LA CONCESIÓN

4 abril, 2013

por Carlos López

ADAPT cabecera

Desconfío tanto de las buenas ideas que ya casi ni las reconozco. Ya es habitual que descarte casi todo lo que me viene a la cabeza: porque lo he visto mil veces o, por el contrario, porque es demasiado original. ¿Qué tiene que tener una idea para que la deje entrar? Para un guionista, una buena idea es aquella que puede crecer, madurar, ir a más. Una buena idea es algo que todavía está por hacer. Un tren que invite a los demás a subirse. Por eso es tan difícil reconocerlas, porque las buenas ideas se presentan desnudas, vacías, con apariencia de cliché, humildes y a destiempo, como si no fueran gran cosa, camufladas de chico-conoce-chica o de esta-será-su-última-oportunidad. A veces, en una idea que parece tonta, hasta la más tonta de todas, puede estar el germen de una gran película.

En cuanto una supera el listón, la apunto de inmediato. Si no estoy frente al portátil, la anoto en un bono del metro, el revés de una factura, un kleenex, lo que pille. Es urgente fijarla, dotarla de tres dimensiones antes de que se difumine en la materia gris. Luego, al llegar a casa, cuando vacío los bolsillos, me las encuentro. Casi siempre me defraudan. Una vez escrita, la idea ha perdido brillo, es una entre mil, una cáscara, sólo con leer su enunciado parece agotada.

¿No era una buena idea? ¿En qué momento se ha echado a perder?

EL ALMA AL DIABLO

Perdonadme que suelte otra imagen: las ideas del guionista son monedas que se van gastando de tanto circular de mano en mano. Y como sucede con el dinero, el que se guarda tu idea en el bolsillo ya la toma como propia, la usa a su antojo, ha recibido el derecho a gastarla en lo que le parezca. A las buenas ideas no les cuesta encontrar dueño.

Se tome como se tome, el guionista pronto debe acostumbrarse a que todo el mundo opine de su trabajo, le pase notas, le proponga cambios, le obligue a reescribir una y otra versión. Unos te piden que esa secuencia sea día en lugar de noche; otros, que alargues un diálogo de esa otra porque el pasillo es muy largo; aquél, que suprimas diálogos; éste, que unas dos localizaciones, y más de uno te propone cambiar algo que no entiende o te descubre una contradicción. Este tipo de detalles suelen ser fáciles de atender, no resultan comprometedores, vienen impuestos por la mecánica del rodaje.

Las cuestiones verdaderamente delicadas surgen mucho antes, en aquella comida con el productor, en aquella mañana de caras largas frente al director, en la tediosa reunión con los ejecutivos de la cadena y, un rato después, en tu silenciosa soledad con las manos sobre el teclado, madurando lo que acaban de sugerirte. ¿Hay que quitar ese personaje principal? ¿En serio? ¿Hay que cambiar su perfil para que lo pueda interpretar ese famoso? ¿Seguro? ¿Más acción, más risas, más sorpresa? ¿Que quede todo más clarito? ¿Aún más?

Y te asalta la gran duda: ¿Esos cambios arruinan la historia, la pervierten, la convierten en otra cosa? ¿Vas a traicionarla?

Se te suele plantear bajo un formato cercano al chantaje: si no lo cambias, no se va a poder hacer la película (o la serie), cuyo nombre invocan como si hablasen de un dios, y lo hacen con tono de ultimátum: o lo haces o se acabó. Suena crudo, sí. Y tú estás deseando que llegue el rodaje, llevas meses o puede que años deseándolo. Y necesitas el dinero del siguiente plazo, que sólo vas a cobrar si entregas la nueva versión. Entonces te das cuenta de que ya has cedido más veces antes, ¿por qué no otra más? Así que, tras el mosqueo inicial, tratas de encajar lo que te piden en tu cabeza. Dices que sí, que no hay problema, que para cuándo.

Es uno de esos momentos en los que serías capaz de vender tu alma al diablo con tal de que la película (o serie) no se quede en un cajón. Otra más.

A ese ultimátum suele sucederle otro, y otro. En cada uno de ellos, parece que el barco está a punto de naufragar y que, si lo hace, será por culpa tuya, por egoísta, por vanidoso, por no haber transigido con cambiar esto o aquello. Tú vas cambiando lo que haga falta, achicas el agua para que todo siga a flote. Cuando el barco por fin arriba a puerto tiene el velamen destrozado, agujeros en el casco y la tripulación enferma.

Eso es lo que le llega al público. Un barco a punto de hundirse.

PODRÍA SER PEOR

No voy de pureta. He tirado al cesto personajes, escenas y versiones completas. Tengo un cementerio particular al que, a veces, entre risas, acudo a poner velas a algún personaje que no llegó a la versión final. Muerto antes de nacer. Una auténtica galería de exvotos, miembros amputados a un guion porque había que hacerlo.

Tampoco voy de estupendo. Es necesario ceder, incorporar puntos de vista, contar con otros que, además, quizá tengan razón. Tu guion no es un papel, es algo vivo y tiene que llegar vivo a la sala de proyección. Necesitas a cada uno del equipo para que tu historia pueda llegar al público, su talento, su entrega, su particular entendimiento de tu historia. Hay que ceder, claro. ¿Hasta dónde? Esa es la cuestión.

Lo normal es que tu idea inicial se someta a tal proceso de centrifugado que al final, cuando ves la película, no la reconoces como tuya. Entonces tiendes a pensar, es natural, que lo que estuvo en tu cabeza, o en la primera versión, era mucho mejor que lo que acabas de ver. Pero la verdad es que nunca lo sabrás. No lo sabrá nadie. Porque sólo existe la película hecha. Tu idea era un propósito, la película es la realidad.

Y conste que no soporto al guionista que reclama la magnificencia de su idea original frente a lo que ha llegado a las pantallas. No lo soporto porque eso es jugar con ventaja: siempre será mejor tu idea. Sigue inmaculada.

Pilgrim

Frederica Sagor, en un libro que ya se ha mencionado en este post, y cuya lectura es un tanto descorazonadora para cualquier guionista porque es una sucesión de chascos y desencuentros, cuenta el caso que da título a sus memorias, The Shocking Miss Pilgrim: ella y su marido y coguionista desarrollaron una historia ambientada en el siglo XIX, la de la primera mujer que trabajó de mecanógrafa. Una historia de coraje, bien documentada, con un toque feminista y el aderezo de un leve romance. La vendieron y el guion comenzó el proceso de centrifugado… hasta que un tiempo después se estrenó como un musical con canciones de Gershwin y protagonizado por Betty Grable.

Un momento. ¿Un musical? ¿Habían imaginado un musical? En absoluto. ¿Cómo lo consintieron? Habían vendido la historia, no necesitaban su permiso. ¿Podían haberlo evitado? Sí, si no hubieran firmado el contrato. ¿Se arrepintieron? Sagor cuenta que en la noche del estreno se sintieron como príncipes. La película fue un éxito de público, pero por entonces aún no se cobraban derechos de autor. Y cuando leyeron las duras críticas les quedó un sabor amargo. ¿Por qué habían cedido? ¿Para qué? ¿No hubiera sido mejor dejarla en el cajón? No hay respuesta.

LA TERCERA OPCIÓN

La palabra concesión remite a la figura de un autor que vive en las alturas y que consiente en rebajarse, en abaratar su arte para permitir que hasta el último indocumentado pueda degustarlo. Pero una idea sólo permanece intacta mientras esté al abrigo de tu cráneo privilegiado: en el momento de escribirla, ya has hecho una concesión. La siguiente viene cuando la compartes, cuando alguien más la lee. Después, otros la ponen en su boca, la visten, trafican con ella, se la entregan a los espectadoes y cada uno la entiende a su manera. La perversión total.

Si no estás dispuesto a hacer ninguna concesión, cambia de negocio.

Me dirás que quieres vivir de esto, pero tampoco a costa de que masacren tus ideas. ¿No existen más opciones para el guionista, o sigues virgen y pobre o te dejas violar a cambio de un salario? Son las dos más habituales, la verdad. Ya sabemos que David Mamet se refería al de guionista como un oficio de putas, porque nos contratan para que hagamos realidad las fantasías de otros. Incluso cuando un proyecto parte de una fantasía nuestra, son otros los que la llevan a término.

Si buscas una tercera opción, tienes que plantar batalla. Dejar claro en el guion lo que es necesario para contar la historia. Elegir y defender las piezas clave de tu relato. Ser abierto de mente y claro de intenciones, porque tú eres el autor pero no vas a ser el ejecutor. Hacer que tu propuesta sea inevitable.

Claro que puede que, como le ocurrió a Sagor, una vez vendida tu historia nadie venga a consultarte. O también –este el asunto fundamental, a mi juicio– que en mitad de la corriente puedes no estar muy seguro de qué concesión es necesaria y cuál supone la ruina total. Tantas veces le has dado la vuelta al calcetín que ya no distingues una buena idea de una del montón. Dudas de tus propias ideas, son las que más te espantan.

Entonces te sientes tan perdido como el hermano triste de Kauffman cuando acude a pedir consejo a este irritable clon de McKee:

¿Tengo un final? ¿Falta una persecución, un segundo giro…? ¿Estoy cediendo? No esperes que McKee ni nadie te dé la respuesta: a la vuelta de una reunión de trabajo, con los materiales sobre la mesa o la pizarra, tú eres el guardián de la historia, el maldito cancerbero. Tú tienes que comprobar si las piezas encajan sin ser forzadas, tú sabes si el mecanismo sigue funcionando. Puedes engañar a los demás. A ti, nunca.

Y si decides hacer un rosario de concesiones, tus razones tendrás. Yo, que tantas veces claudiqué, que otras tantas me retiré con un paso atrás, sólo puedo recordar aquí dos cosas que quizá te parezcan obvias:

UNA, que hacer la película o serie no siempre es la mejor opción. Cualquier guionista profesional estrena uno de cada tres guiones que vende y vende uno de cada tres que escribe. Y si hablo por mí, en alguna ocasión me arrepentí de haber trabajado para que la película se hiciera y acabara siendo un disparate. Estaba mucho mejor en el cajón.

DOS, que me parece tan funesto ceder en todo como negarse a cambiar una coma. Se puede ser flexible y riguroso al mismo tiempo, dejar que los demás se enamoren de tu historia. Que la sientan como suya es la mejor condición para que tenga algún sentido lo que finalmente se vea en pantalla.

Por muy solitario que sea el oficio de escribir, hacer películas o series es el fruto de un trabajo en equipo. Si tienes la suerte de que te rodeen personas con talento y entrega suficientes, de la batalla constante entre todos es probable que salga algo decente. No es fácil, no está asegurado. Hay que pelear, no queda otra. Pelear hasta el final.


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