LA TÉCNICA DEL DESTORNILLADOR Y LA CINTA AISLANTE

28 enero, 2011

Por Guionista Hastiado

Hace algunos años conocí a un guitarrista profesional que se ganaba la vida tocando en todo tipo de bolos que le iban surgiendo, desde fiestas de pueblos hasta pequeños recitales con músicos más o menos reconocidos. Era uno de esos artistas de toda la vida, flaco, de rostro ajado, sonrisa imborrable, tos ronca y dientes ennegrecidos por el tabaco. Era un tipo francamente simpático y optimista, a pesar de que a lo largo de los años había visto cómo sus ingresos disminuían por un constante recrudecimiento en las condiciones laborales que, como freelance del negocio, no tenía más remedio que asumir.

En muchos de los espectáculos en los que tocaba, tanto él como el resto de músicos debían encargarse, entre otras muchas cosas, del transporte y el montaje de los escenarios. No hace falta haber montado o desmontado un escenario para adivinar que es un trabajo muy duro. Muy duro. Y más cuando llevas encima horas de viaje en furgoneta o de actuación sobre el escenario.

Mi colega, además, empezaba a tener achaques. La mala vida le había pasado factura y, entre otros muchos problemas, su espalda torcida ya no estaba para grandes exhibiciones gimnásticas. Así que, en aras de una vida un poco más larga y saludable, había depurado a lo largo del tiempo la que él llamaba “la maravillosa técnica del destornillador y la cinta aislante”.

Se trataba de algo muy sencillo, en realidad. Montar un gran escenario suele requerir de una gran cantidad de gente trabajando a la vez, y en muchas ocasiones de manera no demasiado organizada. Él acometía el trabajo iniciando en primera instancia alguna tarea esforzada y claramente visible, durante algunos minutos, para que todo el mundo viera que era un tipo  solidario. Pero, pasado un rato, esgrimía en una mano un destornillador, y en la otra un rollo de cinta aislante, y empezaba a caminar de aquí para allá.

Iba de un lado a otro del escenario, se detenía en algún punto, observaba hacia arriba con el cigarro en la boca (nunca, nunca, se detenía a fumar), daba unos golpecitos aquí o allá, comprobaba unos cables, hacía alguna que otra pregunta (¿Han descargado ya los focos? ¿Dónde está el resto de l0s andamios?) y, en definitiva, conseguía que todo el mundo diera por hecho que estaba haciendo algo… cuando en realidad estaba practicando una grande y hermosa tocada de huevos a dos manos, y delante del todo el mundo. Así, con estos y otros trucos bien testados a lo largo de los años, consiguió salvar su espalda de muchas horas de duro trabajo.

Convendrán conmigo en que este tipo era un genio. Del escaqueo, al menos.

El mundo del guión es, afortunadamente, mucho menos duro. No levantamos grandes pesos, ni recorremos largas distancias, ni manejamos con las manos desnudas descacharrados y chispeantes aparatos eléctricos. Pero eso no no salva de ser una profesión donde las técnicas del escaqueo abundan.

Por un lado tenemos el “autoescaqueo”, más conocido como “procrastinación“. Es, quizá, el más peligroso de todos, pero éste es un pecado que suele ir en contra de nuestro propio trabajo, no del de los demás.

El verdadero “escaqueitor” del guión suele habitar en equipos de guión grandes, preferiblemente en televisión, donde todo es más alocado, más ruidoso, y donde las técnicas del escapismo funcionan mucho mej0r. Por supuesto, no basta con llevar en la mano un destornillador y un poco de cinta. Hay que ser más sutiles, pero existen miles de pequeños trucos. Consultar internet, mirar el mail, ir a por comida (a las máquinas, al comedor, al bar de la esquina, a tu casa en el centro), ir a hacer deposiciones (a cagar, vamos), a por material de oficina que falta,  bajar a ver qué tal va por plató, llamar por el móvil, atender al móvil, flirtear con la gente del equipo, y -uno de los más mortíferos y utilizados- contar batallitas del fin de semana, de tu último viaje, o sobre lo que viste anoche en la tele.

Todos recurrimos a esas estrategias en mayor o menor grado, no hay más remedio en un oficio donde, tantas veces, parece que la cabeza te va a explotar intentando hacer encaje de bolillos con esa escaleta que no acaba de cuadrar. El problema viene cuando una costumbre ligera y desengrasante se convierte en un hábito recalcitrante, en una constante adherida a nuestro sistema de trabajo.

Los guionistas escaqueitors existen. Yo los he visto. Son capaces de pasar diez horas en una sala llena de guionistas sin haber aportado ni una idea útil. Pero, asombrosamente, tienen la habilidad de mostrarse tremendamente productivos ante sus superiores, habitualmente echando mano de frases del tipo “mira qué bueno esto que se NOS ha ocurrido”.

Hay escaqueitors de todo tipo y condición, pero lo curioso es que el nivel de escaqueo suele aumentar exponencialmente en relación al cargo que se ostenta. En cierto modo es lógico, ya que, cuanto menor es la cantidad de gente a la que tienes que dar explicaciones, mayor es el desparpajo con el que puedes desaparecer de tu puesto laboral.

He visto jefes escaqueándose porque tenían partidos de golf, comidas de negocios (de las que llegaban muy tarde y muy contentos), porque debían reparar la carrocería de sus descapotables, pasar la ITV, comprarles regalos a su hijos, ir a la peluquería o a clases de trompeta (vale, esto último no lo he visto, pero sí cosas parecidas). Aunque la herramienta más útil y utilizada para el escaqueo de altos vuelos siempre serán las reuniones, esas voraces máquinas del tiempo donde uno puede entrar y, sin darse cuenta, salir mucho tiempo después sin haber avanzado absolutamente nada de trabajo.

El escaqueo en altas instancias es quizá el más lesivo, ya que provoca grandes atascos de trabajo y esperas innecesarias en los curritos que verdaderamente sacan las cosas adelante, y que irremediablemente deberán solucionar los marrones en el último minuto.  Pero claro, quién le pone el cascabel al jefe vago.

Por suerte yo hace bastante tiempo que no me cruzo con un auténtico escaqueitor del guión. Pero sé que existen, están ahí fuera y a veces me llegan noticias de ellos. Hasta cierto punto puedo comprenderlos. Básicamente, nuestro trabajo es un coñazo. Arremangarse a escribir y pasarse horas frente al ordenador, o frente a una pizarra, o discutiendo hasta la extenuación cada pequeño detalle de una trama, es jodido, y eso no apetece, no gusta. Pero, ay, es lo que toca si uno ha elegido esta profesión. A cambio tenemos, también, nuestros pequeños privilegios.

Los grandes escaqueitors tienen la habilidad suficiente para sortear las consecuencias de su falta de solidaridad  con los compañeros. Pero no se dan cuenta de que es una prerrogativa a corto plazo. Por muy bien que uno disimule, por muy refinadas y maquiavélicas que sean sus excusas, antes o después tus compañeros de trabajo te acaban calando. Uno no sabe cómo trabaja de verdad alguien hasta que lo tienes a tu lado -o no- durante horas, días, semanas… Por eso en este oficio son tan habituales -y tan necesarias- las referencias. Uno, siempre, acaba sabiendo quién saca realmente  el trabajo adelante… y quién se arroga los méritos.

Y eso, a la postre, termina calando. La nuestra es una industria muy pequeña, y los defectillos que cada uno de nosotros llevamos encima se terminan conociendo. La fama puede ser inmerecida a corto plazo, pero al final siempre se acaba averiguando quién es quién, y qué es lo que hace, o no hace. Ya lo decía Lincoln: Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.

Sí, amigos, se puede enarbolar el destornillador y la cinta aislante y pasar por los trabajos de manera más o menos airosa durante un tiempo, incluso durante toda una vida laboral. Pero mi consejo es que, si de verdad quieren ustedes llegar a ser buenos guionistas, y no provocar la ira de sus compañeros de profesión, sólo hay una verdadera obligación que no puede ser incumplida: trabajen.


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