MENTIRIJILLAS

29 junio, 2010

por David Muñoz.

Tengo un amigo que sostiene que si bien los guionistas solemos negarnos a aceptarlo (nos da pudor pensar que lo que escribimos “sirva” para algo más que para entretener), nuestro trabajo afecta de forma decisiva a la percepción que mucha gente tiene de ciertos asuntos, que son muchos quienes piensan que las cosas son como se las contamos en nuestras series de televisión y en nuestras películas. Y sin embargo, habitualmente la “realidad” que describimos tiene muy poco de “real”.

La verdad es que, sabiendo cómo sabemos hasta que punto se esfuerzan  los políticos en intentar controlar la imagen que proyectan en los medios de comunicación; o el dineral que gastan las empresas en asegurarse de que lo que se dice de ellos se corresponde con la imagen que quieren vender; sabiendo, en suma, que la mayor parte de la información que nos llega no se merece ese nombre sino el de propaganda… pues sabiendo todo eso me parece mentira que nos mostremos tan convencidos de que no tenemos ningún tipo de responsabilidad cuando escribimos, porque, hagamos lo que hagamos, no contribuimos de ninguna manera a conformar una falsa visión de la realidad que a poco que insistamos en mostrarla acaba convirtiéndose en LA REALIDAD. Así, con mayúsculas.

Obviamente, esa realidad imaginaria, esa ilusión, no la conforman un solo guionista ni dos, ni una película ni una serie de televisión (aunque si es un gran éxito, una historia es capaz de inocular ideas en la realidad que permanecen activas durante años); sino el trabajo de miles de guionistas.

Muchas veces “mentimos” sin darnos cuenta al recurrir a clichés que nos lo ponen más fácil cuando de lo que se trata es de entregar un guión lo más rápidamente posible; otras veces porque usar el cliché nos permite tomar un atajo que nos ahorra enredarnos en detalles “reales” que nos obligarían a desperdiciar minutos/páginas en algo sin interés desde el punto de vista dramático; las menos, para tratar de convencer a los espectadores de nuestro punto de vista sobre un determinado tema.

Pero me estoy alargando demasiado con la introducción. Al fin y al cabo lo que quiero hoy no es marcarme un artículo sesudo sobre este asunto (para eso ya hay muchas páginas en Internet escritas por gente que sabe mucho más sobre el tema que yo), sino poneros un par de ejemplos de cómo, seamos guionistas o no, nos afecta esa distorsión que se produce en prácticamente toda la producción audiovisual.

Estos son dos ejemplos de mentiras que aceptamos habitualmente como verdades.

Mentira nº1: Estados Unidos.

A base de ver películas y series ambientadas en Estados Unidos, no sólo hemos llegado a la conclusión de que allí puede ocurrir cualquier cosa sino de que “cualquier cosa” ocurre muy a menudo. Y no. Como país, Estados Unidos es más bien tirando a tranquilín. No he visto un sitio por Ej. en el que la gente conduzca más prudentemente (los europeos les parecemos unos chalados cuando cogemos el volante). Por supuesto siempre hay excepciones. Por seguir con el ejemplo “vial”, claro que hay persecuciones en las autopistas… ¡de algún lado tienen que salir todos esos vídeos de youtube! Y claro que hay asesinatos, y tiroteos. Lógico. ¿En qué país no pasa? Pero vaya, que teniendo en cuenta las dimensiones de Estados Unidos lo raro es que no pasen más cosas.

Y sin embargo…

…a base de contarnos historias en las que los pandilleros recorren Los Angeles disparando desde un descapotable, recorremos sus calles medio asustados, temiendo que en cualquier momento nos alcance un disparo mortal y no nos podamos hacer la foto deseada en el Hollywood Boulevard con el imitador de Superman.

Me refiero a este señor, que junto a otros colegas protagoniza un documental muy interesante: "Confessions of a Superhero".

El mítico Estados Unidos de la ficción se ha convertido en un lugar mucho más real que el real, donde nos creemos que puede pasar cualquier cosa. Independientemente de que cuando lo visitamos en seguida nos demos cuenta de que (afortunadamente) aquello tiene muy poco que ver con lo que vemos en las películas. Bueno, el “atrezzo” sí que es el mismo. Recuerdo que la primera vez que visité Nueva York no se me quitó la sonrisa de la cara durante dos días. Todo me parecía entrañable, todo me parecía conocido, y eso que en realidad no lo había visto nunca “de verdad”. Era como pasear por el decorado de una película. Pero por lo demás… como decía antes, pues es muy tranquilito todo.

Y lo que más me molesta de esta “ilusión” es que son muchos los directores y los productores europeos que son incapaces de imaginar historias como las que nos cuentan habitualmente los norteamericanos ubicadas en nuestro país. “No es creíble, dicen”. Claro, no es creíble que en España haya ajustes de cuenta, ejecuciones mafiosas, trata de blancas, tiroteos en mitad de la calle… ¡pero hombre!, ¿es que esta gente no lee los periódicos o qué? Y todavía entiendo que alguien muy despistado (o que solo se relacione con nuestra realidad a través de la ficción) pueda creerse que aquí no pasan esas cosas… pero que alguien me explique porque es “creíble” que haya vampiros u hombres lobo en Nueva York y no en Barcelona. Y no, no me vale la excusa de la tradición, porque aquí nos hemos hartado a hacer películas de monstruos durante muchas décadas (y me da igual lo casposas que fueran la mayoría) y, en todo caso, la “tradición” se construye paso a paso. De hecho,  cada generación la reinventa eligiendo unos u otros precedentes como referentes de los que tirar.

Siento decepcionaros, pero por mucho que viajéis a Estados Unidos, va a ser raro que os encontréis con muchas escenas como estas:

Mentira nº 2: Los partos.

Así es como me imaginaba yo los pasos previos el nacimiento de un bebé: la embarazada está tranquilamente en casa con su barrigón, de pronto rompe aguas, sale corriendo al hospital, si no da a luz en el taxi es de puro milagro y después de pegar gritos de dolor desesperados mientras una matrona le grita “¡Empuja, empuja! ¡Vamos, ya casi lo tienes! ¡EMPUJA!!!!”, en menos de cinco minutos el bebé asoma la cabeza y ya no hay más que hablar.

Pero últimamente me he informado bastante sobre el asunto y he descubierto varias cosas que me han sorprendido bastante.

La primera es que la ruptura de la bolsa no es una señal inequívoca de que el proceso de parto ya haya comenzado. Por eso, salvo que se de alguna complicación, las embarazadas no tienen porque salir a la calle como locas a por un taxi cuando rompen aguas. Uno de los textos que he leído incluso dice que “si la bolsa se rompe y el proceso de parto no ha comenzado, puedes esperar cuatro horas en casa, comer algo, ducharte o bañarte, y luego ir al hospital con calma”.

Luego, las contracciones (siempre que se trate de un “parto natural”, no acelerado médicamente), pueden  prolongarse durante muchísimas horas, hasta 24, si se trata de la primera vez que una mujer da a luz.

Y lo más importante, no se trata de empujar con todas tus fuerzas todo el rato (no habría mujer que aguantara semejante esfuerzo de forma continuada), sino de empujar -o “pujar”, que es la palabra que usan en los libros- tres o cuatro veces en los momentos adecuados. Sí que hay partos de “¡Empujsa, empuja, empuja…!”, pero no son tantos como podríamos creer.

Vamos, igualito que en las películas, ¿eh?

Pero yo, como tanta gente, estaba convencido de que más o menos las cosas debían ser como me las habían contado un millón de veces. Y no. Sencillamente lo que ocurre es que para indicar que comienza un parto, visualmente es difícil superar la contundencia de ver a una mujer romper aguas, y siempre es mucho más intenso que el parto suceda a toda velocidad y, si es posible, entre gritos desgarrados que, por muy sintéticamente que se cuente, verlo prolongarse durante horas.

Precisamente vi un documental hace poco sobre el “parto orgásmico” (que no consiste necesariamente en tener un orgasmo al dar a luz sino en vivir el parto como una experiencia sensual), y me llamó la atención que casi todas las mujeres a la que se entrevistaba después de haber sido madres, recalcaban que su experiencia no había tenido nada que ver con lo que esperaban. Generalmente, había sido mucho menos traumática de lo que temían. Y estoy convencido de que en buena parte esas expectativas estaban condicionadas por las series y las películas que habían visto, donde parir siempre suele ser una cosa bastante terrible (sino, no se mostraría). Hay partos traumáticos, desde luego, pero no son los más habituales.

Ahora que lo pienso, no estaría nada mal escribir una comedia que contara lo que le pasa a una pareja durante esas cuatro horas en que después de que ella ha roto aguas, ambos esperan en casa a ir al hospital… A veces la manera de encontrar ideas interesantes es pensar en lo que el cine no hace habitualmente al tratar ciertas situaciones y obviar las razones  por las que no se ha hecho.

No sé… ¿cuántas cosas daré por ciertas de tanto verlas en el cine que sin embargo no tendrán nada que ver con la realidad?  A veces me lo pregunto.

Ah, como tengo perro desde hace poco, también he pensado bastante últimamente en lo diferentes que son los perros reales de los de las películas. Pero de perros hablaré largo y tendido después del verano (y de la obra maestra del cine de perros, “Marley & Me”). Por ahora sólo diré que lo de que “los animales son más listos que las personas” es una frase de 0,60…

Y así estamos, pensando que Estados Unidos es un país sin ley, que todos los perros son como Rin Tin Tin y que no hay parto sin dolor extremo.

¿Cómo no lo vamos a pensar?

Si lo hemos visto en las películas, hombre…


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