NO ME LO PUEDO CREER (1)…

17 mayo, 2011

por David Muñoz

Decía Miguel en los comentarios de la entrada de la semana pasada:

“Os llevo leyendo desde que empezasteis aquí, ya que vengo de leer los blogs de alguno de vosotros. Así que tengo más o menos claro cómo funcionan las cosas en la televisión patria.
Partiendo de la base que los que escribís en televisión tenéis un nivel mínimo como profesionales, a partir del cual cada uno llega hasta donde llega, y que no va a dar la casualidad que una serie contrate a los más incapaces y otra a los únicos buenos… ¿cómo es posible que el mismo colectivo escriba Crematorio y Piratas? Es decir, sé por vosotros mismos por dónde van los tiros, pero tengo una malsana curiosidad por saber cómo os dirigen en el día a día para escribir unos u otros diálogos. Porque no me puedo creer que nadie escriba según qué cosas convencido de lo que hace.
Lo pregunto en serio, no me puedo explicar lo que vi y oí durante un rato anoche a razón de cien kilos el capítulo”.

Bueno Miguel, yo todavía no he podido ver ni Crematorio ni Piratas, así que no te puedo decir nada sobre ellas y mucho menos de sus diálogos. Pero por supuesto que los guionistas que han trabajado tanto en uno como en otro proyecto son profesionales competentes que tratan de hacerlo lo mejor que pueden. Y estoy seguro de que las dos series están dialogadas cómo deben estar dialogadas. Por lo que sé, no pueden ser dos series más diferentes entre sí. Probablemente los diálogos de Piratas chirriarían en Crematorio y viceversa. Es una cuestión de tono. También estoy convencido de que, al contrario que tú, muchos espectadores habrán disfrutado más con Piratas que con Crematorio. ¡Así es de complicada esta profesión!

En realidad, creo que no deberíamos dar por hecho que de poder elegir qué escribir, la mayoría de los guionistas elegirían una historia seria en vez de una comedieta. Al igual que ocurre con los espectadores, hay guionistas para todos los gustos.

Sin embargo, dejando a un lado los dos ejemplos anteriores, es cierto que muchas veces pones la televisión y no te puedes explicar lo que ves y oyes. Pero en esos casos no creo que el problema sea solamente “como te dirigen”. Eso es a menudo un problema, desde luego, pero no el único.

La creación de una serie es un esfuerzo colectivo muy enrevesado en el que intervienen muchos interlocutores y que puede tomar derivas de lo más absurdas. Por eso, es cierto que a veces puedes acabar escribiendo sin estar nada convencido de lo que haces, preguntándote qué demonios ha pasado para que aquel proyecto tan interesante que te contaron cuando decidiste sumarte a él ha terminado convertido en un engendro sin una personalidad definida que a esas alturas ya no le gusta a nadie. Ni a los guionistas, ni a los productores, ni a la cadena.

Resumiendo mucho, una de las maneras en las que nacen las series de televisión es la siguiente: Un productor ejecutivo que trabaja a sueldo de una productora tiene una idea. Dicho productor escribe un documento de venta, convence a sus jefes de que tiene entre manos algo interesante, y si ellos están de acuerdo, se presenta el material en una cadena de televisión. Entonces, si el proyecto gusta, la televisión invierte una pequeña cantidad en la escritura de varios guiones (y a veces en diseños preliminares) y comienza el siempre complicado proceso de desarrollo supervisado por un equipo de la cadena que debe llevar a que se dé luz verde a la serie y se acuerde una fecha para empezar la preproducción, y quizá, la grabación.

Existen muchas variantes de esta “escaleta”, pero esta suele ser la más habitual.

Lo fácil sería decir que la culpa de que las cosas no salgan bien es siempre de la cadena (al fin y al cabo se encuentran en la cima de la pirámide), pero me temo que es una explicación demasiado facilona que si bien nos sirve a los guionistas para quedar siempre como los buenos de la película, no siempre se ajusta a la realidad.

La realidad me temo que es más compleja.

El verdadero culpable suele ser el miedo, la emoción que en mayor o menor grado condiciona muchas de las decisiones de aquellos que formamos parte del proceso de desarrollo.

El miedo y su hijo bastardo, la duda.

El ejecutivo tiene miedo a gastarse 400.000 mil euros por episodio en una serie de televisión que no acabe viendo ni el tato y, para cubrirse las espaldas, suele pretender que trate de gustar al padre, la madre, los hijos y la abuela; al productor le aterra que en algún momento el ejecutivo decida dar cerrojazo al desarrollo y quedarse sin serie (lo que puede significar quedarse sin productora), pero aún así lucha por conservar lo que puede de su concepto inicial; el coordinador de guiones intenta agradar a sus dos jefes y se devana los sesos tratando de hacer compatibles todas sus sugerencias, y mientras tanto los guionistas andan perdidos sin saber muy bien qué es lo que deben escribir, si tienen que querer más a papá o a mamá.

El resultado de todo este mogollón son procesos que discurren sin una dirección clara y que dan como resultado productos amorfos. Y eso es algo que a los guionistas suele hacernos la vida más difícil que escribir una serie “buena” o “mala” (algo que de todos modos es muy subjetivo; cada uno aplicaríamos un adjetivo u otro a unas series diferentes, como con el ejemplo de Piratas y Crematorio). Además, cuando estás bregando con el día a día de la escritura de una serie, te resulta muy difícil saber si lo que estás haciendo va a acabar siendo bueno, malo o regular de acuerdo al criterio que aplicas para valorar el trabajo de otros.

La teoría la tenemos clara. Las grandes series que todos admiramos (o al menos respetamos) responden a un concepto muy claro. Desde House a CSI pasando por Cheers, todas tienen una personalidad muy definida. O, por usar ejemplos españoles, Cuéntame o Amor en tiempos revueltos.

Porque, al igual que el protagonista de una historia tiene que tener un objetivo claro, las series de televisión tienen que saber qué es lo que quieren contar y cómo quieren contarlo.

Y como he dicho antes, muchas veces no lo tienen. O lo tuvieron, pero lo perdieron por el camino.

Puedes vender una serie de ciencia ficción y acabar escribiendo un western. O empezar escribiendo un thriller y terminar estrenando una comedia.

Os juro que pasa. A mí me ha pasado.

Y es entonces cuando te vuelves loco.

A resultas de todo esto, más de una vez me he visto escribiendo el desarrollo de una trama cuya razón de ser (y cuya lógica) no entiendo demasiado bien. Una trama que suele ser el resultado de tratar de combinar las necesidades (o los caprichos) de todos tus jefes.

Pero ya digo que no es solo responsabilidad de las cadenas. Muchas veces de quien se apodera el miedo es de los productores, que de pronto caen en la cuenta de que su concepto puede ser demasiado arriesgado para conseguir la audiencia que pretenden (y con ella la renovación de la serie, que casi siempre empiezan a ser rentables en la segunda temporada); o del coordinador de guiones, que con tal de no tener problemas da su brazo a torcer cada vez que surge un conflicto y deja de luchar por defender la serie que sabe que habría que escribir. O incluso de los propios guionistas (la infantería de la producción), que pese a que sabemos que lo que estamos haciendo no tiene ni pies ni cabeza, seguimos ahí, al pie del cañón, ganándonos las habichuelas lo mejor que podemos. Aunque en este caso no creo que se pueda hablar de “culpa”. Siguiendo con el símil militar, si un pelotón no consigue tomar una colina siguiendo las órdenes de su capitán y su general, no me parece que pueda responsabilizárseles a ellos por mucho que a veces en vez de correr vayan andando.

En este caos, se producen todo tipo de situaciones absurdas. Sobre todo cuando además de al habitual marear la perdiz, se suma la falta de comunicación. Más de una vez me he visto reescribiendo un guión de acuerdo a las supuestas directrices de la cadena para descubrir después de entregarlo que querían justo lo contrario de lo que nosotros creíamos.

Lo triste es que ni siquiera puedes enfadarte. Solo frustrarte. Porque aquí no suele haber malos. A nuestra manera, todos los implicados compartimos el mismo objetivo: hacer una buena serie de televisión.

Solo que cada uno tenemos una idea muy diferente de lo que significa “buena”.

A veces lo único que unos y otros acabamos teniendo en común es que acabamos estresados y medio deprimidos. Resistir todos esos meses de desarrollo sin perder las ganas de escribir suele ser el trabajo más duro al que tiene que enfrentarse el guionista.

Afortunadamente, no siempre se hacen las cosas así de mal. También hay procesos de desarrollo coherentes donde todo el mundo busca un objetivo similar. Y creo que hay una manera de conseguir que sean así. O por lo menos de facilitarlo.

Pero de eso hablaré la semana que viene.


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