FIRMAS INVITADAS: MICHI HUERTA, PROFESOR DE GUIÓN

7 abril, 2014

por Michi Huerta.

SUPER-CINEXIN

No soy guionista. Como y ceno regularmente con algunos de la secta por motivos laborales, pues coordino el Máster de Guión de Ficción en Cine y Televisión de la UPSA. Suelo hacerlo, por cierto, en menos cantidad. Lo de cenar, digo. Parece que inventar mundos ficticios abre el apetito de forma voraz, así que ellos acumulan calorías por si se quedan encerrados en una Writers Room, como si fueran los burgueses que no son en una película surrealista de Buñuel en la que sí viven a menudo.

Yo ingiero menos alimento porque me conformo con escribir historias sobre las historias, lo cual, parece, demanda menos energías. A mí la creatividad no me da para más, así que cuento en mis aulas a los cuentistas que nos alimentaron –y alimentan– con sueños pergeñados en imaginaciones desbordantes.

Yo no soy guionista y, como mucho, me atrevo a contarme a mí mismo a través del cine y sus afluentes. Podría escribir, por ejemplo, que mi infancia se resume con un Cinexin roto, un abuelo encabronado que se peleaba con los cuernos de una Grundig y un primo con quien jugaba a indios y vaqueros. El caso es que aprendí a vivir gracias a las historias que brotaban de una pantalla. Sí, a vivir. No había fronteras entre los relatos inventados que devoraba con los ojos y sus lúdicas prolongaciones en mitad del campo o de la calle, que entonces –los ochenta– no le daba miedo a nadie.

Pronto me atrincheré junto a mis amigos en el gallinero del Coliseum, un templo cacereño que exhibía cada domingo sesiones dobles por 75 pesetas. Al poco abandoné a los colegas por una de mi clase, más bien fea, que se puso a hacer manitas conmigo en la segunda fila mientras Bud Spencer le partía la cara a un tío. De ahí me viene todo, creo.

“Todo” son varios libros, artículos, críticas y una tesis doctoral. Antes de producir tanto texto sesudo había descubierto, claro, que las películas las escribían y dirigían seres humanos tras un largo proceso. Llegué a esa conclusión durante el eslabón entre infancia y adolescencia e impelido por mi padre, que compró un vídeo Beta que acabó al lado de una planta de tela. El VHS ganó la batalla antes de que él también, cautivo y desarmado, se rindiera al empuje del CD y el DVD. En pocos años el Coliseum se murió y dejó su esqueleto fósil en el centro de la ciudad cuando abrieron unos multicines en la periferia. Hace no mucho, cerraron. Y yo ahora veo películas de Haneke en la aplicación para el iPad de Filmin mientras me niego a que mi hija salga sola a la calle.

El paso del tiempo le ha dado varios revolcones a mi existencia con el vértigo propio de un cambio de época. Somos los protagonistas inconscientes de una circunstancia histórica decisiva, apresurada e ingobernable cual nave pilotada por un mono ebrio. Algo, sin embargo, permanece inmutable: seguimos necesitando las historias, quizás más que nunca.

Desde que un pintor de Altamira jugara a ser Spielberg en las paredes de su caverna hasta hoy siempre hemos necesitado a esos raros de la tribu que narran lo que somos porque tienen un don del que carecemos los demás. De no existir ellos, seguramente nos habríamos extinguido ya. Así que, guionistas en horas bajas y altas, motivados y depres, veteranos y noveles: sabed que nos hacéis mucha falta.

Nos alimentáis con vuestro talento y, de paso, añadís algo de sentido al caos de la existencia. La narrativa probablemente consista en eso, en poner un cierto orden por vía emocional. Yo, por mi parte, me conformo con fijar en la memoria de bloguionistas –y en la de este ebook– mi biografía de espectador y cronista de quienes contáis las historias de seres ficticios que no son sino todos nosotros.

 

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Libro de cine para regalar es un ebook escrito por Michi Huerta y prologado por Rodrigo Cortés. Actualmente está disponible en Amazon y Google Play. Entre todos los autores de comentarios de esta entrada se sorteará un ejemplar digital del libro (no olvidéis dejar un email de contacto).


CÓMO ACABAR DE UNA VEZ POR TODAS

3 abril, 2014

por Carlos López

How I met

Tranquilos, esta entrada no contiene spoilers.

Lo dije públicamente aquí hace una semana: las series son organismos vivos. Después de una gestación a menudo complicada, nacen con la pretensión de vivir el máximo tiempo posible, pero nadie puede predecir lo que van a durar. Algunas vienen de nalgas, pero también las hay que berrean a pleno pulmón en cuanto ven a su público. Y a veces sucede que aquello por lo que nadie daba dos céntimos resulta que dura y dura, y dura y dura…

Hasta que los propios fans se preguntan: ¿cuándo acabará? (pronúnciese con temor o con hastío, según). La respuesta es sencilla: cuando quiera la cadena. Si pone el dinero sobre la mesa, alguien seguirá inventando. Así es. Se llama industria. Qué le vamos a hacer.

Esta industria, la nuestra, que pese a lucir tan esquelética últimamente no para de darnos alegrías. Ocho apellidos vascos lleva tres semanas haciendo historia, y se las ha visto nada menos que con El Capitán América. Y, ¿qué es lo primero que se ha sabido en cuanto su éxito estaba fuera de duda? Pues que habrá segunda parte. Claro. Y si funciona, seguro que hay una tercera. La ecuación no puede ser más simple. Hay que recordar que entre las diez películas más taquilleras de la historia de nuestro cine hay tres Torrentes.

En televisión, los planes se hacen sobre la marcha, mirando el dato, y los guionistas de una serie se reinventan el concepto cada temporada como si fuera la última. Y si luego resulta que no lo es, vuelven a reformularlo para la siguiente. Los fieles te siguen capítulo a capítulo y te seguirán hasta el último minuto… pero hagas lo que hagas no te lo van a perdonar nunca. ¿Cómo se te ocurre hacer eso con los personajes? Los espectadores consideran los personajes en propiedad; y también los actores, no sé si con igual o mayor derecho. A mi personaje, ni tocarlo. Mi personaje ha de tener un final digno. Pero no puede haber un final para cada uno.

Son personajes diseñados para no morir. Y de pronto, vas y los matas. O se marchan para no volver. O solucionan de golpe eso que parecía imposible desde la mera definición del personaje. Y claro, a nadie le parece bien.

No, no voy a hablar de Lost. Pero hoy toca mencionar How I Met Your Mother, que acabó hace sólo tres días con una audiencia récord en USA de trece millones de espectadores, que se dice pronto: veintiséis millones de ojos esperando a ver qué se les había ocurrido a los guionistas. Se emitió el lunes, y fue un capítulo doble en el que se rizaron varios rizos argumentales. Es la marca de fábrica de la serie, la reinterpretación del pasado y el futuro de los personajes, incluso se dice que parte de ese final ya estaba grabado desde que se grabó el primer capítulo de todos. Bueno, pues da igual. Pasearse estos días por twitter supone encontrarse llantos y golpes de pecho, insultos y mayúsculas. Y una pregunta más repetida que ninguna: ¿cómo se atreven?

Vale que es una serie que quizá se ha alargado más de la cuenta. Yo aún diría más: es el único éxito que conozco en el que desde la primera temporada (y han sido nueve) hasta los más fans odiaban a su protagonista. El anuncio de una renovación casi era un castigo para ellos. ¿Deberían haberla terminado antes? ¿Y de otra manera? Díselo hoy a los ejecutivos de la CBS, diles que están equivocados, ahora que están enmarcado los informes de audiencia y poniendo en sus tarjetas de visita: yo soy el de los trece millones.

En una serie de larga duración, y tribus vigilantes de fans, es literalmente imposible acabar a gusto de casi nadie. Sé de lo que hablo. Yo maté a Vilches.

Bueno, fui uno de los que lo mataron, tampoco voy a presumir de nada en primera persona. El final de Hospital Central llegó después de más de 300 capítulos. Es una serie que ha entrado en la historia de la televisión en nuestro país. Veinte temporadas. Para terminar la vigésima se grabaron dos finales diferentes, de la misma manera que se habían grabado dos finales del último capítulo de la temporada anterior, cuando se pensaba que esa iba a ser la última. FInalmente, la cadena decidió emitir el desenlace que acababa con el personaje víctima de un disparo (¿esto se sigue considerando spoiler? No creo, ¿no?). Y fue un final muy discutido por los fieles. Seré preciso: creo que nunca me han insultado tanto. Aunque probablemente aquella ola cargada de sapos y culebras que arreciaba en los foros no fue nada comparado con el tsunami que provocó el sueño final de Los Serrano, aún hoy tópico objeto de lapidación constante.

El caso es que en la mayoría de las ocasiones, en las que yo he conocido al menos, el final de una serie es algo poco menos que improvisado. Casi siempre, un despegue abortado: estás preparando los trece capítulos de la primera temporada y de pronto, cuando se acaba de emitir el tercero y tú estás escribiendo el sexto, te dicen que se detiene la grabación y que tienes que invertarte un cierre al final de ese mismo capítulo, y además algo que se pueda rodar dentro del plan. En estos casos, para qué engañarnos, se hace lo que se puede. Que a veces resulta que funciona.

Se puede exigir un criterio más razonado cuando el final está previsto de antemano. Sobre todo si el camino que ha recorrido la serie es aún manejable; o si se conoce desde el concepto cuál va a ser el cierre del relato. Porque no siempre se trabaja para un largo recorrido. Se nos olvida que Yo, Claudio, tan aclamada, sólo tuvo una temporada. Que Kung Fu (¿alguien se acuerda?) tuvo tres temporadas. Y Curro Jiménez sólo fueron cuatro.

Los hay que han podido negociar los términos del desenlace, laboral y creativamente, y hasta los espectadores sabemos ya que nos quedan dos minitemporadas de Mad Men. Igual que conocíamos la fecha de caducidad de Breaking Bad desde un año antes de que llegara el día.

¿Cuánto tiene que durar una serie, cuándo debería cerrarse el grifo? Si Homeland hubiera acabado en la primera temporada, hoy sería un clásico. La decisión, eso es lo difícil, hubo de tomarse en la cima del éxito.

Salvando las distancias, yo participé en una serie que tenía pensado su final desde el principio y de la cual siempre supimos que terminaría en el capítulo 26: Hay alguien ahí. ¿Conseguimos con tanta planificación que a los fieles les gustase el final? No estoy seguro. ¿Les gustó a los adictos el final de Breaking Bad, les gustará el final de Mad Men?

No, claro. Porque en el fondo no quieren que se acabe. Ese es el drama.

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Supongo que lo sabéis, no es ningún secreto: Cuéntame fue un proyecto rechazado por varias cadenas. A punto estuvo de no nacer. Esta noche se emite el capítulo 265 de la decimoquinta temporada, que está dando mucho que hablar. Y eso es lo más alucinante y un titular en sí mismo: que una serie española sea tan longeva y esté dando tanto que hablar da una idea de lo importante que la serie ha sido y sigue siendo en las vidas de muchos. Lo más increíble es que los espectadores de series estén acostumbrados a masacres sin cuento y de repente pongan el grito en el cielo por unos cuernos. ¿Qué habrían dicho si en un arrebato Antonio Alcántara saca la recortada y mata a Merche? No quiero ni pensarlo. Es cierto que esta polémica llega en un momento delicado de audiencia, en parte por el bajón que ha sufrido TVE, y eso hace todo más complicado.

Tampoco ayudan nada, a mi juicio, posicionamientos públicos como el que se ha apresurado a tomar su protagonista masculino. Estas declaraciones tienen algo de cobardía preventiva: salto del barco, no vaya a hundirse y me salpique. Ya lo ha hecho más veces: hace unos años aseguró (aquí) que si se suprimiese la publicidad en la televisión pública se iría inmediatamente de la serie. No lo hizo, y estaba en su derecho. Ahora me parece más grave, porque su opinión, como es lógico, pesa mucho en la definición de cada temporada, y no tiene mucho sentido desmarcarse de un argumento que él también aprobó sólo porque parece que arrecian las críticas.

Por mi parte sólo puedo decir una cosa: en mi casa casi nos habíamos descolgado de la serie y desde que están así las cosas nos sentamos cada jueves a recibir nuestra dosis. El capítulo en que se rompió la pareja al mismo tiempo que se conocía la victoria socialista me pareció modélico y hasta emocionante.

Hace dos días, un amigo me contó una historia de las que seguramente abundan: durante los años en que ha estado viviendo fuera de España, casado con una extranjera, él y su mujer se sentaban cada semana a ver el nuevo capítulo de Cuéntame casi con devoción; la serie era para ambos una lección de idioma español y de Historia, la mejor forma de contarle a su mujer cómo somos los de aquí. Mi amigo, que no suele seguir otras series, se siente en deuda con Cuéntame.

No tengo ni idea de cómo y cuándo terminará la serie, ni ésta ni otras. Sólo sé que el final a unos les parecerá prematuro y a otros, que llega demasiado tarde. Y puede que los dos tengan razón.


ENTREVISTA A DANIEL REMÓN Y OMAR A. RAZZAK

1 abril, 2014

Entrevista y fotos por Alberto Pérez Castaños y Vicente Bendicho Cascant

El paso de Bloguionistas por el 17º Festival de Málaga llegó a su fin el domingo. Los dos enviados especiales para la ocasión regresamos a Madrid con un buen sabor de boca, porque, sin duda, la experiencia no ha podido salir mejor: publicamos más de una docena de post en diez días entre entrevistas, reseñas y crónicas; pudimos ver un buen puñado de películas y conversamos con otros tantos guionistas, directores y productores.

Para que os hagáis una idea de lo grandes que han sido estos últimos días os diremos que lo único malo que nos pasó fue enterarnos de que este Festival, en el que nosotros debutábamos, era el primero en varios en años en no tener una carpa de Dunkin’ Donuts en el reservado de prensa. Un duro contragolpe del que nos repusimos a base de horas de conversaciones con guionistas. Recopilamos tanto material que todavía tenemos varias entrevistas por publicar: una interesante charla que mantuvimos con el guionista y director Javier Giner, que participaba en la Sección Oficial del Festival con su cortometraje El amor me queda grande, y otra con el guionista de Purgatorio, Luis Moreno, junto al productor Enrique López Lavigne, quien expuso su visión tanto de la situación actual del cine como de la figura del productor, todo de una forma realmente reveladora e ilusionante.

Hoy publicamos la entrevista que le hicimos a Daniel Remón y Omar A. Razzak, responsables de Paradiso, una cinta con cierto toque documental que encapsula el ambiente del cine Duque de Alba, la última “sala X” de Madrid. Aprovechamos el paso de la película por el festival de Málaga para charlar con sus creadores no solo sobre este proyecto, sino de los pasados y los siguientes, así como de Tourmalet Films, su joven y prometedora productora.

 

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Omar A. Razzak y Daniel Remón

Llegasteis a la historia de Rafael y su cine X a través de una entrevista en un periódico, ¿qué fue lo que os llamó la atención para empezar a escribir la película?

Daniel Remón: Lo que nos llamó la atención de verdad fue la anécdota de los carteles.

Omar A. Razzak: Resulta que en las películas X no puedes poner carteles porno, está prohibido. Normalmente, en este tipo de cines suelen poner un texto en Word con el título, tal cual. Sin embargo, Rafael hacía unos carteles él mismo, con diseños personales y originales. Eso ya nos dijo que tenía que ser alguien curioso.

¿Cómo encarasteis el inicio del proyecto, teniendo en cuenta que tiene un corte documental sin llegar a ser un documental puro?

O.A.R: El primer paso del proceso fue ir mucho al cine a ver a Rafa y a hablar mucho con él.

D.R: Yo, personalmente, no me lo planteaba como si fuese un documental o una historia de ficción. Lo primero que teníamos que hacer antes de nada era conocer a la gente a fondo y a hablar con ellos para saber qué tipo de historias podían salir de ahí.

¿Qué límites tuvisteis como guionistas al plantear una historia así, en la que los personajes y sus historias son reales?

O.A.R: En realidad había muchas opciones. El personaje que nos brindaba Rafa sí era como muy de guion, como una especie de héroe de ficción. Y el de Luisa, también.

D.R: Eran un poco como Don Quijote y Sancho Panza. Rafa en sí es un personaje muy interesante y eso te quita todos los límites, porque en realidad es un héroe clásico, como si fuera un western; es un personaje que quiere algo, que es hacer de su cine X un lugar bonito.

O.A.R: Y también hay una parte que sí está en el guion pero que al final no pusimos en la película, que es que Rafa tenía la intención de reproducir el momento de Cinema Paradiso en el que el proyeccionista giraba el proyector y se veía la película en la calle para todo el mundo. Además, quería hacerlo proyectando Cinema Paradiso. Está rodado pero en montaje vimos que no funcionaba tan bien como creíamos que iba a hacerlo. Había cosas que eran demasiado reales y no quedaban bien. Es un sitio tan curioso que muchas cosas se han quedado fuera porque, de verdad, no se creerían. Cuando nosotros fuimos flipamos mucho con el lugar.

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El guionista Daniel Remón

¿Cómo es la escritura de un guión como el de Paradiso?

D.R: Como no sabíamos qué iba a pasar, a mí me interesaba mucho escribir dejándolo un poco a la improvisación y ver qué pasaba en el rodaje, porque, cuando haces esto, casi siempre salen cosas muy interesantes. Yo hice un tratamiento de unas 15 páginas, que nos vino bien para conseguir una ayuda en Vitoria, y en ese documento sí era una historia terminada, como un tratamiento de ficción.

O.A.R: Eso también se hace en los documentales. Escribes un tratamiento contando una historia pese a que luego no ocurra así. Aunque en ese caso era más fácil porque teníamos una historia con sus tramas y sus subtramas. Más convencional de lo que puede parecer.

D.R: A mí lo que me preocupaba era saber quienes iban a ser los personajes que iban a tirar del carro, porque si tirábamos por el tipo documental podía llegar a resultar aburrido, pero lo bueno era que teníamos a Rafa.

O.A.R: Después de este tratamiento empezamos a rodar para luego reescribir en montaje. Mirábamos lo que había funcionado y lo que no de lo que se había rodado. En este momento vimos que fallaban algunas cosas, sobre todo la última parte.

D.R: Me gusta mucho trabajar así porque montar es una manera de escribir. Nos sirvió para saber qué escenas nos faltaban. O para ver que si algo funcionaba muy bien, nos interesaba que se convirtiera en una trama. Y claro, nunca escribíamos los diálogos, trabajábamos sobre escaleta.

¿Cuánto tiempo ha durado el proceso desde que visteis aquella noticia?

O.A.R: La noticia la vimos en agosto del año 2009 y el último chequeo del montaje lo hicimos hace tres semanas. También es cierto que teníamos muchos parones por motivos laborales. Ha sido muy complicado por la parte de los personajes ya que en un proyecto que dura tantos años no entendían por qué, por ejemplo, cosas que ya habían grabado teníamos que repetirlas, y terminaban agotados. Al final el guion ha sido muy importante para este tipo de cosas; nos ha servido como guía para no salirnos de la historia que queríamos contar, ya que muchas veces veíamos cosas que nos podían llegar a gustar pero estaban fuera de esos puntos de referencia del guion. Y si nos salíamos podíamos perdernos totalmente.

¿Ha sido más largo y duro de lo que esperabais?

D.R: Personalmente, no esperaba que fuese tan largo ni tan duro, pero ha sido más duro todavía para Omar, que era el director.

O.A.R: Es que si no, no llegas a este resultado. El problema principal es el tiempo, porque no puedes llegar y decir: “Vamos a escribir en dos meses un tratamiento de 15 folios, ruedo en un mes y montamos en cuatro”, porque saldría un churro. Así no conoces a los personajes, y si no tienes confianza con ellos están cohibidos y no te van a contar nada. Además, así parece más bonito: más duro, más cansado, llegas al final agotado, pero es más humano.

¿Cómo ha sido vuestra relación con los personajes reales?

O.A.R: No ha sido con todos igual. Con algunos era más fácil el trabajo, como más dirigido, y con otros más difícil, más tirando a lo espontáneo. Por ejemplo, el personaje de Juanito era muy difícil de dirigir y, de hecho, era hasta difícil tenerle en el rodaje.

D.R: Una vez, en los últimos días de trabajo, estábamos rodando con mucha gente y él decía que si no era el protagonista y el primer en aparecer, se iba. Y cogió y se piró. Se había convertido como en una estrella o algo. Ni diciéndole: “Juanito, hay grabar primero con este señor porque es un anciano y se tiene que ir a su casa”, y él nada, que no, que había ido allí para grabar. Y se fue.

O.A.R: Al principio del rodaje también fue difícil hacerles ver que no tenían que actuar, que lo que queríamos era que fuesen ellos mismos. Para hacer que se olvidasen de que estábamos allí teníamos que hacer que se sintieran cómodos e ir dándoles pie a cosas. Como hacíamos tomas muy largas, al final se acostumbraron y muchas cosas terminaron saliendo por cansancio. Estaban tan cansados que se querían ir a su casa y se olvidaban de la cámara.

D.R: Porque, claro, rodábamos cuando el cine cerraba, sobre las once de la noche, después de haber trabajado todos todo el día. Hacíamos una cena todos juntos, en plan familia, donde les explicábamos lo que íbamos a hacer ese día.

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Omar A. Razzak, director de “Paradiso”

Decís que también hay un lado de ficción en Paradiso, ¿cuál es? ¿Estuvisteis tentados de añadir los elementos “morbosos” que puede ofrecer un escenario así?

D.R: Lo que hay de ficción es que la realidad está reordenada. Las conversaciones que hay en la película son conversaciones que ya han tenido ellos en la realidad y lo que hacíamos era decirles que volviesen a hablar de eso, pero, a lo mejor, diciendo otra cosa. Ese es el grado de ficción. No nos queríamos inventar nada. Y respecto al lado morboso, pensamos que lo interesante era otra cosa. Si alguien quiere ver porno, se va a Internet, porque todos sabemos lo que pasa en un cine X, pero no nos parecía interesante.

O.A.R: Lo que pasa es que Rafa está ahí pero vive de espaldas al porno, como si estuviese en un cine de sesión continua en lugar de en uno X, por eso también queríamos hacer eso, estar de espaldas a la sala.

D.R: Al final estuvimos tanto tiempo con ellos que nos pasaba como a él. Llegábamos allí y nos poníamos a hablar con Luisa o sacaban algo para merendar y nos quedábamos charlando con ellos, pero de fondo estás oyendo un audio de porno a todo volumen. Al final se termina convirtiendo en música de ascensor, ni la oyes. Porque, realmente, en ese sitio nadie habla de porno. Lo interesante de todo esto es que estén hablando de cocina, por ejemplo, pero estando en un cine porno. Ese contraste.

Supongo que lo último que se espera la gente que trabaja allí es que lleguen dos cineastas y que les digan: “Queremos hacer una película con vosotros”. ¿Cómo fue ese momento en el que les contáis vuestras intenciones?

D.R: Lo hicimos poco a poco y con cuidado.

O.A.R: Sí. Ellos, al principio, tenían un poco de miedo. Sobre todo Rafa, porque sí que se habían acercado muchas veces gente de la televisión, de programas del tipo de Callejeros, programas que solo buscaban el morbo de un cine porno. Cuando nos vio a nosotros, pensó que éramos sinceros y transparentes.

D.R: Yo creo que al principio tampoco nos tomaba mucho en serio. Fue un proceso lento. Él quería saber qué es lo que queríamos hacer exactamente, pero nosotros tampoco lo teníamos muy claro, por lo que era difícil de explicar. Lo que sí vio es que estábamos más interesados en las relaciones entre personajes que en lo que pasara en la sala.

O.A.R: También a él le gusta mucho el cine y él sabía que nosotros veníamos más del cine que de la televisión y eso también hizo que le apeteciera más.

Además, en la película se habla mucho de cine…

O.A.R: Sí, sobre todo en una secuencia larga en la que se hace como un peculiar repaso a la historia del cine. Juanito es un experto en el cine y en música. En realidad es a la persona que menos conocimos de allí, porque no sabes qué es verdad y qué es mentira. Pero sí que sabe mucho de cine, a su manera, pero sabe.

D.R: Yo creo que esas secuencias son las que luego fueron quedándose en montaje porque todos estábamos de acuerdo en que era lo interesante: ver a gente hablando del Acorazado Potemkin en ese espacio, en ese ambiente. Es como el programa de Garci pero en el hall de un cine porno.

A parte de Juanito, ¿qué otras cosas os sorprendieron del ambiente del cine?

D.R: Lo que me llamó la atención fue que había mucha gente.

O.A.R: Claro, ésa es una de las cosas que se quedó fuera en el montaje final. De hecho, teníamos un plano de un montón de gente subiendo y bajando, entrando y saliendo. Pero lo veíamos y pensábamos que la gente no se lo iba a creer. No funcionaba porque, aunque fuera real, era algo que la gente no se iba a creer. En ese aspecto hubo un poco de manipulación. Si se tratase de un documental de verdad, seguramente no lo habríamos quitado. Pero un plano de mucha gente subiendo y bajando no pegaba ni con la atmósfera, ni con el ritmo pausado de Paradiso.

D.R: Además, el espacio era extraño arquitectónicamente, por lo que tardabas en ubicarte. Y queríamos que fuese así, que el espectador tardara en ubicarse.

Una vez terminado el proyecto, ¿qué recorrido creéis que puede tener la película?

O.A.R: Nosotros hemos tenido la suerte de ganar el premio Rizoma, que es un premio a la distribución. Entonces lo que hemos conseguido es que Cameo saque Paradiso en DVD y que se cuelgue en Filmin. De hecho, el 7 de mayo se estrenará en Filmin. En salas, poquito. El 11 de abril en la Cineteca, que es el sitio idóneo, y también en Barcelona. Yo creo que habría podido tener más público, porque creo que a pesar de ser una película pequeña y que parezca de autor, en realidad es bastante ligera, es decir, que la puede ver muchas gente.

D.R: Puede tener un recorrido muy largo. En realidad está empezando. Yo creo que no es una película tan radical como pueda parecer sino que es bastante asequible.

O.A.R: Exactamente, el boca a boca es lo que debería hacerla funcionar, porque en la televisión no creo que la pongan… Lo que nos gustaría es tener cierto recorrido internacional. Estuvimos en Toulouse, en Cine España, pero aún no acabamos de despegar en ese aspecto, aunque creemos que tiene posibilidades porque da una imagen de España que todavía no se ha representado.

D.R: Sí, lo que intentamos es, desde un espacio pequeño, y con el uso de la elipsis, contar algo mucho más grande que retrata ese ambiente endogámico al que no le interesa evolucionar, que se encuentra en una parálisis permanente a pesar de que está desapareciendo. En cierto modo, eso es España.

Pero la película no deja de retratar a gente normal…

D.R: Sí, porque tú hablas con Rafa y con Luisa y te pueden contar una receta, te pueden decir cómo hacer San Jacobos o te pueden hablar de perfumes.  En realidad yo creo que es una película que habla también de la banalidad. Está plagada de conversaciones banales que no conducen a nada pero que creo que son, paradójicamente, las que importan.

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Y sobre Zonazine, ¿esperabais la selección? ¿Creéis que la sección se adapta a la película?

D.R: No la esperábamos para nada, fue una sorpresa.

O.A.R: Al ganar el premio Rizoma, nos limitaba mucho el ir a festivales porque te suelen exigir que sea una première. De hecho, ha coincidido ahora lo de Zonazine y también la selección en el D’A, el Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona. Así que fue una sorpresa. A raíz de la selección tuvimos que retrasar el estreno en La Cineteca. En cuanto a la sección de Zonazine está bien, porque solo somos seis películas, con lo que nos hace ilusión ser una de ellas.

La sección se puede considerar un trampolín en el circuito independiente, al margen del recorrido comercial en salas y demás, pero esta película es incluso peculiar dentro de la etiqueta independiente, ya que tiene algo de documental. ¿Creéis que esto juega a vuestro favor?

D.R: Puede jugar a nuestro favor o a nuestra contra. Recuerdo que ya estuvimos en esta sección con Casual day (Max Lemcke, 2007) y luego en la oficial con Cinco metros cuadrados (Max Lemcke, 2011). Por lo que conocemos más o menos las dos secciones. En esta ocasión, prefiero estar en Zonazine que en Documental porque me parece que esta película no es tampoco un documental al uso. Es verdad que es una película que quizá no se puede encajar como cine independiente, porque es otra cosa.

O.A.R: Sí, de hecho, hay festivales como el de Las Palmas, que desapareció durante un tiempo y parece que este año vuelve, en los que no se hace distinción entre ficción y no-ficción. Eso está bien porque al final, la discusión entre qué es realidad y qué es ficción es interminable. Por otro lado, cuando se hace esta distinción, creo que es más interesante para nosotros estar en secciones como Zonazine que en Documental.

La película está producida por Tourmalet, vuestra productora. ¿Tenéis otros proyectos en marcha?

D.R: Tenemos un largo en desarrollo, que he escrito con Rodrigo Sorogoyen, el director de Stockholm (2013) y que produce Mayi G. Cobo, el productor de Paradiso. Se trata de una coproducción argentina-española titulada El presente, con Marian Álvarez y Andrés GertrúdixLuego tenemos un corto que hice yo, que lo vamos a montar ahora.

O.A.R: Yo tengo un corto en desarrollo que es de Javier Loarte que se llama Nadie Baila. Y un documental en postproducción que se llama Torpe y es sobre el síndrome de Asperger.

¿Con qué filosofía creasteis la productora?

D.R: La productora nació en 2011 para poder desarrollar nuestros propios proyectos. Por ahora, nos lo tomamos como un hobby, aunque cada vez tenemos más volumen de trabajo, sobre todo gente como Mayi y Omar, que se ocupan de la producción, y Blas que hace la postproducción. Estamos muy contentos por cómo nos está yendo y pensamos que vale la pena, aunque es complicado porque realmente no ganamos dinero. Todos tenemos que trabajar en otra cosa para mantenernos.

O.A.R: Lo importante es eso, que teníamos claro que si creábamos una productora era para hacer sólo lo que nos gustara. Nuestro o de otra gente, pero solo lo que nos gustara. Aunque llega un momento que cansa, porque tienes que compaginar todo esto con otro trabajo que te dé de comer.

D.R: Sí, aunque también es verdad que tanto por los cortos como por Stockholm y Paradiso, hemos dado un paso adelante y ahora estamos más cerca de tener cierto status.

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