LA VIDA SECRETA DEL GUIONISTA

9 enero, 2014

Por Carlos López

La_vida_secreta

Aquel estreno no se parecía a ningún otro. Los guionistas ocupaban las primeras filas del patio de butacas. Y en la pantalla del cine, los protagonistas de la película también eran guionistas. Sólo guionistas. Uno detrás de otro, hablando de guion, claro, y de sus miedos, de sus querencias, sus métodos, su tesón. Era el estreno de Writing Heads, y aquello fue literalmente lo nunca visto: ¿guionistas que hablan de sí mismos? Pero, ¿no es una profesión de solitarios, no trabaja cada uno encerrado en su casa, entregado en contar la vida de los demás?

Aquella noche salieron de casa. Se vieron a sí mismos hablando de sí mismos y después, en parte avergonzados por la falta de costumbre, volvieron a su guarida, a hacer lo que mejor saben hacer, aquello que repetimos aquí una y otra vez, en esto somos muy machacones: ¿eres o quieres ser guionista? Pues escribe. Eso es todo. Inventa historias y piensa en cómo contarlas para que atraigan a tu público.

¿He dicho mi público? ¿Quiénes son, qué quieren, cómo voy a saber qué les interesa? Bastante peleo para que lo escribo me interese a mí. Yo soy mi público. Tan caprichoso y tan exigente como cualquier público. Uno escribe para el espectador que lleva dentro, suponiendo que si a ti te gusta, a alguien más le gustará.

Los hay que escriben para sí mismos pero sólo pensando en sí mismos, o eso dicen. Se miran reflejados en la pantalla de su portátil, huyen de cualquier cosa que parezca de gusto mayoritario. Los hay, sí. Alicia Luna, precisamente en Writing Heads, se dirige a ellos: “Si escribes pensando en ti, estás muerto, porque una película se hace para que la vea mucha gente. Si quieres escribir para ti, es mejor que escribas poesía, que es mucho más barato”.

Habrá guionistas así, no lo dudo, pero yo no conozco a ninguno que no tiemble en un estreno, que no pida consejo para sus guiones, que no se preocupe por lo que funciona en taquilla, que no tema quedarse varado en el barro, fuera de onda, despreciado, lejos de su espectador.

Por eso salen de casa y observan. Y se preguntan qué quiere el público, y qué entenderá cuando vea lo que él está escribiendo.

Tomamos el mando a distancia. Hacemos zapping. En algún canalillo están echando un documental de fauna exótica. Imaginemos el capítulo dedicado al guionista cuando sale de su madriguera y trata de saber qué demonios piensa el espectador de lo que él teclea en su portátil. El programa se llama La vida secreta del guionista.

EL GUIONISTA QUE SALE DE CAZA
El guionista de raza lo es veinticuatro horas al día. Yo incluso diría que veintiséis, porque parte de las horas de sueño las utiliza para deglutir las ideas que le rondan. Él decide cuándo enciende y apaga la máquina, aquello está siempre al chup chup, como un caldito, a punto de entrar en ebullición. Las ideas vienen a destiempo, cuando no las buscas ni las esperas. Y el guionista, pese a lo que muchos suponen, no va por el mundo concentrado en su hipotético mundo interior, qué va. El guionista es un observador nato, que anota mentalmente todo lo que ve y lo que oye, porque todo puede acabar pasando por su trituradora. En el metro viaja rodeado de personajes; en la calle ve escenas; el telediario le parece el índice de sus próximos guiones y hasta cuando habla con su familia apunta las réplicas. El guionista es un reciclador de la realidad.

Y ve esa realidad en forma de pantalla. O peor aún: con formato Din A4. Si tenéis un rato, dedicadlo a leer la entrevista con la guionista Lola Salvador titulada Modos de mostrar, que se puede descargar en PDF en esta dirección. Allí repasa su vida y su profesión, y cuando rememora su infancia dice: “Yo pienso como si escribiera, desde pequeña; cosa que no hago cuando verbalizo algo, entonces me embarullo, pero cuando pienso, pienso con imágenes, pienso rellenando el folio con una courier 12, con treinta y tantos renglones y con interlineado a uno y medio. Y sobre todo, pienso contándoselo a alguien, a un interlocutor imaginario”.

LolaSalvador

EL GUIONISTA QUE ABURRE A LAS CABRAS
Cuando anda dándole vueltas a una historia, cuando trata de centrarla en sus términos o, por ejemplo, elegir el arranque más eficaz, el guionista necesita un interlocutor. Las historias se cuentan en voz alta, a alguien que te escuche, el que tengas más cerca, en una especie de microteatro que sirve de ensayo para cuando tu historia se enfrente a los cientos de cabecitas de la sala 25 del Kinépolis. Por eso, en esa fase de su trabajo, si es interpelado por cualquiera, allegado o no, sobre cualquier clase de asunto, el guionista de raza responderá invariablemente contando su historia con insistencia umbraliana, yo-he-venido-a-hablar-de-mi-guion.

¿Que mientras sale el café tu primo entra en la cocina y te pregunta en qué andas? No des evasivas: cuéntale tu historia. ¿Que en mitad del paso de cebra te cruzas con aquella chica a la que no veías desde la Facultad y que ya ni recuerdas su nombre? Cuéntale tu historia. ¿Que la reunión de amigos se vuelve espesa y se acaban las cervezas al tiempo que los temas de conversación? Aprovecha: cuenta tu historia.

Es la gimnasia del guionista. No hace falta que les preguntes nada. Basta con escucharte a ti mismo, vigilando las caras de tus oyentes irás puliendo el relato, conociendo sus zonas muertas y los efectos que siempre funcionan. ¿Qué te puede pasar? ¿Que digan que eres un coñazo, que te rehúyan, que dejen de preguntarte, que no te inviten a las fiestas, que dejen de ir a tu casa?

Llámales. De madrugada. Al fijo. Y cuéntales tu historia.

EL GUIONISTA Y SU CÍRCULO DE CONFIANZA
Todos los guionistas prestan su primer borrador a un reducido número de lectores, en su mayoría colegas, de los que espera respuesta sincera y rigurosa. No basta un me ha gustado bastante, ni siquiera un yo le daría otra vuelta. Les pides notas concretas, constructivas y lejos de la misericordia. Son tu círculo de confianza y necesitas su opinión para saber qué se entiende de todo lo que has escrito, cuál de tus sospechas se confirma y en qué lance has conseguido, quién te lo iba a decir, que colase por factible lo que es poco menos que improbable. El guionista no suele sorprenderse cuando recibe esas notas: él es el primero en saber dónde ha forzado la mano. Y tampoco hace caso a todo lo que le dicen, aunque sabe de sobra que si tres lectores cualificados coinciden en que ese chiste no se entiende es mejor suprimirlo que andarse con remiendos.

El guionista perezoso manda el guion por mail y espera respuesta. Pero nunca está de más la cita en un café, la entrega del ejemplar impreso, el agradecimiento en vivo. Al guionista le gustan esas citas, ese no es el problema. Lo jodido es cuando se vuelve a casa después de haber entregado esa primera versión y no puede evitar un punto de vergüenza, imagina a su amigo cuando hojee el texto y sepa, por fin, a qué ha estado dedicando sus noches en vela. A eso. A ESO.

EL GUIONISTA DE LARGA DIGESTIÓN
Recopiladas las notas, releído el material con otra perspectiva, el guionista se encierra de nuevo en su cubil y allí pasa horas, días, meses enteros entregado a digerirlo todo. Reescribiendo. A veces, con las manos como garras, inmóviles y suspendidas sobre el teclado, en espera de la musa que nunca llega.

Es ese momento ya clásico del documental de naturaleza, esa escena con batracio o con serpiente: el macro sobre la órbita del ojo, el plano fijo sobre la tráquea forzando el paso del bolo.

Algunos mueren en el intento. No me refiero a los guionistas, sino a los guiones. No pasan la prueba. De tanto manosearlos dejan de parecernos interesantes. Y nunca sabremos si han perdido el interés porque apenas tenían o por culpa de nuestro manoseo. El guionista es aquel que no tiene miedo a reescribir, a tirar al cesto, a empezar de nuevo a cada poco, pero los guiones se resienten en cada cambio y la tarea de reescritura no debe ser muy insistente. Sólo puede regirse por una regla, sencilla de expresar y no siempre fácil de cumplir: que cada versión sea mejor que la anterior.

EL GUIONISTA ESCONDIDO EN LA FILA SIETE
El guionista asiste a su propio estreno, claro, aunque a menudo sólo reciba invitaciones para él y un acompañante. Pero esa noche poco o nada aprenderá, las opiniones son amistosas y compasivas, nada de lo que sienta o suceda es fiable, ni siquiera puede asegurar que las copas no son de garrafón.

El guionista hará bien en comprar su entrada para una sesión normal, en un cine normal, y se sentará con sus palomitas en mitad de la fila de butacas, con la oreja presta y simulando seguir atentamente la pantalla. Le costará superar un sentimiento de vergüenza cuando en la película reconozca como suya una frase de diálogo poco afortunada. Y poco después, cuando llegue esa escena que le reescribieron en rodaje, sentirá el impulso de levantarse y dar explicaciones a toda la sala.

Si sabe contenerse, es un momento irrepetible: oír que el público ríe tus chistes, contiene el aliento en esa escena, o da un respingo cuando algo le sobrecoge… eso recarga las pilas lo suficiente como para olvidar lo que cuesta llegar hasta el estreno. Es la experiencia definitiva, la más temida y la más gozosa, quizá la que más enseña sobre el alcance de tu escritura.

Y a veces, el público de pago aplaude cuando aparecen los créditos finales. Algo ridículo, aplaudir a una pantalla de proyección. Tienen razón los que dicen que el aplauso alimenta, que sienta de maravilla, que puede crear adicción.

Si el guionista trabaja para televisión, esta escena tiene una variante hogareña:

EL GUIONISTA QUE ESPÍA LOS TUITS
Es una forma de cerrar el círculo: en el mismo portátil en el que escribiste el guion consultas el hashtag del estreno televisivo y repasas en directo, durante la emisión, las opiniones de los espectadores. Hace solo unos años nos hubiera costado imaginarlo, hoy es una actividad habitual: allí, sentado en el sofá, el guionista fisga conversaciones ajenas, recibe insultos, mucho sarcasmo de baratillo y algún halago inesperado. ¿Es ese tu público? Digamos que es un termómetro poco fiable, porque los que escriben se matan por hilar una frase ingeniosa o por conseguir unas docenas de RT. Pero es el contacto más directo con tu público que como guionista televisivo vas a conseguir. Y tiene algo de escalofriante.

El plano final del documento muestra al guionista de vuelta a su puesto habitual. A mí me lo dieron como consejo: cuando llegue ese momento, cuando tu guion se exponga en la plaza pública, ya reciba flores o piedras, cuando llegue el estreno, se emita el capítulo o se cuelgue en la red… procura que, para entones, a ti te pille ya escribiendo el siguiente guion. En casita. Otra vez. Con la cabeza ocupada.


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