PUES NO SÉ QUÉ DECIRTE (5, y último)

5 octubre, 2010

¿Somos los nuevos bardos de la corte?

Hace unos meses leí este libro:

Se trata de una recopilación de artículos, prólogos y breves ensayos firmados por el escritor de ciencia ficción David Brin, cuya novela más popular puede que sea El cartero (sí, la que adaptó Kevin Costner tras Bailando con lobos; esa que arruinó su carrera como director, aunque a mí me parece magnífica).

En varios textos, Brin se muestra bastante crítico con Joseph Campbell y su “viaje del héroe”. Como ya he hablado aquí en alguna ocasión de Campbell y su teoría, os remito a los artículos al respecto de la Wikipedia por si queréis refrescar vuestros conocimientos al respecto. Solo quiero subrayar que se trata de una estructura narrativa más, que sin embargo poco a poco ha ido convirtiéndose para muchos (especialmente para los productores de cine comercial norteamericano) en LA estructura narrativa*.

Y comentando un programa de televisión de la PBS en el que Bill Moyers entrevistaba a Campbell, Brin dice  (y perdonadme por la traducción; espero haber sido lo más fiel posible al texto original):

“(en ellas), Bill Moyers le dio a Campbell horas para exponer la nada original teoría de que de un continente a otro las antiguas leyendas tienen ciertas similitudes en cuanto a su ritmo y sus temas. Pero, ¡ay!,  ni una sola vez Moyers cumplió el deber del periodista de formular preguntas difíciles. Por Ej: ¿puede que algunas de las similitudes hayan surgido debido a simples razones económicas? Los bardos y los narradores de los días de antaño necesitaban alimentarse. Así que naturalmente, le hacían la pelota a los caciques, los reyes y los magos que tenían todo el pan y el oro, conjurando leyendas de élites de semidioses y príncipes, atreviéndose pocas veces (y solo oblicuamente) a sugerir que la creatividad y el coraje – e incluso la soberanía- podrían residir en los hombres y mujeres normales.

Los dones de ilustración – el igualitarismo (…), la habilidad para trabajar de forma cooperativa, la capacidad para polemizar, para criticar, la movilidad social y la ciencia- eran anatema. Aún hoy, los románticos no se sienten cómodos con ellos. Para Campbell, cualquier historia que se alejara de la fórmula romántica estándar, no era ni siquiera una historia”.

Entonces, al contrario de lo que sostiene Campbell, según Brin el viaje del héroe no es una estructura narrativa que nace de forma natural o espontánea en diferentes culturas, sino que surge del interés de los poderosos en perpetuar la estructura social que les permite ocupar un lugar de privilegio. Lo que buscan es generar historias, mitos y leyendas, que apuntalen su poder dotándoles de cualidades ultraterrenas (“¡No soy rey porque mis abuelos pasaron a cuchillo a todos aquellos que se cruzaron en su camino y se quedaron con sus tierras, sino porque Dios me ha elegido para liderar a mi pueblo!”). Y para muchos un halo de misticismo funciona como patente de corso para comportamientos que serían injustificables de otra manera (como por Ej. escribir la patética última temporada de Perdidos…). Es la mejor manera de que cualquier arbitrariedad se acepte como una verdad revelada, y por tanto, indiscutible.

A menudo, Brin ha escrito sobre El señor de los anillos y La guerra de las galaxias. Tiene muchos menos problemas con la primera entrega de la serie porque comparada con las otras es casi, casi progresista (al menos la fuerza no dependía de que fueras de “sangre azul”), pero suele cebarse sobre todo con La amenaza fantasma. Y con razón. Pero como ya se ha escrito mucho sobre el asunto, esta vez voy a dejar de lado las películas de Lucas y para explicar mejor el punto de vista de Brin voy a usar como Ej. El señor de los anillos.

Pensemos en la obra de Tolkien como vehículo de propaganda. ¿Cuáles son algunas de las ideas que transmite?:

-Hay unos tipos de sangre real que no se sabe muy bien porqué, nacieron para gobernar. Por su propia naturaleza, son justos y ecuánimes. Se merecen el trono. Y el deber de todos los que están por debajo de ellos es ayudarles a conseguirlo.

-La movilidad social no es algo deseable. Los hobbits son majetes y tal, pero ni se plantean que a lo mejor se merecen algo más tras derrotar a los malos, un puestecillo en la corte o así. Son campesinos simpáticos que sirven a sus amos sin rechistar y sin pedir nada a cambio. Y aún así, hay diferencias entre ellos. Sam siempre se muestra servil con Frodo. Como tiene que ser. Para algo éste está socialmente por encima de él.

-La revolución industrial (el progreso) es mala. Y los obreros de la metalurgía o la minería (¡esos orcos!) son lo peor, sobre todo si tiene un líder (Saruman) que está dispuesto a destruir el orden establecido.

Son solo tres ejemplos, pero espero  que valgan para que entendáis por dónde va Brin.

Pero a mí lo me preocupa no es que El señor de los anillos sea así o no, sino si, muchas veces -casi todas, de forma inconsciente, escribiendo con el piloto automático-, no estaremos incorporando a nuestras historias elementos con una “función” que trasciende nuestras intenciones como narradores. Si no estaremos sirviendo de vehículo de ideas y de formas de entender la realidad con las que si nos paráramos un poco a pensarlo no estaríamos en absoluto de acuerdo. Claro que para que esto nos preocupe tendríamos que creer que la ficción es capaz de configurar esa parte de nuestro cerebro que genera nuestra ideología. Cosa que yo no tengo nada clara.

El viaje del héroe nos enseña a confiar en los señores mayores enigmáticos (preferiblemente si llevan barba blanca).

Si es así, la aceptación masiva de las tesis de Campbell habría que valorarla de una manera muy diferente a cómo se hace habitualmente. Se trataría de un triunfo propagandístico absoluto de los reaccionarios. Porque no puede haber mayor victoria que convencer a prácticamente todos los que se dedican a pergeñar historias de que “el viaje del héroe” es una estructura “natural”. Que las historias no solo son así sino que no pueden ser de otra manera. Vamos, casi como ha ocurrido con las reformas de las leyes que rigen el mercado laboral que se han llevado a cabo en casi toda la Unión Europea.  En España, a Zapatero solo le falto decir que caminando por el campo, se acercó a un lago, surgió una espada de entre las aguas y una voz ultraterrena le conminó a “hacer lo que tenía que hacer”. Y él, pobrecito, lo hace, pero no porque quiere, sino porque debe.

Por supuesto, esto no solo ocurre con el viaje del héroe. A veces se me pasa por la cabeza que las series de televisión (con diferencia, la forma de ficción que más se consume en este momento), son armas de “formateo” mental masivo. Pero salvo pocas excepciones, cada vez que me siento delante del televisor a ver una serie ambientada en la actualidad, me sorprende ver que “retratan” una realidad que no tiene nada que ver con la que conozco. La falta de naturalidad con la que se trata la inmigración (con esos institutos y esos barrios “blancos” casi al 100% que son pura ciencia ficción) o la homosexualidad (ser gay sigue siendo la característica fundamental de un personaje, su rasgo de identidad), remiten a una España que lleva sin existir desde hace 20 años y que probablemente ya solo pervive en los arrebatos nostálgicos de muchos ejecutivos de televisión.

Lo que no sé es si es algo que, como sostenía hace poco un amigo guionista, se hace adrede, con toda la intención del mundo de manipular y de reforzar una percepción reaccionaria de la realidad (la homosexualidad, la inmigración, son excepciones, desviaciones de la “normalidad”), o es algo que, como en el caso de la aceptación masiva de las teorías de Campbell, se hace casi sin querer.

No sé. No lo tengo nada claro. A lo mejor es que vivimos con anteojeras y ya está. O que la ficción televisiva española ha construido su propia metarealidad a lo Tarantino cateto. Al fin y al cabo en la mayor parte de las series los acentos regionales todavía suelen usarse solo con intención cómica. Y la discusión sobre temas políticos, si no es en tono paródico o de chufla, es percibida por las cadenas como veneno para la audiencia. No puedo hablar de todas las series, porque obviamente no las he visto todas, pero en cuanto a las que más o menos conozco, tengo la impresión de que únicamente en Amar en tiempos revueltos se habla de estos asuntos. Y además se hace de una forma bastante rigurosa. Solo en la semana en la que estoy escribiendo este texto ha habido tramas sobre judaísmo, las “elecciones” de puro paripé que se montó Franco para seducir a la comunidad internacional, o los empresarios trepas afines al franquismo más por interés que por convencimiento ideológico. Y eso en una serie que muchos subestiman por tratarse de un culebrón (cosa que no tiene nada de malo; las tramas sentimentales también están muy por encima de las que nos tragamos a las 10 de la noche). Claro que a lo mejor es por eso por lo que sus guionistas pueden permitirse ese nivelón. O que sí quieres escribir algo decente es mejor pensar en un público de señoras de 50 para arriba que en ese quimérico “todo el mundo” del prime time. A ver si puedo escribir un texto más largo sobre ella en una próxima entrada de Bloguionistas (y que conste que nunca he trabajado en la serie ni para su productora; pero mi pareja la sigue y a base de sentarme un rato con ella a verla he acabado cogiéndole el gusto).

Ya os digo que no tengo respuestas a muchas de las preguntas que me he formulado en esta entrada. Pero sí que llevo un tiempo intentando cuestionarme todos esos automatismos que los guionistas vamos adquiriendo sin querer con el paso del tiempo. Por lo menos para intentar que cuando me siente delante del televisor o en una sala de cine no acabe viendo una historia firmada por mí que transmita una idea de la realidad que me repatee.

Y con esta entrada doy por terminada la serie “Pues no sé qué decirte”, con mis dudas más habituales sobre la escritura de guiones.

A partir de la semana que viene… tema libre.

*En realidad, para conocer bien el viaje del héroe, basta con que os sepáis de memoria La Guerra de las galaxias o El señor de los anillos.


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