LO IMPOSIBLE: PLAY IT AGAIN, SAM

21 diciembre, 2012

por Ángela Armero

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Por fin he visto “Lo Imposible”, el éxito descomunal de este 2012. Yo, que me emociono con dos de pipas, a priori me sentía algo reticente a experimentar el sufrimiento de unos padres que luchan por encontrar a sus hijos en el tsunami de Tailandia de 2004. Pensé que si yo tenía esta resistencia sería algo común. Pero no: las cifras demostraron enseguida que, por dura que fuera la premisa, la historia atraía a las masas al cine.

De vez en cuando surge una película que se convierte en un fenómeno del que todo el mundo habla. Sin despreciar la espléndida labor de promoción de Telecinco, “Lo Imposible” ha obrado el milagro de interesar a todos.

Y creo que la fuerza de “Lo Imposible”, aparte de la soberbia producción y del talento visual de Bayona, reside en buena medida en que es una narrativa ritual. Es una de esas historias que se cuentan desde la noche de los tiempos, algo que todos ya sabemos pero que nos encanta escuchar y confirmar así lo que ya sabíamos. Ese tipo de cuentos no sólo nos sirve para afianzar nuestras creencias, sino para sentirnos más cerca de nuestros semejantes.  Apoyan nuestra forma de ver el mundo y nuestros lazos con los demás y con la realidad.

Por supuesto, esta historia “ritual” se apoya en una lección básica: Sólo frente a la adversidad es cuando realmente los seres humanos entendemos por fin qué es lo más importante de la vida: nuestros seres queridos. Lo sabemos, pero queremos que nos lo cuenten. Nos gusta sentir la pérdida, vivir la alegría del encuentro, paladear el luto por la tragedia cercana y sentirnos afortunados por conservar a nuestra familia y nuestra rutina, nuestro presente que con tanta alegría solemos despreciar. Es “Titanic”, y también es “Lo Imposible”.

He hablado con amigos de esta película y varios me han dicho: “No va de nada”, argumentando que quizá su planteamiento sea excesivamente minimalista, a pesar de que hay otros retazos de las tragedias de otras víctimas. Pero yo opino que ante la pureza de una madre buscando a sus hijos casi todo lo demás palidece. Además, creo que hay un interesante ejercicio narrativo que no por sencillo es menos eficaz o emocionante; la emoción, para mí, es el mayor reconocimiento que puede lograr una obra de arte: las rimas de la película.

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“Lo Imposible” tiene dos partes: el antes y el después. Y consigue emocionar mostrando el mismo elemento antes y después de la tragedia, mostrando cómo la tragedia es ese catalizador mágico que nos ayuda a conseguir perspectiva. Pondré algunos ejemplos. (Atención ESPOILER.)

La lata de Coca Cola eeeh refresco rojo. Al llegar al resort, el hijo mayor quiere una lata de Coca Cola pero sus padres no le dejan, le dicen que se tome un zumo. Después del tsunami, cuando su madre, un niño que han encontrado (Daniel) y él, están subidos a un árbol en medio de la riada, abren una que el hijo mayor encuentra por ahí y la comparten. Sensación de vivir.

La pelota roja. Con ella juegan los niños y el padre (Ewan McGregor) justo antes de la ola y vuelve a aparecer, embarrada, como pista de la cercanía de sus hijos.

El avión. Al ir, cada uno va enfrascado en sus cosas, hay turbulencias, es una escena cotidiana que muestra una familia bien avenida pero no demasiado armónica. Al volver, se trata de un avión medicalizado, en el que viajan casi en silencio con la madre entubada, mientras el sol va invadiendo sus caras, llenándoles no solo de felicidad sino también de certeza, de la paz que han buscado en su viaje.

Las estrellas. La noche previa al tsunami, uno de los hijos no puede dormir. Le dice a su madre que vean las estrellas, ella dice que las verá cualquier otro día. Después ese niño se encuentra con una anciana (Geraldine Chaplin) que le habla de la luz de las estrellas, que sigue viajando incluso cuando ya están muertas. Es una escena conmovedora sobre la pérdida, y que al parecer Bayona no quería incluir en la película por no ralentizar la acción, pero que era imprescindible para su guionista Sergio G. Sánchez… y Bayona se dejó convencer y al parecer se alegra de haberlo hecho.

El mensaje de este pareado de escenas es doble. Por un lado habla de algo que todos sabemos: disfruta el presente, bébete esa coca cola, contempla las estrellas, huele las flores. Por otro, nos recuerda algo que tampoco es una novedad: que el amor perdura más que las personas que nos lo inspiran. Y de todo esto consigue hablar en dos escenas, o mejor aún, en una línea de diálogo y una escena posterior. ¡Para que luego digan que no va de nada!

Hay otros ejemplos, y otras metáforas (también me gusta mucho la escena en la que lanzan los farolillos al cielo y los suyos parecen ascender en dirección distina a los demás y no saben si llegarán a subir, la del coma y el ascenso a la superficie de María) pero creo que el mecanismo de emplear la misma imagen o recurso antes y después es sumamente eficaz… porque es como la vida misma. Es como escuchar el mensaje en el contestador de una persona que forma parte de tu vida, y tiempo después escuchar ese mismo mensaje cuando esa persona ya ha fallecido. Es lo mismo, pero es diferente. Ya lo dice McKee: las historias se cuentan a través del cambio.

¿Es previsible “Lo Imposible”? Probablemente, máxime cuando es fácil conocer la historia real que inspiró la película. Pero igual de previsibles son los mensajes rituales que nos gusta oír, como los antiguos alrededor de una hoguera. La anécdota del carnet de conducir, la aventura sentimental de final amargo, el accidente que casi nos cuesta la vida, historias que nuestros familiares y amigos nos cuentan casi en cada reunión, casi en cada Navidad, con el mismo turrón y las mismas uvas; y en ocasiones pedimos que nos lo cuenten otra vez.


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