MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA GUIONISTAS: REPELENTES CONTRA PARÁSITOS

15 abril, 2010

por Pianista en un Burdel.

El pasado 19 de marzo publiqué en este blog el artículo La Señora y el parásito. Biología del plagio, con la intención de aplicar un poco de sentido común a la montaña de basura mediática creada tras la denuncia por plagio contra la serie La Señora.

Me consta que mucha gente, tras la lectura del post, ha empezado a ver de otra manera las periódicas denuncias por plagio que sufren profesionales de reconocido prestigio (obviamente, nadie denuncia a un fracasado: no hay nada que robarle).

Hoy quiero volver sobre el tema, pero no para echar más leña al fuego. Las posturas han quedado clarísimas. Los locos seguirán con su tema diga yo lo que diga, y los cuerdos ya tienen material de sobra para formarse una opinión. Hoy lo que vamos a hacer es un repaso para ver qué hemos aprendido más allá de las opiniones. Porque si de los cuerdos siempre aprendemos algo, de los locos a veces podemos aprender muchísimo más.

De Susana Pérez-Alonso aprendimos que siempre, siempre, SIEMPRE, hay que inscribir nuestras obras en el Registro de la Propiedad Intelectual. Concretamente, hay que registrar las obras antes de enseñárselas a nadie. Esto sonará a perogrullada para muchos, pero lo cierto es que muchos guionistas, tanto aspirantes como profesionales, pasan por alto este paso fundamental. Es lo que pasa con los buenos consejos (póntelo-pónselo; si bebes no conduzcas; ante la duda, folla): todos el mundo los conoce, pero muy poca gente los sigue a rajatabla.

Y es que por pura falta de perspectiva. Tengamos en cuenta una cosa: todo el caso del presunto plagio de La Señora se basa en que Virginia Yagüe no registró a tiempo la obra. ¿Cuándo tenía que haberla registrado? En el momento de terminar la primera versión. Del argumento, de la biblia… de lo que fuera que envió a Diagonal TV para su evaluación.

¿Y por qué no lo hizo? Bueno, tendríamos que preguntárselo a ella, pero me apostaría una cena en El Bulli (si pudiera conseguir mesa, ay) a que fue por desidia. Virginia llevaba tiempo trabajando con Diagonal TV. Y sé por experiencia que cuando trabajamos con productoras de confianza, nos relajamos en estos temas.

¿Que el contrato no llega a tiempo? No pasa nada. Sé que pagan puntualmente.

¿Que mueven mi material sin pagarme nada? Prefiero arriesgarme con ellos que con desconocidos que me pueden salir rana.

Y registrarlo, ¿para qué? Si no va a pasar nada. Tengo los emails. Tengo las reuniones con las directivas de cadenas. Hay un montón de testigos.

Pensar así tiene, aparentemente, toda la lógica del mundo. Sobre todo cuando estás muy cargado de trabajo. Ir al Registro de la Propiedad Intelectual es un soberano coñazo. Hay que imprimir (argh), encuadernar (jarl), hacer cola (zzzz) y lidiar con el funcionario de turno, que siempre descubre que te falta un papel o una fotocopia (snif). Y luego hay que ir al banco (puaj), pagar la tasa (gñgñ) y volver al Registro (WTF?) a entregar el comprobante de pago.

Y total, ¿para qué? Si la mayoría de los profesionales estará de acuerdo en que toda esa paranoia de que nos pueden robar las ideas es propia de ignorantes, mediocres y/o tarados mentales. Basta con leer el post arriba mencionado para darse cuenta de que sólo un ignorante, un mediocre o un tarado mental (o una combinación de varios) podría pensar que La Señora es un plagio de la presunta novela de Susana Pérez-Alonso.

Pero precisamente por eso hay que registrar nuestras obras antes de enseñarlas por ahí: porque en el mundo hay montones de ignorantes, mediocres y tarados mentales. Y si tenemos éxito en esta profesión, es cuestión de tiempo que uno de ellos se convenza a sí mismo de que le hemos robado una idea. Ese pensamiento no es más que una variante del síndrome de Tío Vanya. Es lo que hacen los ignorantes, los mediocres y los tarados mentales: confunden el éxito ajeno con el fracaso propio. Establecen una relación de causa-efecto entre uno y otro. Y cuando tienen el tiempo, los medios y/o el deterioro mental suficientes, están dispuestos incluso a llegar a juicio para demostrarlo. Nunca lo consiguen, pero el caso no es ése. El caso es que en el proceso, nuestra vida se complicará. Recibiremos citaciones, nuestro nombre saldrá en los periódicos y, de pronto, todas las llamadas de amigos y familiares tratarán sobre lo mismo. Durante semanas, quizá meses, seremos presa de un monotema absurdo y erosivo que nos robará energía creativa. (Una energía que necesitamos para vivir, porque la mayoría de los escritores no tienen dos apellidos dobles ni viven de las rentas.)

Si La Señora se hubiera registrado en el momento de terminarse la primera versión, no habría caso. Esta ridícula denuncia jamás habría llegado al juzgado, y los foreros subnormales de los confidenciales de televisión tendrían que dedicarse a destripar a otra persona más merecedora de ello. Ahora, sin embargo, Virginia Yagüe tendrá que esperar al juicio para demostrar su inocencia. En realidad, no será difícil: llegará un perito, intentará establecer una comparación entre el supuesto resumen de la presunta novela que Susana Pérez-Alonso aparentemente registró en 2006 , por un lado; y los guiones de La Señora por otro (39 capítulos de 70 minutos, a página por minuto serían 2730 folios), dictaminará que allí no hay nada que rascar, y cada uno a su casa. Fácil, pero kafkiano. Y el tiempo que le roben a Virginia Yagüe hasta ese momento no se lo devolverá nadie.

Así que seamos listos y evitemos tropezar nosotros en esa piedra. Recuerden: no se trata de tener miedo a que nos roben. Se trata de evitar que nos acusen a nosotros de robar. Podemos optar por acudir a alguno de los Registros de la Propiedad Intelectual, y pasar por el periplo arriba mencionado. También podemos cambiar el hastío por el terror: en vez de pasarnos dos horas yendo a la oficina, podemos solicitar la inscripción por correo, y pasarnos dos meses esperando confirmación, y pensando en que nos han perdido el material por el camino. O bien podemos intentar la inscripción telemática y convertirnos directamente en el protagonista de esta película.

Conozco una cuarta opción, que es registrar nuestra obra aquí, en el Writers Guild of America. Además de que es una chulada registrar los guiones en el sindicato americano, resulta que se puede hacer todo online y viene costando más o menos lo mismo: 20$. Al cambio, y ahorrándonos fotocopia, encuadernación y desplazamiento, apenas hay diferencia.

Antes de que lo pregunten: sí, los extranjeros pueden; y sí, se puede registrar obras en castellano.

Espero que esta información les resulte útil. Supongo que habrá más opciones, así que si tienen información, se agradecerá que la compartan en los comentarios.


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