ARCOS

10 mayo, 2011

por David Muñoz

Muchas veces estoy explicando algo en una clase y noto que alguno de mis alumnos piensa que lo que digo es una chorrada. Si la vida fuera un cómic, sobre su cabeza aparecería un globo de pensamiento en el que se leería: “Pues vale, pero digas lo que digas voy a seguir haciendo las cosas como a mí me parece. Si quiero que el detonante de mi historia aparezca en la página 45 porque estoy convencido de que a los lectores de mi guión les va a fascinar que describa mi mundo y mis personajes durante las 44 anteriores, lo haré, y a la mierda con lo que me diga el tipo este canoso que no lee el Cahiers, ¡y al que además seguro que le gusta el libro ese de mierda, ¡Salva el gato!”.

Y la verdad es que no me molesta. No me molestaría ni aunque me lo dijeran. Yo también he sido ese arrogante* alumno de veintipocos años totalmente convencido de que sabía más que mis profesores. Además, sé que no voy a poder hacer nada para que cambien de opinión. No hay cosa que toque más las narices que cuando discutes con alguien mayor que tú , éste renuncie a tratar de convencerte de algo y cierre la discusión con una sonrisa de suficiencia y una frase del tipo “ya te darás cuenta de que tengo razón dentro de unos años, cuando hayas vivido lo que he vivido yo”.

Una de esas cosas que me repateaban cuando tenía esa edad y creía saber mucho más de lo que sabía, era la insistencia de los manuales de guión sobre la necesidad de que los personajes tuvieran un arco de transformación claro. Ahora estoy convencido de que hacen falta y que sin ellos es prácticamente imposible contar una historia que merezca la pena.Pero como ya lo he comentado aquí en varias ocasiones, tampoco voy a insistir mucho más en ello. De lo que quiero hablar hoy es de porqué me repateaba.

Me molestaba porque me parecía que era una convención dramática hollywoodense que llevaba a contar una y otra vez historias de superación personal con una finalidad ejemplarizante, parábolas moralistas de lo más facilón destinadas a convertirnos no sé si en mejores personas pero sí en personas más aceptables desde el punto de vista moral por el hipócrita sistema de valores convencional.

Ahí es nada.

Aunque en mi argumentación yo obviaba los arcos de transformación que podríamos llamar “inversos” (descensos a los infiernos en vez de a los cielos), de ser cierto mi razonamiento, en realidad estos también estos también servirían a la misma intención, solo que de manera más retorcida (mostrándonos no qué hacer, sino qué no hacer).

También creo que me molestaba que en estos arcos inversos, el hundimiento del personaje siempre iba acompañado de la renuncia a sus sueños, y, cuando se pretendía que a pesar de todo el final de la historia no resultara demasiado amargo, una cierta resignación por su parte. Y a esa edad uno no quiere ni siquiera pensar que la vida puede acabar derrotándote, que puedes terminar no siendo quién quieres sino quién puedes. Sobrado de energía como vas (y de deseos y ambiciones) llegas a despreciar a esos profesores que han preferido dedicarse a la docencia a seguir persiguiendo a cualquier precio los sueños que les impulsaron años atrás (en realidad no sabes que muchos siguen intentándolo). Te parece que tipos así solo pueden enseñarte cómo no debe ser tu futuro. Paradójicamente, aunque por aquel entonces prácticamente el cine que veía era solo el que programaban los Alphaville, los Renoir y la Filmoteca, mi forma de pensar era propia del protagonista de una película comercial norteamericana, puro “viaje del héroe”.

Pero, sobre todo, no creía en la posibilidad de que la gente pudiera cambiar. No me daba cuenta de que en realidad todos estamos cambiando continuamente, aunque sea solo un poquito cada día. Y que los cambios realmente importantes, los que habitualmente cuenta el cine, también se dan. Sí, incluso los que nos hacen mejores personas (y no digamos ya los que nos envilecen o amargan). Pero para que se den es necesario tanto que el “personaje” (o la persona) las pasen canutas y que además se muestre receptivo previamente –aunque sea de forma inconsciente- a la posibilidad del cambio. La comodidad, la estabilidad, el estatismo, son los enemigos del drama.

Exactamente lo mismo que he acabado explicando en mis clases cuando hablo de las características que debe reunir un personaje capaz de protagonizar un guión de largometraje.

Digo cosas como: “Cuando no sepáis elegir entre una idea u otra para seguir haciendo que la trama avance, elegid aquella que le ponga las cosas más difíciles al protagonista, que le ponga contra las cuerdas. Hacedle todo el daño que podáis”, o “un conflicto es más interesante cuanto más difícil es resolverlo; a mayor distancia entre el personaje y su objetivo, mayores son las posibilidades dramáticas”.

No estoy seguro de que el único motor del cambio sean las experiencias traumáticas, pero sí que creo que la mayoría vivimos atrapados en el abismo que separa la realidad de nuestros deseos, prisioneros de la cobardía y de una comodidad que tiene que ser destruida para que nos atrevamos a dar un paso adelante. Como a Luke Skywalker, los soldados imperiales tienen que pegarle fuego a nuestra granja y matar a nuestros tíos para que nos atrevamos a unirnos a la rebelión.

Eso no quiere decir que el proceso que lleva al cambio sea agradable o que cuando lo estemos viviendo no estemos deseando todos los días poder regresar a la situación anterior de tranquilidad. Las personas tenemos más de Frodo o de Luke que de los protagonistas de las series de televisión convencionales, que siempre resurgen de las cenizas cuál ave fénix, dispuestos a vivir una nueva aventura como si antes no hubiera pasado nada. Para cambiar hay que pagar un precio. Es entonces cuando descubrimos que por algo la mayoría hemos adoptado como mantra inconsciente aquello de “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”. Porque puede que nos guste más la persona que fuimos que aquella en la que nos hemos convertido.

El final del viaje

El final del viaje

Pero nada nunca se queda como está. El cambio llega siempre aunque no estemos destinados a salvar a la galaxia de las garras del malvado imperio o a destruir el anillo único. Tarde o temprano la enfermedad, el dolor, nos alcanza a todos.

Ni siquiera hace falta algo tan tremebundo. El tiempo, los reveses inevitables, también detonan procesos de cambio más lentos y sutiles. Ahí están todos esos directores de mi generación que se creyeron los reyes del mundo tras dirigir su primera película sin saber que en realidad habían dirigido dos, la primera y la última; que se comportaban como malvados reyezuelos de una película medieval, gritando en los rodajes, despreciando a todos sus colegas y castigando a todos sus colaboradores con su insolencia y sus malos modos. Ahora, muchos están en la tele, lidiando con las cadenas, aceptando que no son ni van a ser Stanley Kubrick. Convertidos no sé si en mejores personas pero sí que en personas más tratables. La realidad les ha puesto en su sitio. Que, al final, es el de casi todos.

Avanzamos por la senda de nuestro particular arco de transformación pasito a pasito, sin darnos cuenta.

Y un día, de pronto, somos otros.

*Una cierta arrogancia es necesaria para no desanimarse en una profesión donde continuamente eres cuestionado. Demasiada te puede convertir en un insoportable.


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