que escribir sobre ella. Y diría que todo esto hay que multiplicarlo por diez si lo que escribes es comedia.

23 de julio de 2019.

Empecé con esto para ahorrarme spoilers de la nueva temporada de La casa de papel, y hasta el momento ha funcionado. Además de esquivarlos sobre instantes puntuales de la trama, estoy logrando algo aún más importante, e incluso más difícil: Enfrentarme a la serie como un espectador virgen. Ignoro qué estará opinando internet acerca de ella. No sé si se la considera a la altura de las temporadas anteriores, si las mejora, si flojea… No sé si, según la opinión general, hay que valorar especialmente la interpretación de algún actor concreto. Estoy libre de esa clase de hype que acaba condicionando nuestras impresiones, para bien o para mal.

casapapel

Con las redes sociales, las formas de destripar una historia han evolucionado más que el virus de la gripe. Tras sobrevivir a la última temporada de Juego de Tronos, se han detectado dos cepas mortíferas:

Los memes. Siempre hay más de un listillo (y más de cien) que piensa: “¡Qué chiste tan ingenioso se me acaba de ocurrir con esa imagen que destripa la muerte inesperada de este personaje tan importante! El 20% del público aún no habrá podido ver el capítulo, pero da igual. Mi ocurrencia es demasiado brillante.” Siempre habrá decenas de gilipollas que compartirán el meme de ese gilipollas número uno. Habla con un poco de propiedad, por favor. Un meme y un chiste no son necesariamente lo mismo. De hecho el concepto de meme, acuñado por Richard Dawkins hace referencia a bla, bla, bla…

Los trending topics. Cada vez es más común entrar en Twitter con la guardia baja y encontrarte el nombre de un personaje de tu serie favorita o alguna otra información peligrosa en la columna de los TT. #AryaStark. #BruceWillisFantasma. #LukeYoSoyTuPadre.

Cuatro días de abstinencia. ¿Me apetece regresar a las redes sociales? Mentiría si dijese lo contrario, pero sigo sin echarlas demasiado de menos. Está siendo un descanso agradable. Cuando uno está inmerso en las redes suceden demasiadas cosas, y demasiado rápido. Creo que cuando regrese a Twitter-Facebook echaré de menos esta calma… durante los dos primeros minutos.

Ahora dejaré esto programado para mañana miércoles 24 y pediré a Sergio Barrejón que lo revise. Dentro de unas horas cogeré un avión de regreso a Madrid. Si todo va bien, dentro de otras 24 horas regresaré a las redes sociales. A lo mejor utilizo los comentarios de esta entrada para relatar ese último día de desconexión, así como mis impresiones tras retomar el contacto con “la civilización”.



CINCO DÍAS SIN REDES SOCIALES (I)

22 julio, 2019
por Juanjo Ramírez Mascaró.
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20 de julio de 2019.

Ayer se estrenó la nueva temporada de La casa de papel. No podré empezarla hasta la noche del martes que viene, porque quiero verla con mi novia y ahora mismo nos separan más de mil kilómetros (estoy en Fuerteventura).
Doy por hecho que una serie como ésa, tan proclive a las sorpresas y giros de trama, sembrará las redes de spoilers. Por eso ayer mismo decidí desconectarme de las redes sociales durante estos días de retiro junto al mar.
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Poco después, pensé que ésta sería una buena oportunidad para analizar cómo afecta esa decisión a mi vida a corto plazo, y al desempeño de mi profesión de guionista/escritor/narrador/InútilParaCualquierOtraCosa.
Me está resultando muy fácil evitar la tentación de entrar en las RRSS porque, de momento, tras 24 horas de abstinencia, la tentación es casi nula. Existe sin embargo otra fuerza más difícil de contrarrestar:
La inercia.
Para combatirla he borrado de mi smartphone las aplicaciones de Facebook y Twitter. Ahora el menú principal de la pantalla parece una boca desdentada de mendigo.
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Si la inercia me lleva a pulsar esos iconos ahora inexistentes, tengo precisamente esa sensación: la de una lengua que se sorprende al hallar un hueco donde antaño había un diente.
Con ello tomo conciencia de hasta qué punto mi actividad en internet se reduce, en la mayoría de los casos, a un partido de ping-pong que guía mi atención de Twitter a Facebook, de Facebook a Twitter, de Twitter a Facebook… Prisionero en un bucle del que sólo salgo de forma esporádica para leer una noticia que alguien ha enlazado en Facebook o algún artículo recomendado en Twitter.
Facebook, Twitter. Facebook. Twitter. Con cadencia de péndulo, sumiéndome en un trance hipnótico, idiotizándome.
Supongo que cuando terminen de licuar mi mente con esta técnica de MK-ULTRA acabaré compartiendo sonrisitas en Instagram (no he borrado la app de Instagram en el móvil porque apenas lo uso. Mi dedo nunca se dirige ahí por inercia).
¿Nos hemos convertido en ejemplos vivientes de la gran paradoja de internet? El ciberespacio es un territorio enorme, inabarcable. A través de él se nos permite acceder a más información y experiencias de las que podríamos digerir a lo largo de mil vidas, y a pesar de ello configuramos nuestro día a día dentro de esa jaula diminuta.
Me vienen a la memoria las palabras de una profesora que tuve, corresponsal de guerra. Nos contaba que cuando los periodistas llegan a ciertos países conflictivos, las autoridades del lugar los pasean únicamente por los tres o cuatro sitios que les interesan para cimentar su versión de los hechos. Si el periodista quiere conocer el país real, con toda su riqueza, sus matices, sus complejidades… tiene que jugársela escapando de esos carceleros disfrazados de anfitriones.
Puede que en el inmenso país que es internet, las redes sociales sean esa cárcel de oro, esa ruta prediseñada para que no escapemos del redil.
Ahora que me he impuesto esta abstinencia, ahora que he desterrado esos dos iconitos azules de las inmediaciones de mi dedo, se abre ante mí todo ese campo abierto: La red de redes en todo su esplendor. ¡INTERNET, ALLÁ VOY!

21 de julio de 2019.

Apenas he pisado internet. Reconforta saber que todo ese océano de conocimiento está ahí, a un solo golpe de click, pero aún no he sentido la necesidad de zambullirme en él. Quizá se deba a que tengo al otro lado de la ventana un precioso entorno marítimo que no invita al escapismo virtual.
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Nota mental: Algún día tendré que hacer este experimento en la ciudad.
Tras 48 horas sin redes sociales, creo que mi día a día no ha cambiado de manera significativa. Confieso que me embarqué en este experimento esperando ofrecer un post más interesante, con resultados espectaculares. Va a ser que no. De momento todo apunta al anticlímax. Mi vida dirigida por los hermanos Coen.
Durante estos dos días:
– He dedicado cierto tiempo a pensar en algunos proyectos de guión que tengo entre manos, pero no les estoy dedicando más horas de las que suelo invertir en ellos cuando estoy “enganchado a las redes”.
– He hecho la clase de cosas con las que uno se nutre de material de escritura; ésas que una gente menos pragmática llamaría “vivir”: Ver películas (también las veo en “circunstancias normales”), ver a familiares y amigos (con la misma asiduidad y calidad de interacción que cuando “estoy en redes”).
– He dormido mucho (pero creo que esto se debe a una deuda de sueño atrasado que por fin estoy pudiendo saldar).
Llega entonces la pregunta inquietante: Si apartarme de las redes sociales apenas ha alterado mi rutina, ¿de dónde sacaba las horas que dedicaba a ellas? ¿Son “horas fantasma” que computan en otra dimensión? ¿Acaso no invierto en esas redes tanto tiempo como creía? ¿Acaso simultaneo mi actividad en redes con “todo lo demás”, paseándome por ellas con un trozo de cerebro que me sobra, modo zombi ON? ¿O acaso es en las redes donde estoy “despierto” mientras soy zombi en todo lo demás?
Admito que estoy leyendo más que de costumbre, pero tampoco mucho más. Lo que sí me parece significativo es el tipo de libro al que dedico mi tiempo: Las puertas de Anubis, de Tim Powers.
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Es la tercera vez que intento leer esta novela. En las dos anteriores no había logrado pasar de la página 9, por falta de paciencia. No me gusta cómo está redactada. Descripciones que se prolongan más de lo soportable, sobredosis de adjetivos, verborrea innecesaria. En definitiva, el tipo de taras que padecemos quienes (somos legión) nos dedicamos a la escritura porque venerábamos a los maestros del siglo XIX.
(Por alguna razón, me cuesta más perdonar esos deslices en la literatura de ficción. Llevo meses leyendo textos áridos de gente como Jung o Fulcanelli en vagones de metro, sin torcer el gesto, pero cuando se trata de historias ficticias, soy cada vez más nazi. Creo que esto daría para un post entero.)
Desde que vivo al margen de las redes sociales llevo leídas unas 300 páginas de Las puertas de Anubis. Si siguiese jugando al pin-pong de Facebook/Twitter, probablemente habría leído el mismo número de páginas, pero no se las habría concedido a ese libro. La redacción de la novela de Powers (o su traducción) me sigue pareciendo un poco torpe, pero estoy encontrando en ella momentos de suma brillantez.
¿Le habría dado esta tercera oportunidad en otras circunstancias? Puede que no.
En un mundo que danza al ritmo de la fibra óptica y los 280 caracteres por segundo, no se puede exigir al lector/espectador que sea paciente. Queremos discursos sencillos y directos: Puñetazos. Cualquier adorno, cualquier recreación superflua, nos estafa igual que el taxi que da un rodeo innecesario para llegar a su destino. La nueva divisa del taxímetro es nuestro puto tiempo y el zapping en la pantalla táctil es más cruel, más implacable que el del mando a distancia.
(En un mundo que funciona a tantos gigas por hora, en un mundo con tal sobredosis de información… sobraría incluso este párrafo entre paréntesis que estáis leyendo ahora, y puede que en el párrafo anterior tendría que haberme decidido entre el adjetivo “cruel” o el adjetivo “implacable”, en vez de utilizar ambos. En este nuevo mundo hay que despojarse de cualquier gramo de grasa innecesaria, como la víctima de la avaricia en la peli de Se7en. En este nuevo mundo hay que tirar las sobras por la borda del globo aerostático para no acabar naufragando en alta mar. En este nuevo mundo incluso habrá lectores que no estén familiarizados con el concepto de evacuar peso en la cesta un globo aerostático como paradigma de dilema de supervivencia. En este nuevo mundo, a lo mejor resulta que este post está quedando demasiado largo y lo suyo va a ser publicarlo por entregas)
Así que:
CONTINUARÁ…
 
P.S. Mañana lunes 22 de julio se publicará este primer episodio de mi experimento. Por primera vez desde que lo inicié, habrá algo nuevo de mi cosecha y me interesará saber qué tal os funciona. Será la primera vez, durante estos días, que tenga que lidiar con la tentación, además de con la inercia.
 
(Si dejáis algo en los comentarios, no lo leeré hasta dentro de varios días, por si los usáis para spoilearme La Casa de Papel).



CAMPANELLA DIRIGE A CLARA LAGO EN ‘EL CUENTO DE LAS COMADREJAS’

12 julio, 2019

Por Paula Sánchez Álvarez.

El pasado 4 de julio, la cola en la sede de la Academia de Cine en Madrid llegaba hasta la esquina de la calle, y eso tenía un motivo muy concreto: Juan José Campanella iba a presentar allí su última película junto a Clara Lago. El ganador de un premio Óscar estrenaba El cuento de las comadrejas una película que es muchas cosas, pero, sobre todo, es un homenaje al cine.

El cuento de las comadrejas (tráiler aquí) es la historia de cuatro antiguos miembros de la industria del cine que comparten piso: un director (Oscar Martínez), un guionista (Marcos Mundstock) y un matrimonio de actores (Graciela Borges y Luis Brandoni). La vida de estos se trastoca con la aparición de dos jóvenes (Clara Lago y Nicolás Francella) que, con el pretexto de usar el teléfono, acaban embaucando a la actriz, Mara, para que les venda la casa en la que viven. Con esto empieza una especie de batalla entre los jóvenes, arrogantes y manipuladores, contra los cineastas experimentados por llevarse a Mara a su terreno.

 

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Cartel promocional de la película.

Esta película es un remake de Los muchachos de antes no usaban arsénico una película argentina de 1976 de José A. Martínez Suárez. Campanella dijo que tenía este remake en la cabeza desde los años noventa, pero que ha ido evolucionando hasta convertirse en lo que es El cuento de las comadrejas. Para el director, un remake no debe copiar a la película original, sino buscar otro sabor, aunque se parta de la misma idea. Textualmente dijo “tocar la novena sinfonía pero por una banda de jazz”. Las diferencias entre su película y la original se resumen en cuatro:

-Los protagonistas no son todos relacionados con el mundo del cine. En la original tan solo se conserva la profesión de los actores, los otros dos son un médico y un administrador.

-El tono: en la original todo es humor negro. Los diálogos son la base de todo, algo impostados pero brillantes. Aquí Campanella baila entre el humor y la ternura con sus personajes.

-La inclusión del personaje de Francisco Gourmand (Nicolás Francella), diseñado para despertar los celos en la pareja de Mara Ordaz y Pedro de Córdoba.

-La historia de amor entre los actores, que moviliza las acciones del final y les otorga más peso.

El toque personal del director está precisamente en este último punto, en la historia de amor. Para Campanella, las historias de amor de muchos años son su obsesión. Al igual que en El secreto de su ojos u otras de sus películas, asistimos a un amor evolucionado, que ha cambiado con los años pero que no ha perdido intensidad. Este sello de identidad contrasta con el cliché de las comedias románticas, donde todo suele transcurrir en los primeros meses de relación, antes de que al amor le de tiempo a cambiar.

Lo que más quería destacar del film es lo metalingüístico que es. El personaje del guionista constantemente nos habla al espectador, con expresiones como “esta visita está durando casi un acto entero” en el momento de la película en el que está a punto de llegar el primer punto de giro. En otro momento proclama “aún hay tiempo para un actito más” cuando todo parece perdido al finalizar el segundo acto, frase que interrumpe un fundido a negro que vuelve a la luz. Incluso hay un momento hilarante al inicio de la película cuando el director está alabando que gracias a Dios su vida no es como la de las películas, porque si no, en ese momento de tranquilidad y felicidad aparecería el enemigo. Es entonces cuando el coche de los jóvenes despiadados aparca de fondo en la finca, de fondo sobre el primer plano del director. El detonante es imposible que estuviera más subrayado.

Este metalenguaje además de añadir humor a la comedia de Campanella, también transmite mucho cariño. Cariño hacia su obra, y hacia el propio cine, donde él ha desempeñado tanto roles de guionista como de director. En El cuento de las comadrejas juega con los estándares del cine clásico, como la mujer femme fatale, que en esta película es Bárbara Otamendi, el personaje de Clara Lago, inteligente a la par que seductora y malvada. El personaje de Mara también es un clásico personaje de diva, pero con una vuelta de tuerca, porque la diva sirve de eje para los otros tres personajes del mundo del cine. Mara y los chicos tienen un código propio de relación, en la parece que se odian pero en el fondo se quieren y se necesitan.

La película rezuma nostalgia en todos los aspectos, desde las tipografías elegidas, los arquetipos de personaje, los colores, la propia dirección de arte en la ambientación de la casa,… Campanella dijo textualmente que con este film él “quería hacer una película como las de antes”, y lo cierto es que lo consigue.

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Los ponentes, durante la charla en la Academia de Cine de Madrid.

En la charla posterior a la proyección, Clara Lago, además de recibir muchos halagos por su interpretación (con un impecable acento argentino), tuvo tiempo para la denuncia. A raíz de hablar del personaje de Mara, Clara comentó que existe un vacío en la vida de las actrices cuando llegan a ciertas edades. Habló de lo difícil que es encontrar personajes femeninos de 45 años, y que ella tiene amigas que están pasando por problemas por eso mismo. Denunciaba que hay un hueco sin personajes de esas esas edades, que tan solo hay papeles de jóvenes o directamente “para hacer de la abuela”.

El cuento de las comadrejas también quiere hacer un poco de justicia histórica porque la película original apenas tuvo recepción ya que se estrenó en el mismo año en el que estalló la dictadura argentina, durante unas semanas en las que el gobierno aconsejaba a la gente que no saliese de sus casas. Campanella ha borrado la maldición de Los muchachos de antes no usaban arsénico y la ha transformado en algo propio, divertido y con mucho amor al cine.

 


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