EL FESTIVAL ONÍRICO DE RING LARDNER JR.

23 abril, 2010

por Ángela Armero

Acabo de leer “Me odiaría cada mañana”, una autobiografía de Ring Lardner Jr., quizá el miembro más notable de los “Diez de Hollywood” después de Dalton Trumbo. Ganó dos Oscars, uno por escribir en 1942 “La Mujer del Año” junto a Michael Kanin, y otro en 1971 por M*A*S*H, ampliamente superado ya el nefasto período de la Caza de Brujas. Lardner, al ser interrogado por el Comité de Actividades Antiamericanas sobre si pertenecía o había pertenecido al partido comunista, dijo “Podría darle la respuesta que espera, pero si lo hiciera, me odiaría cada mañana”.

El escritor, militante del partido comunista, perdió a un hermano que combatía con las brigadas internacionales en la guerra civil española y fue condenado a un año de cárcel. Durante los oscuros años del Maccarthismo, siguió escribiendo bajo seudónimo, en EEUU y en Europa, sin delatar a ningún compañero, hasta que en 1960 la caza de Brujas llegó a su fin cuando Otto Preminger, que estaba empleando clandestinamente a Dalton Trumbo para el guión de “Éxodo“, decidió sacar a éste del armario.

La de Lardner fue una vida comprometida, exitosa y apasionante, repleta de brillantez, conflicto y tenacidad, y al mismo tiempo no tan diferente a la de muchos que escribimos hoy en día. Me explico: salvando las lógicas distancias, aparte de sus aventuras, de su relación con Trumbo, con Lillian Hellman y Katherine Hepburn, David Selznick o Darryl F. Zanuck y tantos otros, hay algo que menta Lardner que sigue siendo el pan nuestro de cada día: la nostalgia, casi romántica, por los proyectos destinados a criar polvo en un cajón.

“Para todo guionista es tentador fantasear sobre la posibilidad de que sus obras no filmadas pudieran haberse convertido en películas mucho más originales y provocativas que las sometidas al implacable veredicto de los espectadores, pero un repaso somero de los archivos bastaría en mi caso para desengañarme (…) En definitiva, a la frase “lo mejor se halla en la estantería” convendría añadir “y lo peor también.” Aún así quedaría suficiente género del primer tipo para organizar un pequeño pero gratificante festival de cine.”

Ahí está, Ring Lardner Jr. soñando con la ejecución de sus guiones. ¿Quién no lo ha hecho? ¿Quién no ha imaginado el cartel de su peli en una marquesina en la Gran Vía, con un reparto fantástico en el cartel? ¿Quién no se ha imaginado, camuflado en una oscuridad de espectadores satisfechos, escuchando sus propios diálogos? Puede que ese momento no llegue nunca, pero todos necesitamos caramelos, reales o imaginarios, de vez en cuando. Sigue Lardner:

“El mayor atractivo de ese festival imaginario sería la brillante fidelidad con que mis guiones se habrían llevado al celuloide”.

Otra fantasía casi irreal: directores respetuosos que filman lo que está escrito, sin tocar… el texto. En el libro, el guionista hace un repaso de sus proyectos frustrados. Uno hablaba del alcoholismo, antes de que Brackett y Wilder escribieran “Días sin Huella”. “La protagonista soñada continuaría siendo Carole Lombard pues fue ella quién adoptó apasionadamente el guión y lo paseó de estudio en estudio para oír en todo ellos que el tema era inaceptable”. También habla de “The Fishermen of Beaudrais”, inspirado por un relato de Ira Wolfert, que escribió junto a Dalton Trumbo, sobre un vagabundo reclutado por la resistencia francesa contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial que se alistaba como mártir a cambio de comida y alojamiento, sin sentir ninguna preferencia por ninguno de los dos bandos. Entre otros títulos, en su festival ocupaba un lugar honorífico “The Volunteer” (El Voluntario), guión inspirado por la participación y la muerte de su hermano Jim Lardner en la Guerra Civil Española. “Para quienes alcanzamos la mayoría de edad en la década de 1930, no hubo acontecimiento más crucial y polémico que la Guerra Civil Española (…) Esta vez parecía que ningún obstáculo iba a interponerse en el camino de lo que prometía ser mi película favorita”.

Pero, como pasaba antes y pasa ahora, razones que no tienen nada que ver con el trabajo en sí mismo obstaculizaron el proyecto: un cambio en la dirección de la productora (la Columbia) acabó con el guión. A los nuevos responsables el texto les parecía “detestable”. “Pese a tan contundente opinión, se trataba seguramente del mejor guión que he escrito nunca, aunque sólo sea visible en el quinto pase de mi onírico festival.”

Todos tenemos festivales oníricos, con los guiones vendidos que jamás llegaron a rodarse, con los que no logramos vender. La vida de los guionistas está continuamente condicionada por acontecimientos que no tienen nada que ver con nuestro trabajo, que no dependen en absoluto de nosotros. Pero al menos existe un orgullo, una pequeña satisfacción al recordar esos guiones que completamos sobre el papel y que vimos proyectados en nuestra cabeza. Muchísimas decisiones escapan a nuestro control, pero nadie podrá decir que nosotros no hicimos nuestro trabajo, ni que no tuvimos al menos un espectador entregado: nosotros mismos.


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