A VECES OLVIDO QUE…

12 enero, 2010

…todos solemos ser más listos de lo que creemos…

…pero a veces  no sabemos cómo serlo.

David Muñoz

Un aviso: aunque vosotros la estáis leyendo más tarde, he escrito esta entrada entre los días 3 y 5 de Enero de este año, mientras viajaba de un lado para otro, así que me temo que el resultado es más caótico que de costumbre. Aún así, espero que más o menos tenga sentido…

Una de las cosas que más me chocó cuando empecé a llevar talleres de guión fue descubrir que a menudo me sorprendía a mi mismo diciendo cosas que no sabía que iba a decir y que muchas veces ni sabía que sabía.

Supongo que ya lo tenéis claro la mayoría, pero por si acaso os explico que los talleres de guión suelen funcionar de la siguiente manera: los asistentes trabajan en la escritura de un guión de cine bajo la supervisión de un guionista profesional que se encarga de echarles una mano cuando se “atascan” y de darles pistas sobre cómo escribir la mejor versión posible de su historia. Y creo que una de las cosas que más me gusta de hacer este trabajo es que me ayuda a ser mejor guionista. Por dos razones: porque me obliga a pensar en cómo solucionar problemas de tipos de historias que yo jamás habría escrito por mi cuenta, y a adaptarme a la forma de ver las cosas y al estilo de los aspirantes a guionistas con los que estoy trabajando (no se trata de que escriban un guión que podría haber escrito yo -para eso ya escribo los míos-, sino de que escriban la mejor versión posible del guión que ellos quieren escribir, me guste o no a mí), y sobre todo, porque trabajar bajo semejante presión (y creedme, tener a 30 personas mirándote esperando a que digas algo inteligente genera MUCHA presión), me hace tener ideas que jamás he pensado antes. Forzando la máquina, la máquina te da más de lo que esperabas de ella. Más de una vez me han dado ganas de parar la clase, coger un folio y apuntar lo que he dicho, no sea que lo olvide cuando tenga que escribir mi próximo guión. Probablemente la mayor parte de las veces no se trata realmente de ideas verdaderamente “nuevas” sino de formulaciones más precisas de ideas que me llevaban tiempo dando vueltas por la cabeza de forma difusa. Pero sin esa tensión que me ha obligado a concretarlas, a expresarlas de una forma inteligible, seguirían siendo solo eso: retazos confusos sin utilidad alguna. Ni para mis alumnos ni para mí.

Pero si soy capaz de llegar a esa “reformulación” es, además de porque en esos momentos estoy muy concentrado (por eso, aunque es verdad que disfruto mucho los talleres, también me agotan), al mismo tiempo estoy muy relajado. Al poco tiempo de empezar a dar clase perdí el miedo a hacer el ridículo y empecé a permitirme decir casi todo lo que se me pasaba por la cabeza (mientras tuviera que ver con el tema que estábamos tratando, claro está) .

O sea, exactamente lo mismo que hacía en mis reuniones con el que era mi coguionista por aquel entonces, Antonio Trashorras. Sin darme cuenta, había reproducido en mis clases la forma de trabajo que ya me funcionaba en mis reuniones con Antonio.

Muy poco tiempo después de empezar a trabajar juntos, cuando aún estábamos a unos 400 o 500 folios de poder escribir algo medio legible, Antonio y yo nos dimos cuenta de que la única manera de inventar una historia interesante era dejar fluir libremente la imaginación, esperando que alguna de las tonterías que decíamos en una de aquellas mañanas de sábado en las que quedábamos para escribir acabara sirviendo para algo. Pero sabíamos que no podíamos tener una cosa sin la otra, que para llegar a una sola cosa interesante había que pasar por muchas tonterías. Y que no ocurría nada por ello. Intentar ser brillantes todo el rato solo nos conducía al bloqueo.

A base de trabajar y de adquirir oficio, el porcentaje de tonterías/ideas interesantes acaba igualándose ligeramente, pero por mucho tiempo que lleves escribiendo -y más cuando lo haces con otra persona, cosa que suele ser casi siempre-, el proceso siempre es el mismo: hablar y hablar y esperar que algo te guste lo suficiente como para que te apetezca usarlo. Las historias casi nunca nacen perfectamente formadas. Normalmente se parecen más a un niño problemático, de esos que necesitan la ayuda incesante de sus padres, los profesores, un psicólogo y un logopeda para sacar el curso, que a un empollón con una media de sobresaliente.

Obviamente, no es lo mismo ser tutor en un taller de guión. Estás mucho menos relajado que en una reunión con un coguionista con el que llevas trabajando diez años, y sabes que no puedes dejar pasar un solo minuto sin sugerir un nuevo camino a seguir porque sino la clase se te “muere”, con lo cual (salvo que estés en una serie a cuatro días de rodar y sin guión) todo suele resultar mucho más agotador que en una sesión de trabajo normal, pero aún así, el proceso, y sobre todo, la manera de aproximarse a él, es muy parecido: tienes que relajarte, concentrarte, dejarte atrapar por la historia, abandonarte a ella y esperar que lleguen las ideas. Si realmente consigues que tu cabeza esté donde tiene que estar, las ideas llegan. Y si no… bueno, es que a lo mejor no eres guionista. Cosa que no es mala ni buena ni todo lo contrario. Yo de chaval fantaseé durante una época con ser guitarrista y viendo que era incapaz de coordinar mis dos manos hasta para tocar el principio de “Smoke in the Water” en seguida me di cuenta de que aquello no era para mí. Y no fue un trauma. Menos tiempo que perdí intentando ser algo que no podía ser.

Pero me estoy despistando. De lo que quería hablar en la entrada era de algo que me parece muy importante y que me parece a veces damos por hecho los que nos dedicamos desde hace un tiempo a esto: aunque suene a receta de manual de autoayuda, hay maneras de conseguir canalizar de forma efectiva nuestra creatividad (e incluso de ser más creativos y por tanto, mejores guionistas), y casi todas pasan por perder el miedo a decir idioteces y a hacer el ridículo.

Como cantaba Adam Ant: “el ridículo no es algo de lo que uno deba asustarse”.

Eso provoca a veces que también parezcamos un poquito arrogantes… pero…  hay que aceptarlo. Porque no deja de ser arrogante que se te ocurra una majarada y pretendas que alguien invierta varios millones de euros en hacerla realidad.

Así nos sentimos los guionistas por dentro a veces… más chulos que un ocho… aunque en vez de ir disfrazados de piratas vistamos de negro y llevemos gafas de pasta…

Si quieres ser guionista, “ridículo” se convertirá en tu primer apellido (el segundo será “fracaso”, pero eso será tema para otra entrada).

Pero no tiene que importaros. Incluso, si me apuráis… tenéis que aprender a disfrutarlo.

Y si no encuentras una manera de trabajar que te permita sentirte ridículo sin bloquearte, es difícil que consigas disfrutar escribiendo.

Por ejemplo, hace unas semanas, en el taller de escritura de guiones de largometraje que llevo en el máster de guión de ficción para cine y televisión de la Universidad Pontificia de Salamanca, me sorprendió que varios grupos de alumnos (los guiones se escriben de tres en tres) me comentaran que aún a pesar de que estaban echándole muchas horas, no lograban avanzar. No conseguían terminar su tratamiento mientras que otros grupos ya estaban dialogando la primera versión del guión. Hablando con ellos descubrí que la forma en la que habían elegido trabajar era quedando en la casa de uno de ellos delante de sus ordenadores, intentando escribir el tratamiento entre los tres. O sea, que uno de ellos escribía una frase mientras los otros dos le miraban por encima del hombro. Y estamos hablando de gente que no se conocía antes de empezar el master y que ha acabado formando parte del mismo grupo por casualidad. Por lo que sé, también son bastante competitivos, así que puedo imaginarme al pobre al que le tocara sentarse frente al ordenador intentando escribir una frase perfecta mientras los otros dos le miraban mal cada vez que se equivocaba. Puede que no fuera exactamente de esa manera, pero matices aparte, lo que me parece que está claro es que así, con semejante tensión, no hay manera de conseguir que fluyan las ideas.

Viendo el percal, lo que les sugerí fue que en vez de quedar para “escribir” (o sea, para redactar uno de los documentos que tienen que envíarme por mail de vez en cuando) quedaran solo para hablar del guión y que mientras como mucho alguno de ellos se ocupara de tomar notas en un folio que más tarde, en la tranquilidad de sus casas, ya podrían pasar a limpio redactándolas correctamente. Porque lo que importaba en esa fase era inventar una historia, no volverse locos intentando que todos los adjetivos expresaran a la primera lo que tenían en mente.

Y lo curioso fue que la mayor parte de los grupos que sí que habían conseguido avanzar ya estaban trabajando así. Quedaban para hablar de la historia, en un bar o donde fuera, luego se iban cada uno de ellos a su casa a escribir tras repartirse el trabajo y después intercambiaban lo que habían escrito por mail para comentarlo y ver qué podían mejorar.

Carlos Molinero y Hernán Migoya, trabajando.

Carlos Molinero y Hernán Migoya, trabajando.

Guionistas trabajando.  Son Carlos Molinero y Hernán Migoya. Cuando hice la foto estábamos inventándonos el argumento del piloto de una serie que no llegó a salir.

A mí esa es también la forma de hacer las cosas que mejor me funciona.

Lo que no quiere decir que sea la única posible. Esa noche, al salir de clase camino de la estación de autobuses para volver a Madrid, Michi Huerta, uno de los coordinadores del Máster, me comentó que había dos alumnos que estaban trabajando como el grupo que no conseguía avanzar y que sin embargo estaban teniendo buenos resultados. Lo que le dije a Michi fue que si bien pudiera ser que influyera el hecho de que ese grupo fuera de dos y no de tres (al principio eran tres, como todos, pero su compañero desertó al poco de empezar el máster), si a ellos les funcionaba, pues estupendo.  Yo no tenía interés en que hicieran las cosas de otra manera simplemente porque sí.

De todas maneras, cuando llegué a casa colgué el siguiente mensaje en el foro que utilizo para comunicarme con mis alumnos del taller, no fuera que alguno hubiera interpretado mis palabras como un “mandamiento” guionístico en vez de como un consejo cuya aplicación práctica concreta debía encontrar cada uno por su cuenta dependiendo de sus circunstancias:

“Aunque pienso que en la mayor parte de las ocasiones el mejor método de trabajo que puede emplearse para escribir un guión de largometraje es el que comenté ayer en la clase (o sea, reunirse para hablar y tomar decisiones, luego escribir cada uno una parte en su casa y después intercambiar documentos por mail y reescribirse unos a otros), eso no quiere decir que sea el mejor método ni el único que se puede utilizar. Si otros grupos estáis haciendo cualquier otra cosa y os funciona, no dejéis de hacerlo. Hay algunos casos en los que dos o tres guionistas se las apañan para coescribir en la misma habitación sin que eso suponga ningún problema para que avancen a buen ritmo. Por ej. me parece que Roberto Orci y Alex Kurtzman (los de, entre otras muchas películas y series de televisión, la última “Star Trek”), trabajan así. Es un método que requiere que los dos guionistas sean muy, muy compatibles -humana y creativamente-, y por eso es difícil que funcione. Hay que sentirse muy cómodo delante de otra persona para escribir una primera versión de una escena o un diálogo delante de ella. Pero si se da esa comodidad (imprescindible para que fluyan las ideas) y el método funciona, resultaría absurdo cambiarlo por otro”.

Por desgracia es muy fácil acabar sintiendo que uno es mucho peor guionista de lo que realmente es porque no ha sabido encontrar la manera más adecuada de llevar a cabo su trabajo.

Pero encontrar una manera de escribir que no nos paralice y nos permita dar lo mejor de nosotros mismos es mucho más importante que haber memorizado el “tocho” de Robert McKee. Al fin y al cabo, escribir una historia consiste en buena parte en canalizar de forma adecuada la creatividad, y para conseguirlo todo lo que no nos deje sentirnos a gusto es un obstáculo del que tarde o temprano deberemos librarnos si queremos avanzar.

Y resulta muy frustrante salir de una reunión de guión teniendo la sensación de que podrías haber dado mucho más de sí de lo que has dado.

Así que no os cortéis, dejaros llevar, y, volviendo con Adam Ant…

…en las reuniones de tu serie de televisión…

…con el coguionista de tu película…

…con el director…

…con tus productores…

…”don’t you ever, don’t you ever
stop being dandy, showing me you’re handsome”

…”don’t you ever, don’t you ever
lower yourself, forgetting all your standards
don’t you ever, don’t you ever
lower yourself, forgetting all your standards”.

Ni una sola vez.

Y que piensen lo que quieran.


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