CONCIERTO EN UN PUEBLO DE PORTUGAL

19 julio, 2010

Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)

Como casi todos mis compañeros de Bloguionistas, me voy a tomar unas cuantas semanas de descanso, para volver después del verano, con más fuerzas e ideas para posts. Éste será el último en una buena temporada.

Escribo esto desde la cama de una especie de albergue de Lisboa. En la miníscula tele de la habitación, “The Dark Knight”. Sobre mis rodillas, un netbook recalentado.

Anoche estaba en un pueblo de la costa portuguesa, cerca de Nazaré, algo más al norte. Se llama San Martinho do Porto y os lo recomiendo. Igual que la “francesinha” (increíble sandwich de carne y salchichas cubierto con queso fundido y salsa de tomate, todo ello coronado por un huevo frito – no, no estoy a dieta). Todas las noches había algún tipo de espectáculo festivo cerca de nuestro hotel, frecuencia que algunos huéspedes encontraban algo excesiva.

El grupo que tocaba anoche era bastante ruidoso. Pero, si te acostumbrabas a la voz del cantante, no sonaba mal. Tal vez porque también me había tragado su larga y ruidosa prueba de sonido, que me había sorprendido mientras leía en la playa por la tarde, en el concierto de la noche las canciones me sonaron conocidas y me parecieron bastante pegadizas.

Esto me recordó a algo que pensé varias veces cuando formaba parte de un grupo de pop, hace unos años, en Pamplona: uno, con una guitarra, un piano o, simplemente, silbando, puede componer una canción mejor que las que escribe actualmente Mick Jagger. Incluso mejor que las que co escribió con Richards en su época dorada. ¿Por qué no? Jagger y ese principiante que sólo sabe silbar tienen las mismas notas a su disposición, los mismos acordes y las mismas palabras para rimar. Por mucho dinero que tenga, Jagger no puede comprar más notas. Ni guardar oculto cierto acorde mágico.

Escribir una canción o un guión no necesita de una gran inversión económica (rodar una película o grabar un disco sí – aunque cada vez menos-) Como guionistas somos afortunados al poder hacer nuestro trabajo sin apenas gastar dinero. Nuestros errores nos salen casi gratis. Cosa que no puede decirse del trabajo de un director de cine o un constructor de decorados.

No hace falta ir a una selecta escuela de cine ni vivir en Madrid, no hace falta estar en la “pomada” o haber rodado siete películas. Ni siquiera hace falta tener ese Celtx que tanto promociona nuestro querido Pianista: puedes escribir un buen guión en Pontevedra o en París, con un Macbook Pro o con un Bic Cristal. Puedes escribir un buen guión después de haber rodado siete largos o sin haber grabado ni siquiera la boda de tu prima con una videocámara doméstica. Puedes escribir un gran guión siendo un cinéfilo impenitente o, simplemente, teniendo una cultura cinematográfica superficial. Es cierto que la experiencia y una buena formación ayudan, pero no hay trabajo que te proporcione talento, ni escuela de cine que te convierta en un tipo laborioso.

La distancia entre nosotros y una obra maestra del guión es, simplemente, nuestro talento y nuestro esfuerzo. Ahora mismo, un tipo en Cartagena puede estar escribiendo el próximo “Padrino”. ¿Por qué no? Nada se lo impide.

Evidentemente, nada garantiza que ese guión, por bueno que sea, se lleve a cabo y, en tal caso, se convierta en una gran película. Ahí sí que entrarán en juego el dinero, los contactos, la suerte…

Pero, cuando estamos escribiendo un guión propio y no bajo encargo, no hay nada entre nosotros y el ordenador (o el Bic Cristal) que nos impida escribir algo verdaderamente bueno.

Ésa es una de las cosas más fascinantes de nuestro trabajo. Y una de las más terribles.

Cada guión terminado se convierte en un mapa que delimita dónde empieza nuestra capacidad y dónde acaba nuestro talento. Y, lamentablemente, siempre desearíamos que éste se extendiera un poquito más allá.


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