GUIONISTA EN UNA BODA

1 marzo, 2013

BANQUETE-BODA

Por Estíbaliz Burgaleta

Estíbaliz Burgaleta comienza trabajando como analista y lectora de proyectos en Bocaboca allá por el año 2002. Desde entonces ha trabajado en unas cuantas series de televisión: 20tantos, Ana y los 7, SMS, El porvenir es largo… y ha coescrito y codirigido unos cuantos cortos, como éste, este o éste otro. En la actualidad es profesora del curso online de guión cinematográfico de Hotel Kafka.

Todos hemos ido a bodas.
Especialmente a esas bodas racialmente hispanas. Ésas que se empeñan en poner un sorbete de limón al cava entre el pescado y la carne. Ésas que regalan un puro para ellos y un abanico para ellas. Ésas en las que se baila David Bisbal, Paulina Rubio y la versión pachanguera del “I will survive”.
Ésas.
En esas bodas colocan a los invitados en enormes mesas circulares. El método para decidir dónde sentar a cada uno es el descarte. Cuando los novios han hecho un sudoku para sentar a sus familias sin que aquello acabe convertido en Puerto Urraco, entonces colocan a los demás así, al buen tuntún.
Y ahí estás tú, rodeada de desconocidos con los que se supone deberías hablar en las 3 horas 23 minutos que dura de media el banquete en una boda hispana al uso.

Pasados los comentarios sobre lo rico que está el jamón ibérico y lo guapa que iba la novia, toca presentarse. Y entonces alguien pregunta, ¿y tú a qué te dedicas?
– “Yo soy guionista”.

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Caras de estupefacción. No olvidemos que estamos en una boda hispana normalita. Para el español medio un guionista es como un astronauta, un inventor o una modelo de lencería de Victoria’s Secret.
Pasadas las caras de sorpresa, tus compañeros de mesa dirán una de estas tres cosas:

A. Guionista, uala, qué interesante
B. yo, porque no me pongo, que si me pusiera, con la de cosas que me pasan, se podría escribir un guión.
C. ¿Y has trabajado en algo que yo haya visto?

Te digo ya que de las tres opciones la A es la mejor. Pertenece a alguien majo, sencillo, probablemente de un pueblo. Las veces que ha ido a Madrid (a las rebajas o a ver “40, el musical”) se ha emocionado cuando le ha parecido ver a Hugo Silva allá a lo lejos. Todo lo relacionado con el cine, la televisión, el teatro o hasta el mimo le parece fascinante. Cree que el mundo del espectáculo está lleno de emociones, glamour y vestidos de alta costura. Puedes ganártelo contándole anécdotas sobre los actores con los que te has cruzado. Reproduce lo que hayas oído en el comedor de plató. Plagia lo que hayas leído en el Cuore. Da igual.

La opción B mola menos. Mucha gente piensa que ya saben escribir porque les enseñaron en el cole que la eme es como un puente con tres arcos y porque cuando tenían 15 años llevaban un diario. El invitado de la opción B acabará contándote historias que él considera fascinantes simplemente porque le han pasado a él.
Y nunca las va a escribir.
Jamás.
Porque como todo guionista/periodista/redactor/escritor/poeta/dramaturgo sabe, lo más chungo de escribir es, precisamente, ponerse.

Pero la peor opción de todas, de largo, es la C. Porque, enfrentada a la pregunta: ¿hay algo que hayas hecho que yo haya podido ver? Descubres que te avergüenzas de tu trabajo.
Con lo que cuesta tener trabajo de guionista. Cuando vas y lo tienes, te pagan puntualmente, y ves lo que haces en pantalla, resulta que te da vergüenza.
¿No es trágico?

El camino para llegar a ejercer de guionista profesional está salpicado de momentos en los que piensas, “ya está, ya estoy dentro” para luego comprobar que no, que estás fuera otra vez, que ya llevas varios meses sin enterarte de ningún trabajo y que a lo mejor debiste estudiar Traducción e Interpretación y no Comunicación Audiovisual.

Todos empezamos a estudiar guión porque nos gusta el cine. Porque soñábamos con escribir “El padrino”, “Alien”, “La guerra de las galaxias”, “El apartamento”. Como todo estudiante de cocina sueña con ser el nuevo Ferrán Adriá. Nadie se apunta a nada soñando ser uno más del montón.

El estudiante de cocina, cuando ya lleva varios años de restaurante en restaurante, y tiene problemas económicos, y ha sufrido un par de despidos que no se esperaba, claudica y acepta lo que le salga. Y si el menú del día del restaurante Manolo es un trabajo estable y la gente es más o menos maja, pues oye, a seguir.

A los guionistas nos pasa igual. Estudiamos con la sana y petulante intención de ser los próximos Billy Wilder. Y por el camino nos hemos quedado escribiendo los guiones de “Ana y los 7”. Hemos bajado unos cuantos escalones de golpe. No escribimos lo que soñábamos, ni siquiera aquello que nos podría entretener como espectadores. Escribimos cosas que nos avergüenza admitir en público.

ana y los 7

Volvamos a la mesa de banquete de boda, con su centro de flores y sus sillas decoradas con un lienzo acabado en lazo atado al respaldo. Y volvamos a ese momento crítico en el que uno de los invitados te pregunta: “¿has hecho algo que yo haya podido ver?”
Entonces tragas saliva, suspiras, sonríes y dices en voz bajita “a lo mejor, ¿conoces Ana y los 7?”

Y entonces los invitados te mirarán de arriba abajo, con aire de superioridad. Unos dirán que no han visto nunca la serie porque ellos “ven muy poco la tele”. Otros carraspearán. El de la opción A te preguntará que qué tal es Ana Obregón en persona. Y, para cuando saquen el mero al horno con patatas panadera, estarán dándote consejos sobre cómo mejorar esa serie y convertirla en “Aquí no hay quien viva” o “Los Serrano”.

Porque lo que diferencia a los guionistas de los cocineros es que todo el mundo asume que puede mejorar tu trabajo. Independientemente de dónde y cómo se realice. Imagina que vas al bar Manolo. Pides el menú del día de 8 euros y, cuando te sacan los entremeses, te quejas porque la ensaladilla rusa es de bote. Nadie lo hace porque, ¿qué esperabas de un menú del día de 8 euros?
Pues ése es el trabajo de guionista en 9 de cada 10 series de televisión. Elaboramos menús del día. A toda velocidad. Cambiando los ingredientes según pidan la productora, el canal o el coordinador de la serie. Hay que sacar el capítulo de cocina a tiempo. Eso es lo importante. Al final, hacemos lo que podemos. No lo que soñamos, ni lo que nos gusta, ni siquiera lo que nos entretiene.

Lo que podemos.
Pero yo no tengo este problema. No os creáis que este texto es en plan biográfico. Para nada.
Porque yo estoy en paro.
Ay, cómo echo de menos trabajar en series-menú del día.


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