LA PRIMERA VEZ QUE ASISTÍ AL RODAJE DE UN GUIÓN MÍO

14 junio, 2012

por Sergio Barrejón

Fue hace muchos, muchos años, en la primera serie para la que escribí. Omitiré su nombre, porque total, no la vio ni el Tato…

Me habían contratado a través de una prueba anónima, sin tener recomendación, ni más experiencia que un par de cortos en vídeo. Todo lo contrario a lo que el mito del enchufismo dice: “si no tienes padrino, no te casas”.

El planteamiento de la serie era de comedia con tintes fantásticos. A lo Ally McBeal, para entendernos: entorno naturalista, pero con tramas insólitas y pequeños momentos imposibles, destellos de género fantástico.

Bueno, ése era el planteamiento que nos hicimos los guionistas. En Producción tenían otra idea. O mejor dicho: no tenían ni idea de lo que querían. Para realizar una serie tan delicada contrataron a lo que el coordinador de guión definía como La Acorazada Brunete: un grupo de realizadores todo-terreno, que lo mismo te hacían un reality, como un talk-show… y que jamás habían hecho ficción. Y un equipo de Producción cuya única experiencia en ficción eran telenovelas de presupuesto ínfimo.

El resultado… bueno, antes he dicho que no la vio ni el Tato. Ahora añadiré: GRACIAS A DIOS.

Pero cuando yo entregué mis guiones aún no había pasado nada de eso. Apenas arrancaba la preproducción, todos estábamos contentísimos con lo que habíamos escrito, y nos habían pagado (una mierda de dinero, pero como era mi primer curro, yo no lo sabía).

Terminado el trabajo, yo emprendí otras tareas y me olvidé del asunto. Hasta que dos meses después, la casualidad quiso que rodasen uno de mis capítulos en la ciudad donde yo estaba pasando una semana de vacaciones. Decidí pasarme a visitar el rodaje con mi pareja.

Estaban filmado una escena en la que un chico y una chica, compañeros de clase en la Universidad, se quedan hasta tarde estudiando en casa de ella. Ambos sienten atracción por el otro… e ignoran que son correspondidos. Se hace tarde, falta poco para que salga el último autobús, y ella le pregunta si no deberían… preparar un café. Él, sorprendido gratamente (pensaba que ella iba a sugerir que ya era hora de marcharse), acepta. Pero perderá el autobús, tendrá que quedarse a dormir. Ella le prestará un pijama encantada. ¿Un pijama de chica?

En fin, se entiende por dónde va la conversación, ¿no? Ese delicado momento en que descubres que tú también le gustas a la otra persona. En que sabes que tienes que medir bien tus palabras, para que se vea que estás interesado, pero no desesperado.

Bien, pues ELLOS no habían entendido nada. Ni el actor, ni la actriz, ni el director, ni nadie absolutamente en aquel maldito rodaje. La chica le preguntaba si quiere café como si le estuviera pidiendo perdón por haber nacido. Él reaccionaba como si le hubieran ofrecido cicuta. La conversación sobre el pijama prestado tenía la misma tensión sexual que si estuvieran comprando el maldito pijama en El Corte Inglés.

Diez segundos después de que el director dijera “acción”, mi pareja me miraba con cara de “¿ESTO es lo que te tiraste tantos días escribiendo como si fuera el maldito Ulises de Joyce?”

Al terminar la escena, el director me sonreía con cara de “¿Qué? Mola todo, ¿eh?”. Yo le sonreí, y titubeé. No quería mentir, pero no podía decir la verdad sin proferir media docena de insultos y blasfemias, así que dije una verdad a medias: “Me has dejado impresionado, tío.” Le expliqué que era la primera vez que veía rodado un texto mío… y me abstuve de añadir que iba a ser la última.

(Texto publicado originalmente en el blog de la serie La Primera Vegada. Muy recomendable, por cierto.)


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