CUIDADO CON LO QUE PROMETES

4 noviembre, 2013

por Carlos López

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Empiezo por una confesión: cada vez me cuesta más empezar un guion. No digo imaginarlo, tener la idea, elegir qué quiero contar. Me refiero al acto físico de escribir la primera página. Mis manos están deseando corretear sobre el teclado, pero no dejo que se lancen; si se ponen muy pesadas, abro un documento aparte para que escriban a gusto, que echen su meadita y todo, como el que saca a pasear al perro. Pero la primera página permanece ahí, inmaculada, porque no quiero cagarla. No quiero empezar mal y que la idea deje de enamorarme a la vuelta de unos folios. Por eso me tomo mi tiempo para escoger la primera imagen, que sé que debería compendiar la película como un haiku visual. Y me pienso dos veces qué personaje habla primero, qué palabras son las primeras que se van a oír, cuánto tiempo van a tardar en oírse, ¿empiezo con un chorro de diálogo o elijo el silencio?

Cuidado. Si tienes miedo al folio en blanco, esta actitud de cuentista quisquilloso te puede llevar a la ruina: jamás completarás el primer folio.

Los hay que arrancan su guion con velocidad de crucero. En realidad, es lo más fácil: si has dado por buena una idea, sólo se trata de contarla. Presentas el conflicto, el detonante, vas de cabeza hasta el primer giro de la historia. Allí puede que derrapes como un Ferrari en la primera curva, que te quedes clavado de golpe ante la inmensidad del segundo acto, que vuelves la vista atrás con súbita desconfianza: ¿Seguro que llevo provisiones para cruzar ese desierto?

Entonces retrocedes y empiezas a añadir escenas al principio, datos, presentaciones, a llenar la mochila. Y eso es algo que me espanta, porque metes todo lo que puedes hasta que revientan las costuras y en posteriores revisiones ya ni te acuerdas de para qué lo metiste. No. Prefiero, si es posible, el comienzo directo y liviano. Al grano. Porque la mayor parte de los errores que uno puede cometer en el arranque de un guion tienen que ver, a mi juicio, con dos asuntos: morosidad y confusión. Tardas mucho en arrancar y no queda claro qué estás contando. Si revisas lo que llevas escrito, siempre es fácil encontrar otra manera de arrancar antes y contarlo mejor.

Lo de ser moroso al comienzo es un vicio comprensible. Al guionista le cuesta entrar en calor, sobrevuela la historia recreándose en esas criaturitas recién paridas que con tanto orgullo quiere mostrar. Espera, espera y verás, te dice, y sigue mostrando, presentando, exponiendo… todos esos verbos que tan mal casan con la acción. Te presenta un personaje y después otro; te muestra un escenario y después otro; te expone la situación de cada uno. Todo muy clarito. Y muy aburrido.

La película que empieza es como un tren en marcha al que invitas a subirse al espectador. Pero tiene que estar en marcha. Y el espectador necesita saber enseguida adónde va. Aún es pronto para saber qué le espera, pero sí que NECESITA SABER DE QUÉ VA TODO, por qué se ha montado en ese tren. Y si no se lo dices, lo supone. Cuidado.

Un director me dio un consejo: si vas a hacer reír, hazlo cuanto antes. Si retrasas el primer chiste hasta el minuto quince, sólo conseguirás que, cuando por fin se escuche, nadie sepa si puede reírse. Y si alguien se ríe espontáneamente, es posible que su vecino de butaca le mande callar. Y lo mismo sirve para el terror, el drama, la acción.

Una película nos gusta o no si cumple nuestras expectativas. Cuidado con lo que prometes, cuidado con decir que tu tren va a ir muy rápido porque nos quejaremos a la primera parada; cuidado con retrasar la aparición del protagonista porque llamaremos protagonista al primero que aparezca; cuidado con hacer reír al principio si luego vas a ponerte serio.

Esas expectativas comienzan incluso antes de la primera página del guion, porque el espectador, por regla general, tiene una idea de qué va a ver antes de entrar en el cine. Hay guionistas que juegan con eso, que generan tensión retrasando la aparición de lo que todos están esperando. Otras veces no se puede luchar contra una campaña de comunicación desastrosa: todavía están bajo medicación los padres que llevaron a sus hijos pequeños a ver South Park.

Está claro: si yo pago por ver Guerra Mundial Z, espero ver zombis en cascada; y si pago por ver Capitán Phillips quiero barcos y somalíes armados y chungos. Las dos películas dan lo que prometen, sí, pero las dos coinciden en algo que para mí sigue siendo desconcertante: un arranque meloso e innecesario, una escena familiar del protagonista que pretende dejarnos muy clarito lo buena persona que es antes de arrojarlo a los leones. Vale que cuando comience el tercer acto nos vendrá bien saber que es un hombre normal para valorar como heroico su comportamiento. Pero aquí se les fue la mano.

El trailer de Guerra Mundial Z empieza con la segunda escena de la película. Es perfecta. Brad Pitt con su familia dentro del coche, camino del colegio. Y empiezan a suceder cosas inesperadas, in crescendo, hasta convertir lo cotidiano en imposible. Ya vemos que es un padre estupendo, podrían estar escuchando la radio si se quiere que las noticias avancen algo que nos interese, qué mejor lugar para contar esa burbuja familiar que va a romperse que el interior de la cabina del coche. Pues no. Hay una escena antes. Un desayuno familiar, delante de la tele, lleno de tópicos, de esas de acábate la leche que no llegamos, en la que salen imágenes de telediarios (que también podrían haberse puesto a pelo en los créditos) y surge ese momento que no sé si fue idea de guionista o petición de ejecutivo (pasaron tantas cosas con la escritura y el montaje de esta película que no sé a quién preguntarle). Ese momento en el que la niña le pregunta a su padre: ¿por qué dejaste tu trabajo, papá? Y Brad Pitt se acaricia la perilla al tiempo que responde: para estar con vosotros, cariño.

¿Necesitamos saberlo? ¿Necesitamos saberlo ahí? Yo creo que no. Todo eso es prescindible y estático. Eso es un tren anclado en la estación. Un comienzo ochentero.

El Tom Hanks de Capitán Phillips tiene algo en común con el Brad Pitt de Guerra Mundial Z: los dos toman café en una jarrita, con ese gesto tan manido de presentador de late show llevándose la jarra a la boca en mitad de una frase. En el caso de Tom Hanks, además, lleva impresa en la jarra una foto de su familia. Para que no se nos olvide que, ante todo, es un padre de familia. Que obsesión. ¿Es que a estas alturas vamos a desconfiar de Tom Hanks? ¿Cómo se nos va a olvidar que es un padre ejemplar si la película empieza con una escena igual de absurda e inútil que la de Guerra Mundial Z, en la que el capitán va en coche hasta el aeropuerto con su mujer, preguntándose qué clase de mundo van a dejar a su hijos? ¿No era suficiente con verle subir al barco, con verle intercambiar mails con su mujer una vez a bordo? Hanks, que hace una interpretación superlativa, no necesita tantas alfombras para entrar en la película. Su personaje es humano como pocos he visto en pantalla grande: trasmite miedo y responsabilidad en el mismo rictus, somos cómplices de él cuando miente a los secuestradores y admiramos su coraje porque nunca deja de parecernos una persona normal.

Alguien consideró que había que añadir un comienzo. Una presentación. Eso también es un comienzo ochentero. Sí, porque entonces quizá aceptábamos esos arranques. Hace treinta años, con toda seguridad, Gravity habría empezado en la casa de Sandra Bullock, y a Clooney lo conoceríamos en la base, el día del despegue. Entonces era lo habitual, dejar para el final del primer acto la entrada en otro mundo. Hoy queremos entrar en otro mundo cuanto antes, somos espectadores curtidos, si nos muestran tantas cartas averiguamos demasiado sobre el juego, vemos el cartón, no nos creemos nada. Y nos aburrimos. Y eso sí que no. El mayor pecado que uno puede cometer es aburrir al principio de una película. Eso es imperdonable.

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De Capitán Phillips y otras películas que cuentan casos reales hablaré mañana en LOS MARTES DE DAMA de la Cineteca. Lo he titulado “FICCIÓN BASADA EN HECHOS REALES. GUÍA PARA PELEARSE CON LA VERDAD”. Porque cada vez hay más películas basadas en hechos reales, ¿o sólo me lo parece a mí? Me dicen que ya se ha apuntado bastante gente. Aún estás a tiempo de apuntarte aquí. Te espero mañana.


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