CONSULTORIO: ¿POR QUÉ NO ME IMPORTA?

11 enero, 2011

David Muñoz

Hola,

Me llamo Víctor. Leo diariamente vuestro blog, y esta es la primera vez que pregunto algo en el consultorio.

Trabajo como productor-director de vídeo corporativo. Este trabajo me permite escribir y rodar mis propios cortos, y soñar con que algún día lograré dar el salto al largo.

He rodado ya 4 cortos, y estoy co-escribiendo el 5, (para rodarlo este verano), y nos hemos lanzado por fin con la escritura de un largo (en fase de tratamiento). De momento todo ha sido auto-financiado.

Sin tener ni de lejos mucha experiencia, si que he leído bastante sobre como escribir guiones ( al menos todos los ‘clasicos’), y sobre todo veo mucho cine e intento analizar las películas que me gustan y las que no desde el punto de vista de estructura del guion.

Vale, ahora viene la pregunta.

Ayer vi una película que quería que me gustara, con una temática que me interesaba, y que a pesar de todo, me dejo bastante frío. La película es La Caja Kovak, de Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarria.

Me gustaría saber la opinión de un/una guionista con experiencia en dirección sobre que es lo que esta fallando en esta película. ¿Es el guion, la dirección, ambas cosas?

La razón de que pregunte sobre esta película en concreto es que no es ni una obra maestra, ni un bodrio. A verla, cada escena casi me gustaba (excepto algunos diálogos bastante sosetes) y me doy cuenta de que si yo hubiese leído/escrito ese guion, no me habría dado cuenta de que algo no funcionaba hasta ver la película terminada.

Pregunta reformulada. Cuando falta emoción, ¿como saber de quién es la ‘culpa’? ¿Es el guion, el director los actores, la dirección artística?

Muchas gracias,

Espero que la pregunta os resulte interesante como para responderme.

Un abrazo y feliz año.

Victor

Hola Víctor,

Pues… puede ser el guion, la dirección, la interpretación, casi nunca la dirección artística (salvo en casos excepcionales, como me pasó a mi de chaval con Zardoz) o… ninguna de esas cosas.

En realidad, tu mismo estás contestando tu pregunta.

En el caso de La caja Kovak es obvio que lo que cuenta la película en ningún momento llegó a conectar contigo lo suficiente como para que sintieras por ello más que un interés distante.  No te apasionó. La viste no desde “dentro” sino desde “fuera”. No se produjo ese curioso fenómeno de empatía, proyección e identificación mediante el que conseguimos vivir las peripecias del protagonista de una película con una versión diluida e inocua  de sus propias emociones. Durante una hora y media “somos” él, el protagonista se convierte en nuestro avatar.

Para determinar las razones de que a ti no te pasara eso con La caja Kovak tendría que saber mucho más sobre tus gustos de lo que me cuentas en tu mensaje. No todas las películas nos activan (o no) a unos y otros de la misma manera. Si fuera así, si existiera una fórmula magistral para conseguir cautivar siempre a los espectadores,  los guionistas, directores, etc. acertaríamos siempre.

Hombre, si nos vamos a los extremos, parece claro que en teoría es más probable que una película como Babel (Iñárritu es el campeón mundial del golpe bajo emocional) consiga emocionar a un mayor número de espectadores que Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas, pero digamos que casi todas las películas pertenecen más bien a una cierta “clase media” emocional, donde caben todo tipo de reacciones mucho menos predecibles, casi todas vinculadas a, como he dicho antes, lo que signifique para nosotros la historia que nos están contando.

De hecho, aunque mi reacción a La caja Kovak fue muy similar a la tuya (me pareció interesante pero me dejó frío) también hay quien la considera un peliculón.

Pero Víctor, como supongo que quizá esta respuesta no va a parecerte muy satisfactoria, se me ha ocurrido preguntarle también qué le pareció la película a mi amigo el editor y traductor Óscar Palmer. Lo he hecho porque si no me falla la memoria, yo vi La caja Kovak porque él me prestó su copia en DVD y después de verla estuvimos hablando un rato de todos estos asuntos. Además, a Óscar, como a mí, suelen gustarle bastante las películas de Daniel Monzón. En mi caso, aunque todas las que he dirigido me parecen interesantes, siento predilección por El robo más grande jamás contado y Celda 211.

Y esto es lo que me contestó Óscar:

“Así a bote pronto recuerdo que la premisa me pareció bastante intrigante y que lo de que la gente se fuera suicidando aparentemente sin motivo estaba llevado de una manera bastante interesante, que daba muy mal rollete (recuerdo que la escena de la mujer del médico que se clava contra los cristales me dio muy mal rollo). Creo que si me dejó frío fue por dos motivos en concreto: el primero y principal por la falta de química entre Lucía Jiménez (que, para empezar, era un personaje muy confuso, que no sabías si era española o americana ni qué pintaba allí en Mallorca, si iba de vacaciones, volvía o qué) y Timothy Hutton. Nada de lo que hace él por salvarla resulta muy convincente porque, francamente, no ves que tengan una relación tan intensa como para motivar tanto sacrificio. El segundo motivo es que, por algún motivo, o al menos eso es lo que recuerdo, apenas tuve viéndola sensación de peligro, no me pareció que las apuestas fueran reales. Todo era como muy mecánico, muy poco apasionado. Y eso es lo único que me queda en la cabeza después de cuatro años.

Por contra, esta noche he estado viendo El Americano, que había leído críticas muy malas diciendo que era un rollete, y me ha encantado. Pero mucho. En esta, que tiene un argumento muchísimo más mínimo y sencillo, sí que he tenido una constante sensación de peligro, de tensión, de que algo malo estaba a punto de pasar”.

La respuesta de Óscar da muchas claves de cuál puede ser el problema de La caja Kovak para los espectadores que la ven con relativa indiferencia (que, repito, no son ni mucho menos todos).

En el cine, nos suelen importan tanto las cosas como les importan a sus protagonistas (da igual que lo único que pretendan es volver a reunirse con su “dueño”, como Woody en Toy Story 3, o embarcarse en una aventura capaz de poner patas arriba el mundo en el que han vivido en ese momento, como Neo en Matrix). Además, para que nos importe como les importa a ellos, tenemos que entender bien sus razones (que no es lo mismo que compartirlas; ¿quién no se angustia en el tramo final de Uno de los nuestros aunque Henry Hill le parezca un tipo despreciable?). Y cómo le pasó a Óscar, en La caja Kovak yo tampoco entendí nunca muy bien la relación entre los personajes de Timothy Hutton y Lucía Jiménez.

Estoy yendo a toda velocidad porque no es plan de escribirme aquí 20 folios sobre este tema (podría escribirse un libro entero) de manera que estoy simplificando mucho las cosas, pero espero que me estés entendiendo.

Sigo.

Sin embargo, para disfrutar con una película no creo que sea imprescindible esa conexión emocional. Creo que esa conexión puede ser también intelectual, ideológica o estética. Tengo un amigo (lo juro) al que le apasiona La brújula dorada. Debió ser el único espectador del mundo al que le dolió que no se rodaran las secuelas. Y estoy convencido de que lo que le sedujo a él de la película fue el mundo en el que transcurre. Independientemente de la historia, a él le mereció la pena pasar dos horas acompañado de “daimones” y osos gigantes que hablan (en lo de los osos, por cierto, estoy de acuerdo con él).

Ojalá toda la película hubiera sido así...

Supongo que pocos espectadores muy de derechas habrán ido al cine a ver la última película de Icíar Bollaín. Y tengo muchos amigos y algunos parientes progres que no irían a ver una de acción norteamericana ni aunque les pagaran.

Por eso, dado que los seres humanos solemos tener más cosas en común a nivel emocional que intelectual, estético o ideológico, las películas con vocación más comercial buscan sobre todo tocar la fibra sensible del espectador. Hasta en el cine espectáculo lo que importa al final suele ser si el protagonista consigue o no a la chica.

Pero insisto en que cada uno tenemos una idea distinta de lo que es satisfactorio o aceptable en ese sentido. E incluso, nuestro criterio cambia con el paso de los años y también dependiendo del momento personal en el que nos encontremos. Y eso nos ocurre como espectadores y como guionistas. En mi caso, como guionista, pasé años siendo deliberadamente frío, y últimamente, no sé muy bien porqué, estoy de un melodramático que no me lo creo ni yo. Pero, como espectador, me siento algo incómodo cuando noto que el guionista está tratando de emocionarme a cualquier precio, sobre todo si ese precio implica hacer trizas el tono narrativo mantenido hasta ese momento.

Un Ej.: hace poco vi una escena con uno de esos momentos en un capítulo de la serie The Walking Dead (que por otra parte me encanta). Intentaré no dar muchos detalles para no destripárosla a quienes no la hayáis visto.

La escena es cómo sigue: un pariente de uno de los protagonistas, al que podemos llamar X,  ha muerto tras ser atacado por un zombi. Pero X se niega a hacer lo que sabe que debe de hacer. O sea, reventarle los sesos de un tiro  a su pariente para que no “resucite” más pronto que tarde transformado en zombi. Pero en vez, de eso, vela su cuerpo sentado a su lado, haciendo caso omiso de sus compañeros, que una y otra vez le dejan claro que está haciendo una locura y que lo más cuerdo sería sacar la pistola. En un determinado momento, otro personaje se acerca a X, se sienta a su lado, y le cuenta que su mujer murió de cáncer y que sufrió muchísimo. Y lo peor es que él no lo  acepto. Claramente, está intentando convencer a X de que debe “dejar marchar” a su pariente.

Y a mí, más que conmovedor, el momento me resultó incómodo. Me dio vergüencilla. Si yo hubiera sido X, le habría contestado: “¿Qué coño me estás contando tú ahora de tu mujer? ¿A mí qué me importa tu mujer? ¿No ves que yace muerta a mi lado la persona que más quería en el mundo?”. Pero, en The Walking Dead, como en por otra parte en la mayor parte de las series norteamericanas de ahora, los personajes se pasan el día contando historias personales, abriendo su corazón, desgranando metáforas, parábolas y relatos ejemplares, y el resto no solo no les mandan a la mierda, sino que les escuchan con atención y parecen maravillarse ante su sabiduría. Y no sé vosotros, pero a mí y la mayor parte de la gente real que conozco, no hay nada que nos toque más las narices que nos digan lo que tenemos que hacer, que nos “echen la monserga”.

Gore y sentimientos en The Walking Dead. Antes de zombies, eran personas. Frank Darabont no nos deja que lo olvidemos nunca.

Pero la frialdad excesiva tampoco suele interesarme. Por eso nunca he disfrutado mucho con los clásicos “Whodunit” (que incluyen desde relatos de detectives a las series donde lo que más importa es cómo se desarrolla la investigación tipo C.S.I.). Normalmente, al protagonista de estas historias el resultado de su investigación le interesa más bien poco desde el punto de vista emocional. Es su trabajo. Como expliqué en el curso sobre guión de thriller que llevé recientemente, la diferencia más importante entre este tipo de historias y los thrillers (con los que a menudo se les confunde), es que en los thrillers, casi siempre lo que está en juego es personal.

A lo mejor es por eso por lo que (por poner otro Ej. reciente), de los tres episodios que componen la miniserie de la BBC Sherlock (una actualización de las historias de Sherlock Holmes), el primero y el tercero me parecieron magistrales y el segundo me aburrió soberanamente. ¿Por qué? Pues porque aparte de que en los casos del primero y el tercero había en juego algo mucho más importante que en el del segundo, en ellos se profundizaba mucho más en lo que para mí es el núcleo emocional de la serie: la evolución de la relación entre Holmes y Watson.

Bueno, Víctor, espero que esta respuesta te haya servido para algo.

Y no te sorprenda que dentro de unos años vuelvas a ver La caja Kovak y pienses (y sientas) algo totalmente distinta respecto a ella.

Y por cierto... ¿mi reacción a Zardoz se entiende, no?


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