OCHENTA MINUTOS

24 octubre, 2011

Por Daniel Castro

Nos quejamos de los ochenta minutos, de esos malditos ochenta minutos. Nos quejamos de que no respeten nuestras tramas, de ese reparto necesitado de logopedas, incapaz de pronunciar nuestros diálogos, de que los directores rehagan los guiones dejando caer su sentido por el camino. Nos quejamos de que mantengan nuestra firma en un guión que adultera lo que hemos escrito. Nos quejamos de que no salga nuestro nombre en un guión que sí hemos escrito. Nos quejamos de que los productores impongan cástings desquiciados, de que no haya dinero para la escena de la comunión, cuando todo el mundo sabía desde el principio que iba a haber una comunión, de que el director de arte construyera un salón descomunal donde debería haber una habitación normal y así no quedara espacio para el despacho del abogado. Nos quejamos de que la gran escena bajo la lluvia se tenga que hacer en Interior Taberna. Nos quejamos de que la cadena retrase la emisión sin avisar a la audiencia. Nos quejamos de que haya pocos audímetros, y dudamos de que la medición sea representativa. Nos quejamos de que nos hagan matar al personaje más querido, por ahorrarse un sueldo. Y de que no nos permitan matar a esa horrible actriz, porque algún loco le firmó un contrato casivitalicio. Nos quejamos de que traigan a directores del mundo del cine, que llegan a la tele dándose humos. Nos quejamos de que no contraten a directores del mundo del cine, conformándose con realizadores de la casa que no tienen aspiración creativa alguna. Nos quejamos de que el músico se lleve una pasta en derechos sólo por reutilizar una y mil veces el tema que compuso allá por el episodio uno, en 2005. Nos quejamos de que se lleve tanta pasta de la SGAE como nosotros, que hemos pensado toda la trama. Por cierto, también nos quejamos de que la SGAE nos dé menos pasta de la que debería, mucha menos que a los malditos músicos por supuesto. Nos quejamos de que SGAE se gaste el dinero en teatros, libros lujosos, discos de Bunbury y prostitutas para un alto cargo. Nos quejamos de que DAMA sean cuatro gatos con buenas intenciones y decimos que sólo un gato borracho se pasaría  a ella. Nos quejamos de que los yanquis tengan mucho más tiempo para escribir un episodio. De que cada guionista de allá gane diez veces más que nosotros por capítulo. Nos quejamos de los niños obligatorios, de los abuelos obligatorios. Nos quejamos de actores famosos que se llevan el sueldo de la mitad del reparto. Y de los actores de medio pelo que nadie conoce. Nos quejamos de los product placements, de la iluminación más propia de un estadio de fútbol que de un set, nos quejamos de que nos hagan verbalizar todas las tramas, de que no nos dejen introducir giros inesperados. Nos quejamos por que sólo quieran introducir giros inesperados, gratuitos y poco preparados. Nos quejamos de que nos hagan escribir secuencias sensibleras. Nos quejamos de que no nos dejen escribir secuencias emocionales. Nos quejamos de que nos hagan ser autónomos cuando deberíamos estar en nómina, como en Globo. Nos quejamos de que, aprovechando que nos tienen en nómina, nos traten como a funcionarios, pasándonos de serie en serie, haciéndonos crear formatos que nunca salen a la luz. Nos quejamos de que nos encarguen guiones para el lunes, guiones que el viernes nadie ha leído. Nos quejamos de que nuestro coordinador sea un tirano. Nos quejamos de que nuestro coordinador sea un blando. Nos quejamos de que nuestro productor ejecutivo apenas sepa leer. Nos quejamos de que nuestro productor ejecutivo no haga más que escribir, como si fuera aún guionista. Si estamos en diálogos, nos quejamos de esa mierda de escaletas que nos llegan. Si estamos en escaleta, nos quejamos de esos dialoguistas vagos que mandan guiones tan flojos. Y del mapa de tramas, claro. ¿Quién carajo escribió esa mierda de mapa de tramas que ha durado sólo hasta el episodio seis? Nos quejamos de que nos duele la espalda, de que no haya post its y de que esos de administración no entiendan que el nuestro es un trabajo creativo y nos miren mal si llegamos tarde un día. Nos quejamos de que nos hagan ir a la oficina. Nos quejamos de lo solos que estamos cuando no vamos a la oficina y nos toca trabajar en casa. Nos quejamos de que nos distraemos entrando en Internet. Nos quejamos si nos quitan Internet. Nos quejamos de que nos metan demasiada prisa. Nos quejamos de que pasen de nosotros. Nos quejamos de que la cadena no tenga huevos de meter escenas fuertes. Nos quejamos de que la cadena se empeñe en meter escenas fuertes gratuitamente. Nos quejamos de que hayan elegido a unos guapitos sin sangre para los papeles protagonistas. Nos quejamos que hayan elegido a unos feúchos sin gancho para los papeles protagonistas. Nos quejamos de no tener tiempo para nuestros proyectos personales (ese guión de largo que tengo en la cabeza es veinte veces mejor que esta maldita serie de abogados de medio pelo).

Y cuando suena el teléfono, cuando entra el jefe en el despacho y dice que la serie se ha caído, cuando tenemos tiempo para ese largo… nos sentamos ansiosos junto al teléfono, leemos blogs en Internet, mandamos mails de creciente desesperación, suplicando que alguien nos llame de una vez. Porque, en el fondo, nos morimos por estar ahí, escribiendo esos episodios eternos: esos malditos ochenta minutos.


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