EL GRAN CANON

25 diciembre, 2009
Por Guionista Hastiado

Hay una guerra encarnizada librándose delante de nuestros ojos. Eso al menos es lo que se deduce leyendo las crónicas y opiniones más encendidas de la red acerca del tema de los derechos de autor y el canon.

Los contrincantes en liza son:

A – Los consumidores. Exigen su derecho a compartir y/o descargarse series, películas o programas gracias a los avances de la informática y la universalización de la comunicación. Apelan, con razón, a la inviolabilidad de la información transmitida por Internet para condenar cualquier intento de control de los contenidos que uno gestiona desde su ordenador. Y se muestran radicalmente en contra de un canon por copia privada, que, según ellos, penaliza previamente al consumidor, despreciando la presunción de inocencia.

B – Los creadores. Defienden su derecho a recibir una retribución justa por los beneficios que genere su obra. Consideran que la distribución totalmente gratuita y libre les perjudica, y algunos de sus representantes más belicosos (SGAE) exigen un control gubernamental sobre las descargas (control que entra en conflicto con el derecho a la confidencialidad) y una retribución “justa” en forma de canon para compensar las copias privadas que puedan hacer los consumidores.

Bien, más o menos éste es el resumen que se podría hacer de la situación… si uno fuera un grandísimo maniqueo (maniqueismo: “tendencia a interpretar la realidad sobre la base de una valoración dicotómica”).

La gran falacia de toda esta polémica es pensar que ésta es una pelea de A contra B: consumidores contra creadores. En el fondo, ambos buscan lo mismo: que haya creaciones que satisfagan a la gente, y que además sean accesibles a la gente. Es de perogrullo: los creadores quieren crear para que los consumidores consuman.

Lo que a menudo se obvia es que hay un tercer agente metido en este embrollo. Un agente que es, en realidad, quien está ganando más con toda esta polémica: la industria.

La industria cultural / audiovisual / tecnológica está más fuerte que nunca, por mucho que se quejen. Puede que las descargas en Internet hayan perjudicado ciertos sistemas tradicionales de venta, pero en términos totales se consume mucho más entretenimiento que antes. Gastamos dinero en series, películas, cómics, juegos, dvd´s, bluerays, palomitas, discos duros, pantallas planas, consolas, mandos, ordenadores, portátiles, cámaras, revistas, juguetes, salas 3D, grabadoras, memorias usb, wifi, adsl, i-phones, reproductores portátiles, canales satélites, impresoras, e-books… Y nos gastamos todo ese dinero en parte motivados por la publicidad que nos tragamos a través de esos mismos soportes, mecanismos y canales emisores por los que pagamos (publicidad que también genera beneficios), y a los que nosotros damos cancha a través de blogs, foros, webs de cine y televisión, publicaciones especializadas y el socorrido boca-oreja, retroalimentando la cadena de consumo.

Lo que parece bastante claro es que alguien está haciendo mucho dinero con todo esto. Y lo que los creadores hacemos es pedir una parte pequeña de esas ganancias, cuando derivan directamente de nuestro trabajo, al igual que los inventores cobran patentes, que los empresarios se llevan beneficios, o que los escritores reciben un 8% del precio de cada libro. Si tú te forras gracias a lo que yo he creado, algo debería ganar yo también… Y ese algo no se lo pedimos a los consumidores, sino a la industria, porque los derechos de autor se obtienen extrayendo un tanto por ciento de los beneficios de la industria. Si no hay beneficio, no hay derechos de autor.

Así, paradojicamente, cuando alguien critica los Derechos de Autor en pro de la “universalización de la cultura” lo que está haciendo en realidad es favorecer los intereses de las grandes corporaciones, que son las que abonan el 99% de los derechos de propiedad intelectual.

Otra cosa algo diferente es el canon, sí. Es cierto que el canon por copia privada se cobra sí o sí, pero también es cierto que ese canon existía ya en la época de los casettes, y nadie se quejaba. La idea con la que se creó fue algo del tipo “ey, tíos, si vais a vender aparatos con los que copiar la música que hacemos, por lo menos tened la decencia de darnos una pequeña parte de vuestras ganancias…”. También es verdad que es difícil de entender que se pretenda cobrar un canon astronómico y al mismo tiempo andar cerrando webs y enviando cobradores a las bodas. Ahí es donde la cagan.

Pero, aunque entiendo muchas de las argumentaciones en contra del canon, tampoco acaba de parecerme muy ecuánime que alguien que adquiere, por ejemplo, una grabadora de 150 euros, clame al cielo buscando venganza porque 3,40 de esos euros son para el canon. Como siempre digo, otra cosa es cómo se recaude y reparta ese canon (ahí está el gran intríngulis de la SGAE y el terreno para la negociación).

Todo esto me recuerda en cierto modo a los comunistas y los anarquistas en la guerra civil, pegándose tiros entre sí mientras tenían las tropas de Franco a las puertas de la ciudad. Sinceramente, amigos consumidores (a los que yo también pertenezco), creo que os han tomado un poco el pelo al convenceros de que los guionistas / escritores / realizadores / directores / músicos son vuestros enemigos acérrimos. Los autores no somos Ramoncín, ni Rosario, ni la SGAE, ni vamos por ahí exigiendo dinero a cambio de aire, ni queremos que se prohíba internet (al contrario, nos gusta mucho).

Es cierto que hay algunas cabezas visibles obscenamente forradas (en gran parte porque se lo han ganado, en cierta parte porque se lo han montado bien, sí), pero la gran mayoría de nosotros somos curritos que peleamos por seguir ganándonos el pan mes a mes, y que vemos cómo los que mercadean con nuestro esfuerzo se hacen millonarios, mientras que nosotros seguimos peleándonos como idiotas para que no nos quiten el chiste de la mantequilla o no nos obliguen a meter un estribillo en clave mayor.

Los detractores del canon dicen que sería una estupidez que un arquitecto cobrara sine die a los peatones cada vez que cruzaran un puente diseñado por él. Y estoy de acuerdo: sería una estupidez, porque eso es mezclar churras con merinas. Del mismo modo, sería una estupidez igual de grande que a García Márquez le hubieran pagado 200 pesos por el manuscrito de “100 años de soledad” y jamás hubiera vuelto a ver un duro. Los Derechos de Autor se crearon para luchar contra ese tipo de desmanes, para defender al creador frente a la industria. Democratizar la cultura significa poner los medios para que sea accesible a todo el mundo, y para que la creación no esté en manos de unas pocas empresas, no que todo lo que se cree deba ser gratis para todos.

Nuestro gran enemigo común -tanto para los autores como para los consumidores- ha sido siempre el dirigismo cultural. Si los autores no tenemos cierto peso en el proceso, si no conseguimos una retribución justa por nuestro trabajo, si dependemos exclusivamente de quien nos contrata y no del rendimiento que produce nuestro trabajo, estaremos a merced –más si cabe- de la industria. Y a esa industria -como industria que es- nunca le interesará la pluralidad, la innovación, el riesgo o la creatividad, sino la clonación de éxitos, el equilibrio de los balances, los targets generalistas y las convenciones preestablecidas. En definitiva, el empobrecimiento cultural. Nos seguirán diciendo qué es lo que tenemos que oír / ver / consumir, y nosotros les obedeceremos, porque no habrá otras alternativas.

“¿Y a mí qué? Yo no veo nada español, sólo cosas de fuera”, dirán algunos. Por supuesto, pero tanto el cine y la televisión de este mismo 2009 han demostrado que son muchos los españoles a los que les interesa la producción patria, y no me parece una locura que un país vele mínimamente por favorecer y proteger la existencia de una cultura propia. Aun así, si los de fuera lo hacen mejor serán para ellos los beneficios, no hay nada que objetar.

En definitiva, les pido que se replanteen los absolutos a los que creen haber llegado. Sé que es muy difícil, pero si hacen mucha, mucha fuerza podrían llegar incluso a considerar la posibilidad de que no todos los que cobramos derechos de autor seamos unos hijos de la gran puta.

Si no, pueden seguir apedreándonos –comparto la opinión de que resulta muy estimulante- pero sean conscientes de que alguien, detrás de ustedes, les está vendiendo los pedruscos a precio de oro.


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