Pues no sé qué decirte (4)

28 septiembre, 2010

La “realidad” de lo real.

Nunca he firmado un guión basado en una historia real. Lo más cerca que he estado de hacerlo fue hace más o menos un año, cuando escribí la sinopsis de una TV movie basada en la vida de un conocido delincuente. El proyecto despertó el interés de varias cadenas pero finalmente no llegó a salir (en una de las televisiones donde fue presentado nos dijeron que si bien la idea les atraía, tenían un problema “moral”: les daba miedo  que su público pensara que estaban enalteciendo a un criminal…).

Reconozco que enfrentarme a la tarea de tener que dramatizar una historia real me intimida más que cualquier otro trabajo que haya tenido que realizar anteriormente como guionista.

Porque a mí eso sí que me produce un problema “moral”.

La realidad no suele proporcionarnos a los guionistas los elementos dramáticos que necesitamos para narrar una historia de forma efectiva. Así, por muy fiel que uno quiera ser a los hechos, es inevitable tener que comprimir lo ocurrido para que “quepa” en los minutos de los que dispones para contarlo, y, sobre todo, crear una línea argumental imaginando sencillas relaciones de causa y efecto entre momentos que ocurrieron debido a movimientos complejísimos, ordenando y simplificando (y me temo que en algunos casos, trivializando) una realidad que fue mucho más caótica de lo que son capaces de explicar las historias. Así, cuatro personas que protagonizaron los hechos reales se transforman en dos personajes, lo que ocurrió en cinco localizaciones sucede ahora en una, se crean protagonistas donde no los hay (por Ej. el testigo accidental pasa a ser un “héroe”, con un objetivo vinculado aunque sea de forma indirecta a la trama principal), si hace falta se inventa una historia de amor, etc.

Al final sí, la historia está basada en “hechos reales”. Pero solo eso, basada. Parta de donde parta, ya sea de un hecho real o de la imaginación de un guionista, el resultado, la TV movie o lo que sea, es siempre una ficción. Solo que una es más sincera que otra. Al menos no pretende pasar por lo que no es.

Y eso es algo que me produce muchas dudas. Sobre todo porque todavía hay muchos espectadores que le otorgan un plus de valía a una película basada en hechos reales (de eso se rieron los Coen en Fargo). Y también, porque son muchos (me atrevería a decir que “somos”), los que basan su manera de entender y relacionarse con la realidad en ideas que han sido inyectadas en su subconsciente por la ficción. Ideas que condicionan mucho más de lo que sospechan su forma de ver las cosas.

Pero de todo eso ya hablaré más extensamente la semana que viene.

Esta semana he leído este artículo sobre cómo se escribió el guión de The Social Network, la película con guión de Aaron Sorkin y dirigida por David Fincher que cuenta el origen de Facebook. En él, Sorkin explica todas las licencias que “tuvo” que tomarse para escribir su guión. Aparte de las inevitables (como casi todas las que he mencionado antes), Sorkin cuenta que transformó al personaje protagonista, Mark Zuckerberg, interpretado por Jesse Eisenberg, en un clásico personaje “sorkiniano”. Así, parece que su versión de Zuckerberg habla a toda mecha y suelta una frase ingeniosa tras otra. Y por supuesto, el verdadero Zuckerberg no es así. Nadie es así en el mundo real (salvo según el autor del artículo, el propio Sorkin). Además, también parece que hablan así todos los personajes de la película. De hecho, aunque el guión de Sorkin tenía 162 páginas, recitado a la velocidad “sorkiniana” (o sea, a toda leche*) ha dado lugar a una película de dos horas.

Esta no es la cara de Mark Zuckerberg

The Social Network no es exactamente una película sobre el origen de Facebook, sino una película sobre lo que piensa Aaron Sorkin acerca del origen de Facebook.

Todos los personajes son él.

Sin embargo, al contrario que ocurre por Ej. con un ensayo, el poder de la imagen es tal que para muchos espectadores ese será desde ahora “EL” origen de Facebook. No me extraña que el verdadero Zuckerberg haya hecho lo posible para dejar claro que todo parecido de la película con la realidad es pura coincidencia.

Y, aunque más o menos coincido con las opiniones del Pianista en su texto de la semana pasada hablando del posible impacto de la TV movie Vuelo IL 8714 (o sea, ninguno), también creo que no es lo mismo una película de televisión emitida por un canal generalista al mismo tiempo que se están emitiendo otros programas que quizá tendrán más tirón de audiencia, que un largometraje que verán millones de personas en todo el mundo, buena parte de ellas interesadas en la historia de Facebook (cuando no usuarios del “social network”). Millones de personas de las cuales solo unos miles tendrán la suficiente curiosidad como para rastrear otras versiones de la historia.

Y eso es lo que me inquieta cuando pienso en escribir un guión basado en una historia real.

Me parece una responsabilidad muy grande. Y eso que ni una sola cosa de las que puedo llegar a escribir yo será vista por una fracción de los espectadores que verán algo escrito por Sorkin. Me gustaría estar tan convencido como él de que no ocurre nada porque un hecho contado a través de mi punto de vista pueda llegar a sustituir la realidad en la cabeza de muchos, pero no hay manera. Solo de pensarlo me entran las dudas.

Luego, me sucede algo que me resulta más difícil de explicar. Normalmente, como espectador no me siento muy atraído por las películas basadas en hechos reales. Precisamente porque la mayor tiempo tengo la sensación de estar siendo mentido descaradamente. Sobre todo cuando se tratan además de películas sancionadas por sus protagonistas y de la biografía se pasa a la hagiografía en la que se eliminan todos los aspectos “conflictivos” que podrían hacer el relato interesante. Esos que además forman a menudo el verdadero núcleo dramático de la historia (¿os imagináis Toro Salvaje sin el periodo de decadencia?). Siempre he tenido la sensación de que en la buena ficción hay en el fondo más verdad que en las historias basadas en hechos reales.

Sin embargo, sí que veo muchos documentales. Y como muy bien sabemos todos los que nos dedicamos a esto, el montaje de imágenes reales es capaz de deformar y de manipular más y mejor que cualquier guión. En fin, absurdeces que tiene uno.

En realidad, cuanto algo se mira a través de una cámara creo que podemos olvidarnos de fantasear con ser testigos de algo que está ocurriendo realmente tal y como ocurriría si esa cámara no estuviera presente.

Por eso, a lo mejor todo lo anterior es una gilipollez y me estoy devanando los sesos para nada.

Después de todo, quizá Aaron Sorkin tiene razón al contar la historia del origen de Facebook como lo ha hecho.

Porque es posible que la realidad no pueda ser explicada dramáticamente porque sencillamente… LA REALIDAD no existe. O  por lo menos no existe de una manera lo suficientemente ordenada y coherente como para permitirnos explicarla con los mecanismos que nos proporciona la ficción.

¿Cuántas veces, al leer una noticia sobre algo de lo que hemos sido testigos directos o incluso protagonistas,  nos ha sorprendido que no tuviera nada que ver con nuestra percepción de lo ocurrido?

¿Y cuántas otras nos hemos reunido con unos amigos a los que no veíamos desde hace un tiempo y al recordar una anécdota descubrimos que cada uno la recordamos de una manera distinta? Eso cuando no hay alguno que directamente niega qué incluso ocurrió la anécdota en cuestión. ¡Sí, estoy pensando en ti, J. M.!

Algunos vídeos es mejor no volver a verlos…

Si es así, y retratar la realidad es una “misión imposible”, puede que como guionista lo único que puedas hacer es asumir desde el principio la derrota, y, si aceptas escribir una “historia basada en un hecho real”, intentar hacer que por lo menos funcione lo mejor posible como historia.

Como ha hecho Sorkin.  Que además, por lo que dicen las primeras críticas, lo ha hecho muy bien.

Pero, por más vueltas que le de, yo no acabo de tenerlo del todo claro.

Sorkin, en Entourage.

*En el artículo también se explica que Fincher les pidió a los actores que no hicieran ninguna pausa que no estuviera indicada al decir los diálogos.


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