DESCARGAS ILEGALES Y LEGALISTAS CARGANTES

28 enero, 2010

por Pianista en un Burdel.

El otro día participé con otros colegas en un evento para estudiantes de primer curso de Comunicación Audiovisual. Había allí como trescientos chavales y unos cuantos profesores. Como suele ocurrir, escandalicé a mucha gente con mis intervenciones:

¿Que si me gusta más escribir o dirigir? Bueno, eso es como el chiste: masturbarse está bien, pero follando… conoces gente. Dirigiendo, concretamente, conoces actrices.

-¿Mi película favorita? Sería difícil de decir. Tampoco tengo un solo disco favorito, o un libro favorito. Pero en fin, si tengo que decir un título, diría “Regreso al Futuro”.

-Es una película muy antigua. No creo que sea fácil de encontrar en las tiendas, pero bueno… para eso está el eMule.

Creo que la razón por la que respuestas como ésas escandalizan a la mayoría de la gente (al tiempo que provocan grandes carcajadas e incluso algunos aplausos), es la incómoda verdad que contienen:

-Los directores y las actrices se lían con mucha facilidad.

-El gran cine no es necesariamente elitista.

-Está muy bien poder encontrar en Internet lo que no se encuentra en las tiendas.

¿Por qué son incómodas estas verdades, a pesar de que TODO EL MUNDO las conoce? Porque ponen en cuestión principios éticos o cuestiones de protocolo que la sociedad ha decidido que necesita para seguir funcionando (o, mejor dicho, para seguir funcionando como hasta ahora).

El protocolo desaconseja comentarle a esa actriz lo bien que le van las cosas profesionalmente desde que es la novia de un director de éxito. El protocolo desaconseja rebajarse a reconocer la excelencia de una obra artística que gusta a gente menos cultivada que nosotros. Y por último, la (presunta) ética nos impide admitir que no hay nada de malo en bajarse una película de Internet.

Do it, but deny it. Es un sistema absurdo, pero funciona desde que se inventaron las palabras. Y ojo, porque más escandaloso que saltárselo diciendo las verdades incómodas, es saltárselo por el otro extremo: mintiendo más de la cuenta. El ejemplo lo vi también en el evento del otro día, cuando de los colegas con los que compartía escenario soltó esta perla al hilo de no sé qué:

-A mí eso de que la gente se descargue películas de Internet me parece horrible y penoso.

Ni que decir tiene que lo abuchearon. Porque una cosa es negar una verdad incómoda, y otra muy distinta mentir como un bellaco. No voy a decir que “todo el mundo” se baja cosas de Internet, porque odio ese tipo de generalizaciones. Pero ¿no es ése el tipo de generalizaciones que se hacen cuando se identifican “las descargas” con “la piratería”?

Puedo comprender la estrategia que hay detrás de ese intento de culpar al usuario del problema global. Puedo comprender la angustia que lleva a ciertos directores y actores a hacer esas candorosas interpelaciones al espectador: ¡Id al cine a ver mi peli, chavales, no os la bajéis de Internet! Puedo comprender la confusión que lleva a insertar un “spot antipiratería” en los DVD aunque, al final, sólo sirva para llamar ladrones precisamente a los clientes que pasan por caja.

Son palos de ciego. Pero motivados por un error en el que es fácil (y humano) caer: “quizá así consigamos que alguien nos haga caso. Y por otro lado, no se nos ocurre nada mejor”.

Novia de un director de cine

Lo que no entiendo es cómo se puede tener el cuajo de afirmar en público, a título personal, que eso que hacen de manera natural dos o tres generaciones de ciudadanos es horrible y penoso. Hablamos de una actividad que se realiza sin romper ninguna valla, derribar ninguna puerta, ni forzar ninguna cerradura. Sin empuñar armas ni agredir a nadie. Por el contrario, se paga dinero por ello, se necesita tecnología más o menos nueva, y un cierto conocimiento técnico, por no decir un cierto criterio para saber qué se busca.

Es una actividad cultural. Equiparable a ir a la biblioteca a por un libro, o pasarse por la tertulia del café. Hay que tener muy esquinado el punto de vista para ver algo delictivo en ello.

Lo decía muy acertadamente Daniel Castro en su post del 4 de enero: “cada argumento inexacto es un paso que aleja de la solución de un problema”. Sólo los imbéciles discutirán que es un problema que haya gente enriqueciéndose ilegalmente con el trabajo ajeno. Hay que ser un ignorante o una mala persona para exigir la gratuidad total de la cultura, y hay que serlo en grado extremo para identificar eso con el progreso de la humanidad. El derecho a la propiedad intelectual es fundamental para que los autores puedan vivir dignamente, cosa esta última que, por supuesto, sólo importa a dos tipos de personas: los sensatos… y los autores.

Yo, por ejemplo, soy un autor, y tengo la mala costumbre de comer tres veces al día. También me gusta ir abrigado en invierno y dormir en un buen colchón. Oh, y me encanta el Jack Daniel’s, y el vino bueno y los restaurantes finos. Y tengo la intención de disfrutar de todo eso gracias mientras pueda pagármelo con mi trabajo. No sólo no veo nada vergonzoso en ello, sino que estoy dispuesto a llamar cuatro cosas a cualquiera que intente avergonzarme por ganar dinero gracias a mi talento y a mi esfuerzo.

Y me considero perfectamente legitimado para cagarme en todos los moralistas que me afean la conducta cuando me bajo de Internet series como In Treatment, Entourage o Curb Your Enthusiasm. ¿Cambiaría en algo el mundo si en vez de bajarlas, las viese en esa espantosa versión doblada que ofrecen (y no siempre) las televisiones españolas? ¿En qué, decidme, en qué mejoraría la industria si hiciese eso? ¿Se salvarían empleos? ¿Se reduciría la deuda de la Seguridad Social? ¿Dios nos querría un poco más?

Para los que vayan a sacar el argumento de “cómpratela en DVD”, ya adelanto una respuesta: como cualquier empresario inteligente sabe, hay diferentes tramos de clientes según su capacidad adquisitiva. Cuando más se diversifique la oferta, más tramos se abarcan, y más se factura. Por sorprendente que parezca para una mentalidad funcionarial, hay clientes que prefieren pagar más por, básicamente, el mismo producto, quizá con un mínimo aderezo. Véase los mendrugos que compran los DVDs edición-especial-para-coleccionistas-cinco-discos-caja-metálica-extras-en-esperanto. ¡La peli es la misma, por el amor de Dios!

¿Qué quiero decir con esto? Que el hecho de que haya cien mil descargas ilegales no significa “cien mil discos menos vendidos”. Estamos hablando de tramos distintos. Esa gente que se descarga la peli podría a) Comprársela después, o b) No comprársela nunca. Y eso no depende del hecho de haberla visto. Es más, yo SÓLO me compro DVDs de películas que ya he visto. Uso Internet para localizar cosas que me interesan. Si me interesa, me la compro. Si no, no. Soy el tipo de cliente que se perdería muchas cosas si no fuera porque se las puede descargar.

Pero hay otros tipos de clientes. Por ejemplo, los que no tienen un chavo. Hoy. Chavales de 15 años que descargan muchísimo y consumen muchísimo. Son los grandes compradores de películas de mañana. Hoy no tienen dinero. ¿Qué hay que hacer, impedirles ver películas? ¿Por qué, acaso están generando un gasto? Permitir esas descargas es un mal menor, es como esas promociones que te regalan 1000 SMS. Es una inversión buenísima: cuando acaba la promoción, tus hábitos han cambiado gracias a esa oferta: envías muchos más SMS. Eres mejor consumidor.

Las descargas funcionan igual. Por supuesto, no todo es bueno. Pero ni de lejos nos enfrentamos al panorama apocalíptico que nos pintan los legalistas cargantes. Sí, algunas industrias culturales (no todas) están en crisis tras la implantación masiva de nuevos sistemas de comunicación. Vaya, ¿eso no había pasado antes? ¿El cine no se vio amenazado por la televisión? ¿Acaso no se predijo que la TV significaría “el fin del cine”? (Por no hablar de la radio)

Hay problemas, de acuerdo. Pero igual que no vale el “todo gratis, aquí y ahora, porque yo lo valgo” tampoco vale el “cada vez que hacéis eso, se le clava una espinita a Jesucristo”.

¿O qué se creen, que los ejecutivos de las cadenas de televisión no se bajan series americanas? Y se las tuestan a sus colegas. Y se buscan proxies para ver series en hulu. Y se ríen de ese director que se ha enrollado con una actriz veinte años más joven y de pronto la pone en todas sus películas.


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