DESPUES DE LA CHARLA

28 noviembre, 2011

Por Daniel Castro

Hace dos lunes escribía sobre lo difícil que me había resultado preparar mi charla para el Hotel Kafka. Intentaba contar dos cosas a los alumnos: una, que se animaran a escribir historias que tuvieran que ver con sus vidas y, dos, que intentaran rodar, aprovechando que los medios técnicos actuales lo facilitan enormemente.

Pero no encontraba la manera de relacionar las dos ideas. Una tenía que ver con la escritura, la otra, con las menudencias de la autoproducción más precaria.

Como casi siempre, la solución fue sencilla y de sentido común.

Las dos cosas son casi la misma:

Escribir algo realista lo convierte en fácil de rodar. Y, rodar algo con pocos medios lo convierte, casi obligatoriamente, en algo realista.

A no ser que lo que uno quiera reproducir en una película sea aquél apocalíptico viaje que hizo al Amazonas en el que una tribu autóctona intentó devorarle y sólo consiguió huir fabricando un helicóptero con troncos de palmeras, el resto de las cosas que uno vive suelen ser bastante sencillas de reproducir.

En nuestra vida suele haber pocas persecuciones en lanchas y, en cambio bastantes conversaciones en cafeterías. No solemos asesinar cruelmente a demasiada gente. En cambio, sí solemos abrazarla, hacerle el amor o llamarla por teléfono. Cosas mucho más económicas.

Es bastante fácil convencer a tu amigo excéntrico para que haga un papel de… tipo excéntrico. Es bastante probable que el dueño del bar donde llevas años yendo a tomar cañas te deje grabar y también es lógico que los objetos que necesites para una película sobre un tipo de 30 años que vive en Madrid, los tengas en tu casa, que viene a ser… la de un tipo de 30 años que vive en Madrid.

Los problemas empiezan si quieres que tu protagonista viva en un palacete de cristal, conduzca un Ferrari y haga explotar un tren de Alta Velocidad.

Marx sostenía que la infrastructura (base económica) de una sociedad determinaba su superestructura (producción intelectual, cultural, etc). Según el marxismo, “no es posible la independencia de la mente humana, del pensamiento, respecto de las condiciones materiales específicas en las cuales se está inmersa la sociedad” cita extraída de este artículo de la Wikipedia).

Un análisis superficial vendría a identificar el inusitado crecimiento económico de Occidente durante los últimos 30 años con un tipo de cine comercial y evasivo, ideal para que cada avance tecnológico se mostrara en todo su esplendor. Desde las primeras películas de Spielberg hasta “Avatar”, de Cameron, Occidente parece haber vivido tres décadas de frenesí, de un progreso que parecía universal e imparable.

Tal vez la actual crisis económica mundial afecte a los contenidos audiovisuales. Tal vez no.

En cualquier caso, estemos ante una decadencia del cine tal y como lo hemos conocido en los últimos 30 años o no, estemos ante un cambio en el tipo de contenidos de la ficción o no, lo que sí parece evidente es que los medios escasos deberían acompañar a historias modestas y eso, implica, en cierto modo, que éstas sean más realistas.

Nacho Vigalondo acaba de rodar una película de bajo presupuesto titulada “Extraterrestre”. Aún no la he visto pero, según las reseñas que he leído, viene a ser una comedia romántica con marcianos al fondo. ¿Alguien imagina una producción barata que fuera, al contrario, una gran película de invasión extraterrestre con leve subtrama amorosa?

Probablemente sería una gran chapuza. La escasez de dinero se nota sobre todo cuando se pretende recrear algo inexistente en el tiempo actual. No tanto cuando uno pretende grabar cómo es un piso de Malasaña en 2011. El dinero puede ser incluso contraproducente en este último caso. Uno no imagina que una película de Ken Loach pueda ser mucho más realista o mejor si un estudio (algo desquiciado) decidiera financiarla con veinte millones de dólares más.

Cuando el dinero es escaso, el director y guionista deben limitar su grado de intervención en la realidad, deben moderar sus ansias de “reconstruir”. Resultan obviamente eliminados la persecución en moto y el flashback a 1905, cuando el abuelo tomó el carguero que le llevó a Argentina.

Algunos ven en estas limitaciones grandes barreras que limitan su creatividad.

Lo son.

Pero creo que también hay en ellas grandes ventajas.

Una de ellas es la libertad que permite al director – guionista. Quienes aportan dinero a una producción permiten que el personal cobre o que se pueda utilizar cierto efecto digital especialmente caro, pero, a cambio, exigen decidir quién va a ser ese personal: quién va a protagonizar la película, cómo va a ser el final y en qué idioma se va a rodar.

Sin conocer concretamente el caso de la última película de Vigalondo, me permito aventurar que probablemente haya gozado de mucha más libertad para escribirla y rodarla que si se hubiera tratado de una historia más complicada.

Otra ventaja indirecta de la escasez económica es la de acercar lo que hacemos a lo que vivimos. Como explicaba más arriba, cierto grado de realismo deja de ser una opción y pasa a ser una obligación. La pantalla de cine deja así de ser únicamente una puerta de evasión, sino que pasa a ser también un espejo que muestra al espectador algo que se parece a él o una ventana que le permite ver otros aspectos de la realidad en la que vive.

El otro día, en el hotel Kafka, cerré la charla con una cita de Truffaut de 1957 que me parece sorprendentemente apropiada para estos tiempos de autoproducciones: “La película del mañana la intuyo más personal incluso que una novela autobiográfica. Como una confesión o como un diario íntimo. Los jóvenes cineastas se expresarán en primera persona y nos contarán cuanto les ha pasado: podrá ser la historia de su primer amor o del más reciente, su toma de postura política, una crónica de viaje, una enfermedad, un servicio militar, su boda, las pasadas vacaciones, y eso gustará porque será algo verdadero y nuevo… La película del mañana será un acto de amor.

Y ahora, tomando las últimas palabras de esa cita, voy a correr el riesgo de ser cursi.

La clave es el amor.

Escribir es amar. Rodar es amar. Tomar fotos es amar. Mirar es amar.

Nuestro tiempo es escaso y lo sabemos. Por eso lo dedicamos a aquello que creemos que merece la pena.

Por eso escribimos sobre aquello que nos gusta o, al menos, nos interesa. Superhéroes (porque esos fueron los cómics que amamos), amor, zombies o conflictos familiares.

Asumo que la gran mayoría de las personas que se dedican a escribir o a dirigir han tenido una vida tan llena de amor por el cine, la televisión y otras obras de ficción que es imprescindible que este sentimiento se vea reflejado en su obra. Es sano y lógico que quieran mostrar en sus películas su pasión por los relatos de aventuras, de zombies o por el cine de espías de los últimos 70.

Sin embargo, y sabiendo que es un consejo que resulta desagradable a muchos jóvenes cinéfilos (era algo que no quería oír yo mismo hace diez años), les invitaría a que miraran menos al cine, menos a la tele, y más a la vida. Aunque a veces no lo parezca, hay cosas más fascinantes que un sorprendente punto de giro, un medido movimiento de cámara o un plano cuidadosamente compuesto.

La realidad no es sólo un lugar del que huir. Es el lugar en el que estamos instalados, lo queramos o no. Y estaremos aquí siempre. De la realidad podemos extraer historias apasionantes que, además, podemos contar de manera muy económica.

Pienso que un buen guionista no sólo debe amar el cine. También debe amar el mundo que le rodea. O al menos,  intentarlo.

Nota de despedida

Tras este post me voy a tomar un descanso. Actualmente trabajo como guionista en “Gran Hotel” y acabo el montaje de “Ilusión” (mi pequeño largo autoproducido) en los ratos libres. Eso me deja poco tiempo para escribir posts que merezcan la pena.

Durante unos meses escribiré menos por aquí, aunque intentaré no desaparecer completamente. Espero volver pronto con mayor regularidad.

Hasta entonces, os mando a todos un saludo.


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