POR QUÉ YA NO HAGO CORTOS

Una retirada a tiempo es una victoria, dicen.

Una retirada a tiempo es una victoria, dicen.

por Ángela Armero

La primera respuesta y la más obvia quizá es, “¿Y a mi qué me importa?”, pero bueno, una vez consignada esta, puedo proceder a enumerar las siguientes. No me gustaría empezar sin antes agradecer a todas las personas que han tenido la poca cordura de ayudarme en mis cortometrajes, defraudar sus expectativas o no volver a compartir con ellos un proyecto son dos de las cosas que más me apenan de haber colgado los hábitos, haberme cortado la coleta, haber tirado la toalla, etc. Afortunadamente, mi hueco será ocupado por gente con más talento o más ganas, o ambas cosas a la vez.

Estoy pensando que quizá quede un poco loser decir que ya no pienso hacer más cortos, pero a día de hoy lo siento así. Quizá sea como George Michael y nunca me acabe de retirar del todo, o quizá no. Decir que ya no quiero hacer cortos no es muy guay, pero seguramente reconforte a más de uno y más de una. Si yo no estuviera escribiendo esto, sino leyéndolo, pensaría para mis adentros: “Yo tampoco. Aleluya, hermana”. Que parece que es una obligación querer hacerlos. Pues no, nada de eso. Rompo una lanza por todos aquellos que pasan de hacer cosas. Que de vez en cuando resulta liberador.

Para ser ordenada, quizá debería explicar por qué me decidí a hacerlos.

Los hice porque me gustaba (y me gusta) contar historias y porque se aprende muchísimo. Después de rodar se escriben guiones de otra manera. Porque me encanta el cine y porque pensé que no era bueno quedarme con las ganas de hacerlos.

¿Por qué no quiero hacer más cortos? Porque no valgo para ello. No estoy diciendo que mis cortos sean flojos (no lo creo) sino que no reúno las energías, la resistencia física, la fijación insana que rodar cine requiere, la audacia de estar llamando y pidiendo tiempo y favores a todo tipo de personas continuamente. No soporto depender de tanta gente, y menos si no puedo pagarles adecuadamente.

Soy de ese tipo de personas que prefiere perderse antes de preguntar una dirección, y odio a muerte pedir favores, y más si implican el tiempo y el talento ajeno, y demasiadas veces, las ilusiones.

Otro factor son las esperas eternas. Me queman sobremanera la dilatación de los papeleos, lo mucho que se puede tardar en armar un equipo técnico y artístico, la travesía por el desierto que supone la postproducción… Pasar un año, año y medio o dos años (en velocidad estándar) en algo que durará un cuarto de hora me agota.

A diferencia de otras actividades, hacer cortos (en general) no solo te enriquece sino que te hace palmar cantidades absurdas de euros (en particular). Eso, desde luego, tampoco ayuda.

La tridimensionalidad de los problemas también es una de las razones que explica mi rechazo. Como muchos sabréis, los problemas que se plantean en los guiones (no hablo de de la producción, claro) se suelen resolver en el ámbito del papel, quizá con la concurrencia de otros compañeros o jefes. Esto a veces puede ser complicado, pero nada comparado con el accidente que sufrió un corto (cuyo nombre ignoro) que se rodó en la Ecam cuando yo estudiaba.

A mitad de rodaje, el director de fotografía o su ayudante cargó el negativo al revés en el chasis de la cámara. No sólo echó a perder el negativo, sino que lo hizo sobre el material ya grabado, destruyendo todo lo que se había hecho hasta el momento. Me entraron sudores fríos de pensarlo, y me han acompañado en todos mis rodajes.

Ante la magnitud de ciertos marrones, el papel como campo de batalla parece un lugar mucho más cercano y manejable, y esa quizá ha sido la razón principal porque la he decidido centrarme en contar historias por escrito, aunque sea en diversos formatos (guiones; obras de teatro; novelas) en vez de materializarlas.

El mundo de los festivales merecería un post aparte. Recorriéndolos he conocido a gente majísima, y por ejemplo, el Festival de Medina del Campo es uno de los eventos que más felicidad me han reportado nunca, y no me cansaré nunca de pregonar lo majo que es Emiliano Allende, o lo encantadores que son los chicos de Red de Cortometrajes.

Pero también hay días en que te metes una paliza para llegar a algún pueblo ignoto, después de que te hayan insistido para que acudas a un festival en donde Cristo perdió la sandalia. Al llegar descubres que no hay ningún premio para el corto, pero en cambio tienes que volver con una lechuza de 500 kilos en el autobús para darle el trofeo a un amigo.

O  llegas a un festival que ha seleccionado tu corto, como le pasó a la amiga Emma Sánchez Arca, y que no te dejen entrar, porque no estás en “la lista”; que te cueles igualmente y veas cómo los concejales no dejan hablar a los ganadores porque están más interesados en largar sobre el mérito que han tenido organizando el certamen que en cederles el micrófono unos minutos.

Una vez tuve que soportar que un miembro centenario del jurado me dijera, mientras me salpicaba de babas y trozos de chorizo de la tierra, que a pesar de que había ganado, a él mi corto le parecía horrible. En otro festival, reclamé un premio y me dijeron que ya había cobrado y prácticamente me llamaron ladrona (como si dedicándome al cine no recibiera suficientes insultos). Miento; fue en el mismo festival. “El Pueblo de los Malditos”, creo que se llamaba el lugar.

Mención aparte son los fallos de proyección, que provocan que tu corto haga que la película “Las Margaritas” de Vera Chytilová parezca algo súpermainstream.

Estas cosas son verídicas, igual que cuando rodamos los exteriores de “La Aventura de Rosa” en la Plaza Mayor de Medina del Campo con mi querido Fran Perea. Como en una escena particularmente aterradora de “The Walking Dead”, a cada nueva toma (y había que rodar unas cuantas) la plaza se iba llenando de más y más mujeres (de todas las edades) que iban estrechando el cerco a nuestro alrededor más y más, para desesperación del de sonido y pavor del resto del equipo.

Por supuesto hay batallitas -como ésta- que se recuerdan con cariño y que me imagino contando a los nietos, pero también les diré que hacer cortos es pasión de valientes, y que su abuela prefirió dedicarse a escribir reposadamente en lugar de pasarse el día peleando con limitaciones de todo tipo, porque el papel (o el ordenador) le pareció un lugar mucho más habitable que los rodajes.

Mis dos cortos han supuesto para mi una aventura y un aprendizaje, pero me hace mucho más feliz escribir que hacer cualquier otra cosa, y rodar es algo tan absorbente que su propia naturaleza te impide acometer esa tarea sin tener todo tu corazón en el asunto. Esa es la verdad. O como diría una folklórica o un hortera: “Esta es mi verdad”.

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Toda mi admiración para esas y esos valientes que siguen haciendo cortos, les deseo que conserven intactos su coraje y su fuerza. También aprovecho para recordarles a todos los organizadores festivales de cortos que dejen de enviarme las bases por email y por correo ordinario, que es más difícil salir de los cortos que de la mafia.

Más sobre el tema, en el blog de la guionista y cortometrajista Estíbaliz Burgaleta: 

Consejos de autoayuda para cortometrajistas en apuros

Pero, ¿a alguien le gustan las peladillas?

Y ya que estoy, un poco de autobombo. Hoy viernes  firmo en la Librería Furagaña (Mercado de Chamberí), de 11,30 a 14. h. Mañana, sábado 7 de junio, firmo mi novela “Oliver y Max” en la feria del Libro de Madrid, en la caseta 216, de 12 a 14 h. Si queréis evitar que también deje lo de las novelas, hacedme una visita.

7 Responses to POR QUÉ YA NO HAGO CORTOS

  1. Angela, creo que podría haber escrito exactamente el mismo post. Palabra a palabra. Lo único, que yo sé que no estoy curado. Y que tal vez repita y vuelva a pasar por el infierno de atreverme con otro corto. O no.

  2. Yo siempre pensé que, al final, merecía la pena. Porque el resultado no estaba mal, porque se aprende, porque conoces gente, porque hay momentos divertidos y, sobre todo, surrealistas. Hasta que, en mi último corto, el sonidista no se dio cuenta de que tenía mal el equipo y todo el sonido directo se fue al garete. Hemos tenido que montar con el sonido que entraba a cámara (horrendo) y eso nos ha cerrado las puertas de montones de festivales.
    Así que me uno a ti, ¡que haga otro los cortos! Yo prefiero escribirlos, y ya está.

    • carlosarenal dice:

      Eso te pasa por no meter el “sonido” en cámara después de pasar por mesa. Y es que del “sonido” nadie se acuerda hasta que truena.

  3. Todo lo que dices es cierto pero, con todos los respetos, mi sincera y rápida opinión es que el artículo me ha parecido un desahogo quejica. Solo las ganas de hacer cine superan las ganas de dejar de hacer cortos. Espero que no te ofendas. Un abrazo y suerte!

  4. angelarmero dice:

    Gracias por leerlo, Moisés. Mis ganas de hacer cine las vuelco en la escritura, que creo que no es poco. Otro abrazo para ti.

  5. Pues es una pena, Angela. Porque vi un corto tuyo y me pareció algo especial. Apuesto a que volverás. A los cortos o, por qué no, a un largo. Al tiempo.

  6. Ay, Angela, muchas gracias. Bonitas y oportunas palabras que, sin saberlo, necesitaba. Siento que las he escrito yo, no te digo más. Por fin no me siento sola, … en mi caso vuelvo a lo mío, que es actuar, después de estos dos años de suplicio y ruina económica. De ganarme más disgustos que satisfacciones y más enemigos que amigos. No hay que arrepentirse de nada, ha sido una experiencia que necesitaba, me ha aportado muchas cosas, pero llevo meses pensando lo mismo que tú: nunca más. No es lo mío. Gracias.

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