LA OPINIÓN DE UN “GUIONISTO”

25 octubre, 2011

Por David Muñoz

Este año vuelvo a ser tutor de varios guionistas en el Curso de Desarrollo de Proyectos Cinematográficos Iberoamericanos. Como siempre, mi labor consiste en trabajar con ellos para conseguir que cuando acabe el curso se marchen con la mejor versión posible de su guión.

Y durante una reunión con varios alumnos en la que también estaba presente otro tutor, el escritor Ray Loriga, ocurrió algo que me ha dado de pensar lo suficiente como para acabar escribiendo una entrada sobre ello.

En el curso, los guionistas siempre trabajan con dos tutores distintos. Tres semanas con uno y tres con el otro. La idea es que tengan la posibilidad de escuchar varias opiniones sobre su trabajo. Aunque yo nunca he pensado de forma muy diferente al tutor que me ha precedido, me parece una buena idea. Como guionista “tutorizado” en un par de ocasiones, sé que puede ser muy frustrante encontrarte con un tutor que ve tu guión de una forma totalmente distinta a la tuya y no tener ni siquiera la oportunidad de recabar otras opiniones.

Pues bien, en la reunión que comentaba antes, uno de los alumnos dijo que le gustaría que, dado que su guión estaba protagonizado por una mujer, su segundo tutor fuera una guionista.

Y yo salté. Es un tema que me toca mucho la fibra sensible y no podía callarme.

Le dije que me parecía absurdo que prefiriera una tutora a un tutor por estar escribiendo una historia de mujeres y que incluso me parecía sexista que lo hiciera. ¿Es que si fuera una guionista escribiendo una historia protagonizada por hombres se negaría entonces a tener una tutora?

Entonces, Loriga dijo algo que me hizo mucha gracia: “¿Es que las películas de superhéroes las escriben superhéroes?”.

El pobre guionista replicó algo así como que bueno, a lo mejor teníamos razón, pero que él seguía pensando que sería interesante tener una tutora en la segunda fase del curso, y ahí quedó la cosa. Tampoco era plan de estar discutiendo sobre el tema tres horas y él tenía derecho a pedir ser asesorado por una guionista.

¿Por qué me parecía sexista exigir una tutora?

Pues porque hacerlo presupone que cualquier mujer (siempre que esta sea guionista, claro) puede decirle algo útil sobre su guión. Que es algo así como creer que más o menos todas las mujeres son iguales y comparten una visión del mundo, una forma de ser, una manera de relacionarse con su entorno. Dado que el guionista no sabía nada sobre su futura tutora (nunca había trabajado con ella) la única razón que le llevaba a pedir que le asesora era su sexo. Y eso es sexismo.

Y yo no creo que todos los hombres y todas las mujeres seamos iguales. O que compartamos tantas cosas como para que nuestro punto de vista sobre un determinado tema sea representativo del de todo nuestro género.

Ni por asomo.

Eso no quiere decir que no haya más posibilidades de que un hombre o una mujer sepan algo más que alguien del sexo opuesto sobre temas muy concretos. Lo más obvio: un parto. Pero de nuevo, no hablarías con una mujer cualquiera, sino con una que hubiera parido y que además hubiera vivido al hacerlo una experiencia similar al de la protagonista de tu historia. Porque hay partos para todos los gustos: largos, cortos, dolorosos, traumáticos, indoloros, etc. El de la madre de mi hija no se pareció a ninguno que nos hubieran contados durante los meses anteriores. Y os aseguro que escuchamos historias de todo tipo.

¿Que también es más probable que los hombres compartamos una sensibilidad parecida sobre algunos temas? ¿Que también les ocurre a las mujeres? No lo dudo. Pero habría que concretar de que temas estamos hablando.

Por supuesto que merece la pena documentarse cuando vas a escribir sobre alguien que no eres tú. Sobre todo si la documentación te obliga a tratar con personas que comparten oficio con tus personajes. Conversar con un médico durante media hora puede darte más material a la hora de escribir una historia que sucede en un hospital que pasarte seis horas navegando por Internet.  Sobre todo porque cara a cara la gente suele animarse a contar cosas mucho más interesantes de las que sería capaz de poner por escrito.

Pero, volviendo a la frase de Loriga, uno no tiene que haber volado para poder escribir un cómic de Superman.

Parte del trabajo del guionista es pasear con la calle con los oídos y los ojos bien abiertos, prestar atención a lo que ocurre a su alrededor, leer mucho (lo malo, lo bueno y lo regular), ver películas,  televisión, comprar los periódicos, etc. para que cuando escriba, todo lo que ponga sobre el papel tenga sabor a realidad. Aunque también puedes ser uno de esos guionistas/directores que crean su propio mundo y en los que la realidad no cuenta demasiado.Y tampoco pasaría nada.

Porque debemos asumir que por mucho que nos documentemos, por más que tratemos de perdernos en nuestros personajes, al final lo que escribimos es siempre una extensión de nosotros mismos. Nosotros somos todos nuestros personajes. Sean hombres, mujeres, niños, ancianos o adultos.

En el suplemento El País Semanal del periódico El País del 2 de enero, se publicó una encuesta en la que cincuenta escritores explicaban por qué escribían. Y Arturo Pérez-Reverte decía algo que me parece que explica muy bien en qué consiste el proceso creativo: “Reescribo los libros que amé a la luz de la vida que viví”.

También me gustó como expresaban U algo muy parecido en su canción “The Fly”:

“Todos los artistas son caníbales, todos los poetas son ladrones

Todos asesinan a su inspiración y cantan sobre el dolor que sienten”

Y de eso se trata.

Metemos en la batidora de nuestra cabeza las historias que nos han hecho disfrutar, las pasamos por el filtro de nuestras experiencias (de nuestro “yo”), y las regurgitamos en forma de nuevas historias.

Lo expliqué en una charla que di esta semana en la ECAM a cuento de la preocupación por no ser lo suficiente autores (o sea, por no tener un sello personal) que sienten muchos guionistas cuando empiezan.  Les dije que, lo quieran o no, todos son autores. Porque cada decisión que tomamos al escribir es una decisión que probablemente no tomaría otro guionista. Incluso cuando trabajamos con hechos reales, al decidir qué dejamos fuera en nuestro guión o que incluimos, nos estamos retratando. No sé quién lo decía, pero es cierto: todas las obras de arte son autorretratos. Lo reconozcamos o no. Pero nuestro trabajo consiste en convencer a quienes ven nuestras películas, o nuestras series de televisión, de que nuestros personajes son individuos “reales”, que tienen una existencia propia capaz incluso de desafiar la voluntad de su creador. Ahí está la magia.  Idealmente, los personajes son piezas de ajedrez que se mueven por el tablero manejadas con hilos invisibles.

Precisamente la semana de la reunión leí una magnífica novela corta de Joyce Carol Oates, “Violación. Una historia de amor”, a través de cuyo protagonista masculino me pareció que Oates describía de forma muy convincente una cierta forma de ser de algunos hombres que pocas veces he visto retratada en la ficción (y no, malpensados, no me refiero a los violadores, sino al policía que va más allá del deber en la investigación del caso). Pero en ningún momento se me pasó por la cabeza que por el hecho de ser mujer ese retrato fuera menos válido. ¡O que Oates hubiera tenido que recurrir a un hombre para escribir su libro!

Si algo describen las historias, y por eso ponemos tanto énfasis al escribir en los personajes, los objetivos, etc., es cómo un individuo particular ve transformada su vida cuando le ocurre algo que no esperaba. No es “un hombre” ni “una mujer”; es Pepe, es Lola, es María, es Carlos, con sus peculiaridades, con sus forma específica de enfrentarse a la realidad; marcada por su sexo, sí, sin duda, pero también por otros muchos factores que debemos tener en cuenta y que a menudo resultan mucho más importantes.

El guión es el reino de lo específico, no de lo genérico.

Por eso solo llamamos “HOMBRE 1” o “MUJER 2” a esos personajes que solo están por ahí haciendo bulto, que podrían ser sustituidos por otros con características distintas sin mayor problema.

Como tutor, reclamo el derecho a tener un nombre y apellidos, unos gustos y una trayectoria profesional. No quiero ser solo TUTOR 1 (porque además ya sabemos cómo suelen acabar estos personajes…).

Y estoy seguro de que la guionista encargada de asesorar al guionista que pidió trabajar con ella tampoco quiere ser TUTORA 1.

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