TUTOR

23 noviembre, 2010

por David Muñoz.

El viernes pasado fue el último día de las cinco tutorías que he llevado este año en el Curso de Desarrollo de Proyectos Cinematográficos Iberoamericanos 2010.

El objetivo del curso es que los veintitantos guionistas españoles y latinoamericanos que participan en él mejoren los guiones de largometraje o de documental en los que están trabajando. Por eso, aunque también hay un seminario sobre producción, charlas con guionistas e incluso una sesión de “pitches” con productores, la mayor parte del tiempo se dedica a reuniones entre los tutores ( guionistas profesionales, aunque también hay algún analista) y los guionistas que participan en el curso, en las que básicamente primero nos dedicamos a hablar del guión tratando de descubrir cómo mejorarlo, y, cuando unos y otros tenemos claro cuál es el mejor camino a seguir, se empieza a reescribir. Algunas veces solo hay que hacer pequeños cambios, pero otras los guiones llegan a reescaletarse completamente.

Para que los guionistas que acuden al curso tengan varios puntos de vista sobre su historia, las tutorías se hacen en dos tandas de unos 20 días en las que cada vez trabajan con un tutor diferente. Y habitualmente, yo suelo estar entre los tutores de la segunda tanda.

Salvo cuando me “toca” algún guionista que no tiene interés alguno en cambiar una sola coma de su guión (aunque parezca mentira, alguno suele haber; uno no comprende porque se han inscrito entonces en el curso), yo suelo pasarlo muy bien en las tutorías. Resulta agotador desarrollar cinco proyectos a la vez, pero al mismo tiempo también es muy estimulante tener la oportunidad de pensar en cómo mejorar historias que nunca habrías escrito. Es una gimnasia mental estupenda. Si además, como ha sido el caso de este año, todos los guionistas (que en su mayor parte también son directores) con los que tienes la oportunidad de colaborar son gente inteligente, con talento y con muchas ganas de trabajar, resulta una experiencia muy enriquecedora para todos, los días se pasan volando y al final lo que sientes es no haber tenido una semana más para poder dejarlo todo un poquito más cerrado.

Al terminar, en vez de estar harto de pensar en historias, de lo que tengo  ganas es de ponerme a escribir. Me siento con las pilas totalmente recargadas, contagiado del entusiasmo y la ilusión de mis “tutorizados”.

Como ya llevo varios años en el curso, he visto que hay algunas pautas que se repiten. Las historias que llegan suelen ser muy diversas (hay de todo: comedias, thrillers, cine de autor, dramas, etc.) pero los problemas que tienen la mayoría son muy parecidos y suelen obedecer a razones muy similares.

Estas son las notas que he tomado al respecto estos días:

-La mayor parte de los guionistas del curso no tienen problema alguno a la hora de dialogar. Tampoco parece costarles demasiado concebir buenos momentos a partir de los que “levantar” escenas interesantes. Incluso el guión con más problemas tiene buenas escenas.

Lo que sí que les cuesta es escaletar bien su guión. Ordenar la información, los incidentes de la historia, de una forma que resulte “natural” al mismo tiempo que interesante, es la tarea más difícil a la que tienen que enfrentarse. Esa progresión, ese cambio constante, que necesita una historia para ser una historia, en la mayor parte de sus primeros borradores no se da, y la impresión que produce su lectura es que o la trama no avanza o que, cuando lo hace, es a trompicones. Se pasa de “A” a “C” sin un “B” que lo justifique.

-Dado lo laborioso que resulta ese trabajo de pura “fontanería” estructural, muchos guionistas se resisten a hacerlo antes de empezar a escribir sus guiones. Sobre todo cuando empiezan. De ahí que acaben encontrándose con borradores que terminan reescribiendo totalmente tarde o temprano.

Los problemas de escaleta (que son tanto de construcción dramática como de historia) no se solucionan mejorando las escenas, o, por usar la expresión que utilizaba un muy buen guionista de televisión con el que trabajé hace poco, haciéndolas “brillar”. Un guión no es una recopilación de sketches, por maravillosos que estos sean. De nada sirve un momento “brillante” sino aporta algo útil dentro del total de la historia. El resplandor puede cegarte momentáneamente, impidiéndote ver que la escena no funciona, pero tarde o temprano no hay más remedio que enfrentarse a la realidad. Como en una secuencia cinematográfica analizada desde el punto de vista de la dirección, donde un todo interesante es la suma de segmentos que aislados pueden no significar nada, un guión funciona mejor cuanto más estrecha es la relación de causalidad entre sus partes. Eso no quiere decir que no haya sitio para las digresiones. Discrepo de los manuales tan al gusto de los gurús norteamericanos donde TODO tiene que servir al avance de la trama. De hecho, es más fácil que las digresiones no “canten” si se colocan en una estructura sólida a la que puedas volver de vez en cuando para recordarle al espectador que a pesar de lo que pueda parecer, las piezas del puzzle encajan y está ante una película y no una recopilación de sketches (y ahí está Pulp Fiction para demostrarlo).

-Especialmente alrededor de la segunda mitad del segundo acto, muchas veces los problemas de escaleta se producen porque un personaje secundario adquiere demasiado peso y desplaza de la acción principal al protagonista. Y me da la impresión de que eso pasa porque el guionista se ha aburrido de lo que está contando y, por tanto, de su protagonista (pues su conflicto el que activa la trama y la pone en marcha) o bien porque duda del material que tiene entre manos y, por alguna razón, no confía en él y en vez de desarrollarlo hasta sus últimas consecuencias, decide tomar un desvío que le lleva a acumular más trama, pensando que compensa la supuesta debilidad de su historia añadiéndole “peso” (que no densidad o interés, ya que estos desvíos suelen debilitar la historia).

-También ocurre que los problemas se deben a que el personaje protagonista y la trama no “encajan”. Dicho de otra manera, resulta increíble que el protagonista haga las cosas que tiene que hacer en la película (un Ej. del curso de este año era un asesino a sueldo que de pronto se apiadaba de sus víctimas, pero no de todas, solo de las que debían sobrevivir para que el guión no terminara abruptamente). El problema solemos resolverlo modificando al protagonista, no a la historia, reinventándolo para que todo tenga sentido.

-La manera que hemos encontrado de mejorar los guiones ha sido siempre desarrollar más o mejor el material del que había partido el guionista. Nunca se ha tratado de escribir una historia totalmente distinta a la planteada, sino de confiar en la que ya existía, eliminando desvíos innecesarios (este mes han “muerto” muchos personajes secundarios) y creando una escaleta sólida marcando muy claramente en los puntos de giro la evolución del personaje protagonista.

Sé que puede resultar extraño, pero curiosamente soy yo quien acabo convirtiéndome muchas veces en el defensor de la historia original y de su potencial. Como guionista he estado ahí muchas veces (y volveré a estarlo), así que sé que la revisión del primer borrador es un momento muy delicado en el que se pueden tomar decisiones demasiado radicales que pueden llevarte a escribir una nueva versión que ya no te interese nada. Y de ahí a abandonar hay solo un paso. También, como guionista “tutorizado” hace ya muchos años, recuerdo lo que me molestaba cuando un tutor me sugería cosas como cambiar el género de mi historia o replantear totalmente el argumento en vez de mejorar el que yo quería escribir.

-¡Que fácil es ver los errores de los guiones de los demás y que difícil es ver los propios! Por eso, todos necesitamos de vez en cuando “tutorías”, aunque nuestros tutores sean amigos (y no necesariamente profesionales del guión).

Y Claudia, Álvaro, Misael, los dos Carlos, gracias por los buenos ratos. Ojala todos logréis rodar vuestras películas.

Desvío innecesario:

Una de las cosas más curiosas que me han pasado mientras he estado preparando el curso sobre guión de thriller que empezó ayer en la Academia de cine, ha sido volver a ver Heat, la película de Michael Mann de 1995. La vi por primera vez en el cine cuando se estrenó y me dejó bastante frío. Me pareció bien hecha y entretenida, pero poco más. Sin embargo, al volver a verla ahora me ha parecido una obra maestra. Así, sin matices. Un peliculón. Y creo que mi cambio de opinión ha tenido bastante que ver con que ahora, con una edad mucho más parecida a la de las protagonistas, “decodifico” emocionalmente todo lo que ocurre de una manera muy diferente. Todo me toca mucho más de cerca. Da igual que yo sea un guionista gafapasta que lo más arriesgado que ha hecho en su vida ha sido subir en una noria (solo una vez, eh, tampoco os creáis) y que los protagonistas de Heat sean policías y ladrones que sin pensárselo dos veces se lían a tiros en las calles de Los Angeles. Continuamente he tenido la sensación de que estaban hablando de mí. La vida nos desgasta (y nos mancha, como en la película de Enrique Urbizu), pero no todo iba a ser malo. El paso del tiempo también nos permite disfrutar más de algunas películas.


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