POCZILLA Vs. APATOW

7 febrero, 2012

Por David Muñoz

Salgo de mi casa con mi hija de año y medio (que va en su carrito, claro). Llegamos a la parada del metro, llamo al ascensor y… resulta que alguien ha vomitado dentro. El olor es insoportable. Decido bajar andando los tres tramos de escaleras que llevan hasta los torniquetes. A medio camino, siento un fuerte tirón en el hombro. De momento no me duele mucho, así que sigo andando.

Dos días después, estoy que no me puedo ni mover.

Cada palabra que tecleo en este documento va a acompañada de un gemido de dolor. Eso me pasa por dármelas de machote a mi edad. Y hoy tengo que escribir la entrada de esta semana de Bloguionistas. Además, la que tengo pensada es bastante larga. Me llevaría varias horas escribirla. Imposible. No puede ser. Abro el archivo de Word que guardo en mi escritorio con el nombre “Bloguionistas”, en el que voy apuntado todas las ideas que se me van ocurriendo para posibles entradas. Afortunadamente, hay una cortita que puede ser interesante.

Pero antes de poder leerla, tenéis que ver este episodio de Pocoyo:

Por si os ha dado pereza y no lo habéis visto, os lo cuento:

Pocoyo y su amigo Pato están leyendo tebeos de “monstruos gigantes y terroríficos”.

Animados por el narrador, Pocoyo y Pato hacen “ruidos aterradores de monstruos”.

Entonces, ven un coche de juguete que avanza por una carretera que se pierde en el horizonte.

Pocoyo decide seguirlo, dejando a Pato atrás, que prefiere quedarse para seguir jugando a los monstruos.

El coche lleva a Pocoyo hasta una pequeña ciudad de juguete. A su lado, Pocoyo parece un gigante.

Pocoyo regresa a por Pato y le lleva a ver la ciudad.

Una vez allí, los dos amigos deciden jugar “a los monstruos” y destrozar la ciudad. Igual que los monstruos de sus tebeos.

Y se lo pasan de miedo peleando y derribando edificios.

Pero no se han dado cuenta de algo importante: en la ciudad viven unas criaturas diminutas, unas bolitas de colores, que huyen aterradas de los “monstruos”.

El narrador trata de hacer que Pocoyo y Pato se den cuenta de lo que está pasando, pero ellos dos se lo están pasando demasiado bien como para escucharle.

Por fin, Pocoyo y Pato dejan de jugar, y, aleccionados por el narrador, deciden “redimirse” reconstruyendo la ciudad de las bolitas. Y todos quedan tan amigos. Aquí no ha pasado nada.

Y el otro día, tras ponerles este episodio de Pocoyo a mis alumnos del taller de escritura de cortos del NIC (como parte de una explicación de la que hablaré en otro momento), me di cuenta de que su estructura es la misma de la mayor parte de las comedias que se están estrenando últimamente (las comedias digamos “post Apatow”).

En muchas de ellas, los personajes, que en el fondo son unos buenazos, se ven metidos en una situación delirante que les lleva a hacer todo tipo de salvajadas. A comportarse como cafres. Pero siempre, al final, las aguas vuelven a su cauce, y, tras el inevitable tercer acto sin comedia y el momento “vamos a explicar la lección de la película” -que casi siempre implica dar por buenos modelos de comportamiento de una moral extremadamente simplona y conservadora (la redención casi siempre implica pasar por el altar)-, los personajes vuelven al punto de partida y, como les pasa a Pocoyo y Pato… aquí no ha pasado nada. Son comedias escatológicas, zafias, que hay quien califica de gamberras. Pero su gamberrismo es un gamberrismo infantil, una pataleta sin consecuencias. Televisión disfrazada de cine.

Pensad en “Resacón en las Vegas”, pensad en “La boda de mi mejor amiga” (para mí, soporífera, pero según otro bloguionista, la mejor película del año pasado) pensad en “Poczilla”, y decidme después si estoy equivocado.

Se me ocurren pocos Ej. de comedias de éxito reciente que no sigan ese patrón. Entre las que yo he visto, solamente “Supersalidos” y “Mal ejemplo”.  Y por los pelos (aunque las dos me parecen estupendas).

Como ya habréis adivinado, me gustan muy poco las comedias moralistas de Apatow y compañía. Primero, porque me aburren. Con lo que duran tienen muy pocos momentos de verdadera comedia. Para ver dos escenas divertidas, como la de la diarrea o el momento en el que las protagonistas provocan al policía cometiendo todo tipo de infracciones de “La boda de mi mejor amiga”, tuve que pasarme 130 minutos sentado delante del televisor (encima cometí el error de ver la versión extendida). Si lo que quiero es reírme, me sale más a cuenta ver “The Big Bang Theory” o “Modern Family”. Duran solo 20 minutos y te ríes muchas más veces. Y si lo que quiero es que me cuenten una buena historia, no me gusta que me traten como a un niño de dos años al que después de dejarle disfrutar con el juego de los monstruos de Pocoyo y Pato, hay que recordarle que eso está muy mal, a ver si se va a confundir y luego va a salir a la calle a darle patadas a las papeleras.

Puede que de todas las historias quepa extraer una enseñanza, pero no me siento cómodo cuando esa lectura se verbaliza de forma tan obvia y en un tono tan condescendiente. Me hace sentir como un escolar. Y yo fui un niño que odió el colegio.

Claro que luego mira Woody Allen y su “Midnight in Paris”, con la que andan loquitos los críticos estadounidenses (incluso gente tan cabal como Rogert Ebert), y esa escena en la que Owen Wilson explica la moraleja de la película, así, en voz alta y bien clarito, por si acaso alguien no se ha enterado aún. “Repetid conmigo: todo el mundo cree que el pasado siempre fue mejor, todo el mundo cree que el pasado siempre fue mejor, todo…”.

El cine como un manual de autoayuda, o como un libro de filosofía subrayado (se han editado, lo juro),

Y esta es la moraleja de esta entrada: en vuestro próximo guión, escribid una escena así al final del tercer acto. Explicad la película. Que ningún espectador salga del cine sin pensar que además de divertirse ha aprendido algo. ¿Para qué tratar a tu público como adultos cuando prefieren ser educados como niños? Pensad en las críticas, en los premios. Y a la mierda con la sutileza. La ambigüedad es para cobardes.

A lo tonto, me he escrito un par de folios y el hombro me duele bastante menos.

No, si al final escribir va a ser bueno para las contracturas y todo.

Si esto fuera una “buena” película y yo el protagonista, le diría al coprotagonista (o mejor, a la chica, como Owen): “El esfuerzo siempre recompensa. Me daba miedo ponerme a escribir por culpa del dolor de mi hombro y ahora ni siquiera me duele. Repite conmigo: el esfuerzo recompensa, el esfuerzo…”.


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