ESCRIBIENDO “OTRO VERANO”

por Jorge Arenillas, guionista y director.

Esta historia se remonta a la primavera de 2010. Para entonces, llevaba casi dos años trabajando en la adaptación de una novela para dos productoras que acababan de tener un gran éxito conjunto. Como consecuencia de ello, nuestra adaptación se iba pervirtiendo más y más para convertir la película resultante en lo que todos pensaban que sería su pasaporte a los siguientes premios Goya. Habían saboreado la gloria y querían más.

Y yo me sentía desgraciado porque, mientras tres productores y un director trataban de meter sus ideas antagónicas en un guión hecho jirones, podía ver “la mejor película posible” alejándose de nosotros, desplazada por “la película más comercial posible”. Nada que no le haya ocurrido cien veces en su carrera a cualquier guionista de encargo, vaya. Pero después de dos años de dar vueltas sobre la misma historia como un perro que no se decide a tumbarse, se hacía muy difícil mantener la compostura cuando alguien “lanzaba una idea” que tú sabías desde el principio que era rematadamente idiota.

Como consecuencia de mi agotamiento mental, acabé recibiendo la llamada que consideraba inevitable, la del anuncio de mi sustitución por otro guionista. Bueno, esa frase no es del todo exacta. En realidad me enteré por terceras personas de que estaban tanteando a otros compañeros, antes de que me lo comunicaran oficialmente. Un modelo de trabajo muy americano, en definitiva: ir quemando guionistas o equipos de guionistas y sustituyéndolos por otros sobre la marcha. Aún me cuesta creer que Los Pitufos 2 tenga cinco guionistas acreditados.

Si mi pasión hubiera seguido puesta en gobernar aquel barco sin capitán, hubiera sido demoledor. Por fortuna, ella saltó por la borda unas semanas antes que yo y encontró un confortable atolón donde empezar una nueva vida. El nuevo objeto de mi pasión se llamaba Otro verano.

Tras un par de experiencias agridulces escribiendo para otros, me encontraba muy cerca de detestar sentarme delante de la página en blanco. Y no entendía cómo había llegado a eso. Yo era la clase de niño que arrastraba la máquina de escribir y un edredón hasta la terraza de mi casa, para poder mecanografiar a gusto a las nueve de la mañana de un sábado de invierno sin temor a despertar a mis padres. Creo que podemos llamar a eso vocación. Pero ya no recordaba la última vez que había escrito una página por razones no estrictamente económicas.

Reflexioné sobre ello y concluí que había llegado la hora de escribir mi primera película como director. Lo había intentado antes varias veces, pero siempre a merced del interés (o la falta de él) de productores, directores de desarrollo, comités de ayudas, etc. Esta vez estaba determinado a llegar hasta el final, como fuera. Escribiría la película que podía hacer con mis propios medios si fuera necesario.

Me lo tomé como un juego de mesa, como Misterio o La fuga de Colditz. Éste es tu tablero de juego y éstos son tus personajes: ahora crea una aventura a partir de ellos. En mi caso, el tablero era una casa de verano a mi disposición durante un mes entero. Pensé, bueno, si no podemos movernos en el espacio, movámonos en el tiempo: que la historia alterne pasado y presente, entrecruzándolos hasta confundirlos.

Uno de los motivos de mi infelicidad durante la escritura de mis guiones de encargo era hacerlo solo. Escribí tres guiones con Enrique Urbizu y lo pasamos bomba encerrados en aquel despacho durante año y medio. Quería recuperar aquella alegría. Miré a mi alrededor y encontré a mi coguionista mucho más cerca de lo que pensaba. Juanma Cuerda era mi amigo desde el colegio, ingeniero de profesión y con una recién descubierta (o al menos desarrollada) vocación por la escritura. Nunca había escrito un guión y, por ello, carecía de prejuicios sobre lo que se puede y no se puede hacer. No era ortodoxo. Era perfecto.

Juanma dijo que sí. Eso implicaba que sólo podríamos escribir por las tardes, cuando él acabara su jornada laboral. No tuve problema con eso: nunca me ha gustado escribir más de cuatro horas seguidas. El resto del día me lo paso dándole vueltas a la historia, pero soy incapaz de estar ocho horas delante del ordenador. Al final me cunden como la mitad, así que ya ni siquiera lo intento.

Lo único que me preocupaba de nuestro horario es que a duras penas íbamos a cumplir mi plan de rodar ese mismo verano, y si retrasaba el rodaje tendría que hacerlo doce meses (recordad que la película se llama Otro verano). Temía que el aplazamiento minara mi determinación. Al cabo de unas semanas de escritura, cuando comprendí que no íbamos a desenmarañar las paradojas espacio-temporales del guión a tiempo para rodar en 2010, acepté a regañadientes el año de retraso.

Con este tiempo “regalado”, Juanma y yo hicimos algo muy inteligente: escribimos la primera versión de otro guión entre las dos últimas de Otro verano. Así, cuando lo retomamos en primavera de 2011, teníamos distancia sobre nuestro propio trabajo. Fue muy fácil llegar a una versión de rodaje que nos complaciera a ambos después de aquel impasse.

Hubo que hacer ajustes entre nuestros métodos de trabajo. Juanma prefiere el silencio para trabajar, yo suelo hacerlo con Bruce Springsteen & The E Street Band sonando a todo volumen. Él sopesa bien la frase antes de escribirla, yo la escribo casi a la vez que la pienso y la modifico sobre la marcha las veces que haga falta.

Había dos realidades que no podíamos ignorar: que la producción iba a ser paupérrima y que yo la iba a dirigir. Respecto a lo primero, si podíamos contar la llegada de una ambulancia mostrando simplemente el reflejo de la sirena en las caras de los personajes, así lo hacíamos. También nos absteníamos de que el protagonista derribara una puerta si podía girar el picaporte. En cuanto a que fuera mía la decisión última sobre lo que iba a rodarse, resultó muy útil la confianza mutua que Juanma y yo nos tenemos después de tantos años. Él podía lanzar las ideas más disparatadas sin temor a que su director pensara “este tío es gilipollas”, y también sabía las razones por las que yo decidía mantener o descartar algo en el guión. Como director, no me guardaba ases en la manga ni ocultaba mis motivos al guionista, como otros habían hecho antes conmigo.

La mala experiencia de mi guión de encargo anterior siguió pasándome factura. Como reacción a las concesiones que había tenido que hacer en aquel proyecto, fui más radical de lo que pretendía con Otro verano. Si el protagonista de aquella historia acababa cada escena abrazado a su familia, el de ésta era un tipo hosco, casi un ermitaño. Si en el otro guión todo tenía que verbalizarse y explicitarse, la trama de éste era deliberadamente opaca. Tuve que poner freno a mi “venganza” para que el guión de Otro verano se convirtiera en lo que la película necesitaba, no en lo que necesitaba yo.

Cuatro meses después de terminar la última versión, empezamos a rodar. Fuimos tremendamente fieles al guión, más incluso de lo que me hubiera gustado. Eso no evitó que Juanma, que participó en el rodaje como auxiliar de producción, viniera de vez en cuando a advertirme de que nos estábamos desviando de la intención original. Me hizo sonreír. Otro verano era el bautismo de mi amigo como guionista primerizo, ése que tiene que ver cómo a la niña de sus ojos se la benefician todos, primero el equipo, luego los espectadores. Bienvenido al club.

Cuando la otra película se estrenó, los críticos coincidieron en señalar que el guión era mediocre. Lo era. En realidad, me mortificaron más las alabanzas que los palos: te pone en una situación incómoda ser nominado a premios por un trabajo del que reniegas. Pero tenía el antídoto en el bolsillo: Otro verano, una película en la que podía responder por todo, los errores y los aciertos. Completamente mía, para bien o para mal. El guión que me ha reconciliado con la escritura y las ganas de hacer cine.

Otro verano se estrenó el pasado viernes en las plataformas Filmin y Filmotech, y en la sala Artistic Metropol (Madrid).

http://www.otroverano.com

3 respuestas a ESCRIBIENDO “OTRO VERANO”

  1. Me quito el sombrero, Jorge. Has hecho lo que tanta gente hemos pensado alguna vez, pero no nos hemos atrevido. Estoy seguro de que todo el proceso de creación, realización y distribución de la película – que ha caído mayoritariamente sobre tus espaldas – equivale a un master en cinematografía premium, tan completo, que no existe en ningún lugar del mundo. Y sobre todo, sumado a toda la experiencia que ya tenías, te ha colocado en la situación perfecta para intentar otra película que sería sin duda mejor (lo digo sin haber visto todavía “Otro verano”) ¿Te han quedado ganas, recursos, amigos? Ojala que sí.

  2. Me preguntaba si has explorado otras fórmulas de distribución, más allá de las salas de exhibición. Estoy seguro de que sí. Por eso, más que una sugerencia, mi post es más bien una pregunta. ¿Conoces el mercado de los telefilms? No trato de degradar tu película pero, desde un punto de vista puramente económico, tienen que mover bastante dinero. Aquí en España, las parrillas de A3 y TVE sobre todo, están llenas de telefilmes de orígenes muy variados. Bastantes de ellos europeos. Tampoco sé cuánto puede pagar una cadena por la emisión de uno, pero el mundo es muy grande y siempre hambriento de películas de todo tipo.

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