FIRMAS INVITADAS: EL SHOWRUNNER Y SU TÍA MATILDE

12 marzo, 2013

Nacho Faerna (Madrid, 1967) es guionista de televisión desde hace veinte años (“Inocente, Inocente”, “El Súper”, “Amar en tiempos revueltos”…) y más recientemente también productor ejecutivo de series (“El Comisario”, “La Fuga”) y miniseries (“La piel azul”, “El asesinato de Carrero Blanco”). También ha publicado dos novelas (“Quieto”, “Bendita democracia americana”) y un cuento infantil (“Olvídate de subir a los árboles”). Actualmente, es director del departamento de Ficción de la productora Shine Iberia.

El showrunner y su tía Matilde

Pasado mañana doy una charla a los alumnos de la Escuela de Guión de Madrid sobre el papel del guionista como productor ejecutivo en la televisión española. Quiero aprovechar la hospitalidad de Bloguionistas (muchísimas gracias, compañeros) para, desde mi experiencia personal, hacer unas reflexiones previas sobre el asunto.

Yo no me convertí en guionista/productor ejecutivo por casualidad; lo busqué. Tenía dos objetivos: participar del proceso creativo más allá de la escritura y poner en marcha mis propios proyectos. No fue fácil. El modelo imperante en España, o bien heredaba del cine la hegemonía del director, o bien hederaba del cine la hegemonía del productor. Poco a poco, sin embargo, se ha ido haciendo hueco en nuestra industria una figura propia del modelo televisivo americano, lo que allí llaman el “showrunner” –el responsable creativo de la producción–, que habitualmente es un guionista (ahora sólo faltaría importar el resto del modelo).

El primero de los dos objetivos (participar del proceso creativo más allá del guión) supone en mi caso la fuente principal de alegrías en este trabajo. Siempre es agradable conocer gente. Gente que no sean guionistas, se entiende, para hablar de cosas que no tengan que ver con nuestro oficio. Porque hay un mundo ahí afuera, más allá de los teclados. Desconozco el motivo por el cual en nuestro gremio somos tan aficionados al ombliguismo. No hay más que echar un vistazo a buena parte de las (por lo demás brillantes) entradas de este blog: Certezas que hay que recordarse para ser un guionista feliz, se titula una de las últimas; La vida de un guionista de televisión en 24 gifs es otra reciente. ¿Qué nos pasa, doctor? Nos pasa que padecemos un agudísimo síndrome de ensimismamiento. Somos una patética mezcla de Hamlet y Calimero.

HAMLET-CALIMERO OK

A menudo me pregunto por qué no se plantean estas mismas cuestiones corporativo-existenciales los directores de fotografía, los maquilladores, los montadores, los técnicos de sonido… Yo creo que es porque los guionistas pasamos demasiado tiempo solos o en compañía de otros guionistas. Un par de semanas abriendo el rodaje, compartiendo bocadillo con los eléctricos e intentando ligar con la de vestuario y se acabó tanto cascarón y tanto “ser o no ser”. Mano de santo.

El segundo de los objetivos (poner en marcha tus propios proyectos) no siempre resulta tan gratificante. A veces, sobre todo al principio, te ves obligado a trabajar en proyectos que no has creado. Muy frecuentemente (y estoy siendo optimista) no consigues vender los proyectos que te gustaría hacer, al menos no tal como te gustaría hacerlos. La ficción televisiva en España, salvo contadísimas excepciones, se produce para cadenas generalistas, lo que impone unas limitaciones argumentales, de tono, de género, de formato, que condicionan absolutamente el contenido y las características de las series. Cuando logras vender un proyecto (y eso es muy, muy, muy difícil), lo más probable es que durante el proceso de desarrollo se vayan limando, si no eliminando, gran parte de los elementos que lo convertían en algo atractivo para ti. No es culpa de nadie, es fruto de la lógica adaptación a un mercado muy amplio, nada especializado.

Yo comparo el trabajo del guionista de televisión con el de un sastre. No somos diseñadores de moda creando con libertad vestidos que luego lucen macizas top model en la pasarela. Cosemos para un cliente, que además escoge la tela, los botones y el corte. Y el cliente no es una top model, se parece más a tu tía Matilde. Lo ideal sería que el cliente confiara en nuestro criterio y se convenciera de que lo que le proponemos le va a favorecer, que va a deslumbrar en la boda de su mejor amiga, a conseguir el empleo en la entrevista de trabajo (o en nuestro caso, que va a hacer un gran dato de audiencia). Pero la tía Matilde, que no digo que no sea un encanto, es por definición conservadora. Cuesta mucho que se arriesgue.

MATILDE - NO MATILDE

Aconsejo a los guionistas que quieran ponerle capuchas y un lazo de horca alrededor del cuello a sus creaciones que no escriban televisión. Tampoco cine. Para eso inventó Dios la novela. Al contrario que la escritura dramática, la narrativa no necesita presupuestos ni planes de rodaje. Sí, hay un cliente en algún lado, pero le puedes poner la cara que tú quieras y hasta encapucharlo si te da por ahí. Escribir una novela, o cuentos, es algo que recomiendo vivamente a cualquier guionista. Eso y adoptar un perro; los largos paseos retrasan el momento de sentarte a escribir, respiras aire puro, haces ejercicio y agacharte a recoger la mierda de tu mejor amigo te prepara para encajar con humildad el más ingrato de los informes de lectura. Pero, volviendo a la narrativa, escribir libre de las servidumbres propias de la estructura dramática y de las limitaciones de la producción resulta terapéutico. Mirad si no el arranque de mi segunda novela:

“Al otro lado de la ventana, doce pisos más abajo, miles de personas bailaban a ritmo de samba, empapados en sudor y cachaça, dispuestos a enterrar el año 2000 en la arena de Copacabana y a incendiar el cielo del Redentor con la pólvora de los fuegos artificiales.”

Desglósame eso: billetes de avión a Río, alojamiento y dietas para todo el equipo, un par de miles de figurantes (los demás los duplicamos digitalmente) y cohetes y petardos como para la Nit del Foc. El presupuesto de toda una miniserie en cuarenta y ocho palabras. Y sólo es la primera frase.

Eso sí, si queréis tener tiempo para escribir, no digo ya una novela, un relato corto, no os hagáis productores ejecutivos. Desde que desempeño ese papel no he conseguido terminar ni un haiku. Tampoco penséis que vais a ganar mucho más dinero que como guionistas a secas (como guionistas a secas con trabajo, quiero decir). Es posible que ganéis incluso menos y por descontado trabajaréis muchas más horas. Lo de la narrativa (y lo del perro también, advierto) es incompatible con la producción ejecutiva. Digo que ganaréis menos dinero porque normalmente no podréis escribir nada más que para la productora para la que desarrolléis proyectos. A cambio, tendréis mayor estabilidad laboral (entendida la misma como regularidad en los ingresos y seguridad contractual). Normalmente, el guionista/productor ejecutivo está en plantilla y esto supone exclusividad; es decir, imposibilita seguir siendo guionista a secas.

Conclusión: si lo que más valoras de ser guionista es la libertad de horarios, trabajar en casa, tener perro y pasearlo, llevar un blog (yo alimento el mío a razón de un post por cuatrimestre) y compatibilizar los encargos con proyectos más personales, entonces no te hagas productor ejecutivo. Si, por el contrario, sueñas con ser el próximo Vince Gilligan y vender a una cadena LA SERIE, ésa que refleje tu profundo conocimiento del género humano y sus miserias, entonces sigue soñando. No lo digo con ironía: sigue soñando. Tarde o temprano se dará la conjunción planetaria que favorezca la aparición en España de una serie como las que todos amamos, y será más fácil que te toque a ti hacerla si estás en el lugar adecuado en el momento preciso.

Pero en cualquiera de los casos, elijas ser guionista a secas o además productor ejecutivo, si quieres vivir de esto tendrás que trabajar dentro de la industria, para cadenas generalistas, en proyectos cuyos capítulos durarán setenta minutos y en los que inevitablemente, da igual que sea una serie policíaca, histórica, una comedia o un drama, todo acabará girando siempre en torno a UNA GRAN HISTORIA DE AMOR. Luchar contra eso es inútil. Si en los últimos tiempos ha mejorado (y mucho) la calidad de la ficción televisiva española es porque algunos han comprendido que hay que jugar (bien) con las cartas que hay sobre la mesa, a favor de obra.

Tu tía Matilde puede que no acabe de verse con la capucha y la soga al cuello, ni siquiera con el sobrio vestido de noche que has diseñado para ella y que tan bien le sentaría, y prefiera que le copies el conjunto que ha visto lucir a no sé qué actriz de Hollywood en la alfombra roja. No trates de explicarle que ella pesa quince kilos más que la star y que esa caída tan fabulosa que se aprecia en la foto del ¡Hola! sólo se consigue con una seda en concreto que produce una variedad de gusano en vías de extinción, y no con el poliéster que entra dentro de su presupuesto. No pierdas el tiempo. Haz lo que sabes hacer: cose. Que tu tía Matilde quede contenta y nadie pueda decir que su vestido no está bien rematado.

El secreto del éxito es que te guste tu oficio, que disfrutes con él, independientemente del proyecto; que conviertas el encargo en una oportunidad para mejorar tu técnica, para seguir aprendiendo. Porque si disfrutas escribiendo, aunque no sea LA SERIE, lo harás bien, tendrás trabajo, seguirás soñando, y un día, quizá no muy lejano, quién sabe… “Disfrutar” y “frustrarte” comparten muchas letras; de que conjugues uno u otro verbo dependerá tu futuro en este negocio.

 PLEASURE

Termino con una frase de Charles Eames –arquitecto, diseñador, cineasta, un genio– que tengo colgada en mi despacho: “Tómate tus placeres en serio.” No sé si tiene mucho que ver con todo lo anterior (yo creo que sí), pero es que ya digo que la tengo siempre ahí delante y cada vez que la leo (una media de dos mil veces al día) me golpea con su lucidez, por lo que he pensado que compartiéndola me aseguro de cerrar mi reflexión con una útil y sabia observación, aunque sea prestada.


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