MIL MIRADAS

13 junio, 2011

Por Daniel Castro

Esta mañana me he dedicado a procrastinar. Con un cuaderno y un lápiz en la mano. Iba dibujando cosas, casi siempre copiando fotos.

He abierto una revista y he visto esta foto. (Para los curiosos, parece que es un fotograma de una película de Robert Guédiguian. Para los más curiosos, la película se titula “La ciudad está tranquila“).

Así que la he dibujado rápidamente en una esquina del bloc. El resultado ha sido este.

Bien, supongo que cada uno tendréis una opinión sobre mis cualidades como dibujante.

No pienso ganarme la vida como ilustrador, tranquilos.

Pongo la foto y el dibujo para hablar un par de cosas que se me han ocurrido comparándolos.

– El dibujo elimina detalles. Convierte las masas en líneas. Desaparecen los botones de la camisa de él, los cuadros de la de ella, arrugas, sombras, incluso partes de los cuerpos.

– Sin embargo, el dibujo conserva muchos elementos de la foto: un hombre protege/abraza/consuela a una mujer, él es bastante más alto, moreno y va de oscuro. Ella, rubia y viste algo más claro. Ambos están serios. Ella, más triste, él, más consternado.

Inconscientemente, al dibujar, he tomado decisiones sobre cuáles de los detalles de la foto podía y quería reproducir.

En mi opinión, escribir ficción es algo parecido a este proceso.

Al escribir uno decide cuáles son los detalles de la realidad (y no me refiero en este caso a la realidad exterior, sino a la relidad del relato que pretendo narrar) que uno puede eliminar y cuáles son los imprescindibles (cuales la hacen inteligible, singular o interesante).

Por ejemplo, en el dibujo, parece que decidí (digo “parece” porque, evidentemente, esta no fue una decisión consciente) que no era necesario dibujar uñas en la mano del hombre o cuadros en la camisa de ella. ¿Por qué? No lo sé.

Sin embargo, cada vez que se eliminan detalles de la realidad la “obra” resulta más evidentemente “artística”, “artificial”. Se hace más obvia la existencia de un autor que sitúa ciertos elementos bajo la luz y, en cambio, omite otros. Por ejemplo, un dibujo a lápiz, como una foto en blanco y negro, ya es una obvia estilización de la realidad que prescinde de los colores.

La contrapartida es que, al eliminar los detalles que el artista considera superfluos, tiene mayor libertad para dirigir la mirada del espectador hacia lo que considera importante. Si, siguiendo con mi dibujo como ejemplo, yo hubiera incluido los cuadros en la ropa de ella, las sombras del fondo, etc. tal vez el dibujo hubiera quedado mejor (o no) pero… hubiera quedado menos claro lo que, al parecer, me interesaba de la foto: un hombre grande, vestido de oscuro, protegiendo a una mujer más pequeña y frágil, de claro, fomando un único cuerpo, en medio de ninguna parte.

Mil dibujantes ante esa misma foto hubieran hecho mil dibujos diferentes. Algunos, con gran dominio de la técnica, se habrían ceñido a ella tan precisamente que no sabríamos distinguir apenas su obra de la fotografía original. Otros, en cambio, hubieran hecho un dibujo tan abstracto que apenas seríamos capaces de reconocer nada de la imagen que les inspiró. Algunos, cambiándolo todo, atraparían la esencia de la imagen. Otros, pese a conservar innumerables detalles, no lo lograrían. El mismo dibujante tendría un día una visión de la foto. Otro día, otra interpretación completamente diferente.

Pienso que lo importante no es si el resultado es bello o no, ni siquiera si se parece a la imagen original o no. Tampoco es especialmente relevante el tiempo que hayamos invertido en hacerlo. Lo único realmente importante es si ese dibujo es nuestro. Si muestra cómo vemos esa foto. Cómo la vemos, qué nos parece esencial de ella. Hoy. Sólo podemos ver esa foto por nuestros propios ojos. Haremos un regalo a los demás si les mostramos nuestra visión.


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