SOBRE HERZOG (y II)

17 enero, 2011

Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)

Bien, como recordaréis algunos, la semana pasada dejé a medias un post sobre el director, guionista y productor alemán Werner Herzog.

Durante estos días, buscando sobre él en Internet, cada vez he ido descubriendo información más y más fascinante sobre este personaje. Algunas de sus hazañas parecen casi propias del gran Chuck Norris.

Por ejemplo, Herzog fue el tipo que sacó a Joaquin Phoenix de su coche cuando éste sufrió un grave accidente. También sufrió un tiro en el vientre mientras daba una entrevista en Los Angeles y, cómo no, continuó respondiendo como si tal cosa.

El siguiente vídeo es mi favorito, pero necesita un poco de explicación. Herzog era amigo de Errol Morris, que quería hacer su primera película documental. Sin embargo, Morris no tenía dinero y no pensaba que nadie pudiera financiarle su proyecto. Herzog le contestó que el dinero no hacía películas. Tenía que lanzarse a rodarla y, cuando la acabara, él (Herzog) se comería uno de sus zapatos.

Lo que parecía imposible, sucedió: Morris terminó su documental, “Gates of Heaven” (1978) , aunque no tenía aún distribución. Herzog cumplió su palabra. Aquí está el vídeo, en el que vemos cómo el director alemán cuece, condimenta y, finalmente, ingiere en público uno de sus zapatos de cuero.

En ese mismo vídeo, Herzog habla del accidente que sufrió uno de los enanos de su película “También los enanos empezaron pequeños” (1970), cuenta cómo, al ver al actor asustado por las llamas, decidió tranquilizar a todo su reparto. Lo hizo asegurándoles que, si todos acababan bien, se lanzaría (desnudo) a un cactus. También lo cumplió. Al parecer, ahora, décadas más tarde, tiene todavía algunas espinas clavadas en la rodilla.

Os recomiendo leer todo lo que encontréis sobre este tipo, mesiánico, divertido y, al menos para mí, muy inspirador.

Hay dos reflexiones que se me han ocurrido a raíz de ver todo este material de (o sobre) Herzog.

La primera: como os comentaba en el post de la semana pasada, para rodar “Fitzcarraldo” Herzog y todo su equipo (imagino que sobre todo su equipo) subieron por una montaña un vapor, reproduciendo lo que había hecho años antes el personaje en cuya historia se inspiraban (con el matiz de que Herzog y su equipo lo hicieron con el barco entero, no por piezas. La espectacularidad se impuso al sentido común). Es decir, para rodar una película sobre un hecho colosal y ridículo, reprodujeron el hecho convirtiéndolo, de hecho, en algo más colosal y ridículo todavía.

En mi opinión, lo fascinante de la ficción no es que sea falsa. Lo fascinante es que, durante un instante es verdadera. Para que podamos grabarlo, para que sea creíble, el barco está subiendo la montaña. Para que la gente se lo crea, debo poner cara de loco, debo colocarte este cuchillo en el cuello. Tú debes parecer / estar asustado.

¿Es muy diferente Fitzcarraldo, el irlandés encarnado por Kinski que manda a los nativos que no aflojen y suban el barco, de Herzog, el director alemán, que, unos metros más lejos, tras la cámara, ordena a los mismos nativos que prolonguen el esfuerzo mientras dure el plano que están rodando? ¿Y en qué se diferencian estas dos personas de aquél potentado de origen extranjero, Carlos Fermín Fizcarrald, que acometió la misma proeza (aunque algo menos absurda) siglos antes?

En resumen, para representar algo, sobre todo si uno pretende hacerlo con fidelidad, muchas veces hay que repetirlo.

Y, evidentemente, trataremos de realizar una representación lo más creíble posible. Conseguiremos un barco de vapor que se parezca a los de la época, buscaremos un actor que pueda parecer suficientemente loco como para amenazar a alguien con un machete. Tal vez por eso Herzog eligió a Klaus Kinski para hacer de Lope de Aguirre, de Cobra Verde. Sabía que Kinski podía amenazar a alguien con un machete.

De hecho, lo hizo con el propio director.

Pero no perdamos de vista que Kinski estaba representando a una especie de alter ego del director. Un director mucho más calmado pero que también llegó a amenazar de muerte a su estrella si abandonaba el rodaje.

Vamos con el segundo punto del que quería hablar. Este vistazo superficial a la carrera del director alemán me ha hecho recordar algo que de vez en cuando me he planteado. Es una idea que puede poner muy nerviosos a los guionistas profesionales. A los directores profesionales. A los actores profesionales. A los profesionales en general.

Vamos con ella.

A veces pienso que uno sólo puede contar bien una historia. Una sola.

Un actor sólo puede ser un personaje.

A veces pienso que sobrevaloramos la capacidad de interpretar, de fingir o inventar.

Evidentemente, un profesional desarrolla técnicas y oficio para poder construir cualquier tipo de trama, de cualquier género. Pero cuando se trata de escribir algo propio, cuando uno crea algo a partir de nada, elegirá casi siempre los mismos temas, los mismos conflictos y finales muy similares. Aunque no sea consciente de ello.

Como decía la semana pasada, la carrera de Herzog es en ello paradigmática, pero algo similar ocurre con casi todos los grandes narradores (guionistas y directores) incluso si no son autores de sus historias originales. Su intervención, aunque sólo sea en la elección del material original o en la manera de abordarlo, suele poner el énfasis en los temas que les son más cercanos, encaminando así el relato en la misma dirección que el resto de su obra. ¿A alguien que no fuera Howard Hawks se le hubiera ocurrido resolver el varonil conflicto entre John Wayne y Montgomery Clift gracias a la intervención de una mujer ingeniosa y vivaracha que casi parece recién salida de “La fiera de mi niña”?

Los guionistas solemos fantasear con la idea de que podemos escribir cualquier cosa; una comedia, un drama, un thriller y una historia con monos de ojos rojos que brillan en la oscuridad. Una semana positivas historias de superación y, la siguiente, dramas desesperanzados propios de un Haneke con resaca. Y claro que podemos hacerlo, si nos pagan por ello.  Pero… ¿lo haremos bien? Opino que cuando uno se sienta a escribir por placer, si lo hace con cierta honradez, suele tender a escribir siempre una variación de la misma historia.

Y, en el mejor de los casos, esta se parecerá un poco a la historia de su propia vida. Al menos, de la que él cree que es la historia de su propia vida.

A veces me resulta ridículo cómo algunos actores intentan “no encasillarse”. Un actor guapo y soso es una persona guapa y sosa. Una actriz fea pero graciosa es una persona fea pero graciosa. La cámara detectará ambas cosas, por bueno que sea el guión. Los mejores actores, en mi opinión, no han basado su carrera en huir de su encasillamiento, sino repitiendo, con matices y variaciones, los personajes que pueden hacer mejor que nadie.

Opino que lo mismo ocurre con los guionistas. Normalmente, un guionista con sentido del humor escribirá bien cosas graciosas. Un tipo sesudo y denso escribirá historias densas y sesudas. Por supuesto, un guionista cachondo puede intentar escribir algo al estilo de los hermanos Dardenne (y os lo digo por experiencia), pero, ¿merece la pena forzarse, tratar ser otro? ¿Recuerda alguien las películas en las que Woody Allen quiso ser Bergman? ¿O las que Truffaut rodó “a lo Hitchcock”? ¿No es más útil dedicar ese tiempo a encontrar quiénes somos nosotros, qué nos distingue de los demás, cuál es nuestra historia y cómo podemos narrarla?

Herzog encontró la suya y nos la ha ido brindando, a lo largo de los años, en diferentes modulaciones. Eso no le ha impedido abordar todo tipo de géneros: el thriller, el fantástico, el drama de época, la ficción realista contemporánea o el documental.

Como ya he escrito más arriba, sé que muchos compañeros no estarán de acuerdo con estas reflexiones. Yo también me siento, o me he sentido, capaz de escribir bien cualquier historia. Ahora, tal vez por los años, me conformaría con ser capaz de escribir dignamente una sola. Y aún tengo que encontrarla.


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