EMPATÍA

12 febrero, 2010

Por Guionista Hastiado

Una vez tuve un productor ejecutivo que estaba obsesionado con que alguno de sus personajes tuviera un gatillazo, porque era algo que le había pasado a él hacía poco, y era un tema que le parecía importante. Hubo otro que se negaba sistemáticamente a hacer tramas en las que alguien se levantara de resaca sin recordar nada de lo que había hecho la noche anterior, porque eso nunca le había pasado a él.

Los primeros guiones que escribí, que han ido a la basura sistemáticamente, partían de la necesidad de aportar mi propia visión del mundo y hablar de mis preocupaciones y obsesiones personales. Incluso de mis soluciones a ciertos problemas fundamentales a los que se enfrenta el ser humano. Ejem, sí.

De hecho, creo que casi todos los que nos dedicamos a contar historias, o los artistas de cualquier condición, comenzamos nuestras carreras profesionales atraídos por la necesidad ineludible de expresarnos y posicionarnos.

Eso está muy bien y no tengo nada en contra de ello. Sin embargo, escribir guiones tiene mucho más que ver precisamente con lo contrario, con la capacidad para ponerse en el lugar de los demás. Es decir, con la empatía.

Desarrollar la empatía es una de las necesidades fundamentales del oficio, y quizá tenga que ver más con las habilidades sociales y personales  que con las académicas o intelectuales.

En el 99 por ciento de los guiones que escribimos hablamos de personajes que no tienen nada que ver con nosotros, ni por edad, ni por condición social, ni por modo de vida, profesión… incluso pueden diferenciarse de nosotros en el sexo, la época o la condición material (pueden ser fantasmas). Y nuestra obligación es ponernos en su lugar para ser capaces de elegir con coherencia qué decisiones tomaría ese personaje, cómo hablaría, qué argumentos esgrimiría para defender sus principios, y no los nuestros. Como bien dijo ayer el Pianista, un guión no debería plantearse como un medio para proponer nuestras tesis, sino para contar historias y entretener.

¿Cómo se enfrenta un ama de casa a un hijo adolescente que la maltrata? ¿Qué pasa por la cabeza de un violador cuando ve a una posible presa? ¿Cuáles son los sentimientos que experimenta un soldado ante el pelotón de fusilamiento? ¿Cómo justifica Karmele su salto al noble arte de la música?

Me aventuro al afirmar que casi ninguno de nosotros ha experimentado todos esos conflictos y, sin embargo, podemos vernos enfrentados a la necesidad de mover los hilos de esos personajes en esas situaciones. Y del acierto y la sinceridad que pongamos en ese objetivo dependerá, casi siempre, la credibilidad que desprenda nuestro guión. No hay nada más falso que una historia en la que constantemente se cuelan los pensamientos y percepciones del autor, en lugar de los de los personajes.

Esto no significa que no pueda haber una “visión” de fondo en nuestro trabajo. La elección de los temas, el desarrollo de los acontecimientos, determinadas ideas puestas en los labios de algunos personajes… todo ello nos puede servir de palestra para apuntar un cierto punto de vista personal. No pasa nada si es la guinda del pastel, pero no puede ser la harina. Si los personajes no tienen vida propia, tampoco la tendrá la historia.

Tal vez esto exija hacer un cierto esfuerzo personal en nuestra vida diaria. No sólo es cuestión de fijarse en el comportamiento ajeno, sino de comprenderlo y asumirlo desde otro punto de vista. A veces deberemos escarbar en nuestros pensamientos más oscuros para justificar lo injustificable. Debo entender por qué el jefe está seguro de la necesidad de rebajarme el sueldo, convencerme de que a veces el asesinato en masa es algo práctico, o administrar los argumentos que le llevaron a decidir al hijoputa del bar de carretera que era algo correcto y lógico quedarse con la cámara que encontró bajo la mesa (o igual no le pareció correcto, pero le importó un rábano, lo que sea).

Si yo soy Larry David a lo mejor puedo centrarme en contar mi visión del mundo, pero es muy posible que yo no sea Larry David y que mi visión del mundo no le interese a nadie. E incluso Larry David necesita escribir para otros personajes que no son él, y que deben resultar coherentes incluso desde de su posible estupidez.

Al igual que a los profesionales del debate se les supone la capacidad de defender un discurso desde posiciones absolutamente contrarias, los guionistas, tan tendentes a considerar que nuestro trabajo es un medio de expresión, debemos hacer un esfuerzo por asumir que en realidad un guión es un medio de comprensión.


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