SÍ SE PUEDE ENSEÑAR

18 marzo, 2014

David Muñoz

Cada dos por tres leo entrevistas con guionistas que aseguran que a escribir guiones “no se puede enseñar”. Y casi siempre ese guionista, o da clases de guión en algún sitio o las ha dado, de modo que lo que siempre se me pasa por la cabeza es: “Pues si no se puede enseñar… ¿qué haces (o has hecho) enseñando?”.

Y justo estaba pensando en escribir esta entrada cuando a través de Twitter me llegó un link a un artículo sobre una charla del escritor y guionista Hanif Kureishi en la que éste arremetió contra las cátedras  de escritura creativa. Entre otras cosas, Kureishi dijo: “Si quieres escribir lo que tendrías que estar haciendo es leer la mayor cantidad de literatura buena que puedas, por años y años, en vez de malgastar la mitad de tu carrera universitaria escribiendo cosas que no estás listo para escribir.” Lo incoherente de su postura es que él mismo es profesor de escritura creativa en la universidad de Kingston.

Encima, al día siguiente me puse leer el libro “El mapa de la India”*, que recoge una larga y muy interesante entrevista con Manolo Matji (guionista de, entre otras, “La guerra de los locos” y “Los santos inocentes”; la suya es una carrera que envidio y admiro) y, ¿con qué me encuentro? Pues con que Matji dice que a “(…) a escribir se aprende escribiendo. Se puede aprender, pero no se puede enseñar…”. Sin embargo, Matji fue profesor en la ECAM durante muchos años y he conocido a bastantes ex alumnos suyos, guionistas profesionales, que siempre me han dicho que con él aprendieron mucho. Incluso alguno me ha llegado a decir que sin él es probable que nunca hubieran llegado a ser guionistas. Sin conocerle apenas (habremos cruzado cuatro palabras en las reuniones de ALMA) siempre he tenido una buena imagen de Matji porque esa es la que me han transmitido sus antiguos alumnos. Aunque en el libro hable con cierto desencanto de su etapa en la ECAM, sé que para mucha gente fue importante que él estuviera allí.

Lo más paradójico es que el libro está lleno de reflexiones muy interesantes sobre cómo funcionan las historias y la escritura de guiones, sobre todo de cine. Y si a mí, que llevo ya unos cuantos años escribiendo, las observaciones de Matji me han hecho pensar e incluso cuestionarme algunas cosas, puedo imaginarme lo que supone escuchar todo eso para alguien que está empezando. Más aún en un aula, cara a cara.

Para mí, eso es enseñar.

Porque lo más difícil de escribir guiones no es saber manejar el mismo vocabulario que los teóricos del guión (Field, McKee, etc.), sino entender cómo funcionan realmente las historias, cómo se cuentan esas historias en el cine y la televisión, y, sobre todo, cómo puedes contar mejor la historia que tienes en la cabeza. Y ahí la labor de un profesor, o de un guionista más veterano que pueda dedicar algo de tiempo a orientarte, creo que puede ser fundamental.

Vale, a escribir se aprende escribiendo, pero si te alguien te sirve de guía, se aprende antes, y  hay más posibilidades de no perderse por el camino y llegar a tu destino. Y al aplicar la teoría sobre tu propio trabajo es cuando consigues interiorizarla para poder usarla en el futuro, cuando ya no tengas al profesor al lado.

Es raro que haya guionistas profesionales que no hayan contado en algún momento con alguien más veterano que ejerciera ese papel de mentor o profesor.

En mi caso, ese papel lo ocupó el profesor y guionista de la Universidad de Columbia, Lewis Cole, al que conocí en un taller de guión organizado por el MFI en una isla griega (y al que acudí becado por Canal + guiones con una comedia de ciencia ficción coescrita con Antonio Trashorras).

 La portada que dibujó Javier Rodríguez para el guión de Cadetes Estelares.La portada que dibujó Javier Rodríguez para el guión de Cadetes Estelares.

No es que Lewis me enseñara a escribir guiones, pero sí que me ayudó a ser mucho mejor guionista. Muchas de las cosas que me dijo los primeros días que nos sentamos a trabajar eran muy obvias, pero yo no las veía, no era capaz de verlas, y si él no me las hubiera hecho notar, habría seguido sin verlas.  Nunca olvidaré cuando me explicó que tendía a “under dramatize” y a no resolver el conflicto de mis protagonistas en el clímax (algo que luego he visto decenas de veces en los trabajos de mis alumnos; siempre me acuerdo de Lewis** cuando lo explico).

De ahí que, al dar clase, intente ejercer ese papel de guía, tratando de orientar, de despejar dudas, de evitar que mis alumnos se atasquen cometiendo errores que aún no son capaces de ver (ni de resolver aunque los vean)* * *.

Me parece importante tener claro que cuando enseñamos a escribir guiones, no estamos dando recetas arbitrarias inventadas por unos “sabios del guión”. No, estamos tratando de transmitir el conocimiento que hemos adquirido tanto trabajando como guionistas como estudiando las historias (y las teorías) de otros.

¿Y qué conocemos? Pues las pautas que han guiado la escritura de millones de historias antes que la nuestra. Formamos parte de una tradición. No estamos inventando la rueda cada vez que nos sentamos delante del ordenador. Podemos aprender de quienes han estado ahí antes que nosotros. No hay “reglas” que deban respetarse sí o sí; escribir no es rellenar una plantilla, pero sí que hay estrategias narrativas, formas de hacer, de estructurar, de ordenar los acontecimientos, que pueden ayudarnos a conseguir que nuestro guión sea mejor. Y sabemos que funcionan porque les han funcionado a otros antes que a nosotros.

Explicarlas, transmitirlas, creo que es enseñar.

Entonces… ¿por qué este empeño en decir que no se puede enseñar cómo escribir guiones? ¿De dónde sale? ¿Por qué se repite tanto?

Quizá ocurre porque no podemos garantizar un resultado cuando el alumno termine de estudiar con nosotros. Por ejemplo, si uno quiere ser fontanero, y hace un curso de  fontanería, lo más probable es que cuando termine las clases salga siendo un fontanero mínimamente competente. A lo mejor no será el mejor fontanero del mundo, pero sí fontanero.

Eso no pasa con los estudiantes de guión.

Puede que porque el talento y la capacidad de trabajo no pueden enseñarse, solo pueden apoyarse y fomentarse.

Por ejemplo, en un taller de escritura de guión de largometraje, es habitual que solo tres o cuatro de cada diez alumnos consigan terminar una primera versión. Y a todos, los profesores les explicamos lo mismo y ponemos el mismo esfuerzo en ayudarles. Nosotros podemos querer enseñar, pero si los alumnos no quieren esforzarse, no hay nada que hacer (luego están, claro, las circunstancias personales de cada uno, que a veces hacen imposible sentarse a escribir).

Aunque puede que lo que más puede dejar tocado a un profesor no es que consiga formar o no a sus alumnos, sino lo que ocurre después con esos dos o tres que SÍ han demostrado que valen, que podrían llegar a ser guionistas.

La realidad es que muy pocos lograrán ganarse la vida escribiendo (ahí es donde interviene la suerte y la capacidad de venderse de cada cual).

Sospecho que al ser tan pequeño el porcentaje de alumnos que consiguen ser guionistas profesionales, que hacen realidad el sueño que les llevó a estudiar con nosotros, es muy habitual que los profesores de guión tengamos una sensación de fracaso continuo y que más de una vez pensemos que lo que hacemos no vale para nada, que es una farsa, que, en cierta manera, somos cómplices de un engaño, de un timo diseñado para sacarles los  cuartos a los jóvenes aspirantes a guionista.

Entiendo que todo eso, año tras año, te puede acabar minando, hasta que un día te hartas y lo dejas.

Poco antes de subir este texto he leído una entrada en la web The Philosopher Mail titulada: “Eres un marxista, pero no te preocupes”, en la que su autor recuerda algunas de las ideas del pensamiento marxista que siguen siendo relevantes hoy en día. Y claro, Marx ya había explicado todo esto mejor que yo:

“A menudo la gente deja sus trabajos y dice: no le veía el sentido a trabajar en ventas o a diseñar una campaña de publicidad para accesorios de jardín o enseñarle francés a chicos que no quieren aprender. Cuando te parece que el trabajo no tiene sentido, sufrimos, incluso aunque el sueldo sea bueno. Marx pensó que está experiencia dolorosa era tan importante que le dio un nombre especial: alienación”.

Evitar “alienarse” es un trabajo en sí mismo. Para mí, la manera de no desfallecer es pensar que aunque solo uno de cada 50 de mis alumnos llegara a vender un guión, mi trabajo ya merecería la pena. Con que yo fuera para uno de ellos lo que fue Lewis para mí, ya sería suficiente.

Bueno… me parece que me he desviado un poco del que era mi tema inicial. Esto es lo que pasa cuando se escribe sin escaleta. Que te pierdes.

De todas maneras, como la enseñanza es un tema que me apasiona lo más probable es que acabe volviendo a él en otras entradas. De momento me conformo con esperar que haya quedado claro que si muchos damos clase de guión (o llevamos talleres de escritura de guiones) es porque sí que creemos hay algo que enseñar.

Otra cosa es que a todo el mundo le venga bien estudiar guión si quiere ser guionista…

Pero ese sí que es tema para otra entrada.

*Podéis descargarlo de forma gratuita (y legal) aquí. De verdad que merece la pena.

**Por desgracia, Lewis falleció ya hace unos años. Demasiado joven.

***Lo que más me gusta como profesor es supervisar la escritura de guiones de largometraje. La teoría de guión puede conocerse en otros sitios, pero escribir contando con la orientación de un profesional es algo que solo puedes vivir en un taller o un curso. Y me da un poco de no sé qué usar el final de este artículo para promocionar mi próximo curso, pero la verdad es que también sería una tontería no hacerlo. Si queréis desarrollar un guión de largo conmigo, podéis pinchar aquí para tener más información.


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