FINALES

24 julio, 2012

Por David Muñoz

La semana pasada dije aquí que suelo disfrutar, aunque sea solo un poquito, con casi cualquier película de superhéroes. Bueno, eso era porque todavía no había visto “The Dark Knight Rises”. Fui a verla el viernes pasado creyendo que me ayudaría a rematar una entrada de Bloguionistas sobre trilogías que ya tenía más o menos pensada, pero me pareció un horror tan grande que no tengo ganas de volver a pensar en ella. Así que ya hablaré de trilogías otro día.

De modo que hoy voy a hablar de finales, usando como ejemplo “Esto es la guerra”, una película que sin ser nada del otro jueves, al menos consigue entretenerte durante hora y media.

Escrita por Timothy Dowling, Simon Kinberg y Marcus Gautesen y dirigida por un  comedido McG, (al que la mayoría conoceréis por sus películas de Los Ángeles de Charlie), “Esto es la guerra” cuenta la historia de dos agentes de la CIA, Tuck (Tom Hardy) y FDR Foster (Chris Pine), que además de trabajar juntos, son buenos amigos. Pero las cosas empiezan a torcerse cuando ambos se enamoran de la misma mujer, Trish (Reese Witherspoon), y deciden competir entre ellos para ver quién consigue convertirse en su pareja. Esa es la “guerra” a la que se refiere el título. La gracia es que ambos usan todos los recursos de la CIA a su disposición para ganar la guerra. Y que por supuesto ella no tiene ni idea de a qué se dedican realmente. Trish cree que Tuck es viajante de comercio y FDR capitán de barco.

Una de guapos

No lo recuerdo muy bien, pero creo que el tráiler me dio la impresión de que “Esto es la guerra” era una película de acción con toques cómicos, cuando en realidad sucede lo contrario: es una comedia sentimental en el fondo muy clásica, con varias escenas de acción de las cuáles ninguna es especialmente memorable. Lo que mejor funciona es la química entre los tres personajes que componen el triángulo amoroso. Y eso que, si bien Reese Whitherspoon tiene una edad similar a Hardy y Pine, parece mucho mayor que ellos y resulta algo difícil creerse que semejantes maromos se enamoren perdidamente de una chica tan poquita cosa, a la que además cuando surge el flechazo aún no ha tenido oportunidad de conocer muy bien. Pero bueno, son problemas menores.

Lo que ha hecho que me planteara hablar de ella es su final.

Y sí, aviso, se acercan SPOILERS (aunque si seguís leyendo, veréis que en realidad esta es una película cuyo final no importa mucho; de hecho ese es el problema).

El dilema de Trish es el siguiente: ¿elige a Tuck o a FDR? Tuck es más cariñoso que FDR, está separado y tiene un hijo, y prefiere las camisas de cuadros a las chaquetas. Podríamos decir que es el sensible de la pareja. Por su parte, FDR es un caradura, un vividor y un ligón, y tiene ese desparpajo y esa soltura de los que se saben atractivos y no pierden ocasión de explotarlo en su propio beneficio. Es un tipo superficial.

Por compararlos con otros agentes secretos, Tuck es Jason Bourne y FDR James Bond.

Cuando quedan más o menos 20 minutos para terminar, Trish está hecha un lío, no sabe con quién quedarse, los dos le gustan por igual, aunque por diferentes razones.

Entonces, en mitad de la escena de acción que cierra la película, Trish está a punto de morir. Para salvarse, tiene que elegir entre lanzarse a los brazos de Tuck o los de  FDR. Y…

…se lanza a los de FDR.

¿Por qué?

Pues aún no lo sé. Porque ya os he dicho que Trish tiene las mismas razones para elegir a uno que a otro.

Es una decisión totalmente arbitraria. Por tanto, es un mal final. “Malo” porque no resulta satisfactorio, porque no responde a nada que se ha planteado previamente en la película. Y ya sabéis que los buenos finales son los que te sorprenden mientras los estás viendo pero luego te parecen lógicos, inevitables. No es fácil conseguirlo, pero bueno, si fuera fácil, los guionistas no haríamos ninguna falta.

Lo primero que pensé al ver el final de “Esto es la guerra” es que parecía el resultado de las votaciones del público asistente a los pases de prueba de antes del estreno. Por lo que sea, les gustó más Chris Pine.

También pensé que probablemente habrían rodado otros finales.

Y al ver los extras del Blu-Ray, descubrí que sí que había sido así.

Grabaron otros dos finales: uno en el que Trish elige a Tuck, y otro muy divertido en el que… ¡los que acaban abrazados son Tuck y FDR mientras que Trish muere! Éste último lo grabaron como una broma, porque, como explica McG en la pista de comentario, jamás habrían tenido el valor de utilizarlo.

Pero lo que me importa de cara a esta entrada es que incluso una película tan insustancial como esta, que no pretende más que entretener, acaba transmitiendo un mensaje, teniendo una moraleja.

Una película con vocación tan comercial no puede acabar con uno de los coprotagonistas amargados porque la chica ha pasado de él. Por eso, tras elegir a FDR, Tuck encuentra consuelo en los brazos de su ex mujer, y tiene la oportunidad de recuperar a la familia que perdió.

Viendo ese final (y la manera tan edulcorada en la que está rodado) es inevitable concluir que para los guionistas de la película, el mejor final para Tuck solo podía ser ese. Una final de una moralidad muy convencional. Usando metáforas norteamericanas, porque para eso estamos hablando de Hollywood, podríamos decir que es el final que aplaudiría el Partido Republicano. La obligación de Tuck es ocuparse de su familia y no tiene derecho a rehacer su vida con otra mujer.

Sin embargo, no es lo que querían contar los guionistas (o sí, quién sabe), porque como he dicho antes, en otro de los finales, Trish elige a Tuck, y en las escenas que vienen a continuación, el agente bandarra sigue con su vida, solo que, en vez de acostarse con solo una azafata como vimos al principio de la película, ahora se acuesta con dos. Esa es su recompensa por haber perdido a Trish. Es el final para… no sé si el partido Demócrata, pero sí al menos el del Hollywood de las pesadillas de Newt Gingrich.

Por tanto, está claro que no hay intención ninguna por parte de los cineastas de moralizar en un sentido u otro. Por eso se cubrieron las espaldas en rodaje y filmaron todos los finales posibles.

Pero lo quiera uno o no, las historias son vehículos de transmisión, no sé si todas las veces de ideología, pero sí que de una visión del mundo. Lo tenemos grabado en el cerebro desde chicos, desde que nuestros padres empezaron a contarnos las primeras historias, y descubrimos que al final venía la moraleja, la lección que pretendía comunicar el relato. Hay quien dice que todas las historias son solo versiones más o menos sofisticadas, más o menos obvias, de las fábulas de toda la vida. Y probablemente no le falte razón. “La cigarra y la hormiga” corre por nuestras venas. Eso por no hablar de las parábolas.

Y creo que conviene asumirlo.

Porque todas las decisiones que tomas al escribir el primer acto obedecen a razones que tienen que ver con lo que quieres contar con el tercero. Resulta muy difícil escribir sin rumbo, sin tener por lo menos una idea de cómo es el final (donde reside la esencia de lo que quieres contar).

Por supuesto, puedes decidir escribir un entretenimiento insustancial como “Esto es la guerra”. ¿Y por qué no? También hacen falta. A mí por Ej. la película me dio justo lo que necesitaba en el momento en el que la vi. Pero aún así, lo quieras o no, tu historia hablará de algo, transmitirá un mensaje, y encima, si no controlas a dónde vas, correrás el peligro de que sea un mensaje que no tiene nada que ver contigo, que en absoluto refleea tu forma de ver las cosas.

Es prácticamente imposible crear un mecanismo dramático vacío de contenido (aunque McG lo haya intentado varias veces). Porque así es como estamos hechos. No observamos el mundo de forma neutra, lo valoramos, lo juzgamos, nos posicionamos respecto a él. Todas las miradas son turbias. Desde que nacemos estamos entrenando para buscar significado, para encontrar conexiones incluso dónde no las hay. Por eso existen las historias.

Además, los últimos minutos de una película pueden cambiar totalmente nuestra opinión respecto a ella. Y no, no me refiero solo a los finales con giro sorprendente al estilo Shyamalan. Pasa con todos. Como me dijo mi amigo y profesor Lewis Cole respecto al tremendo final de “La lengua de las mariposas”, “hace que te olvides de que la película parece construida a base de trozos que no encajan demasiado bien entre sí; la fuerza del plano en el que el niño tira la piedra hace que no seas capaz de pensar en otra cosa al salir del cine”.

Una escena que vale una película

Pensando en esto de los finales intercambiables, creo que es una de las razones por las que a veces el cine espectáculo es tan insatisfactorio dramáticamente. Como pasa en “Esto es la guerra”, en su afán de gustar a todo el mundo, los finales no resuelven el asunto que se dirime en la trama de la película (que en este caso sería algo tan clásico, especialmente en la comedia, cómo elegir entre dos modelos posibles de masculinidad a la hora de decidir tener una relación).

Así, uno sale del cine y a los diez minutos olvida lo que ha visto.

Si las películas fueran canciones, como espectadores preferimos los finales con redoble de tambor a esos en los que el volumen baja lentamente.

Y al final, no quería, pero voy a hablar de “The Dark Knight Rises”. Porque una cosa que no se le puede reprochar a Christopher Nolan  es que no supiera lo que quería contar o que no se haya atrevido a contarlo.

Porque el final de su trilogía del hombre murciélago es coherente, y también rotundo.

Eso sí, la próxima vez sería mejor que contrataran a un director al que no le diera vergüenza hacer una película de Batman.

*Ya que mi comentario negativo sobre “The Dark Knight Rises” ha despertado tanta polémica, y alguien se preguntaba por ahí abajo qué pensaba yo exactamente de la película, si tenéis curiosidad mi opinión se parece mucho a la de Harry Knowles y, también, en cuanto a la interpretación de su carga ideológica, a la de Santiago García.  Creo que no merece la pena que me explaye más para acabar diciendo cosas muy parecidas a las que han dicho ya muy bien ellos. Quizá lo único que añadiría es que tratándose de la película sobre la redención de un héroe, su final me produjo el efecto contrario al que supongo pretendía conseguir Nolan: me deprimió. Primero, porque no creo que el trauma de Wayne pueda curarse así por las buenas ni que él sea capaz de abandonar su “misión” de un día para otro; y luego, aún aceptando todo eso, a mí este Wayne que deja a un lado sus responsabilidades (¡incluso con  los huérfanos de Gotham!) y solo piensa en retirarse me parece una pena de personaje. Todos perdemos a seres queridos, todos sufrimos, todos nos equivocamos. No hay casi nadie con más de 40 años que no haya pasado por cosas parecidas a las que ha vivido Bruce Wayne. Sin salir de la ficción, seguro que los polis de Gotham al día siguiente vuelven al trabajo. Pero Batman, no. Menudo héroe, que renuncia cuando las cosas se tuercen. La moraleja de la película: cuando no puedas más, ríndete. Que por inusual, tiene hasta su gracia. Pero vaya, que el común de los mortales no podemos ni rendirnos aunque queramos, sobre todo porque no tenemos a dónde ir ni cómo. Este Batman apela a la compasión de sus espectadores, a su empatía. Pero para mí no necesitaba una novia nueva y dejar la máscara, necesitaba un psicólogo. ¡Y llevaba ocho años así! La verdad es que no sé qué estaba pensando Alfred.


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