EL CINE Y/O LA VIDA

9 mayo, 2011

Por Daniel Castro.

I

En 2004, Mia Hansen-Løve (ponedle mentalmente a este último apellido esa rayita que cruza la “o” en algunos idiomas nórdicos. Yo soy incapaz de encontrarla en mi teclado. Gracias a Kikoso la he encontrado en alt + o), una joven actriz, guionista y directora francesa estaba preparando su primer largometraje. Uno de los productores con los que se entrevistó era Humbert Balsan. Según Hansen-Løve, Balsan era uno de los tres mosqueteros de la producción francesa, un tipo que elegía los proyectos según impulsos, sin darle mucha importancia a la posible viabilidad económica de estos. Cuando era joven, Balsan apareció como actor en un largometraje de Bresson, “Lancelot del Lago“, y, al parecer, según una entrevista que aparece en el último número de “Cahiers du Cinema España”, recibió a la joven aspirante a directora bajo un cartel de esta película.

Este era Balsan en un fotograma de “Lancelot del Lago”.

Y este debía de ser su aspecto aproximado cuando, años más tarde, se entrevistó con Mia Hansen.

Sin embargo, algo impidió que Balsan, que en esos momentos coproducía “Manderlay” de Lars Von Trier, se uniera al proyecto que le presentaba esa joven directora. Como ese “algo” que ocurrió tiene mucho que ver con la película de la que os quiero hablar (y que os quiero recomendar encarecidamente), “Le père de mes enfants” (“El padre de mis hijos”), la segunda que ha dirigido Hansen Løve, os advierto de que, si leéis a partir de aquí, os enteraréis de un elemento importante de su trama.

Bien, sigo.

Lo que ocurrió fue que ese quijotesco productor, embarcado en más proyectos de los que podía sacar adelante, ese tipo encantador y enérgico, se pegó un tiro.

En “Le père de mes enfants”, Balsan pasa a llamarse Grégoire Canvel y tiene este aspecto, el del actor Louis Do de Lencquesaing.

Canvel está endeudado hasta las cejas. Intenta obtener créditos del banco, tiene hipotecado todo su catálogo pero se resiste a venderlo, mientras, debe gestionar los caprichos de un temperamental director nórdico cuyo rodaje se prolonga interminablemente. Sin embargo, Canvel se muestra como un torbellino entusiasta, un seductor que consigue que sus hijas y su mujer le perdonen sus eternas llamadas telefónicas, sus largas ausencias. De pronto, cuando su empresa está asediada por las deudas, cuando no hay más salida que la quiebra, Canvel se dirige a su coche, quema unos papeles, saca una pistola y se pega un tiro, en plena calle.

Mia Hansen-Løve acabó dirigiendo “Todo está perdonado”, que, por cierto, le fue inspirada por la muerte de su tío. La película tuvo el éxito suficiente como para permitirle, unos años más tarde, dirigir esta segunda que, por fin llega a nuestra pantalla. Lo digo en singular porque… que en Madrid yo sepa, una de las mejores películas de 2010 sólo se podrá ver en la pequeña pantalla de un cine adosado a un Foster’s Hollywood. Un local que precisamente está cerca de mi casa, en Chamberí, que cuenta con menos de cien butacas (posiblemente también menos de cincuenta) y en el que el taquillero hace, a la vez, de acomodador, el Pequeño Cine Estudio. (Eso sí, acabo de comprobar aquí que la película podrá verse también en cines de Barcelona, Girona, Vitoria y Bilbao).

En unos cuantos momentos de la película, Canvel habla con un chico joven que lleva su guión a la productora. No es difícil imaginar que Mia Hansen-Løve se ha retratado a sí misma un poco en ese chico que es, en cierto modo, testigo y personaje secundario de la historia de ese productor. Resulta curioso pensar que Balsan vaya a ser tan recordado por las películas que llevó a cabo como por las de Mia Hansen-Løve, a la que nunca produjo. Resulta impredecible saber qué cosas quedarán de nosotros cuando ya no estemos aquí. Por qué cosas nos recordarán.

II

Esta semana ha muerto un vecino, un hombre anciano que había sido ebanista durante muchos años. Tiene un hijo y varios nietos que, evidentemente, le conocieron mucho más que yo. Él y su esposa, que siempre fueron muy amables conmigo, nos dejaron utilizar un sofá para algunas escenas de “Ilusión”. Como casi todos los muebles de su casa, lo había hecho él con sus propias manos. Este es el sofá.

Yo puedo hablar un poco en este post sobre cómo era mi vecino. La cámara puede retratar cómo era su sofá hace un par de meses, cuando nos lo prestaron. Mia Hansen-Løve ha contado cómo era aquél hombre que estuvo a punto de producir su primera película.

A veces pienso que, más que crear de la nada nuevos mundos o personajes extraordinarios, nuestra función como guionistas o cineastas es mostrar, con las herramientas de la ficción si nos son útiles, cómo eran las cosas o las personas, en el momento en que las conocimos, en el momento en que se pusieron ante nuestros ojos o ante nuestra cámara.

Todos hemos vivido situaciones que nos resultaron extraordinariamente impactantes: enfrentamientos familiares, humillaciones públicas, amores apasionados y/o enfermizos… Todos hemos conocido a personas memorables: seres que nos hicieron, de pronto, ver el mundo de otra manera, personas que siempre recordaremos, pese a haberles encontrado brevemente, ya que nos permitieron intuir, como por una puerta entreabierta accidentalmente, que una vida muy diferente a la nuestra era posible. Una vida más emocionante, más terrible o más peligrosa. Todos, en nuestro interior, en los estantes más recónditos de nuestra memoria, en esos estantes que nos empeñamos estúpidamente en olvidar, tenemos un millón de historias que esperan para ser contadas.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de contar historias idiotas. Tal vez ha llegado el momento de desempolvar esos recuerdos, de contar las cosas que nos importan, de hablar de quienes nos marcaron realmente.

III

“Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde.
Como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
– envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.”

No volveré a ser joven” por Jaime Gil Biedma, “Poemas póstumos” 1968


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