FLASHBACK: EL PEDO

29 junio, 2011

Por Chico Santamano.

Hace algunos años me encargaron adaptar la biografía de una vieja gloria del cante español para hacer una mini serie de 3 capítulos. Imagínense a un servidor, amante del high-concept y los blockbusters de turno, sumergiéndose en ese mundo de malagueñas, seguidillas, “niñas de la puebla” y actuaciones ante Franco.

Ya saben que yo me dejo convencer rápidamente, pero en esta ocasión, a pesar de las previsibles reticencias iniciales, fue surgiendo un feeling con la historia según iba profundizando más y más en la vida de este artista que vamos a rebautizar como “Pedrito Marchena”.

Partíamos de la típica historia en la que el talento auténtico explota en el seno de una familia pobre no, pobrísima. El padre, uno de esos hombres de la época que creían que los artistas eran todos unos vagos y unos maricones, apechuga ante el empuje de Pedrito y se traslada a Madrid con una mano delante y otra detrás. A partir de ahí; hambre, penurias, encuentros y desencuentros en un vaivén de personajes imprescindibles en la historia de la copla y el arte de este país. Pero cuando está a punto de conseguir el reconocimiento y la fama, el pobre Pedrito ve cómo estalla la Guerra Civil y su vida, como la de todo el país, se para en seco.

Es en ese momento cuando la historia se hace ENORME. ¿Qué hace un artista en mitad de una guerra? Pedrito fue al frente, pero no pegó un solo tiro. Empezó a ganarse unas monedas actuando en las trincheras republicanas. No por elección sino, como le pasó a otros tantos de un bando y de otro, porque la suerte le lanzó a ese lado. Las balas le sobrevolaban literalmente la cabeza, pero él no dejaba de cantar. Posiblemente fueran las actuaciones más duras de su vida, pero también las más rentables porque los soldados, a sabiendas de que posiblemente ninguno de ellos volvería a casa, le daban emocionados todo su dinero.

La guerra se hizo más cruda y reclamaron al joven Pedro a filas. Él, que no sabía ni coger un fusil, habló con sus superiores y llegó a un pacto. Libró a otros artistas de morir en las trincheras a cambio de formar con ellos una compañía con la que animaría a las tropas el tiempo que durara el conflicto. El ingenio de Pedrito salvó la vida de cantantes, guitarristas, músicos y bailarines e hizo más llevadera la dura existencia del resto de soldados.

Un “Schindler” español, sí… Sólo por este capítulo ya merecía la pena contar la historia de este hombre. Así que para indagar más sobre su vida viajé junto al productor y otro compañero guionista hasta Sevilla para que nos contara el propio Marchena en persona algunos detalles de su experiencia vital.

Ya, vale… Intuyo sus caras de “pues vaya cosa”… No fue como ir a visitar a Bob Dylan, pero después de meses de trabajo conocer auna LEYENDA en lo suyo como era este entrañable anciano fue algo tremendamente trascendental. Pasamos un día charlando con él. A pesar de su avanzada edad, tiró de una prodigiosa memoria y nos contó con pelos, detalles, nombres y apellidos todo lo que quisimos y más.

El momento “cumbre” llegó cuando en un momento dado se levantó de su sillón, pasó delante de mí y se tiró un pedo en toda mi cara. El pobre ya tenía una edad y posiblemente ni se enteró. El resto de compañeros tampoco porque fue uno de esos pedos relativamente silenciosos, calientes, sin fuerza pero constantes… de los que dejan rastro. Mi imperturbable rostro intentó no acusarlo en ningún momento. Aunque ya se imaginarán que fue la coña recurrente en el viaje de vuelta a casa.

Finalmente, como tantísimos otros proyectos en la carrera de un guionista, la serie nunca se llegó a hacer. Pero me llevo el haber convivido con la historia de Pedrito Marchena durante meses, el haberle conocido poco tiempo antes de su triste muerte y haber esnifado el gas de una leyenda como fue aquel inolvidable pedo. Pocos guionistas pueden presumir de que un genio se cuescó en su cara.

Pedrito… qué grande eres.

 

 

 


A %d blogueros les gusta esto: