Pensando en “Frozen”

11 marzo, 2014

Frozen-movie-poster

Por David Muñoz

Pertenezco a una generación, la de los que tenemos de 40 para arriba, con referentes cinematográficos y televisivos comunes. Somos de los que cuando quedamos con amigos de nuestra quinta podemos hacer bromas sobre cualquiera de las series que veíamos de pequeños con la seguridad de que los demás las van a entender a la primera*. Solo había una cadena de televisión (y algo más tarde, dos), y las películas o las veías en el cine o las veías en la televisión. Además, se estrenaban muchas menos que ahora. Y no era raro que una película durara meses en un solo cine. El vídeo llegó algo más tarde y tampoco es como que todo el mundo tuviera uno. Si no me falla la memoria, yo creo que mis padres compraron el primer vídeo que entró en mi casa cuando yo ya tenía veintipocos años.

Cuando estás trabajando como guionista, esas referencias comunes contribuyen a simplificar las conversaciones. Si tu interlocutor sabe de qué le estás hablando, todo es más rápido. “Lo hacemos como en el final de Blade Runner, pero con un burro en vez de una paloma”, “Vale”.

Pero en mis clases mis alumnos suelen ser mucho más jóvenes que los guionistas con los que trabajo, y a veces me cuesta encontrar referentes comunes, no solo conmigo, sino también entre ellos . Es probable que sean la generación de estudiantes de guión que han visto más películas. Lo malo es que no todos han visto las mismas. Ni siquiera puedes dar por hecho que hayan visto cosas como “La guerra de las galaxias” o “Avatar”, por poner un ejemplo de película de gran éxito moderna.

Lo único que han visto todos son las películas de dibujos animados de Disney. A lo mejor no conocen “El crepúsculo de los dioses”, pero se saben de memoria “El rey León”. Y no exagero al decir “de memoria”. Ya sabéis cómo ven las películas los niños. No las ven una vez, ni dos, no, las ven decenas de veces, hasta que memorizan los diálogos. Cosa que, en vez de aburrirles, les hace pasarlo mejor. Para ellos, una película es como una canción que disfrutas más cuando puedes cantarla mientras la escuchas.

No puedo demostrarlo, y no sé si hay algún estudio publicado que hable de estas cosas, pero estoy convencido de que las historias que disfrutamos cuando somos niños son determinantes para definir qué tipo de guionista seremos cuando nos hagamos adultos. Yo sospecho que sin “El príncipe Valiente” (el cómic pero también la película**), “Superman” (la película), “Helena de Troya” (la película de 1956, vista en la tele, claro), los tebeos de Spider-Man, la novela “El señor de las moscas” y tantas otras historias que marcaron un antes y un después en mi cabeza, habría acabado escribiendo un tipo de guiones muy diferentes.

Y por eso, creo que merece la pena reflexionar sobre lo que cuentan las películas de Disney y cómo lo cuentan. Porque son más importantes de lo que creemos. Porque quizá, para saber cómo son los guionistas que empiezan ahora, y para hablar con ellos y conseguir que nos entiendan, es más importante conocer “El rey León” que “Ciudadano Kane” (lo cual, y espero que nadie me malinterprete, no quiere decir que no haya que conocer, y muy bien, los clásicos).

Lo que me lleva al último éxito de Disney: “Frozen”, el musical de animación de Disney estrenado las navidades pasadas que mi hija de tres años y medio ya ha visto tres veces en el cine y que probablemente verá hasta sabérsela de memoria cuando se edite en Blu-ray.

El argumento de “Frozen” es más o menos así: en el reino de Arendelle viven las princesas Elsa y Anna. Y, aunque no se explica nunca porqué, Elsa tiene poderes. Más o menos los mismos que el Hombre de Hielo de la Patrulla X. O sea; es capaz de convertir todo lo que toca en hielo, de lanzar “rayos congeladores”, etc. Un día, mientras Elsa juega con Anna usando sus poderes, la hermana mayor hiere a la pequeña al alcanzarla con un rayo de hielo. Para evitar que Anna muera, sus padres la llevan con unos trolls que además de curarla, le hacen olvidar que Elsa es una “mutante”. Temiendo volver a hacerle daño a Anna, Elsa corta toda relación con ella y se recluye en el castillo donde viven. Poco después, los padres mueren en un naufragio. Elsa será reina cuando alcance la mayoría de edad.

Volvemos a encontrarnos con Elsa y Anna ya adultas (o casi) el día de la coronación de Elsa como reina. Elsa vuelve a dejarse ver en público, solo que ocurre algo (que de momento no voy a contar para no espoilear totalmente la película), que le hace perder el control y usar sus poderes de manera digamos que poco discreta.  Entre lo mal que se toman sus súbditos descubrir que tiene poderes y lo culpable que se siente,  Elsa huye del castillo y, sin querer, congela Arandelle. Una vez llega a las montañas que rodean su reino, Else crea un castillo de hielo en una escena musical magnífica que recuerda a la del Doctor Manhattan en Marte de “Watchmen”, y allí se recluye, esperando a no sé sabe qué (canta “libre soy” pero elige vivir encerrada entre cuatro paredes, de hielo, vale, pero paredes al fin y al cabo).

Luego, Anna  sale a buscar a Elsa para tratar de convencerla de que descongele el reino, y en el camino se encuentra con tres aliados: Kristoff y su reno Sven, y Olaf, un muñeco de nieve inteligente creado por Elsa que además de gracioso es un gran personaje (sueña con vivir en el verano, sin sospechar que cuando llegue el calor se derretirá, y nadie se atreve a decírselo para no deprimirle; eso sí que es un conflicto).

Y… en fin, pasan muchas cosas.

A ver si consigo explicar lo que quiero explicar sin reventar todo el argumento de la película.

Ah, antes de seguir, si queréis profundizar en los temas que trata el argumento de “Frozen”, os recomiendo que leáis estos tres textos:

-En éste, Dani Colman, una guionista y músico, crítica la película y la pone a caldo explicando que no es ni mucho menos la rompedora historia feminista que muchos han creído ver en ella. Es un texto muy bien escrito y lleno de ideas interesantes sobre las que creo que merece la pena reflexionar.

-Y aquí, un tipo muy enfadado trata de refutar todo lo que dice Dani Colman en un texto mucho peor argumentado y bastante mal escrito.

-Pero lo más interesante es esta entrevista del blog de John August con Jennifer Lee, coguionista y codirectora de “Frozen”, en la que habla del peliagudo (y largo) proceso de desarrollo la historia. Como siempre, el argumento fue “descubierto” poco a poco, después de dar muchos bandazos. Por ejemplo, se escribieron varias versiones en las que Anna y Elsa ni siquiera eran hermanas y con Elsa como villana malvada y medio loca de las de toda la vida (¡Magneto!).

Bueno, voy por fin a lo que quería contar.

Aunque me tienta, no voy a hablar de los temas que trata “Frozen” ni de cómo los trata. Sobre todo porque en su texto Dani Colman ya lo ha hecho muy bien y, aunque no estoy de acuerdo con ella en muchas cosas, sobre todo en la valoración negativa que hace de la supuesta intención feminista de la película, no creo que yo fuera a decir muchas cosas distintas.

No, voy a hablar de lo rara, pero rara de verdad, que es “Frozen”.

Creo que nada más verla por primera vez escribí en Twitter algo tipo: “las películas más osadas estructuralmente no se estrenan ya en las pequeñas salas en V.O. sino en los multicines”.

Porque aunque se esfuerza por no parecerlo, “Frozen” es una película de construcción muy atípica, muy extraña.  Tanto es así, que está a punto de no funcionar. Y si lo consigue, es gracias a un final muy satisfactorio, uno de esos que te hacen querer perdonar todo lo que ha chirriado antes. También es atípica la construcción de los personajes, sobre todo la de Anna, la, en teoría, protagonista. Incluso como musical, es una película rara. A bastantes minutos de acabar se terminan las canciones y deja de ser un musical.

Lo interesante es que en su intento de subvertir el patrón clásico del cuento de princesas de toda la vida (y por tanto, de una estructura dramática convencional, probada), “Frozen” corre el peligro de despeñarse durante casi una hora. Y, sin embargo, no lo hace.

Ahora sí. Sí quienes no la hayáis visto aún no queréis que os fastidie la película, creo que vais a tener que dejar de leer ahora. Lo que quiero explicar no se puede contar sin desvelar uno de los puntos de giro más importantes de la historia.

Lo más raro de “Frozen” desde mi punto de vista es que es una película sin verdaderos antagonistas, o más bien con un antagonista “secreto” y otra que solo lo es a ratos (porque lo único que quiere es que la dejen tranquila). Aquí no tenemos los clásicos “malos” de Disney que al final mueren cayendo por un precipicio***.

En la narración dramática clásica, un personaje tiene un objetivo, y se encuentra con una “fuerza antagonista” (que puede ser tanto una persona como una circunstancia) que le impide conseguirlo. De ahí surge la peripecia. Si no, la historia se acabaría en diez minutos.  Y, en teoría, ese papel en “Frozen” lo ocupan primero Hans, un apuesto príncipe al que Anna conoce el día de la coronación de su hermana y del que se enamora perdida y vertiginosamente, y luego, Elsa. De hecho, que Anna le diga a Elsa que va a casarse con Hans es lo que provoca el arrebato que congela el reino de Arandelle.

La cuestión es que Hans es malo, pero mucho. No le interesa nada Anna, lo único que quiere es ser el rey de Arandalle. Y si para eso tiene que matar a Anna y a Elsa, pues muy bien, no pasa nada, está dispuesto a hacerlo. Pero… no sabemos que Hans es malo hasta muy avanzada la película. Hasta ese momento hemos pensado que es el príncipe Disney de toda la vida: guapo, soso y bienintencionado. Cae muy mal e interesa muy poco. Y lo arriesgado es que la película no da ninguna pista sobre su futura maldad hasta que ésta se revela de golpe. No anticipa nada (y, como bien sabía Hitchcock, la tensión surge muchas veces de que el espectador vaya por delante de los personajes, la bomba debajo de la mesa y tal…). Yo recuerdo que estaba preocupado en el cine, bueno, preocupado no, cabreado, pensando que sin querer había acabado llevando a mi hija a ver otra película de prota femenina tontica que lo único que necesita en la vida para ser feliz es que un guaperas le haga caso. No sabéis el alivio que sentí al descubrir al final que Hans era un capullo.

Con esa cara de bueno que tiene, y en realidad es un prenda.

Con esa cara de bueno que tiene, y en realidad es un prenda.

Por su parte, una vez Elsa estalla y congela su reino, lo único que quiere es que la dejen tranquila. Es cierto que en teoría funciona como antagonista de Anna, ya que Elsa priva a su hermana pequeña de lo único que ésta quiere: su cariño, su amor, pero vaya, que como “mala” es quizá la más pasiva de la historia de Disney, no tiene un plan, no desea nada, solo necesita paz y tranquilidad, vivir por los restos en su castillo de hielo (por cierto, Elsa… ¿ya no come? Y, ¿qué es lo que piensa hacer todo el día allí? ¿Patinar?).

De manera que la película tiene dos antagonistas: uno “secreto” y otro pasivo. Ninguno de los dos vale para dinamizar la historia, que, quizá por eso, durante casi una hora vaga sin rumbo y sin mucho interés, porque todo lo que ha ocurrido en realidad es que dos hermanas se han peleado y a una de ellas le ha dado un arrebato y se ha marchado corriendo de casa.

Y todo esto tiene que ver con la extraña caracterización de Anna, una heroína muy poco heroína.

Al principio, Anna quiere el amor de su hermana, después, casarse con Hans y tras el momento congelación, encontrar a Elsa y convencerla para que devuelva el reino a la normalidad (sin un plan, solo quiere ir y luego… bueno, ya se verá). Tras todo lo que ocurre en el tramo final, Anna descubre que Hans es un mal bicho, recupera el amor de su hermana en el clímax (estupendo, y donde por fin entiendes de qué va la película), y se lía con Kristoff, el simpático muchachote que la ha acompañado en su aventura.

En realidad, Anna es un personaje de una gran simpleza, su caracterización está solo relacionada con su función en la trama. No sabemos qué le gusta, no sabemos que quiere hacer con su vida, nada de nada. No está tan lejos de personajes como el Stalker de Tarkovksy.

Además, en todo el proceso Anna no cambia, sigue siendo la misma. No aprende nada. Es una heroína sin arco de transformación (que ya, no todos los protagonistas lo tienen, pero en este caso, lo pide a gritos). Ni siquiera aprende a no confiar de buenas a primeras en los hombres, porque, como apunta en su texto Dani Colman, al final Anna se lanza a los brazos de otro hombre con quien en realidad ha pasado menos horas que con Hans. Solo que, como Kristoff es uno de los buenos, parece que esta vez la suerte va a estar de su parte. Pero vaya, que hombre que ve, hombre del que se enamora.

Quien sí cambia, quien sí sufre una transformación importante, es Elsa. Al final de la película vuelve a confiar en su hermana, se permite amar de nuevo (lo que ya no se sabe es cómo aprendió a controlar sus poderes; debió dar unas clases con el profesor X o algo en el castillo de hielo).

Recapitulemos: película con falsos antagonistas donde una de ellos es quien tiene el arco clásico de los protagonistas.

Y ahí no queda la cosa: incluso se podría decir que toda la película es un gigantesco “red herring”, ya que durante una hora y media se nos hace creer que se nos está contando una historia (la de siempre entre una princesa y un príncipe, él la salva a ella con un beso, etc.), para luego resultar que se nos estaba contando otra (el amor entre hermanas es lo que realmente importa). Cosa que se hace a riesgo de alienar a muchos padres. Seguro que, como yo, más de uno estuvo tentando de irse del cine a la mitad, con lo que se habrían quedado con una idea de “Frozen” muy distorsionada.

Todo esto me parecen estrategias narrativas muy atípicas en cine infantil (y más en una película Disney) que, como decía antes, llevan a “Frozen” muy cerca del fracaso.

Otra cosa interesante es que según Jennifer Lee todos estos aspectos del guión no fueron algo premeditado sino producto del proceso de desarrollo y de algo todavía más importante: la falta de tiempo. Se les echaba la fecha de arranque encima y para terminar el guión tuvieron que tomar muchos atajos. Podría argumentarse que si el guión de “Frozen” es hasta cierto punto innovador y rompe con modelos anteriores es en cierta manera porque es una chapuza. O que en su deseo de romper con patrones anteriores, los guionistas no tuvieron tiempo para sustituirlos con mecanismos narrativos totalmente distintos que los sustituyeran y acabaron usando versiones bizarras de los de toda la vida.

Algo parecido parece que también ocurrió en “Brave”, solo que en ese caso se notaba el parcheado y el resultado es que la película de Pixar es un puzzle al que le faltan piezas.

Quizá la razón por la que triunfa “Frozen” allí donde Brave fracasó sea que al final, las piezas encajan, por los pelos, pero encajan.

Como decía antes, “Frozen” tiene un final magnífico, que está casi, casi, a punto de darle sentido a todo lo anterior. Y el final, como bien explica Film Crit Hulk en su libro sobre guión, es lo que más importa (y sino, que se lo digan a los espectadores de “La lengua de las mariposas”).

Me fascina que un  guión tan marciano sea el de una película de vocación tan comercial, diseñada en teoría para hace una fortuna en taquilla. No es el guión de una película danesa que solo se estrena en los Renoir, no, ha sido el gran éxito de las pasadas Navidades.

Millones de niños y de niñas se han dejado atrapar por la historia de “Frozen”. Para muchos será su “El rey león”, o lo que fue para mí “La guerra de las galaxias”.

Solo que frente a modelos previos de Disney o el de George Lucas, su forma de ver las historias estará condicionada por una película que nada tiene que ver con lo que generaciones anteriores hemos entendido por una historia “bien contada”.

Me pregunto qué películas escribirán cuándo sean mayores****.

*Algo que utilizó con mucha inteligencia (y algo de mala baba) esta campaña de Bankia. La primera vez que vi uno de esos carteles me dio un vuelco el corazón. No consiguieron que me apeteciera hacerme un plan de pensiones, pero sí que me agobiara.

**Me impactó tanto de niño que nunca he tenido valor para volver a verla. La tengo en DVD pero no le he quitado ni el precinto.

***Hace poco vi “El rey León” otra vez, y vaya final. Solo lo salva la aparición de las hienas, que sí que aporta algo más respecto al clásico “vaya, mala suerte, se resbaló y se mató”.

****Mientras escribo esto mi hija está viendo la segunda parte de “Madagascar” vestida con su disfraz de Elsa. Y por cierto, la tercera parte de “Madagascar” tiene un guión magnífico del que también sería interesante hablar. Loco, fragmentado, frenético, y sin embargo muy emotivo.


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