REPITA, SIEMPRE TOCA

9 febrero, 2012

por Carlos López

Todos los guionistas tenemos, al menos, una cosa en común: estamos en esto por vocación. Los he conocido con más o menos amor propio, vagos o disciplinados, a favor o en contra de la escaleta, con Mac o con PC, pero todos somos guionistas porque nos gusta el cine y la televisión, porque nos gusta escribir ficción y probablemente es lo que mejor (o lo único que) sabemos hacer. Somos guionistas porque queremos. Mejor dicho, porque queríamos y nos ha costado no poco esfuerzo y suerte convertir nuestra afición en profesión. Este asunto de la vocación, que suena tan hermoso, es la fuente de todos nuestros problemas, porque históricamente somos un gremio que ha permitido que le exploten con tal de que los guiones salieran de su cajón. Dicho de otro modo: como saben que trabajamos en lo que nos gusta, nos aprietan las tuercas hasta que nos dejamos, que es mucho.

Alto. Hoy no toca soflama sindical. Pretendía ir en otra dirección, a partir de una premisa que es una de esas pescadillas que se muerden la cola: trabajar en lo que te gusta obliga a que te guste tu trabajo.

Me explico. Hace años, un productor –eso ponía en su tarjeta– me pidió que le entregara un guión para presentarlo a una televisión, asegurándome que lo vendería sin problemas porque ya lo tenía todo hablado. Le daba igual si era comedia o drama, actual o de época, caro o barato. Insistía: tú dámelo, que yo ya lo tengo todo hablado. Como yo le respondí que no tenía una cartera llena de guiones listos para repartir, me invitó a que escribiera uno. Eso sí, tenía que ser antes de una semana, porque el plazo —siempre hay un plazo— vencía en una semana. Lo siento, repliqué con cierto alivio, yo necesito más de una semana. Y el productor, que no se hacía a la idea de que por mi culpa fuera a perder el negocio, usó su último cartucho para convencerme: Venga, hombre, si a te gusta escribir… qué más te da… escríbete uno, aunque sea uno malo.

No sé escribir un guión malo. Otra cosa es que me salgan mal, alguno incluso para echarse a llorar, pero yo intento hacerlo bien. No concibo otro método: necesito que me guste lo que escribo. Por eso me peleo continuamente conmigo mismo, no me conformo con lo primero que se me ocurre, quiero encontrar la solución más sencilla, la más expresiva. La que me guste. A veces me torturo demasiado, puedo llegar a insultarme si la jornada se tuerce, pero hay días en que creo que he visto la luz. Son los días en los que se me ocurren ideas que merecen calificativos sagrados: perfecta, maravillosa, genial. Creo sinceramente que, para reunir la fuerza de voluntad que se necesita para terminar un guión, en algún momento de su escritura debemos tener la sensación de que estamos alumbrando algo que va a cambiar la historia del cine, o marcará un hito en el lenguaje televisivo, o se llevará todos los premios del año. O las tres cosas. Es una pretensión fugaz, una traca que sirve para acabar la página, porque esa sensación se diluye por completo en lo que la idea tarda en llegar de la cabeza al teclado: cuando la vemos escrita, lo genial se ha quedado en simple, tal vez ridículo. Hay que arroparlo, cambiarlo de sitio, darle la vuelta. Hasta que acaba por encajar. Es nuestro. Nos gusta.

Ese balanceo constante de amor y rechazo es nuestro campo de batalla diario. Cuanto más implicados estemos en el proyecto, mayor es el sufrimiento y mayor el sentimiento de recompensa, claro. Pero incluso en los encargos más bastardos, me parece imposible poner la palabra FIN sin haberme inyectado una buena dosis de entusiasmo. Como además la escritura del guión –de las primeras versiones, al menos– coincide con el momento feliz del proyecto, cuando todo son esperanzas, promesas y buenos augurios, cuando se respira ilusión, parece que nuestro trabajo consiste en volcar esa ilusión en unos folios que la impresora reparte como si fueran regalos para el equipo. En ese momento, esa corriente de entusiasmo es precisamente la que hace posible que el proyecto se ponga en marcha, ya sea un corto, un largo o una serie. A partir de aquí, cada proyecto sigue su camino. Los hay que no abandonan el viento a favor y llegan a puerto como campeones. Son pocos, la verdad. La mayoría llegan a trompicones, con la tripulación maltrecha. Otros naufragan por el camino. Y algunos, más de los que uno imagina, no acaban de cuajar y van dando bandazos, se dejan llevar por la inercia, cambian de rumbo hasta olvidar adónde iban.

Barton Fink no encuentra el entusiasmo.

Muchas veces, en esos proyectos que han perdido el norte, se le pide al guionista que siga trabajando. Él, que fue el primero en entusiasmarse, tiene que escribir sin ganas, sin perspectiva, sin saber muy bien cómo ni para qué. En mitad del bajonazo. En proyectos que siguen a la deriva, han encallado en alguna playa desconocida o se ruedan como un buque fantasma, sin nadie al timón. Si uno coincide con colegas en alguna parte, en una reunión o en el súper, en la conversación surge con frecuencia el zombie en el que se ha convertido aquella película o serie de la que nosotros mismos, hace sólo unos meses, hablábamos maravillas.

La serie que no tiene padres

La cosa sucedió más o menos así. Te llama el director, quiere trabajar contigo. Entras a formar parte del equipo de guión, hay buen feeling desde el principio. La productora está encantada, la cadena tira cohetes. Rematamos las tramas de la primera temporada y todo el mundo las encuentra estupendas. El reparto comienza a cerrarse según lo previsto: nada de caras conocidas, talentos nuevos que se suman apasionados al proyecto.

Meses después, sin embargo, el panorama ha cambiado radicalmente. Te convocan a una reunión urgente para reescribir un capítulo ya rodado y montado. La reunión es en plató. Llegas y aquello parece la morgue. De camino a la sala de la reunión te cruzas con un sinfín de caras largas. Da igual a quien preguntes, todos se encogen de hombros y dicen que no entienden. Cada cual le echa la culpa a otro. El director dice que el productor no le defiende; el productor, que el director no hace caso a la cadena; la cadena, que a la serie le falta gancho, que lo de los actores desconocidos no le ayuda; los actores, llorando por la esquinas porque les piden lo contrario que hace un mes; en producción, haciendo números que nunca cuadran porque nadie contó con rodar tres veces el piloto… Y los guionistas, finalmente, que no reconocen los capítulos porque han pasado por siete manos y cuatro informes de dos diferentes analistas de la cadena. Así que todo el mundo trabaja porque tiene un contrato. No hay más razones. Nadie siente la serie como suya en lo más mínimo. Los montadores pegan el material como pueden, cabeceando a cada poco: esto tiene mala pinta.

Series y películas sin padres hay muchos. No son lo que parecía que iban a ser, a fuerza de jugar con la pelota la han pinchado. El problema es que las semanas van pasando y tú tienes que seguir entregando capítulos. Y cuesta mucho encontrar la motivación para escribir cuando el ambiente está así de enquistado. A ti te pidieron una merluza a la plancha, se la diste, y ahora van y te piden que se la hagas a la romana; y cuando se la das, te la devuelven otra vez diciéndote que mejor al horno. ¡La misma merluza! Imaginaos cómo llega a la mesa.

En otra serie que ahora recuerdo, el arreglo que se nos pedía era un imposible. La serie lucía en su portada un concepto en letras del cuerpo treinta y ocho: COMEDIA ROMÁNTICA. Bueno, cuando llegó la estrella —gracias a la cual se había firmado el contrato con la cadena­—, dejó claro que su personaje no iba a besar a nadie y que lo de hacer reír le parecía barato. Así fue: ni un beso, ni un chiste. Comedia romántica.

Lo más fuerte es que esto no quiere decir que la serie vaya a ser un fracaso. En el primer caso, no fue así. Pero al espectador suele llegarle el aroma a fritura quemada. Y ni se molesta en mirar.

La película menguante

Otro caso frecuente: entras en un proyecto de largometraje para el que, te dicen, no hay cortapisas. Te piden expresamente que no te cortes, la financiación está casi cerrada, una televisión a punto de firmar, la actriz cuyo nombre abre todas las puertas está encantada con la idea. Pese a todo, evitas incluir en el guión persecuciones imposibles, canciones carísimas ni más efectos de los imprescindibles. El calendario del largometraje se estira como un chicle: te hablaron de rodar a primeros de año y, después de muchas reuniones e informes, llega septiembre y todo parece empantanado.

Mientras se esperan buenas noticias como quien consulta el parte meteorológico, no se les ocurre nada mejor que pedir nuevas versiones del guión. Básicamente,  someterlo a una dieta salvaje. Dos personajes menos. Quince páginas menos. Doce secuencias menos. Menos exteriores naturales. Voz en off. Es otra película, dices tú. Y ellos te replican, se lo has puesto a huevo: más de personajes, más de verdad. Tú te sientas al ordenador y te sientes como Barton Fink cuando trataba de apañar aquella absurda historia de boxeadores. Entonces ves que en tu corchera sigue pinchado el esquema de la primera versión, junto al cuadro de los personajes. Y te suena todo tan extraño que si no lloras es porque tienes miedo de que te dé calambre el teclado.

Aún así, eres obediente. El guión se queda en los huesos y eso es lo que, con un poco de suerte, terminan por rodar. El dinero no da casi para banda sonora y, por supuesto, el cartel lo hace un amigo y para la publicidad se admiten ideas.

El hermano irreconocible

Una variante del ejemplo anterior. Tiene una ventaja: cuando llega el momento del bajón, ya no tienes que escribir. Un inconveniente: el bajón te pilla tan de sorpresa, que casi necesitas medicación.

Ya sabemos el primer tramo de la historia. Entras a trabajar, palmadas en el hombro, sonrisas de oreja a oreja, palabras de aliento infinito. Entregas tu guión, luego rematas un par de versiones más con los cambios sugeridos y punto final. No vuelves a saber nada de la película (o serie) hasta el momento del estreno. Unos días antes tienen la delicadeza de invitarte a un pase. En buena hora: cuando ves el resultado, no entiendes nada.

Te despediste del proyecto hace menos de un año. Entonces vivía contigo, no os separábais desde que nació, era prácticamente tu hermano. Y ahora, no lo reconoces: lleva barba, o se ha cambiado el sexo, o se pincha, o viste falda escocesa, no sé… El caso es que tiene algo que te resulta familiar, que recuerda vagamente a ti, y muchas otras cosas que no sabes de dónde las ha sacado. Esa es la película que lleva tu firma. Y de la que luego oirás decir por ahí: ya la he visto, sí, no me gustó el guión.

Bajonazo.

El estreno fugaz

Todos los anteriores ejemplos pueden tener, además, un agravante. Meses de escritura, meses de rodaje, meses de montaje… y una semana de exhibición. En los cines, te juegas todo a una carta: lo que suceda el primer fin de semana. Dependes de si en la sala de al lado está Tom Cruise, de si llueve o hace sol, de si hay partido del siglo en televisión. Nada sirve como pretexto: el lunes se dicta sentencia. Una semana después te llaman tus amigos para decirte que les gustaría ver tu película pero que no tienen coche (ni ganas) para coger la M-40 y meterse a verla a las cuatro, la única sesión que le han dejado.

No es el electro del guionista. Es el señor Share.

En televisión sucede algo parecido. Se madruga para recibir los datos de audiencia, se estudian las curvas minuto a minuto. A ti se te ocurre criticar que el capítulo haya empezado tres cuartos de hora más tarde de lo anunciado y te responden que gracias a eso tienes tres puntos más. Ah, vaya. Y añaden que han cotejado las bajadas de rating y coinciden con las escenas de un personaje en concreto. Reunión urgente para decretar la muerte del personaje. En mitad de la reunión llega una llamada de la cadena: cambian el día de emisión. ¿No va a ser peor? La respuesta es irrebatible: peor no podemos estar. Y sin embargo, a la semana siguiente todo es mucho peor. Tanto, que la cadena corta la grabación. De golpe.

En mitad del bajón, a ti te toca escribir el gran zurcido. Tienes un bonito mapa de tramas que ocupa una pared. Trece capítulos. Tienes que rematar todas las historias en el capítulo seis. Y que parezca coherente. Difícil de escribir con entusiasmo.

La parálisis permanente

Hay proyectos que encallan en la primera piedra que encuentran. Y ahí se quedan varados hasta nueva orden. De vez en cuando te llegan noticias que no son tales, amagos de volver a arrancar, espasmos involuntarios del cadáver. Los suelen tomar como pretexto para que escribas una nueva versión. Si te pagan por ello, es posible que te convenzan para dar esa vuelta al guión que va a ser la definitiva. Y vas y lo haces, porque si algo no soportas es que digan que se ha parado por tu culpa. Entregas la versión y pasan meses sin saber nada.

La parálisis llega, a veces, por decreto. Como las noticias de la semana pasada, lo habéis podido leer en este mismo blog estos días, cuando la cadena nodriza decidió echar el freno de mano y allá te las compongas si te ha pillado cuesta abajo. Quizá por eso escribo sobre bajonazos. Quizá por eso tenga esta mente dispersa. Uno nunca aprende. ¿Le habías puesto demasiado entusiasmo al proyecto? Sí, otra vez. ¿No puedes escribir sin implicarte? Me temo que no.

Si uno supiera de antemano qué proyectos van a llegar a la otra orilla sin contratiempos, todo sería mucho más fácil. Pero cuando te los ofrecen, es difícil de adivinar. El que parece un marrón suele serlo, pero los demás puede que escondan dentro la película del año o el fiasco de la década. Quién sabe. Por mucho que las mires, te puede pasar que la primera pipa de girasol que te llevas a la boca sea, precisamente, la única rancia de la bolsa.

Hablando de pipas de girasol (y perdón por la cita viejuna). Cuando yo era un niño, una marca de frutos secos ofrecía premios seguros en cada bolsa. Para saber si habías tenido suerte tenías que comerte todas las pipas, porque el papelito aparecía al final. Lo desdoblabas y leías una y otra vez el mismo mensaje: “Repita. Siempre toca.” No recuerdo en qué consistían los premios porque nunca me tocó ninguno. Daba igual. Al día siguiente, compraba otra bolsa.


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