EL CABALLO O LAS BRIDAS

2 diciembre, 2010
Por Guionista Hastiado

Algunos de los debates que he tenido últimamente con colegas del gremio guardan relación con un asunto que siempre ha planeado sobre los que nos dedicamos a estas cosas del crear: ¿Hay que escribir con el corazón, o con la cabeza? ¿El acto de escribir un guión es un trabajo intelectual o emocional? ¿Es adecuado acotarse con normas y sistemas ante el papel en blanco o, por el contrario, resulta contraproducente todo lo que no sea soltarse apasionadamente y dejarse llevar por lo que te pide el cuerpo?

Son dudas de cuya respuesta derivan distintas maneras de afrontar y resolver el trabajo. Yo me renocozco como un guionista que con los años y la experiencia se ha ido volviendo cada vez más cerebral. Considero la reflexión y el esfuerzo herramientas intrínsecas a la escritura, así como la organización del esfuerzo, la autocrítica y la discusión constructiva cuando se trabaja en equipo.

Estoy de acuerdo en que un exceso de “técnica” o formulismos puede obtener resultados excesivamente apelmazados y/o previsibles. Las ideas preconcebidas, los manuales de guión y las fórmulas mágicas para construir un relato han derivado con frecuencia en ficciones sin personalidad, sin una visión autoral y sin la más mínima capacidad de destacarse sobre el resto y sorprender.

Para mí, los mejores resultados en nuestro gremio suelen deberse a profesionales que han sabido conjugar sabiamente ambas posturas. Podríamos decir que el corazón es el caballo que tira del carro, y la cabeza son las bridas que lo gobiernan. Sin el impulso emocional, sin el pathos, este oficio no tendría sentido alguno. Es necesario el hálito narrativo, la necesidad de transmitir, de impactar al espectador y hacerle partícipe, en cierto modo, de nuestra visión moral o emocional de la existencia. Debemos creer en lo que hacemos y, además, desear hacerlo. Pero para ello, al mismo tiempo, hay que construir un discurso lógico, una narración ordenada (o deliberadamente desordenada), una manifestación formal adecuada a nuestros impulsos narrativos. Digamos que el carro no puede avanzar sin la fuerza del caballo, pero si el caballo no es gobernado por las bridas del conductor, acabará cayendo al precipicio.

No obstante, una vez reafirmada esta creencia personal en el equilibro intelectual-emotivo, he de admitir que yo suelo hacer hincapié con mucha más frecuencia en la necesidad de los aspectos prácticos y razonados del asunto. ¿Por qué? Muy sencillo: porque si algo hemos tenido de sobra en nuestra industria durante décadas es corazón e impulsividad; y si algo nos ha faltado desde siempre es organización y sentido común.

En cualquier reunión de guionistas uno escuchará decenas de anécdotas -más o menos divertidas o frustrantes según el caso- acerca de profesionales del audiovisual (actores, directores, productores, directivos de cadena o guionistas) que tomaron decisiones salidas de las tripas, los cojones o las rayas de cocaína. La fiereza de las posturas, la creencia en las beldades de la improvisación o en el rédito artístico que te brinda la intuición, han sido la tapadera para producciones absurdas, incomprensibles, directamente malas, bodrios infumables e inexplicables que fueron, no obstante, defendidos en algún momento a capa y espada por alguien que los consideraba revolucionarios.

No digo que no haya que echarle huevos al asunto de vez en cuando y apostar por aquello en lo que uno cree a ciegas, pero tampoco estaría de más priorizar el sentido común alguna vez, a ver qué pasa. Las grandes ideas siempre tienen un componente intuitivo, pero surgen del trabajo y la meditación, no sólo de la autocomplacencia y el instinto. El arrojo nos puede ayudar a tomar decisiones que sabemos que son arriesgadas, pero es el intelecto el que nos avisa de ese componente de riesgo, y más de una vez nos evitará cometer, directamente, estupideces.

Quizá el mayor problema es que una excesiva confianza en los propios instintos como guionista deriva casi siempre en un relativismo narrativo. No se puede saber si nada está bien ni mal, nada se puede discutir, mejorar, ni consensuar, porque al final todo depende de un “me gusta”, “me pone”, “no me pita”, “no es moderno” o “no me funciona”, expresiones inconcretas y abstractas típicas del proceso de toma de decisiones que convierten el trabajo en equipo en innecesario, e incluso imposible.

Lo que más se echa en falta en nuestra industria es precisamente eso: industria. Más si cabe en un medio como el televisivo –en el que yo más me manejo- donde la propia naturaleza del producto obliga a la escritura grupal, a la inmediatez, a la coordinación de diferentes departamentos y la exactitud y rapidez en la toma de decisiones.

No lo puedo evitar: pongo los ojos en blanco cada vez que escucho que hay filmes en los que el director, el actor o el productor quieren reescribir completamente guiones escritos por guionistas, o series con tramas horizontales que trabajan sin mapa de tramas, o en las que hay mucha más gente tomando decisiones sobre la escritura que escribiendo, o producciones en las que se escriben los guiones en cuatro días sistemáticamente, o aquellas en las que la mitad de las secuencias se graban a partir de separatas (escenas reescritas que bajan a plató con modificaciones sobre el guión definitivo).

Al igual que una casa no se comienza a edificar diseñando la forma de las ventanas, una ficción se cimenta desde la articulación de personajes, una producción seriada debe construirse a partir del mapa de tramas, un guión, sobre la escaleta, y un diálogo, sobre la estructura de la escena planteada en primera instancia. Todo es modificable, por supuesto. La capacidad de reacción para  variar algo en lo que creíamos pero que a todas luces no funciona, hará de nosotros mejores guionistas y creadores. Pero, al mismo tiempo, trabajar sobre una base sólida evitará encontrarnos con guiones malescritos en noches de vigilia, café y estimulantes.

El proceso vital se inicia con adolescentes impetuosos que desean mostrar al mundo su arte y su talento, chavales con una energía y un ímpetu diabólicos, dispuestos a todo, pero a los que les falta experiencia y conocimiento de la técnica. Todos hemos pasado por eso. Con los años de oficio esto se va corrigiendo, pero a medida que uno crece hacia una narración más adulta, las energías iniciales se apagan, los impulsos se moderan, y aparecen los primeros síntomas de cansancio y cinismo, lacra irremediable que acaba corroyendo a muchos guionistas a partir de cierta edad.

Esos vaivenes tan dañinos pueden suavizarse por medio de algo tan sencillo como un sistema de trabajo equilibrado y funcional. No hay motivo para quemarse más de la cuenta. En lo que a televisión respecta, los anglosajones hace mucho tiempo que lo tienen ya todo inventado: una serie debe construirse sobre un sistema ordenado, con unos plazos previstos, con un organigrama jerárquico eficiente y con una dirección narrativa clara –preferiblemente centrada en la figura del showrunner– alrededor de la que deben pivotar los diferentes departamentos.

La creatividad, la “magia”, las corazonadas y la libre invención son fundamentales en la narración, pero deben brotar en los dedos que se mueven sobre un teclado o en las imprescindibles discusiones sobre contenidos; nunca deberían traducirse en improvisación, caos y desorganización sistémica.

Lógica. Sentido común. Trabajo eficiente. Ya sé que hay muchas otras cosas más importantes, pero esto es lo que nos falta en este país, y lo que muchos guionistas profesionales seguiremos demandando una y otra vez allí donde nos contraten. Hasta que un día deje de ser necesario, y podamos centrarnos en pelearnos por las cuestiones realmente complejas, decisivas, que son todas aquellas que tienen relación directa con la creación y la escritura.


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