FIRMAS INVITADAS: ‘ONE MAN’S TRASH’ O LO QUE ESCONDEN UNAS TETAS PEQUEÑAS

13 marzo, 2013

por Helena (Lele) Morales.

Helena lleva escribiendo guiones para series de televisión desde el 2003. 7 vidasCámera CaféLa gira o Con el culo al aire son algunas de ellas. Ha elaborado guiones para radio (Cadena 100) y co-escrito alguna que otra obra de teatro. Actualmente es tutora de guión del Master Universitario en Creación de Guiones Audiovisuales de la UNIR. 

 

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Este artículo contiene spoilers de la segunda temporada de Girls.

Confieso que cuando varios de mis amigos –en su mayoría mujeres- me animaron a ver Girls insistiendo machaconamente en que “me iba a encantar” me senté con voracidad frente a la pantalla dispuesta a consumir cada apetitosa ración que me sirviera Lena Dunham. Cuando terminé de ver el primer capítulo, me sentí ligeramente decepcionada, con el segundo, molesta, y con el tercero llegué a la conclusión de que tenía que cambiar de amigos. Resumiendo mucho diré que, entonces, me pareció una serie pretenciosa y auto indulgente protagonizada por cuatro veinteañeras privilegiadas que abordaban conflictos insustanciales; y, salvo porque la protagonista no respondía a los cánones y  mostraba el sexo sin tapujos, no creía que la serie rompiera ningún otro molde. Reconozco haber manifestado en público, y con vehemencia, (qué raro) que los personajes, aunque con ligeras diferencias, respondían en lo fundamental a clichés extraídos de “Sex in the city” , serie que siempre me fue antipática. Así Jessa, abierta a cualquier tipo de experiencia, sería Samantha. Shoshanna, la más pacata, Charlotte. Marnie, exitosa y responsable, Miranda. Y Hannah, escritora y torpe en sus relaciones, sería Carrie.

Pero, quizá para convencerme de que tenía razón o porque disfruto torturándome, continué viéndola, y entonces me topé con la segunda temporada. De inmediato, y como si fuese una epifanía, lo comprendí todo. Me embargó la misma sensación que cuando salí de ver “Funny Games” de Michael Haneke, con el que estaba cabreada porque de alguna manera me había obligado a ver aquello, y en realidad, con quién realmente estaba enfadada era conmigo misma por haberme quedado hasta el final, ya que eso me convertía en cómplice de la violencia “aceptable”, que precisamente denunciaba el director (al que desde entonces sigo con enfermiza admiración ) Del mismo modo Girls, a través de Hannah, me señalaba como detentadora de esos prejuicios “tolerables” que Lena Duham denunciaba en cada episodio y que, imbécilmente, yo pensaba que no tenía. Cada vez que agitaba su culo blandengue, o enseñaba sus escasas tetas o mostraba sus rollizas carnes saturadas de tatuajes me estaba diciendo: sé que te estás preguntando, ¿cómo una tío como Adam va a estar detrás de mí suplicando que vuelva? ¿cómo un desconocido buenorro como Joshua va a desear empotrarme en la cocina? ¿por qué muestras las tetas todo el rato? No, en serio, ¿por qué?

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Luego uno se ve obligado a responder, inevitablemente, que si Lena tuviera las tetas de Beyoncé nadie se preguntaría por qué las menea alegremente mientras juega al ping-pong. Y ahí está la cosa. Por fin llegamos al meollo del asunto. Era evidente que no me irritaban del mismo modo personajes igual de reales y patéticos como Louis C.K o David Brent, tan desinhibidos en sus citas como ella. Así que, en realidad, la serie me revelaba que era yo la que tenía el problema y no Hannah.

Y no fui del todo consciente de ello, ya digo, hasta  el comienzo de la segunda temporada, en concreto con el capítulo quinto, justo en el instante en el que a Hannah, tumbada en la cama junto a Joshua, un médico buenorro de cuarenta y pocos, recién separado, con el que acaba de compartir intimidad sin apenas esfuerzos, le acarician el pelo tiernamente y tras unos segundos de absoluta felicidad rompe a llorar.

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HANNAH: Por favor, no se lo cuentes a nadie, pero quiero ser feliz.

JOSHUA: (Descolocado ) Por supuesto que sí. Todo el mundo quiere ser feliz.

HANNAH: Sí, pero yo pensaba que no. (…) Y entonces llego aquí y te veo y tienes la fruta en el frutero y el frigorífico con cosas, y la bata, y la forma en la que me tocas, y me doy cuenta de que no soy diferente ¿Sabes? Quiero lo que quiere todo el mundo.

Creo que este parlamento encierra todo lo que Hannah encarna en la serie e incluso  diría que define a la serie misma. Girls va de eso, de lo aislados y perdidos que estamos en una sociedad determinada por una naturaleza efímera y volátil, y cada vez más individualista. Ninguna de las dos generaciones se permite ser feliz. Ni Joshua, que aparentemente tiene todo para serlo y, al igual que Frank Perry en “El Nadador”, está aislado en un barrio que le es ajeno y se encuentra inmovilizado para enfrentarse a la vida, ni Hannah, que se autodesprecia por su devenir errático. Ambos, como el resto de mortales, están atrapados entre eso que son y eso que creen que deberían ser.

Hasta ese momento el encuentro entre los dos ha sido impecable, perfecto, satisfactorio, y es por ello que Hanna, amparada en ese privilegiado refugio que da la seguridad en el otro, cree ser feliz, y precisamente al serlo, deja de estar alerta y entra en una fase de confesión compulsiva.

HANNAH: (…) ¿Sabes? están todas esas experiencias que siento que me las he buscado (Se levanta de la cama y va al baño, Joshua aprovecha para estirarse, suspira desganado, Hanna vuelve con un rollo de papel en la mano) Cosas como, ¿quién en su sano juicio querría eso? Como aquella vez en la que pedí a alguien que me golpeara en el pecho y se corriera justo ahí, (piensa) fue idea mía, vino de mi cerebro… ¿Qué me hizo pensar qué merecía eso?

Joshua advierte algo que no ha pactado y que no le interesa. A medida que Hannah se muestra, para él se va revelando como una extraña, como ese “otro” potencialmente peligroso que amenaza la estabilidad y el orden. Hannah, ajena a todo, continúa con su revelación: reconoce la inutilidad de querer vivir otras vidas y admite la confusión que ocasiona estar alejada de lo que uno desea, y la necesidad de conectar con alguien o, al menos, saber que es posible.

HANNAH: Creo que de lo que no me di cuenta antes de conocerte era que yo estaba sola, pero sola de una manera muy profunda. Estaba tratando de alcanzar todas esas cosas… Pero todo lo que necesitaba era mirar a alguien y que fuera como, “oh, esta persona quiere estar ahí cuando me muera, ¿sabes?”

Pero curiosamente, cuanto más se comunica Hannah menos (parece que) entiende Joshua.

HANNAH: Piensas que estoy loca, ¿no? (…) Pienso que soy demasiado inteligente y demasiado sensible y, además, no estoy loca. Así que siento todos estos grandes sentimientos (…) No estoy chalada, sólo quiero sentirlo todo. Es que como que… Eso es lo que soy.

Hannah que nota el alejamiento le pide que tenga un interior similar al suyo, por eso le obliga a revelar sus intimidades, y se enfada cuando no lo hace. Pero para Joshua, Hannah ya se ha transformado en un ser real, alguien vulnerable, ya no es atractiva, ni mucho menos deseable. Hannah entiende que la ha fastidiado y al final se da cuenta que ese revulsivo que buscaba contra la soledad le ha originado más soledad que antes.

En conclusión, considero que One’s man Trush es un brillante análisis sobre el estado actual de las relaciones, núcleo duro sobre el que pivota la serie, porque muestra el dilema que supone “el impulso de estrechar los lazos, pero manteniéndolos al mismo tiempo flojos para poder desanudarlos” (Bauman)

Como añadiría el sociólogo polaco, nos presenta así un entramado de relaciones frágiles donde mostrarse del todo resulta aterrador, donde cualquier señal que se atisbe como duradera supone una amenaza a la independencia. Digamos que estamos desesperados por estar conectados, pero a la vez desconfiamos de estarlo demasiado porque nos da miedo que se convierta en una carga que no somos capaces de soportar, y nos limite la autonomía que necesitamos para conectarnos con otros. Un sinsentido, vamos.

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