A VECES OLVIDO QUE…

6 abril, 2010

…las cosas casi nunca son como parecen.

David Muñoz

Es inevitable. Por mucho que los guionistas profesionales nos esforcemos desde nuestros blogs en contar cómo son realmente las cosas cuando te dedicas a esto, muchos internautas siguen prefiriendo tragarse las milongas mitómanas de blogueros cinéfilos que basan sus conocimientos en los “publireportajes” de los extras de los DVD (esos en los que todo el mundo se ve obligado a contar que su experiencia haciendo la película sido maravillosa), o alguno de esos manuales redactados por gente que lo único que sabe sobre cómo es escribir guiones en el mundo real lo ha aprendido viendo los mismos DVD o leyendo algún libro norteamericano de hace 20 años. Quizá por eso a menudo nuestros posts son calificados de “deprimentes” o de “pesimistas”, cuando no son ni una cosa ni la otra. Simplemente describen una realidad profesional. Y en la realidad las cosas no son a menudo ni buenas ni malas. Son… complicadas. Lo bueno suele venir acompañado de algo malo (o de algo que al menos no es cómo tú querrías que fuera). Y es habitual que ni siquiera sepas muy bien qué calificativo merecen ciertos momentos hasta que pasan unos años.

Todo esto viene a cuento de que esta semana me apetece explicar cómo suele ser el proceso de desarrollo de un guión de cine cuando las cosas van más o menos bien. Voy a hacerlo solamente desde el punto de vista creativo, no del contractual (eso daría para escribir otro texto entero). Y tampoco voy a hablar demasiado de los “porqués” sino de los “qués”. Aún así, seguro que habrá quien considerará que estoy siendo muy pesimista, o que trato de disuadir a los aspirantes a guionistas de intentar ganarse la vida con esto. Y mi intención no es ni mucho menos ni una ni otra. A pesar de los reveses, a mí me sigue mereciendo la pena seguir intentando que se ruede alguno de mis guiones de largometraje, y, sobre todo, no creo que porque algo sea difícil no merezca la pena intentarlo. Lo que no quiere decir que de vez en cuando no me levante pensando en que debería sacarme una oposición (¡lo malo es que tampoco es nada fácil aprobar una!) y dedicarme a escribir mis cosas en los ratos libres que me deje un trabajo un poco más seguro. Sobre todo porque no me veo con sesenta años yendo de productora en productora intentando vender mis guiones, y mucho menos formando parte del equipo de una serie con un coordinador de 25 (vamos, yo no es que no me vea, es que seguro que él no me vería a mí).  Pero la “fecha de caducidad” de la mayor parte de los guionistas que no dan el salto a la producción o la dirección es otro tema del que creo que acabaré escribiendo tarde o temprano.

Una aclaración: existen tantos posibles procesos de desarrollo como productoras. Una vez te compran un guión (o un tratamiento, o una sinopsis) no existe una sola manera de hacer las cosas. Pero tras años de hablar con otros compañeros, creo que sí que se suelen dar ciertos momentos bastante similares en todos los procesos.

Y más o menos son estos:

-Por fin consigues vender tu sinopsis, tu tratamiento o tu guión (a partir de ahora diré solo “guión” para facilitar la lectura del texto, pero recordad que me refiero a cualquiera de las tres cosas). Has tenido suerte y un productor ha decidido que por la razón que sea merece la pena intentar que tu proyecto acabe convertido en un largometraje. A lo mejor porque encaja con justo el tipo de película que quiere producir en este momento, o porque le ha llegado de la mano de algún director con el que tiene interés en trabajar. Sobre todo si es lo primero que vendes, es probable que en este momento tengas la sensación de que por fin has hecho realidad tus sueños. Tras firmar el contrato sientes por primera vez que eres un profesional del guión.

De momento todo son halagos y parabienes. Parece que tu guión gusta mucho tal y como está. Los “deprimentes” artículos de bloguionistas te parecen cuentos de viejas.

-Llegan las primeras reuniones de desarrollo. De pronto tienes varios interlocutores. Ahora resulta que debes justificar todas y cada una de las decisiones que has tomado al escribir tu guión delante de un productor (o dos: uno de la productora, el otro de la tele que va a invertir en la película), un director, y a lo mejor un jefe de desarrollo. Y lo primero que te choca es que…

…todos tienen una idea ligeramente diferente de cómo debe ser la película. En realidad, da la impresión de que más que tu guión, lo que les gusta es la película que han imaginado leyendo lo que has escrito. Y no, no es la misma que la tuya. Se parece algo, pero no. Para el caso, te habría dado igual haber escrito una novela (o un cómic) y vender los derechos para que luego alguien escribiera un guión con ella. El borrador en el que has trabajado tan duro durante meses es solo una “base”, como mucho “un buen punto de partida”, para escribir algo cuya forma definitiva no está aún clara. Porque lo más habitual es que por ahora nadie sea demasiado concreto. Si das con tipos muy indecisos, lo más normal es que en este momento te des cuenta de que pretenden “descubrir” la película mediante un largo proceso de “prueba y error” en el que debes ir probando si funcionan las diferentes permutaciones de tu historia que te van proponiendo. Hace unas semanas, cuando firmaste el contrato, parecía que todo iba a ir sobre ruedas, y no sólo eso, sino que había mucha prisa porque se quería rodar “ya”. Pero de pronto, nadie parece sentir ninguna urgencia.

Y  si… ¿y si los dichosos bloguionistas tenían razón?

Durante algún intercambio de pareceres especialmente sobrecogedor, descubres que uno de tus “jefes” ha malinterpretado totalmente lo que querías contar con tu historia. De hecho, su lectura es totalmente opuesta a la tuya. Pero le das la razón, no vaya a ser que se arrepienta de haberte comprado el guión. Al fin y al cabo todavía quedan muchos meses por delante.

Curiosamente, de momento el director te apoya y es quien menos vehemente se muestra a la hora de pedir grandes cambios.

Por otra parte, no todo es malo, parece inevitable que te esperan por delante varios meses de trabajo duro, pero también es verdad que estas reuniones  han servido para detectar los puntos más endebles del guión y que han surgido varias ideas que pueden ayudarte a conseguir que dejen de serlo.

-Entregas tu reescritura. Y…

…sigue sin gustar del todo. ¡Pero cómo es posible si has hecho todo lo que te han pedido y además has modificado muchos detalles que no te pidieron pero que desde tu punto de vista mejoran aún más el guión!

Pues me temo que pasan dos cosas:

1- Tu guión ya no es “nuevo”. Todos los que han leído esta nueva versión ya se conocen la historia. Y, pese a que no debiera ser así, pedirles que sientan el mismo entusiasmo por ella que cuando leyeron la versión que compraron sería como pedirle a un aficionado al fútbol que disfrutara igual con un partido grabado cuyo resultado ya conoce que con uno en directo. Es imposible. Si es una comedia, las bromas hacen mucha menos gracia cuando te las cuentan por segunda vez; si se trata de un thriller, todo el mundo sabe ya cómo va a acabar la película y no siente emoción alguna al pasar las páginas. Eres como esa pareja que a los meses de empezar una relación se da cuenta de que el “otro” ya no tiene tantas ganas de irse a la cama con él ni se ríe por sistema de sus gracias…

Y duele.

2- Llegados a este punto todos los implicados suelen haber caído víctimas de un síndrome muy habitual en los procesos de desarrollo: la búsqueda del “guión perfecto”. Que más o menos es como buscar la mítica ciudad sudamericana de El Dorado que obsesionó a los conquistadores españoles. Además, si en algún momento te ha parecido que existe, basta con que analices cualquiera de tus películas preferidas para darte cuenta de que todas van a la contra de lo que en teoría debe hacerse en uno de esos guiones “ideales”. Piensas en Toy Story, y en lo ortopédicamente que está resuelta la historia de Sid, el niño malo. O en Blade Runner, y en esos casi 20 minutos durante los que el protagonista, Rick Deckard, desaparece de la película. Pero como todas las buenas leyendas, esta también es inmune a cualquier evidencia. Tienes que seguir adelante, navegando por tu particular Amazonas en busca de la ciudad de oro. Ya sólo esperas no acabar tan loco como Lope De Aguirre…

Estos momentos nunca pueden estar en un guión...

Estos momentos nunca pueden estar en un guión...

Vale, sí, ya está claro. Los bloguionistas no exageraban. Si acaso, se quedaban cortos.

-Nueva versión. Es recibida con mucha más frialdad que la anterior. Pero sin embargo, quizá porque todo el mundo está ya muy cansado de llevar tantos meses dándole vueltas a la historia, es dada por buena por los productores, que te comunican una posible fecha de rodaje (siempre dependiendo de que logren no sé qué subvención, de que tal actor acepte estar en la película, etc.).

Sientes una extraña mezcla de emociones. Vale, por fin has terminado de reescribir el guión y es un alivio. Pero… te gustaría que alguien demostrara algún tipo de entusiasmo por la última versión que has entregado y no que parezca que van a rodarla porque con todo lo que han gastado ya no les queda más remedio si quieren recuperar la inversión. Pero… ¡si hasta a ti te pasa que ya no sabes si la versión que tienes entre manos es una basura o una obra maestra!

Sin embargo, es entonces cuando, por fin, ahora que no va a tener más remedio que rodar la película que llevas escribiendo todo este tiempo, el director decide pronunciarse. Y vaya… parece que hay muchas cosas que no llegan a convencerle de tu guión.

Se trata de un fenómeno extraño. Pero os aseguro que a mí me ha ocurrido en bastantes ocasiones. Un amigo director que prefiere permanecer en el anonimato lo explica así: “Es verdad que eso pasa. Y creo que se debe a varias razones: la más importante es que el director casi nunca está contratado aún por la productora durante el proceso de desarrollo. Se supone que debe acudir a las reuniones y aportar todo lo que puede sin recibir nada a cambio y sin tener muy claro que en el último momento no vaya a ser reemplazado. Así es muy difícil implicarse. Además, cuando te dicen que realmente vas a rodar el guión y empiezas a visualizarlo, lo ves todo de otra manera y notas problemas distintos que cuando es solo palabras en un papel”.

Lo peor de todo es que estás seguro de que si tú fueras el director, te comportarías igual.

Otro fenómeno extraño: Sid puede ver a los juguetes moverse. ¿Que conveniente, no?

Otro fenómeno extraño: al contrario que los otros niños, Sid sí puede ver a los juguetes moverse. ¿Qué conveniente, no?

Sea por lo que sea, cuando creías que ya habías terminado, te toca hacer más cambios.

Un día te sientas delante del ordenador y caes en que casi sin darte cuenta, has acabado escribiendo algo que tiene muy poco que ver con la película que imaginaste cuando decidiste empezar a escribirla.

Pero aun con el director satisfecho, el proceso todavía no ha terminado.

Si has tenido la desgracia de que el productor decida contratar a un actor de “peso” (o sea: famoso y caro, pero que no garantiza un duro extra en taquilla), puede que éste también tenga ideas sobre cómo debe ser su personaje o que incluso pretenda modificar el resto del guión*.

Y cuando el guión llega al jefe de producción, puede que éste se de cuenta de que no hay dinero para rodar todo lo que has escrito y que tengas que quitarle a tu documento “20 paginillas de nada”. O que te diga que ha perdido la localización con la que contaba “sí o sí” desde hace meses. Ésa sin la cuál no tiene sentido nada de lo que pasa en el guión.

Al final (o casi, todavía puede que acabes reescribiendo páginas durante el rodaje o doblando frases en montaje) la película que se rueda esa casi siempre el resultado de las aportaciones de muchas personas. Aunque solo la firmes tú. Pero el día del estreno te “casas” con el guión. Para lo bueno y para lo malo, en la salud y en la enfermedad. En el mundo del ABRE A:  no existe el divorcio. Como aún hoy la mayor parte de los espectadores siguen pensando que el guionista se encierra en su casa, escribe el guión que le da la gana, se lo manda a la productora y hala, se rueda tal cual, recibirás halagos por frases que ha “morcilleado” un actor, y críticas por momentos improvisados por el director durante el rodaje o que son el fruto de decisiones tomadas por otros departamentos (fotografía, arte, etc.). Pero en eso también consiste ser guionista. Si lo que deseas es sentirte “autor”, escribe una novela… o mejor, conviértete en director/guionista.

Lo interesante de todo esto (o lo preocupante, no sé) es que casi nadie puede decir que de haberse rodado su guión original la película hubiera sido mejor.

Volviendo a Blade Runner, es curioso ver el making of de la película y escuchar como todos los que participaron en el proceso de desarrollo, e incluso en el rodaje, pensaban que la película iba a ser un desastre después de tantos bandazos como se dieron durante la escritura del guión.

Pero, como digo siempre aquí, no hay recetas que garanticen que al final las cosas salgan mejor o peor.

Dejo para otro día una versión alternativa de este artículo mucho más tremebunda en la que el director es también el coguionista de la película, o peor, el autor de la idea original, y te llama a ti para que escribas el guión que tiene en la cabeza, ése que nunca llega a explicarte demasiado bien, pero que tú tienes que saber trasladar al papel correctamente haciendo uso de esa telepatía que se nos supone innata a todos los guionistas. Eso sí que puede ser una pesadilla. Y dejo también para otro momento la versión en la que el productor decide abandonar el proyecto y te deja sin pagar alguna de las versiones que ya has entregado.

De todas maneras, para no ser tachado de cenizo otra vez, me gustaría acabar de forma todavía más optimista: aunque lo que he contado ha sido lo que he vivido en el 75% de los procesos de desarrollo en los que me he visto envuelto, llevo dos o tres años ya en los que sólo he tenido buenas experiencias. Desde hace mucho únicamente he trabajado con productores que tienen muy claro lo que quieren hacer y con directores que además de aportar muchas cosas buenas al guión han respetado mi trabajo y me han hecho sentirme guionista y no un escriba sin voz ni voto.

Aunque sospecho que poder permitirme salir corriendo cuando noto que pretenden embarcarme de nuevo en pos de El Dorado, seguro que también ha tenido algo que ver con esta buena racha.

Ojala sigan siendo las cosas así a partir de ahora. Pero, por lo que pueda venir, prefiero no olvidar cómo son las cosas la mayor parte del tiempo. Además, si lo olvido… ¿de qué voy a hablar con los compañeros en el bar después de las reuniones de ALMA? Lo único bueno de pasarlo mal es lo bien que lo pasas contándolo cuando transcurren unos años. Aunque, como ya me sobran batallitas… prefiero quedarme como estoy.

*Para los que leáis  inglés, merece la pena echarle un vistazo a este artículo del primer guionista de Battlefield Earth (Campo de Batalla: la Tierra), la película de ciencia ficción basada en la novela del mismo título de L. Ron Hubbard, el fundador de la iglesia de la cienciología. Ese sí que fue un proceso de desarrollo complicado.

Y acabo de ver que aquí podéis leer sobre el mismo artículo en español.


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