Cuestion de respeto

23 julio, 2013

por David Muñoz

Hace unos días varios amigos guionistas estuvimos intercambiando e-mails sobre lo poco que tiene que ver el trato que recibes cuando escribes novelas o cómics con el que estas acostumbrado a recibir en el cine o la televisión. 

Uno de estos amigos está a punto de publicar su primera novela y nos explicó en varios mails algunas cosas que me ha parecido interesante compartir hoy con vosotros.

Mi amigo me ha pedido que no dé su nombre. Lo único que puedo deciros es que es un guionista que lleva más de una década trabajando profesionalmente, y que ha escrito tanto películas como series de televisión (no es ningún “bloguionista”, ni, por supuesto, soy yo):

“El editor que va a publicar mi novela está entusiasmado. Se la ha leído dos veces en dos versiones distintas.

Os aseguro que al principio de la reunión cuando le escuchaba, me quedé un poco descolocado, como frío. No sabía cómo reaccionar. Y creo que es porque en el mundo del que yo vengo, este nuestro de la escritura de cine, eso es algo inusitado. Cuando has escrito un guión, normalmente el productor que lo ha comprado te convoca para decirte todo lo que está mal y no funciona. Te dice que tienes que repetirlo, corregirlo, mejorarlo y te queda la sensación de que no se lo ha leído enteramente, sino sólo por encima, media hora antes de la reunión. Nada le ha llamado la atención especialmente, no hay un pequeño detalle que signifique para él nada personal, nada positivo. No has atinado.

En el mundo de los libros en cambio te demuestran entusiasmo. Se diría que quieren que te sientas bien y orgulloso de tu trabajo, como si hubieras logrado hacer algo muy difícil y quisieran que tuvieras confianza para volver a realizarlo en el futuro. Te cuidan, esa es la palabra, para que sigas escribiendo bien. Piensan que es bueno que escribas y quieren ayudarte a construir la confianza y la ilusión necesarias para ello.

Cuando hablas con un editor es realmente extraño, pero te da la impresión de que le gustan los libros, le gusta su trabajo, cosa que muchas veces no te queda muy claro cuando hablas con un productor. Y tienes la impresión también de que el editor está contento de que escribas, de que tengas ideas, porque eso es bueno para todos: eres el inicio de una cadena que dará trabajo a mucha gente, dinero a la empresa y placer a los lectores.

Por el contrario, en el mundo de las películas te maltratan casi con el fin de que no crezcas. Te dan golpes, para que no te confíes, quizá por motivos económicos y jerárquicos: para que no te subas a la parra, para mantener el control y el poder sobre el producto. El productor y tú no sois, como el editor y tú, aliados, sino adversarios. Estáis en distintos bandos. Eso lo dejan muy claro los productores: eres un guionista y estás por debajo.

Poco a poco, con los años, la gente que escribe televisión o cine se va endureciendo y entristeciendo o bien haciéndose escépticos respecto a su propio oficio y a sus propias capacidades que nadie quiere que desarrollen, sino, estúpidamente, que mermen.

Lo que te hace tirar para adelante es que después de una de esas reuniones en las que te machaca un productor, tienes la impresión de que has escrito algo que está muy mal, rematadamente mal, pero que curiosamente poquísima gente es capaz de hacer, incluso mal. Y lo que también te hace tirar para adelante son los otros amigos guionistas. El contacto con ellos te ayuda a llevar el peso del oficio, sabes que lo que te pasa, no te pasa sólo a ti. De algún modo ese contacto con los amigos te escuda.

Eso me lleva a pensar que algo que no tienen los escritores de novelas, en cambio, y sí los de cine y televisión es la necesidad de adaptarse a otros, de compartir y trabajar en un equipo. El escritor de novelas, si tiene éxito, como el pintor, o el músico, creo que podría aislarse en exceso, no tanto físicamente, sino emocionalmente. Trabajar con otros es bueno, me parece, para uno. Te mantiene más en la tierra. Si trabajas solo tus manías, tus miedos, tus limitaciones podrían mantenerse intactas y sin oportunidad de tener que limarse por el ensamblaje en el trabajo con los otros.

Lo que me llama la atención más de todo este asunto es que no entiendo cuál es la utilidad de machacar a los guionistas.

No veo para qué sirve. Sólo le veo desventajas. No veo que mejore nuestro estilo de escritura, ni que nos haga más imaginativos, ni nada de nada. ¿En qué beneficia al conjunto del negocio?

Es como si sólo fuera una cuestión de poder, de establecer relaciones de poder entre productores y guionistas y directores. Relaciones no de colaboración, sino de patrón-empleado casi anticuadas. Hay algo que les inquieta de nuestro trabajo, de nuestra capacidad, algo que no terminan ni de entender ni de convencerles. De ahí ese afán de sometimiento.

Quizá el pobre trato que nos dan se debe a que el cine es un negocio en gran parte especulativo: se comercia con predicciones, posibilidades, no con bienes tangibles. Y como los guionistas están en la parte más especulativa de todas, el principio, cuando además no hay todavía negocio, se juega más con su valor para que ese valor no marque un precio alto. El músico que entra al final de la cadena, por poner un ejemplo, creo que tiene mejor posición. Económicamente es mucho más rentable hacer la banda sonora que el guión y también se juega menos con su valía, no se cuestiona su habilidad o sus ideas de la misma manera que las nuestras.

O quizá la diferencia esté también en el tipo de empresarios, el perfil de las personas que toman decisiones en el negocio editorial y en el audiovisual. Diferentes formaciones y sensibilidades.

Es extraño”.


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