CUIDADO CON EL LEÓN

4 marzo, 2014

por David Muñoz.

Una de las cosas que más me molestan de los guiones de muchos “blockbusters” es cuando tratan de establecer una relación de causa y efecto entre dos momentos (o emociones) que en realidad no son consecuencia uno del otro. Ocurre en muchas películas, pero ahora mismo recuerdo el final de “Super 8” (¿qué tiene que ver todo lo que pasa con el alien/depredador/ET con resolver el trauma del niño prota?) o, en menor medida, el asunto que ya hemos discutido por aquí de la muerte de la hija del personaje de Sandra Bullock en “Gravity” y su deseo de luchar por seguir viviendo. Y tampoco pasa solo en los “blockbusters”. Vi hace unos días “Her” de Spike Jonze, y todavía estoy intentando entender por qué el personaje de Joaquin Phoenix se “cura” de su trauma en el tramo final de la película, o por qué una película que debería acabar mal, se empeña en hacernos creer que está acabando bien (y no entro en detalles para no espoilearla, que está recién estrenada).

Son escenas que deberían unirse por un “y” no por un “entonces”.

Pero en las buenas historias, las que fluyen con esa naturalidad tan difícil de conseguir y casi siempre producto de mucho trabajo, las escenas de la película deben de estar unidas por un “entonces”.

Sin embargo, cuando trato de explicarlo, sobre todo en clase, muchas veces me encuentro con que no llego a conseguir que se entienda lo que quiero decir. Creo que es el clásico ejemplo de los árboles que no dejan ver el bosque. Las tres películas están dirigidas por dos grandes directores, J.J.Abrams, Alfonso Cuarón y Spike Jonze, que casi consiguen hacerte creer que funciona la lógica emocional de la historia. Sobre todo porque como espectador, quieres creer, deseas creer que el guionista ha hecho bien su trabajo, y que todo tiene sentido. Si hace falta, somos capaces de inventar todo tipo de teorías descabelladas que justifiquen lo injustificable (fue por Ej. Lo que hicimos los fans de “Perdidos” durante años).

Además, en los tres ejemplos que he citado, se trata de transiciones emocionales que tienen que ver con el arco de los protagonistas. Y éste siempre es un terreno pantanoso en el que buena parte de lo que queremos creer tiene que ver con lo que proyectemos (o no) de nosotros mismos en los personajes.

Pero esa falta de causalidad afecta a muchos otros aspectos de muchos guiones.

Dándole vueltas a cómo encontrar un ejemplo que me permitiera explicar todo esto de una forma más efectiva que volviendo a hablar de “Gravity”, me di cuenta de que en uno de los cuentos que le leo a mi hija por las noches el giro más importante de la historia ocurre porque sí, porque toca, porque tiene que pasar. Es otro caso de “y” en vez de “entonces”.

Lo digo mucho en clase: para entender cómo funcionan las historias, conviene estudiar ejemplos que sean importantes para nosotros. No se trata solo de comprender cómo están construidos los clásicos sino las películas que amamos, las que nos han hecho querer ser guionistas (yo os aseguro que he pasado más tiempo pensando en “Los viajeros de la noche”, de Kathryn Bigelow, que en “Ciudadano Kane”). Pero también comprender por qué en algunos momentos no funcionan (en la película de la Bigelow, el horrendo epílogo). Pero también es útil encontrar ejemplos en otros medios: el cómic, la novela, y sí, incluso el cuento infantil. Lo que importa es que los entendamos y los almacenemos en algún lugar de nuestro cerebro para usarlos cuando nos haga falta. Cuando necesitemos que nos guíen.

Me doy cuenta de que al contarlo así, todo esto parece muy complicado, pero casi todos hacemos estas cosas de forma instintiva, sin darnos cuenta.

Pues bien, vamos con el cuento que le leo a mi hija (y que a partir de ahora pasa a formar parte de mi batería de referentes). Se llama “Cómo esconder un león” y su autora es Helen Stephens:

Como esconder un león

La historia es muy sencilla. Un día llega un león a una ciudad. Él solo quiere comprarse un sombrero, pero la gente se asusta y le persigue para matarlo (esto no se dice tal cual, pero vaya, que quienes van tras él llevan palos, escobas y rastrillos, como si fueran los campesinos persiguiendo a Frankenstein). Asustado, el león se esconde en una casita de juguete de un jardín. La dueña de la casita, una niña llamada Iris, lo encuentra. Y como a ella no le dan miedo los leones, Iris ayuda al león a esconderse en su casa sin que lo sepan sus padres, ya que estos son de los que piensan que los leones “son fieras que se comen a las niñas”. Aunque no les resulta fácil, Iris y el león se las arreglan para pasar mucho tiempo juntos y se hacen muy amigos. Pero un día, la madre ve al león, se asusta y pega un grito, con lo que el león huye de nuevo y acaba escondido entre los leones de piedra de la escalera del ayuntamiento.

Hasta aquí todo bien. Vale, es un poco raro que un león quiera comprar un sombrero y que la niña pueda ocultarlo en su casa durante tanto tiempo sin que sus padres se den cuenta, pero optamos por creerlo porque ese es el mundo de la historia. En el universo del cuento, las cosas son así. Y ya está. Superman vuela y en “La guerra de las galaxias” escuchamos el ruido que hacen los motores de las naves al volar por el espacio. O lo aceptamos o no.

Pero entonces, ocurre otra cosa.

Dos ladrones entran en el ayuntamiento para llevarse los candelabros del alcalde y, al verlos, el león se lanza sobre ellos… y los detiene.

Al descubrirlo, la agradecida gente de la ciudad decide aceptar que el león se quede con ellos. Le hacen un desfile e incluso, le regalan el sombrero que quería.

Y se acaba el cuento.

Yo lo que me pregunto es: ¿qué tiene que ver que haya detenido a los ladrones con que creamos que el león ya no va por ahí comiéndose a la gente? En realidad, si lo pensamos un poco, lo que ha hecho el león es atacar a dos personas.

Sin embargo, la gente decide que eso significa que el león es bueno.

Han establecido una relación de causa y efecto entre dos momentos que no “suman” de forma lógica.

“Dado que el león ha detenido a los ladrones entonces eso quiere decir que…”.

¡Y no! Lo paradójico es que la razón por la que podrían haber descubierto que el león no es peligroso es que ha estado conviviendo con Iris durante un tiempo sin comérsela. Pero Helen Stephens prefiere que no se sepa y relega a Iris a un segundo plano, convirtiéndola en espectadora cuando antes era protagonista.

Me llama la atención que, como en un mal guión, la autora del cuento se haya sentido obligada a introducir en la historia un elemento que no guarda relación con nada de lo ocurrido anteriormente para resolver el conflicto planteado al inicio del relato, dando de paso algo de espectáculo (¡el león salta sobre los ladrones! ¡Ruge!). En el fondo es como un “mini blockbuster”.

No es la primera vez que escribo de esto aquí, creo que hace un tiempo subí una entrada similar solo que llamando “triples saltos mortales” a estos momentos que quieren hacernos creer que 2 y 2 suman cuatro cuando en realidad están sumando 5. Pero es que es un tema que me obsesiona. Quizá porque me lo encuentro demasiado a menudo en los trabajos de mis alumnos.

Como ejercicio, yo os plantearía que pensarais cómo habríais resuelto la historia sin recurrir a los ladrones de joyas. Por ejemplo, yo creo que lo suyo sería que la niña (que para eso es la protagonista y quien tiene el objetivo más potente dramáticamente: que la dejen seguir conviviendo con el león, ¡nada menos!) se las hubiera arreglado para convencer a sus conciudadanos de que el león es bueno. No sé cómo lo habría hecho, pero al menos sé lo que querría hacer, y por ahí es por dónde se empieza.

La semana que viene seguiré en mi línea infantil. Voy a hablar de “Frozen”. Y espero ser capaz de explicar por qué “Frozen”, e historias como la de este león buenazo, son importantes. Mucho más incluso que las películas de las que luego nos hinchamos a hablar en Twitter y demás.


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