FIRMAS INVITADAS: LOS GUIONISTAS DEL FUTURO / 7

5 junio, 2013

Varios de los autores habituales de este blog somos profesores del Master de Guión de la Universidad Pontificia de Salamanca. Hace unas semanas comenzamos, y hoy continuamos, una serie de firmas invitadas muy especiales: los alumnos del Master, “los guionistas del futuro”.

TRES TRISTES TIGRES

por Andreia Conde, Beatriz González y Jesús Rubio.

Querido productor, puede que nuestra vida no dé para una película, pero esperemos que nos llegue esta vida para escribir, al menos, una.

I ACTO: Mi idea brillante.

Algo te recorre la cabeza y no es la espuma del nuevo champú de caballo que te has comprado (no es necesario meter Flashback). Es algo más, es esa cosa que te distingue del resto, y no necesariamente a mejor. Estás a punto de salir de la ducha; se te mete champú en el ojo, arrugas la cara y de repente la bombilla se te enciende; no sabes ni por qué. Tienes miedo a que haya un cortocircuito si no sales pronto de ahí.

El champú en el ojo es el detonante de la historia, lo que hace a nuestro personaje ponerse en acción y comenzar la aventura.

Sólo quieres salir corriendo en dirección a tu ordenador, sentarte en tu silla y ponerte a teclear. Te da igual mojar las teclas, lo importante es navegar en tu historia. Sentir cómo fluyen las palabras y traducir tu texto al código binario.

A partir de este punto queda claro el objetivo del personaje. Nuestra protagonista tiene una idea y quiere convertirla en ficción.

Pero no lo haces, te aclaras el pelo (y las ideas) y terminas de ducharte a fin de no darle la razón a esa cosa que dentro de ti te hace sospechar, cada día con más certeza, que estás mal de la cabeza, que lo que haces no es normal, que se te va la olla…

Así que, a lo Tom Cruise en Minority Report, haces un gesto con la mano para cambiar de fotograma y darle a tu cerebro otros asuntos con los que entretenerse.

Nota para producción: esto no se ve, no necesitamos efectos especiales, todo ocurre en la cabeza de la protagonista.

 

Piensas en tu ex (los guionistas nunca tienen pareja), en la lista de la compra o en las apocalípticas consecuencias de aquella última borrachera (no la tuya, la de tu ex)…  Y ya está, sin querer tienes el perfil que querías para ese personaje hijo de puta.

Este personaje será el protagonista de nuestra subtrama de amor.

 

Pero la cosa va a peor. Resulta que toda aquella basura concentrada y centrifugada bajo la espuma del, ahora, gel con aroma a coco te lanzan a un lugar exótico donde todo parece cobrar sentido.  ¡¡Ya te estás montando la película!!

 

Y como es imposible luchar contra los instintos más primarios sales de ahí, empapada en ideas, coges una toalla para secarte y poder darles forma. Y aquí ocurre el desastre…

Primer punto de giro.

II ACTO: “Soy un fraude”…

 

Te  tenías que secar el pelo, claro… Y de paso también las ideas. El ensordecedor ruido del secador hace que lo que sonaba bien en tu cabeza hacía tan solo unos minutos, parece el estropicio de Woody Allen en Un final Made in Hollywood.

No sabes muy bien cómo, pero al salir a la superficie todo se ve más negro. Y basándote en eso ya piensas que tu idea va a ser peor: “Esto no vende, no es comercial”; “nunca habrá presupuesto para rodar esto”;

Un nuevo obstáculo para nuestra protagonista: el país y el cine están en crisis.

“¿a quién le va interesar esta mierda?”; “si cuento esto… ¿me estaré desnudando?” O peor todavía… “Si lo escribo de aquella otra forma, ¿me acabaré prostituyendo?”

El conflicto interno de nuestro personaje se acentúa, y lo más importante, se verbaliza utilizando Voice Over para oír sus pensamientos.

Da igual, cualquier excusa es buena para alimentar tu inseguridad y no escribir. Incluso te preguntas por qué coño has preferido ponerte hoy a planchar (por primera vez) antes que teclear esa idea en tu ordenador. Pero das con la respuesta: “soy un fraude” (respuesta fácil, por otro lado). No valgo para esto, ¿a quién quiero engañar? Voy a seguir practicando con la bandeja y a servir otros dos gin-tonics con bayas de goji; me irá mejor.

Las palabras importan.  Y empiezas a pensar que tú no eres un fraude. A ti lo que te pasa es que eres una cobarde o, en el mejor de los casos, una vaga. Lo segundo tiene mejor solución (hay quien dice que a partir de los 30 se pasa), pero si lo que tienes es vértigo al precipicio y no te atreves a usar tus alas… mal, todo mal. Ya te has estrellado contra el suelo aún sin despegar. Así que, una de dos, o apuestas de verdad por estrujarte el cerebro hasta que tus dedos den forma de segundo acto a esa idea o… “vente a Alemania, Pepe”.

Posibilidad de realizar una coproducción con Alemania.

III. ACTO: ¿Clímax o coitus interruptus? Ya está, no hay marcha atrás. De repente un día te despiertas satisfecha, plena y reconfortada, pero miras a la derecha del colchón y la cama está vacía. ¿Qué ha pasado entonces? Pues lo que tenía que pasar. Perdiste la noción del tiempo, tenías la cabeza en Marte, tu respiración se volvió loca, transpiraste hasta acabar empapada en sudor y te quedaste hasta las tantas dándole y dándole… al teclado.

No eres capaz de borrar esa sonrisa, rememoras las mejores escenas y te planteas si tus palabras serían o no las correctas… No hay tiempo que perder, quieres desayunar con ella, con tu historia. Quieres que todo sea perfecto. Quieres pasar día y noche, dialogando, reinventando el universo, metiéndole mano… En definitiva, reescribiendo.  Desaparece tu vagancia y te desvives porque a tu hijo no le falte de nada, aunque te cueste quedarte sin comer. Miras el reloj, las agujas te torturan, sabes que no te queda mucho tiempo para la entrega y la inspiración caprichosa se ha presentado tarde y a rastras.

Nuestra protagonista tiene una cuenta atrás. Cada minuto que pasa es clave y lleno de tensión. Le quedan pocas horas para entregar el artículo a Bloguionistas. El metalenguaje en esta historia es uno de los elementos que lo vertebran como podéis comprobar.

 

La hoja en Word está escrita, pero lo que tú quieres es mancharte las manos de tinta. Pones tu dedo sobre ese simbolito, te mira como diciendo: “¿merecerá la pena?” No sabes si darle otro repaso, si reescribirlo una vez más, tus dedos dudan y…

Es el momento más emocionante de toda la historia. La protagonista resuelve su conflicto interno, todavía no sabemos si para bien o para mal, pero el Clímax merece nuestra mayor atención.

…Fin. Le das a imprimir, tienes esas hojas en tus manos, delicadas, calentitas, recién nacidas. Listas para poner en brazos de cualquiera dispuesto a leer. Y… Y… no sabe qué decir. Tu madre es una persona maravillosa, claro, pero ese “hija, ¿pero esto qué es…?” se parece demasiado a lo que dijo cuando le presentaste a aquel novio tuyo de las rastas.  Pasas por distintas fases, pero al final admites que quizás no ha sido el mejor de tus trabajos, que se puede mejorar… Vamos, que es una puta mierda.

Sin embargo ya conoces cómo sabe, el gusto que deja y una vez que has aprendido a hacer hijos, no quieres dejar de hacerlos. Te salgan listos o tontos, guapos o feos, el amor que te dan no es comparable a muchas otras cosas… Así que vete preparando para cambiar pañales, limpiarles los mocos y peinarlos para dejarlos guapos, desde hoy y hasta que la muerte os separe.

Final abierto. La protagonista quiere escribir, sin duda es lo que más desea en este mundo, pero no se sabe cómo acaba esta historia. Deja a los espectadores con la incertidumbre: ¿Conseguirá convertirse en guionista?


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