EL TRIPLE SALTO MORTAL

18 septiembre, 2012

por David Muñoz

En muchos guiones, el final de alguno de sus actos -ese momento que lanza la historia en una nueva dirección, cuanto más inesperada, mejor-, viene determinado por lo que yo llamo “un triple salto mortal sin red”. Con él, el guionista se juega la confianza, y por tanto, la credulidad, del espectador. Y si la pierde, da igual que todo lo que pase después sea maravilloso. Ya no importará. Para ese espectador el triple salto mortal ha acabado con el guión tendido sobre la pista, con el cuello partido, muerto.

Muchas veces el triple salto mortal sale bien. Sobre todo cuando el inverosímil momento sobre el que pivota el punto de giro está contado con tanta convicción que al espectador no le queda otra que creérselo. Pero la mayor parte de las veces lo que suele pasar es que hay espectadores que llegados a ese punto digamos que “siguen” en la película mientras que otros la “abandonan”. Realmente es una cuestión de fe. Si crees en lo que te están contando, bien, todo tiene sentido; pero si dejas de creer… el aburrimiento está asegurado.

Los policías de Gotham deciden meterse todos a la vez en un túnel para buscar a los “malos” en la última de Batman de Christopher Nolan.

¿Te lo crees?

Bien, puedes seguir disfrutando de la película. Si no, ponte cómodo y reza para que no quede mucho para el final.

Volví a pensar en todo esto hace unas semanas, viendo “Headhunters”, un thriller noruego dirigido por Morten Tyldum basado en una novela de Jo Nesbø. La película ha sido un gran éxito en su país  y pronto tendrá su remake norteamericano. Sin embargo, a mí, aparte de bien hecha (dirección correcta, estupendos actores, etc.) me pareció entretenida y poco más. Su segundo acto, en el que cambia de tono radicalmente y se convierte en una especie de “Fargo” escatológico, sí que me gustó bastante, pero en general la historia no me resultó lo suficientemente interesante. ¿Por qué? Pues porque me costaba muchísimo creérmelo todo. Sobre todo, porque cuando el guión pega su triple salto mortal particular, para mí se la pegó.

Y aviso: vienen spoilers.

El momento es el siguiente: El protagonista, Roger Brown, es un ladrón de guante blanco que se dedica a sustraer obras de arte. Al principio de la película le hemos visto con su mujer, con la que no está demasiado bien porque ella quiere tener hijos y él no. Pues bien, el asunto es que Roger decide robarle un cuadro a un tipo, Clas Greve (Nikolaj Coster-Waldau, Jaime Lannister en “Juego de tronos”) al que acaba de conocer en una fiesta en la galería de arte de su mujer. Se mete en su casa, y, una vez se hace con el cuadro, ve algo por una ventana que le llama la atención: unas niñas jugando en la calle. Y, en vez de marcharse, Roger se queda mirándolas un buen rato. En ese momento yo pensé: “bueno, será que esto va a abrir un flashback, a lo mejor ahora descubrimos que ha perdido a una hija y por eso no quiere más hijos; o yo qué sé, a una de estas niñas le va a pasar algo”. ¡Pero no! De pronto, Roger saca su teléfono y llama a su mujer. ¡La imagen de las niñas le ha ablandado el corazón y necesita hablar con ella sobre su decisión respecto a no tener hijos! Recordemos que a todo esto el tipo está en una casa ajena con un cuadro que acaba de robar debajo del brazo, preocupado de que en cualquier momento pueda aparecer la policía. Entonces, Roger escucha el timbre del teléfono de su mujer. Y suena en la habitación de al lado. Roger entra en ella  y descubre que es el dormitorio del dueño de la casa. El móvil de su mujer está allí, tirado en la cama. Ella y Clas Greve son amantes.

La secuencia no puede ser más inverosímil.

Roger no solo decide telefonear a su mujer en un momento en el que nadie en su sano juicio pensaría en hacer una llamada, sino que además, vaya casualidad, justo eso le sirve para descubrir que su mujer es la amante del hombre al que ha ido a robar.

Todo muy forzado, pero eso sí, muy conveniente.

Roger robando el cuadro.

Y, si bien es cierto que muchas veces los thrillers se construyen sobre este tipo de casualidades que desafían la credulidad de hasta el espectador más bienintencionado, la escena de la llamada fue demasiado para mí.

Al terminar de ver la película me pregunté cómo era posible que los guionistas no hubieran encontrado una manera mejor de hacer que Roger descubriera que su mujer estaba liada con Clas. Porque el objetivo de la escena es dar esa información. Es fundamental que Roger haga ese descubrimiento. Sin él, no hay película.

O es algo que es así en la novela original y no se atrevieron a cambiarlo, o no se les ocurrió una manera más impactante de explicarlo, o sencillamente es que les pareció que merecía la pena contarlo así. Si lo que ocurrió es esto último, puedo imaginarme a los guionistas reunidos con el director y un diálogo entre ellos tipo: “¿Nos la jugamos?”. “Pero joder, ¡es que es un poco increíble que justo en ese momento Roger se ponga a llamar por teléfono a su mujer!”. “Ya, pero qué mejor manera de descubrir que ella le engaña que descubriendo su teléfono tirado en mitad de la cama en la que ha estado follando con Clas”. “Ya, claro…”. “¿Nos la jugamos?”. “Venga, nos la jugamos”.

En mi experiencia, casi siempre cuando se toma una decisión de este tipo no suele ser porque los guionistas no sepan lo que están haciendo, sino porque lo saben perfectamente y creen que así pueden ganar mucho más de lo que se arriesgan a perder.

La teoría es que si en ese momento estás realmente preocupado por el personaje y su maremágnum emocional, no te vas a cuestionar por qué hace lo que hace. Simplemente estás con él y ya está. El momento “pasa”. Te lo tragas.

Y quién sabe. Puede a que otros espectadores les haya funcionado la escena del teléfono. A mí no, pero quizá también porque me resultaba muy difícil empatizar con Roger Brown. “Ser” él. Si no hubiera sido así, a lo mejor habría vivido esa escena de otra manera.

El último giro de la película es otro salto mortal que depende de que te creas que la mujer de Roger está sinceramente enamorada de él. Cosa que yo tampoco me tragué en ningún momento. Pero bueno, como no quiero fastidiaros demasiado la película a quienes no la hayáis visto, de momento no voy a hablar del final de “Headhunters”.

Es raro el proceso de escritura de un guión en el que no tienes que tomar al menos un par de decisiones así. A veces para pasar de A a C no tienes más remedio que pegar ese triple salto mortal. En unas ocasiones porque ir paso a paso requeriría demasiadas páginas y el único atajo posible es ese salto; en otras, porque te parece que el impacto emocional de la escena va a compensar la pérdida de credibilidad; y otras (con un poco de suerte, las menos), porque no se te ocurre una manera mejor de hacerlo. Además, también pasa que una solución regulera que escribes simplemente porque algo hay que escribir, pensando que ya se te ocurrirá algo mejor cuando tengas el guión más avanzado, resulta ser la que se acaba rodando porque la leyeron un director o un productor y se encapricharon con ella.

En todo caso, lo ideal es que cuando damos un salto mortal al menos nos demos cuenta de que lo estamos haciendo. Luego, ya dependerá de cada espectador decidir si nos hemos estrellado o no, si tienen que llamar a una ambulancia o ponerse en pie para aplaudir.

(Y no, por si alguno lo estáis pensando, lo que hace Damon Lindelof en “Prometheus” no es una sucesión de triples saltos mortales; cuando uno pega tanto brinco, deja de ser un guionista y se convierte en un volatinero).


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