EL FACTOR HUMANO

por David Muñoz

Lo que contamos y lo que sabemos

Hace un par de noches cené con varios amigos guionistas. Como siempre, nos reímos mucho intercambiando anécdotas sobre los momentos más lamentables de nuestras respectivas carreras. Como dije al día siguiente en Twitter, es entonces cuando realmente se demuestra que es cierto aquello de que tragedia + tiempo = comedia. Todos esos episodios que tanto nos hicieron sufrir hace solo unos años (y en algún caso, hace mucho menos), han pasado a ser motivo de gran descojone. Quizá porque en esos momentos es cuando mejor te das cuenta de que lo que te ha pasado no es una experiencia tan única como creías, que no te ha pasado porque seas especialmente tonto o gafe, sino que ser guionista es también eso: trabajar durante años en proyectos que nunca se hacen realidad; ser estafado por algún productor por lo menos una o dos veces; o, por poner un ejemplo real que se contó en la cena, ver como tu ex novia se forra vendiendo un guión que escaletó contigo y de cuyos créditos te borró al día siguiente de dejarte plantado. Puede que sea verdad aquello de que “mal de muchos consuelo de tontos”, pero saber que otros han pasado por lo mismo que tú te sirve para sentirte menos solo, y te ayuda a luchar contra el desánimo que a más de un guionista -después de pegarse dos o tres porrazos-, le ha llevado a tirar la toalla.

Pero mientras hablábamos, me di cuenta de una cosa. La mayor parte de las historias que estábamos contando jamás podríamos escribirlas en, por ejemplo, Bloguionistas.

Para que me entendáis, os voy a poner un ejemplo real (ligeramente “maquillado” para proteger a los implicados): un guionista se pasó cinco o seis años escribiendo un guion. Consiguió un director y un productor, y, cuando por fin parecía que la película iba a rodarse, se “cayó” la financiación. Pues bien, según el guionista, la razón más importante por la que todo se fue al carajo fue que el productor era un borracho.

La historia del cine está llena de casos así. De infidelidades que acaban con proyectos; de directores despedidos tras llegar a las manos con el productor; de depresiones; de problemas familiares que hunden empresas, etc. Y todo eso no se cuenta. Sobre todo porque hacerlo sería meterte en un lío tremendo (y arriesgarte a acabar denunciado). Pero es que sería un lío innecesario además. Remover la mierda no suele servir de nada salvo para hacer daño y quizá acabar haciéndotelo a ti mismo.

Bueno, por lo menos esas cosas no se cuentan hasta que han pasado unos años (por eso los making of más interesantes y sinceros son los que se graban muchos años después del rodaje de la película).

Así, podría decirse que estamos consumiendo una historia ficticia del cine, una historia que no es tal (en cuanto a que uno asume que la historia describe cómo pasaron realmente las cosas), sino publicidad. Mentiras que parecen verdades. Un relato edulcorado, maquillado, similar a la verdadera historia pero diferente en cuestiones fundamentales.

Creo que además, a pesar de que luego puedas reírte mucho hablando de ello con cuatro amigotes del gremio, a veces la razón para callar es que no puedes evitar pensar que ese productor, o director, que la cagó y acabó arruinando la película por motivos estrictamente personales, podías haber sido tú.

Es raro que en este trabajo alguien no haya sufrido una bajona momentánea, que no haya tenido una “pájara”, que no se haya equivocado, que no la haya cagado.

Y ensañarnos públicamente con quienes la han cagado antes que nosotros nos obligaría a ser perfectos, algo que nunca podremos ser. Como esos políticos (¡y esos actores!) a los que se exige ser puros de obra y pensamiento antes de poder abrir la boca sobre algún tema espinoso.

Quizá, con nuestra discreción respecto a los demás, estamos “comprando” su discreción cuando sea de nosotros de quienes se pueda hablar mal.

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La verdad de la mentira

Anoche, reflexionando sobre todo esto, acabé pensando en “Mapa”, el primer largo de León Siminiani. Se trata de una película documental, un diario en el que Siminiani cuenta la historia de sus intentos por comprender que significó para él (y sobre todo, en qué lugar le dejó emocionalmente) su última ruptura sentimental.

A mí “Mapa” -pese a que pienso que merece la pena verla, y si es en cine, mejor-, me decepcionó. Después de leer algunas críticas, la fui a ver con bastante interés el día del estreno y, aunque tiene momentos divertidos y es una propuesta interesante desde el punto de vista formal, se me quedó corta. Me resultó algo superficial. Me dio la impresión de que Siminiani no me estaba contando todo lo que yo quería saber sobre esa relación a la que dedica toda una película. Terminas de ver “Mapa” y no sabes cómo era esa chica que tanto significó para él, cómo eran los dos juntos, o las razones de su ruptura. Lo único que te queda claro al final es que Siminiani es un tío bastante majo, enamoradizo y con buen fondo. Y vale, probablemente sea cierto. Pero no puede ser lo único que hay. Sobre todo porque nadie es solo así. Todos tenemos zonas de oscuridad, de penumbra.

Lo peor, es que en “Mapa” no hay dolor. Se intuye, se sospecha (muy mal tiene que estar uno para irse de su país tras una ruptura y dedicarse a vagar por ahí intentando buscarle a la vida el sentido que siente que ha perdido), pero no se ve. No está filmado. Ni contado. Es un autorretrato sí, pero muy parcial. Demasiado como para llegar a a emocionarnos.

Porque, como dije aquí hace unas semanas hablando de la caracterización de los personajes, creo que como espectadores tendemos a identificarnos más con las sombras que con las luces de los personajes.

No sé por qué “Mapa” es así. Puede ser una elección (muy respetable por otra parte; la película no tiene porqué ser como a mí me habría gustado que fuera), o  puede ser que, como me decía en Twitter otro “bloguionista”, Daniel Castro (por cierto, a él la película le gustó mucho), Siminiani no quisiera arriesgarse a hacer daño a aquellas mujeres que tanto habían significado para él. O exponerse demasiado. Y menos aún mostrar su posible lado oscuro. Y de esa manera, acabó haciendo una película sobre la crisis existencial provocada por sus rupturas, en la que no nos cuenta cómo fueron esas relaciones ni por qué terminaron.

Quizá por ello -y como también me parece que dijo Daniel en un tweet-, al final sea verdad también ese otro tópico de que la mejor manera de hablar de la realidad es siempre a través de la ficción. Sin miedo a hacer daño a nadie (ni siquiera a la imagen que los demás tienen de ti) puedes contar las cosas cómo realmente fueron.  Mostrar tu lado oscuro y mostrar el de los demás.

Justo estaba terminando este texto cuando  he leído una reseña del cómic autobiográfico “The Infinite Wait” de Julia Wertz en el blog sobre cómic de Heidi MacDonald, The Beat.

La reseña es muy positiva, pero al principio MacDonald habla de la moda de los cómics autobiográficos, que para ella son en su mayor parte “francamente aburridos” porque cuentan historias en la que no pasa nada desde el punto de vista de “un chico triste que se cuestiona su existencia de una manera supuestamente profunda y llena de significado”.

Pero donde el autor quiere que veamos trascendencia, ella solo ve banalidad.

Para MacDonald, los buenos cómics autobiográficos, como el que reseña de Julia Wertz, son aquellos en los que el autor no tiene problema alguno en mostrar sus defectos, a veces incluso exagerándolos. Como por Ej. hacen Joe Matt, Robert Crumb o Chester Brown, por decir tres nombres de autores de cómics que han dibujado grandes tebeos autobiográficos.

Con esto no quiero decir que “Mapa” sea como esos comics de los que habla MacDonald. Aburrida no es. De hecho, es bastante entretenida y, al menos en la proyección a la que yo asistí, incluso hubo carcajadas en dos o tres ocasiones. Ni falsa. Lo que se cuenta “sabe” a verdad. Pero no es bastante.

Si acaba la película, y lo que piensas del protagonista es solo que es un “tío majo…”, en fin… malo.

Un buen ejemplo de cómo funciona esto podría ser la película “Los padres de ella”. El protagonista, el personaje de Ben Stiller es un desastre. ¿Quién es su antagonista? Pues el personaje de Owen Wilson, “don perfecto”, un tipo que lo hace todo tan bien que acaba dando asco. ¿Con quién empatiza el espectador? Pues con Stiller, “don imperfecto”.

Quizá, si “Mapa” hubiera sido ficción, todo eso que eché en falta habría formado parte de la película.

Mintiendo, Siminiani habría contado la verdad.

7 Responses to EL FACTOR HUMANO

  1. guionistaenchamberi dice:

    Sí, David, justo eso es lo que pienso, que en algunos casos la ficción nos ayuda a escribir historias más reales, más justas. Cuando estamos contando algo de no ficción o basado en hechos reales todo está muy condicionado por qué van a sentir las personas implicadas: ¿se ofenderán? ¿Me prohibirán incluso distribuir o emitir mi trabajo? En algunos casos, son guiones casi escritos por abogados (tipo “La Red Social” – aquí debo dejar a mi protagonista en off porque no puedo demostrar que tomara esta decisión y, por lo tanto, no puedo dialogar esta secuencia).

    La ficción te obliga a una distancia inicial (nombres diferentes, elementos diferenciadores, actores representando a personas reales, reconstrucción de hechos…) pero, a la larga, también te da más libertad para ser fiel a la esencia de la historia que quieres contar.

  2. ¿Cómo que no se hablan de esas cosas en Bloguionistas? Qué poco me lees, David Muñoz…
    https://bloguionistas.wordpress.com/2011/05/18/el-registro-del-buen-rollo-intelectual/

  3. Y con respecto a “MAPAS”, estoy bastante de acuerdo con lo que dices en el post. Objetivamente tienes toda la razón, pero hay pelis que trascienden más allá de su técnica y creo que esta es una de ellas. Puede que haya una verdad incompleta, pero hay MUCHA verdad (o al menos lo parece) y eso la hace conectar con el espectador de una manera emocional más allá del academicismo y esas cosas serias.

  4. Edu Rejón dice:

    No hace falta irse a los cómics… En Woody Allen tenemos ungirán ejemplo de lo que cuentas…

  5. R dice:

    Me pasó lo mismo con Mapa. Es una película pretenciosa. Y lo peor de todo es que no deja disfrutar de ninguna imagen, siempre reduce la imagen a un simple pensamiento. En vez de dejarnos un respiro en el que poder disfrutar de alguna imagen, si por ejemplo el protagonista hace una excursión en la que se escuchan sus pasos, convierte esos pasos en “un ruido interior que resonaba en mi mente y me decía que tenía que tomar una elección”…..Si sale un chico haciendo footing parado mientras espera a que el semáforo se ponga en verde lo reduce a: “así estaba yo en un movimiento estático”…Me pareció bastante simplista y en algunos momentos ridículo.
    Creo que es una película que ha sorprendido a los que sólo están acostumbrados a ver cine más comercial y esta propuesta les ha pillado por sorpresa, aunque tampoco tiene nada de novedosa, simplemente no se suele ver ese tipo de película en cines comerciales. Pero dentro de su “género” o “estilo” en mi opinión, es muy mala.

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